Sobre ti. Emilio Cabral.

No seré escritor, ni tampoco me comparo con un trovador, pero me encanta escribir sobre ti, lo que haces sentir y soñar, tratar de describir el sentimiento de tu mirada, el calor de tus brazos y el dulce de tus labios, respirar tu esencia, interpretar tu dulce voz para recordarla mientras estoy sólo, sentir tu alma abrazar la mía, suspirar con cada breve recuerdo, elegirte cada día que transcurre, no extrañarte, sino recordarte en tu ausencia, vivir amándote, pero odiando tus defectos, tan tuyos que no los cambiaría, besar tu cuello, mirar tu silueta y volver a suspirar un recuerdo, tomar tu mano, besar tu mejilla, saber que eres mía y a la vez que seas libre de irte y olvidarme, quedarte dormida, olvidar que cada día es especial, tener miedo de irse, tristeza al extrañarse, terminar todo y largarse, conocer y volver a empezar, tan dulce y tan amargo, siempre cambiante y deseado, que bonito es el maldito amor, que nos hace reír hasta llorar y llorar para no reír, dejar hasta olvidar y querer volver a desear, sufrir para él y sufrir por él y maldito el amor que me hace llorar hasta olvidar y dejar de escribir.

 

Emilio Cabral.

*John Everett Millais – “La sonámbula” (1871, óleo sobre lienzo, 154 x 91 cm, colección privada).

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Cartas a Julieta. Emilio Cabral

“Ama ahora mientras vivas ya que muerto no lo podas lograr.”

– William Shakespeare.

 

I

 

Aún recuerdo cuando te vi por primera vez, no fue tan difícil distinguirte entre la multitud, éramos tan pequeños que me dio miedo hablarte, los años pasaban y te veía en el mismo estante donde te encontré aquella vez, pero ese fue el momento donde todo comenzó.

Con un incrédulo “hola” tan seco y tembloroso, que mis agallas se volvieron agua, mi ego quedo en el suelo y yo, yo quedé al descubierto.

-Hola -contestaste pensativa, en un tono de indiferencia-

– ¿Cómo te llamas? -pregunté tratando de evitar un silencio incómodo tras haber por fin concretado una conversación tras años de verte en la lejanía-

Tras un silencio de un par de segundos (el cual para mí era eterno) escuché el nombre que marcaría mi vida

-Julieta.

Con una dulce voz que entró y retumbó mi mente, haciendo temblar mis piernas y creando un vacío inmenso en el estómago, aún no lo sabía tal vez por mi corta edad o por incredulidad pero estaba enamorado.

 

II

 

Mi vida era poco interesante, me gustaba estudiar y leer, mis amigos eran contados y salía de vez en cuando los fines de semana, tenía gustos un poco distintos a los de mi edad, nunca me llamaron la atención los videojuegos, pero me gustaban los superhéroes, coleccionaba juguetes y amaba los rompecabezas.

Era como la típica historia adolescente donde el poco agraciado se enamoraba de la bonita y terminaban con una bella historia sin problemas, ni nada, pero no fue así.

 

III

 

Después de aquel día que te hablé por primera vez, te comencé a conocer, iba todos los días a hablar contigo, la tecnología nos acercaba con mensajería instantánea en nuestros celulares, nos desvelábamos cada día hablando de tonterías y cosas reales.

Conocí tus miedos y tus metas, en lo que pensabas y lo que odiabas, era una conexión instantánea, lo podíamos sentir.

Cuando nos veíamos las palabras salían sobrando y las miradas decían más de lo que expresábamos, eran largos suspiros seguidos de sonrisas intermitentes.

Ninguno de los 2 mencionábamos nada de una amistad o una relación (producto de la inexperiencia) pero sabíamos que esto no era una simple amistad.

 

IV

 

Un día conocí a tu familia, por primera vez entre a tu casa, fue una escena terrorífica para mí, todo era silencioso y pulcro, me salía de mis cabales mientras trataba de mantener la postura erguida y una sonrisa en la cara, riéndome de todo lo que mencionaban y haciendo pequeños comentarios que no sobrepasaban las 3 palabras, mis manos sudaban y mecía mi pierna de un lado para otro. Supongo que era fácil notar mi nerviosismo pero tus padres no hicieron ni un comentario de ello, fueron amables y pasada la tarde la tranquilidad llenaba mi cuerpo nuevamente.

Ahí recordé que aún no éramos nada y no debía estar nervioso, me senté a cenar y me retiré pasadas las 10 de la noche.

 

V

 

Nuestra cercanía cada día era más grande, creía que nuestra relación era inevitable, conocíamos todo uno del otro, creo lo único que faltaba era darnos un beso para sellar nuestro amor.

Me tenías entre la espada y la pared, pensativo en la forma en que te lo diría, siempre odié los regalos y las flores, regularmente te regalaba cartas y pensamientos que tu inspirabas, al igual podrían terminar en la basura y las palabras también marchitan, pero para mí tienen más valor que un racimo.

 

VI

 

Me armé de valor, me puse los pantalones y sin pensar nada te declaré mi amor en medio de una plática, fue un silencio estremecedor después de tantas risas, nunca olvidaré tu mirada, tan dulce y preocupada, simplemente la alzaste y dijiste:

-Lo siento, Santiago, esto no está bien.

Me derrumbé completamente, se me hizo un nudo en la garganta, mi mente quedó en blanco y mi corazón quedó vacío, sólo me quedó agachar la mirada después de escuchar mi nombre tan tajante.

 

VII

 

Mi ánimo decayó, pero no me podía alejarme de ti, sabía que no podíamos terminar así, nunca supe la razón de tu inesperado “no”, así que seguí junto a ti, tratando de suprimir ese recuerdo, las cosas no cambiaron, seguimos el mismo rumbo y nuestra unión se hacía más grande.

 

VIII

 

Esta se supondría que sería la bella parte donde digo que por fin había logrado un “si” de tu parte, pero más que alegrarme, es donde comienza mi infortunio. Ese momento fue especial, ahí nos dimos un beso que duró una década, donde reímos y lloramos, nos amamos hasta hartarnos, rasgamos nuestras ropas, creímos haber conocido el amor eterno y una vida juntos, sabíamos tanto uno del otro que ya nada era nuevo, pero no nos cansábamos de estar juntos, de compartir todo, nada era difícil y ese fue nuestro error.

 

IX

 

Nuestro amor duró tanto como quisimos, realmente cada “te amo” significaba más de lo podía hacer como persona, pero lo arruinamos, lo llevamos hasta el límite, el límite de darlo todo uno por el otro y te fuiste sin decir adiós, fue una muerte inesperada, que aún no puedo asimilar, te arrebataron de mi vida, un maldito conductor que no te vio pasar en tu bicicleta color turquesa que tanto te gustaba, borro la sonrisa de mi rostro y que te vi tirada en el pavimento, sin alma, sin vida.

Maldije a Dios y a los demonios, a Alá y a Buda, como si gritar improperios te regresará a mis brazos.

Lloré como nunca había llorado, al punto de agotar mis lágrimas, traté de negarlo, hasta que me di cuenta que te habías ido.

 

X

 

Ese fue nuestro gran error, amarnos tanto sin ver el final, sin importarnos la vida, de creer que somos eternos, el amor no acaba, sigues aquí, junto a los mil poemas que aún te escribo, junto a las lágrimas que derramó en tu tumba, ahora odio más las flores Julieta, aborrezco cuando las veo junto a tu nombre en letras doradas enmarcadas por el mármol, me hace temblar de odio las palabras de los demás, con su “todo estará bien”, con ese tono tan incrédulo, mientras me ven derrumbarme, parecía un idiota vestido de traje negro y peinado de lado, me sentí tan pedante entre la multitud que me miraba con lástima como si eso lo arreglará, pero hoy es el tercer día que me armo de valor y te digo adiós…

 

Emilio Cabral

*Jack Vanzet. Abstract Series.

Hasta la última palabra. Emilio Cabral.

“La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones.”

David Hume.

 

Vayamos y discutamos de la vida, hablemos de la existencia, cuestionemos el sentido de las cosas, riamos de la muerte, hagamos más corta la distancia entre nuestras almas, tomemos nuestras manos, lloremos juntos, de felicidad o de tristeza, sonriámosle a la casualidad que nos hizo estar ahí, hagamos que entre por el pecho y se anide en el estómago, que se quede ahí entre las entrañas, no pensemos si será nuestro último beso, riamos hasta que se nos acaben las fuerzas y terminemos abrazados mirando como todo se olvida, cerremos los ojos y escuchemos nuestras voces, haciendo que queden grabadas cada una de las palabras, suspiremos y soñemos, hasta que un “lo siento” no sea suficiente y seamos esclavos de  todo lo anterior, nos odiemos y gritemos, exponiendo los errores y las mentiras, presionemos los dientes hasta su ruptura y nos alejemos lentamente, quedando vacíos, olvidando recuerdos y tratando de ocultar otros, que todo pierdas sentido, hasta que queramos arrancar el alma de nuestro cuerpo, con desesperación sintamos la impotencia, la lejanía y el miedo de estar solos, hasta ahogarnos de alcohol tratando de llenar esos huecos, salgámonos de nuestros cabales y guardemos silencio, hasta que la razón nos haga decir sin titubeos, ni signos de interrogación adiós.

 

Emilio Cabral.

*Pieter Bruegel el Viejo – “La caída de los ángeles rebeldes” (1562, óleo sobre tabla, 117 x 162 cm, Musées Royaux des Beaux-Arts, Bruselas).

El amor sin título. Emilio Cabral.

Amor no es aquel que pláticas y presumes a la gente, créeme que poco le importa si andas con alguien, amor es el que se anuda en tu pecho, te carcome las entrañas, te corta la cabeza de un tajo, te arrebata tus sentidos, tus sentimientos y el alma, ese es verdadero amor, matarías a alguien por tenerlo, no seas tibio, el amor no es ambiguo, no hay dos caminos en el amor, no hay términos medios, no se trata de una compra-venta, no estás ahí sólo buscando placer, puede doler y puedes sufrir, pero a quien le importa cuando lo haces de verdad, lo haces por amor, no hay que morir de amor ni de tristeza, pero hay que vivir por algo, algo sin intereses de por medio, algo como el amor, no importa si son mil años o son 3 días, ama como si fuera a acabar, en el momento que no lo tengas veras que valió la pena cada una de las cosas, no llorarás por no tenerlo, estarás feliz por haberlo disfrutado, no sufrirás una pérdida ganarás una experiencia y no olvidarás amar, fortalecerás tu forma de amar.

 

Emilio Cabral.

*Francisco de Goya – “El pelele” (1791-1792, óleo sobre lienzo, 267 x 160 cm, Museo del Prado, Madrid).

Tenemos preguntas. Cecilia Ávila.

Me pregunto si a mis plantas les gusta que yo fume cuando bajo a verlas. Noto que tienen frío y sólo esperan el sol.
Mientas fumo espero lo mismo que ellas, y no se preguntan nada.
El cigarro se consume, no vemos ningún destello de sol ni para ellas ni para mí. Guardamos silencio. Ahora ya comienzan las preguntas.

Cecilia Ávila Velázquez.

*De la imagen no tenemos ni una puta idea de su procedencia, a ojo de buen cubero, sugiere lo medieval.

Dentro del ventanal. Cecilia Ávila.

Cuando era más jovencita un día visite a mi abuelita muy de mañana. Recuerdo el clima perfectamente, ya que era una bella estampa de luz para mí y lo que me sucedería años más adelante lo haría inolvidable. El sol era tiernito, marcaba un suave calor en mi piel y le daba unos colores naranjas atoronjados a la casita de mis abuelitos. Ya de principio sabias que había amor ahí dentro. Al llegar ya se escuchaban a los pajaritos cantar fuertemente, vivos, llenos de energía. Había cuatro o más especies distintas. ¡Cómo el gustaban! Además tenía pericos. Uno ya muy viejo que poco después moriría, pero que lo tenía desde que yo era muy pequeña. Toqué la puerta blanca que tenía un pequeño ventanal que me dio la fotografía de aves y su enorme jaula blanca. No tardó mucho en aparecer mi abuelita sin sus lentes. Raramente la veía sin ellos. Pero lo que era fascinante, era verla con su cabellito suelto, blanquito y muy largo. Bello. Mientras me reconocía y preguntaba quién tocaba yo alcanzaba a oler todo ahí dentro aunque yo estuviera afuera. Los olores de una casita vieja y limpia, ya que era una hora donde ella y mi tía comenzaban los quehaceres del día. Jamás olvidaré que la vi bonita,  con un mandil diferente al anterior. Cuando entré a su casa le besé la mejilla, tierna, suave, arrugada libremente y olí su vejez. Quisiera pensar que ella escogía esa música que daba un acogedor ambiente a la fresca mañana. Se oía a Javier Solís o quizás era José Alfredo Jiménez. ¡Qué cosa más bonita era eso! La seguí a la sala para ver que hacía. No se sentó. Se puso cerca de la escalera y le gritó a mi tía que bajara. Yo feliz por haber ido tan temprano y descubrir esos detalles. Ella me guio hacia la cocina mientras se recogía su débil cabello canosito, y sin que me diera cuenta, ya lo había trenzado tan perfectamente y me percate que sólo uso dos o tres pasadores, sacados de su mandil para sujetar su trenza… ¡Dios! A eso le llamo herencias en vida. Me emocioné por ir a su cocina y puse una sonrisa que ella no notó y quería comerme todo lo que ahí hubiera, yo era regordeta y muy feliz. Sólo había que esperar. La pequeña tele de la cocina estaba apagada. Sabía que si la prendía estarían las películas en blanco y negro de los ídolos de México. Pero sólo ella caminó hacia su estufa y puso agua caliente para darme café y ofrecerme un pan con nata y azúcar.

Ahí se corta mi memoria.

Ahora, que por las frías mañanas que esta época me ofrece, esos mismos colores y esa estampa de luz que recuerdo,  pongo muy temprano esa misma música y escucho atentamente el canto fuerte y vivo del canario blanco que heredé de mi abuela, con su bella trenza y sus lentes, después de su partida.

Cecilia Ávila Velázquez.

El fabuloso destino. Víctor Ávila.

El fabuloso destino de Amélie Poulain, del director francés Jean Pierre Jeunet, irrumpió mi forma de ver el cine y de observar la vida, hablo de los usos y costumbres. También invadió, de forma burlesca, la apreciación que tenía sobre mí mismo y mis quehaceres. Con obviedad me enfrentaba a lo fabuloso sin pretender un destino, por mero gusto y siendo apenas el 2001, le juré a mi madre que cuando tuviera una hija le pondría Amélie. Después de cinco años nació mi primera hija y la nombré posando mi mano sobre su cabeza y cerrando los ojos. Lo que sucede después no es destino, es ambición, es herencia y amor.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.