Un presente, un regalo. Víctor Ávila.

Me regalo

el pan dulce;

un tierno bizcocho,

que ya sin colmillos

y con azúcar de sobra,

puedo sentir en la lengua

el inofensivo sabor de su gracia:

de lo dispuesto, del novel melindre,

que me hincha el ego.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Georgia O’Keeffe – “Lirio blanco nº 7″ (1957, óleo sobre lienzo, 102 x 76 cm, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid).

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Saltos intermitentes. Víctor Ávila.

Con gracia se movía el autobús, dando saltos intermitentes entre cada bache, los pasajeros moviendo la cabeza afirman el camino. Dos señoras, sus enormes pechos que rebotan y rebotan, después, vuelven a rebotar. Entre brincos, solicito la parada para terminar con aquella carrera de obstáculos entre dos personajes de Botero.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Mujer leyendo, Fernando Botero.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Loveless. Andrey Zvyagintsev. Víctor Ávila.

No lloré, no era necesario, para eso estaban esos personajes afectivos, sombríos y de cierta forma absurdos. Lágrimas, gotas sucias y frías se veían en la pantalla. Harto de ese convivio de penas, me sobraba el hastío y me empachaba pronto. Tampoco me sentía muy bien del estómago: un tequila, una cerveza y dos copas de tinto, a la hora del queso y de la carne asada, me calaban como un metal en el esófago. Mi papada regurgitaba y en gutural sonido repetía la palabra loveless, loveless… Un eructo y en definitivo, no era tan shiraz y del bobal lo ignoraba, así que castigado, debajo de la butaca, permaneció ese tinto, ya no quería beber de esas mieles. Entonces se asomó, desde la bolsa de mi esposa, el agua mineral. La hurté. Las sales me hacían sonreír y mi lengua vibraba con la música, con el sonido de un piano con el que iniciaba esta bella película. Esto es un drama, un gran ejemplo, con grandeza en sus diálogos, sólo eso.

Ya lo habíamos visto, con Leviathan, allá por el 2015. ¿Recuerdas? Le preguntaba a la chica de un lado. Lo recordaba y me sonreía con los chocolates de menta en su boca. Le beso y la azúcar me empalaga, me despierta y grito dentro de mi cabeza ¡Qué chulada de películas hace el tal Zvyagintsev! ¡Ay qué buen pedorro tiene la mamá del niño! Algo, dentro de mí, afirma lo que digo.

Qué triste que se acabara la película justo cuando mis amigos ancianos apenas conciliaban la siesta en el sopor de la sala, en esta sala, la más pequeña de este cine: la mugrosa sala donde me gusta sentarme en la fila E.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

La tumba de las luciérnagas. Isao Takahata. Víctor Ávila.

Era un sábado del verano de 2012, recuerdo que era una noche calurosa y húmeda, mi hija y yo, en ese entonces, compartíamos un cuarto amarillo en la mansión de mis padres. Después de un día de compras habituales con mi hermana y mi madre, descansábamos mi hija y yo, platicábamos sobre qué película veríamos esa ocasión. Está vez buscábamos un buen anime, de preferencia, algo de nuestro bien amado Studio Ghibli, pero de la producción de los 80´s, ya que me había pedido mi hija que quería ver alguna animación de cuando yo era un niño. Entonces le sugerí un clásico del anime llamado La tumba de las luciérnagas, anime que no había visto pero que sabía que era de los finales de los ochentas, también le dije que desconocía la trama, clasificación, etc. Aun así, optamos por verla.

La traumé y me arrepiento, sin embargo, la pasamos genial, juntos y abrazados empatizamos en tristezas. Por Seita y Setsuko llorábamos los dos y nos asistíamos en nuestros lamentos, en ocasiones yo le enjugaba sus lágrimas y ella con su mano tocaba mi pecho, apretaba mi corazón.

Al finalizar La tumba de las luciérnagas, nos sentíamos consternados y conmovidos, mi madre se preocupó al vernos en tales estados y nos sugirió dormir y olvidar. Cosa que nunca hemos hecho.

Por último, recuerdo, que mientras tarareábamos la canción de Seita y Setsuko y nos preparábamos para dormir, mi hija me pidió que jamás le pusiera películas tan tristes como esta, que al menos no en ese momento donde ella era aún una niña. Se lo juré, le dije que hasta los doce comenzaríamos con otros cines, otros animes y otros dramas, que a partir de ese momento tendría más precaución sobre las clasificaciones y tragedias expuestas. Y lo cumplí. No le volví a poner películas lacrimógenas, como llegó a decir Isao Takahata, al menos no como este anime, tan hermoso como devastador: esa delicada historia sobre la guerra y sus consecuencias, sobre su gente floreciendo después o antes de cualquier tragedia. Una gran animación que trajo mucho a las interpretaciones o asuntos bélicos o situaciones adversas.

Ahora, seis años después, mi hija cumple doce años y con eso llegan otras clasificaciones, otras percepciones y otras historias enternecedoras, también llegaran sus manos para que toquen mi corazón y mis abrazos para confortarla cuando la conmuevan los padecimientos de la humanidad, como hoy que despedimos a Isao Takahata que ha muerto.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

Diálogos omitidos. “Yo”. Víctor Ávila.

El trasporte urbano se detiene ante mí y su chofer me sonríe bajo su ridículo bigote. Le doy el dinero y con su mano roza mi piel: siento los vellos de sus dedos cuando me da el sobrante. Gracias, le digo, gracias, me dice.

Las personas me observan con discreción, ya me conocen, soy el mismo de todos los días, el mismo a la misma hora ¡Saben que soy el hombre que habla a solas cuando nadie más quiere platicar!

¡Buenas días! les grito a los pasajeros, ellos me ignoran. Camino y busco un lugar. Hay rostros que me evitan. Tomo el asiento a lado de una señora con el cabello encrespado, la piel morena y las manos regordetas, le sonrío y me tuerce sus tristes ojos. No quiere hablar, trae bufanda rosa y un rictus que me espanta.

Aplaudo dos veces antes de abrir el libro y un niño me mira con ojos curiosos. Ve mis ojos, yo sé que tengo unos lindos ojos, su forma almendrada habla por sí sola; dicen lo que pienso… o quizá sea mi mirada la que dice mucho. Mirada penetrante. Arqueo mis cejas y saludo al niño que desaparece entre los senos de su joven madre.

Traigo “La sonata a Kreutzer” de Tolstói y vuelvo a aplaudir.

Leo y por encima del libro, con los ojos entrecerrados, veo a los pasajeros que van acompañados, a aquellos que pueden platicar, reír y mirarse a los ojos. Los observo y aprendo.

Los imito. Rio a carcajadas y la señora de lado se levanta, se va y se sienta en otro lugar, se aconseja con alguien más; recelan y disimulan. Trueno mis dedos tres veces y cierro los ojos. Silbo la sonata, de-a-para Kreutzer, de Beethoven.

Otro día, quizá mañana, suba alguien con quien pueda dialogar y ya les contaré.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Amedeo Modigliani… unos dicen que se trata del pintor Chaim Soutine. Ojalá.