Blade Runner 2049. Denis Villeneuve. Víctor Ávila.

Inició, bostecé, me aburrí y mejor me dormí.

Desperté, de un sueño hermoso, y continuaba la película, lenta y pastosa, también, apestosa, y en la modorra le di otra oportunidad, hasta qué sentí que ciego ya me estaba quedando, entonces pensé, qué algo mejor tenía que hacer con la noche de un sábado, y así, enjundioso y decidido, le hice el amor a mi esposa.

Que buen palo, que mala película. Qué chingue a su madre el guionista.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

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Hable con ella. Pedro Almodóvar. Víctor Ávila.

Volviendo al año 2002 cuando a mi discman se le atrofiaba el anti shock al comenzar Politik de Coldplay, a esos días cuando leía esa revista de crítica cinematográfica (una entrevista a Almodóvar donde se aludía a Fellini, “8 ½”, léase en 8 ½ de Federico Fellini) a esos días de calor sutil donde los niños se asomaban desde sus ventanas a gritar lo que sucedía en el mundial de Corea del Sur/Japón… En ese entonces, al fin, se estrenaba la película “Hable con ella” de Piedrín Almodóvar, en esas salas pobres y abatidas de México; salas apestosas donde no había más de cuatro parejas, esparcidas en sus esquinas para sus lascivos propósitos… y ahí, en medio, yo, solo, sin nada que comer pero con una sonrisa en los labios. La música y la cinta empezaban con un singular estilo y me dejé macerar con sus encantos cinematográficos. Entonces ocurrió algo hermoso; vi por vez primera a Leonor Watling y ahí mismo supe que me gustaban las mujeres, pero hablo de las mujeres que se pueden contemplar mientras tienen los ojos cerrados, para ser preciso y es que esto sólo te lo permite la fotografía, o el cine o en un beso, ya sabéis: abrir los ojos, con disimulo mientras besas a alguien y ver los lindos parpados de cerca, oír y sentir la respiración sobre tus labios… Me enamoré de Almodóvar, de sus chicas y de sus nenes: de sus historias. Dios bendiga a ese marica, no a Almodóvar, sino al puto de Benigno.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

La perpetua soledad. Víctor Ávila.

A Cecilia Ávila Velázquez.

 

Al querer destapar la lata de champiñones me di cuenta de que realmente estaba muy solo, pero ahora imagino una mujer alta de ojos oscuros, cabello largo y suelto que está recargada en el desayunador y me cuenta algo, que me parece sin importancia, pero la escucho con una atención que no le daría a nadie más. Mientras abro la lata, suelto breves risas, ella me sonríe y continúa picando el ajo (mierda, pinche soledad). Yo le prometí una comida exquisita; le preparo champiñones al ajillo, yo sé que le van a encantar, le cuento que mi hermana los preparaba cuando mis padres estaban ausentes, ella me vuelve a sonreír, esa es la sonrisa que imaginé desde siempre.

En este momento derrito la mantequilla sobre el sartén, ella se acerca a donde estoy, trata de oler el vapor, se detiene el cabello con una mano y se aproxima al calor, noto que su cuello posee dos lunares, levanta su mirada hacia mí y yo le beso una mejilla, sonríe, me vuelve a enamorar, trato de disimular la emoción vaciando el chile de árbol y el ajo sobre la mantequilla, le pido que me pase los champiñones, me los da y se lo agradezco, con un movimiento mezclo todos los ingredientes y los dejo reposar. Ella me mira, sé que por alguna razón ambos sentimos aquello y nos reímos al mismo tiempo como si tuviéramos idénticos pensamientos. Saca la botella de vino tinto de la bolsa, la quiere destapar pero me rehúso advirtiéndole que estas cosas las debe de hacer un hombre, ella muestra indiferencia, pero percibo que le molestó mi actitud, le pido una disculpa y me rechaza, todo se empieza a complicar, le insisto pero ella no me vuelve a mirar. Saca algo de su bolsa ¡¿un cigarro?! No, claro que no, aquí no se fuma, le digo y eso le molesta aún más. Huele a quemado ¡mierda! ¡mis champiñones! Apago la estufa, volteo hacia ella y no encuentro su rostro, empiezo a desesperarme y ella no reacciona, despierta, le grito, empiezo a llorar, carajo todo iba bien, ¿bien? sólo estaba imaginado… debo tranquilizarme, suspiro y estoy dentro de la realidad,  tengo lágrimas en los ojos.

– ¿Por qué lloras?- me pregunta mi esposa.

– No, por nada… no lo sé… bueno creo que sólo estaba pensando en nosotros de jóvenes, cuando éramos novios, los primeros años ¿recuerdas?

-Mmm…este…  pásame la sal que estos champiñones saben diferentes.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* “On the Cliffs”, 1917, Dame Laura Knight.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La mudez de los días. Poema I. Víctor Ávila.

La mudez de los días

 

I

Sobre el aire

aletean las niñas

luz el plumaje.

 

A Amélie Ávila y Emilia Pablo.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Young Peasant Woman with Three Children at the Window, 1840 by Ferdinand Georg Waldmüller.

**Poema del libro “La mudez de los días”. 2012.

Mother! Darren Aronofsky. Víctor Ávila

Darren A. me a recuerda un compañero, ultra-católico-cristiano, que tenía en la educación primaria, en la cual, por fortuna, nos enseñaban los libros sagrados y a mí, al encantarme esa ficción, era un fiel devoto a la participación de clase y lo hacía cuestionando su veracidad, torciendo y comprando la originalidad de los textos, y mencionando lo ambiguo de la formación en al que se nos instruían. Esto ocasionaba, en mi compañero fanático cierto repudio hacia mí y cada que tenía ocasión fuera de clase, buscaba fastidiarme. A veces, seguido de un pelotazo, me gritaba ¡Maldito moro! o bien, a la hora del almuerzo, su guarrido de puerco atormentaba mis oídos, escupía mi comida y en los lavabos, después de una actividad recreativa, me forzaban a un salvaje bautismo junto con sus apóstoles, que eran un grupo de niños obesos que le seguían sus más absurdos e idiotas juegos. Yo no entendía si toda esa burla era por el color de mi piel dorada, o porque ya estaba enterado de mi ascendencia árabe, o bien, por su limitada posición ideológica… hasta llegué a pensar que sólo tenía ganas de comunicarse con alguien más ¡decir su cerrada opinión y ser escuchado por alguien! pero nadie lo quería atender, y en su inconformidad por lo que los otros creían, formaba su propia religión, con una triste interpretación… Entonces, lo único que pude suponer, ante sus ataques y rabietas, fue que me enfrentaba a un imbécil atorado en algún momento de la historia o de la cultura, así que sólo soporté. Ese imbécil me recuerda a Darren Aronofsky con su insistencia sobre el tema, el gran tema que nadie quiere ver cómo lo ve él, con su compleja interpretación y su mensaje ambiguo, de cual sólo tengo que opinar, porque soy un ser humano tolerante, que me ha encantado su película y ¡qué ricos y frescos estaban los cacahuates que comí mientras la veía y qué rica está Lawrence, tan tierna como un cordero y qué hombre tan chulo es Bardem! ¡Papá Dios está orgulloso de su representación en el cine, así como en la tierra, como en los libros sagrados y apócrifos! ¡Qué gloriosas son sus historias que se siguen contando en el mundo! Y que Dios bendiga a Ed Harris por su gran trabajo como actor porque yo también le mordería la costilla a sus 67 años.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

La leche. Víctor Ávila.

El niño Raudel esperaba a que su hermano dejara de mamar la teta de su madre para poder irse a la escuela, pero al hermano parecía no incomodarle la tardanza y mientras succionaba miraba con un gran asentimiento la cara del niño Raudel. Luis ya vámonos, dijo el niño Raudel mientras miraba sus zapatos y bajaba al suelo a abrocharse las cintas. Levántate Raudel te vas a ensuciar, dijo su madre mientras obligaba a Luis a desprenderse de su seno. Pasaron por el zaguán corriendo y su padre les gritó algo que ellos no quisieron oír y salieron aún con más prisa.

En la escuela el niño Raudel miraba a su maestra, con cuidado, sus facciones, era toda una bella mujer; le encantaba; morena, el pelo ondulado que caía sobre su espalda y brincaba cada vez que se movía por el salón. Su olor de perfume barato, pero fragante, estimulaba el corazón del niño Raudel. En ciertas ocasiones ella le recordaba  a su madre, pues el exceso de atención que demostraba a sus alumnos era como si ella viviera con él y sus ocho hermanos.

Mañana sería el gran día en que se irían al campo para hacer una excursión sobre insectos. Era la única oportunidad que tenía para que le diera un beso. Pero tenía varios problemas, uno era que ella había dejado en claro que los que no llegaran temprano se quedarían con la maestra de primero, en el mismo salón de su hermano Luis y con esa maestra gorda de cabellos rizados como los pelos que su papá dejaba ver, entre las piernas, cuando se bañaba con ellos. Y el segundo; era que también corría el riesgo de que si Luis se quedaba mamando teta con su cara de satisfacción más tiempo de lo habitual, llegaría tarde.

Así pues se empeñó en hablar con Luis a la salida de clases. Luis, mañana no te tardes en salir de la casa porque tengo que estar temprano, vamos a salir de día de campo y los que no lleguen los dejan, dijo el niño Raudel. Luis lo miró con detenimiento, y luego respondió un no seco. El niño Raudel pensaba que algo ya tramaba Luis, aunque él no hablaba mucho, debido a su media mudez, se sabía que analizaba y pensaba demasiado las cosas, por esta razón el niño Raudel se asustó más.

Y llegó la mañana siguiente, todo transcurría igual, monótono, el niño Raudel tomó poca leche de su madre y luego fue a mirarse al espejo. Cuando regresó vio a Luis que se montaba en las piernas de su madre, le destapaba el pecho, agarraba una teta, la puso en su boca y cuando comenzó a mamar se giró a ver a su hermano, con la misma mirada de aprobación. Se acercó el niño Raudel a Luis con tal aproximación que se escuchaba como la leche caliente pasaba por la garganta. Vámonos ya, dijo el niño Raudel, pero Luis sólo entrecerró los ojos, paró de beber un momento y después continuó dando una gran succión a la teta, a su madre le molestó el dolor y le dio un golpe con la palma de la mano en la cabeza. Así no Luis, o te la quito, ya sabes, le dijo la madre. El niño Raudel se sintió más desesperado porque su madre comprobaba que todavía a Luis le quedaba otro litro seguro por beber. Esperó y cuando Luis se sació de los nutrientes que le proporcionó su buena madre, salieron corriendo.

Al llegar a la escuela, el salón de segundo ya se había ido al día de campo. La maestra gorda con su cabello ensortijado los vio a los dos y a jalones los llevó hasta el salón de primero.

El niño Raudel se sentía destrozado, tenía las lágrimas a punto de romper en un llanto ruidoso, incontrolable, pero se limitó a planear su venganza contra Luis, que ahora lo miraba con preocupación, quizá no era su intención, quizá sí. Pero ahora la ira le daba fuerza para actuar contra él.

Y llegó la mañana siguiente, todo transcurría igual, pero al momento de tomar la leche de su madre, el niño Raudel se dedicó, con toda delicadeza, a destapar el pecho, agarrar una teta, la puso en su boca y cuando comenzó a mamar volteó a ver a Luis, con la misma mirada de aprobación. Mamó y mamó, aún ya satisfecho, siguió mamando. A la madre no le molestó y ni siquiera le incomodó. Estabas sedientito verdad Raudel, le dijo la madre mientras él afirmaba. Luis lo miraba, desesperó y empezó a llorar. Cállate Luis, ¡Anda ya viste la hora, váyanse a la escuela! pero ya, ¡anda Raudel quítate! Dijo la madre separando al niño Raudel de su teta y de ésta escurrió poquita leche que cayó al piso, Luis miraba el chorrito blanco, trató de subir sobre su madre cuando ella le dio un golpe en la cabeza. ¡Córrele Luis! dijo su madre.

Los dos niños corrieron rumbo a la escuela, uno con la panza llena de leche y la cara de empacho, y el otro con la panza vacía y la cara llena de lágrimas.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*SALVIATI, Cecchino. Charity 1554-58 Oil on wood, 156 x 122 cm

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.