Arrastrar el lápiz. Emilio Cabral.

Han pasado meses de la última vez que escribí, comenzaba a arrastrar el lápiz por el papel y se volvía tedioso, soso y aburrido, las ideas no llegaban a mi mente, solo vomitaba palabras inútiles y sin sentido, maldición, quiero escribir del amor que no siento, de la vida que no vivo y de la muerte que me da miedo, como decía Mario Benedetti en la tregua “porque yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien.” Cada palabra que pasaba por mi mente directo al papel la odiaba, la odiaba con intensidad, arrancaba las hojas con desprecio y unas cuantas las borraba con mis lágrimas. Siempre intento plasmar historias y terminó plasmando mi vida, como si la regalará en un jodido folleto que la gente tira 5 metros después y a veces me preguntaba cuál era el sentido, el sentido de llegar a publicar, de que todos lean mis sentimientos, mis historias de amor y desamor. Para que unos cuantos me aplaudieran y otros tantos se burlaran, me repudia el hecho de saber que soy yo en cada fragmento, como si prostituyera mi mente y mis recuerdos, que todos lo lean sin sentimientos mientras yo derramaba lágrimas cuando lo escribía, que lo pasen de largo y peor aún que se pierdan en el infinito, odio el momento que decidí comenzar a escribir, pero odio más no dejar de hacerlo, amarlo y saber que es de lo único que tengo, que es más real que un Ferrari, que es menos soso que el dinero, que es más divertido que un parque y más triste que un funeral, me lleva de lo más bajo a lo más alto y sueño con llegar al cielo y temer del infierno, vivir y sentir lo que yo quiera y de existir donde se me hinche la puta gana, ser yo y que sepan quién soy. Todo le importará al que llegue hasta el punto final, vivir y sentir cada palabra y expresar la vida con cada discurso. Amo escribir y maldita sea, nunca lo dejaré de hacer.

 

Emilio Cabral.

* Adriaen van Ostade – “Los alegres bebedores” (1659, óleo sobre tabla, 30 x 25 cm, Mauritshuis, La Haya).

Diálogos omitidos. “Yo”. Víctor Ávila.

El trasporte urbano se detiene ante mí y su chofer me sonríe bajo su ridículo bigote. Le doy el dinero y con su mano roza mi piel: siento los vellos de sus dedos cuando me da el sobrante. Gracias, le digo, gracias, me dice.

Las personas me observan con discreción, ya me conocen, soy el mismo de todos los días, el mismo a la misma hora ¡Saben que soy el hombre que habla a solas cuando nadie más quiere platicar!

¡Buenas días! les grito a los pasajeros, ellos me ignoran. Camino y busco un lugar. Hay rostros que me evitan. Tomo el asiento a lado de una señora con el cabello encrespado, la piel morena y las manos regordetas, le sonrío y me tuerce sus tristes ojos. No quiere hablar, trae bufanda rosa y un rictus que me espanta.

Aplaudo dos veces antes de abrir el libro y un niño me mira con ojos curiosos. Ve mis ojos, yo sé que tengo unos lindos ojos, su forma almendrada habla por sí sola; dicen lo que pienso… o quizá sea mi mirada la que dice mucho. Mirada penetrante. Arqueo mis cejas y saludo al niño que desaparece entre los senos de su joven madre.

Traigo “La sonata a Kreutzer” de Tolstói y vuelvo a aplaudir.

Leo y por encima del libro, con los ojos entrecerrados, veo a los pasajeros que van acompañados, a aquellos que pueden platicar, reír y mirarse a los ojos. Los observo y aprendo.

Los imito. Rio a carcajadas y la señora de lado se levanta, se va y se sienta en otro lugar, se aconseja con alguien más; recelan y disimulan. Trueno mis dedos tres veces y cierro los ojos. Silbo la sonata, de-a-para Kreutzer, de Beethoven.

Otro día, quizá mañana, suba alguien con quien pueda dialogar y ya les contaré.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Amedeo Modigliani… unos dicen que se trata del pintor Chaim Soutine. Ojalá.

Poesía de Antonin Artaud.

Esta mañana
yo que todo lo he inventado
he comprendido
por primera vez
la diferencia
entre una sensación
y un sentimiento
en la sensación
se toma lo que llega
en el sentimiento
se interviene.

*

No me parece
ni el espacio
ni la posibilidad,
yo no sabía exactamente qué era,
y no experimentaba la necesidad de pensarlo;
eran palabras
inventadas para definir cosas
que existían
o no existían
frente a
la urgencia apremiante
de una necesidad:
la de suprimir la idea,
la idea y su mito
y de hacer reinar en su lugar
la manifestación trotante
de esta explosiva necesidad:
dilatar el cuerpo de mi noche interna,
de la nada interna
de mi yo
que es noche
nada,
irreflexión,
pero que es explosiva afirmación
de que hay
algo
a lo cual puede ceder lugar:
mi cuerpo.

Antonin Artaud.

recurso196

*Antoine Marie Joseph Artaud (1896-1948) nace en Marsella, Francia. Poeta, ensayista, dramaturgo, novelista y actor.

**Comparte Melina Alejandra González Aldana.