La mudez de los días. VII. Víctor Ávila.

La mudez de los días

VII

Florecen hombres

en los turbios estanques

de una mujer.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Suicidal Attu Island. Tsuguharu Foujita.

**Poema del libro “La mudez de los días”. 2012.

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El esclavo, su ama y su blues. Víctor Ávila.

A Jaime Huerta Salazar y Eduardo Ávila Robles

 

El sol naranja está avivando las cosechas amarillas de trigo, todo el campo contrasta en ese ambiente ámbar. Un negro camina, sudando, brillando, y ahora que va a su morada suspira con la garganta seca.

Su guitarra sucia está parada sobre la base, descansando en la misma esquina cochambrosa de siempre, la esquina que no le ha importado limpiar. Un viento caliente que proviene de la puerta, ahora que el negro entra, empuja la quinta cuerda emitiendo un La, es como si el aire la invitara a acompañarla en ese andar por la colonia donde pertenece, a ese matrimonio, a su ama, en su condición de esclavo a la que sirve en la hacienda.

Toma su guitarra y comienza un blues en La. El negro rasga las cuerdas con sus dedos oscuros por su piel y por el trabajo. Cambia el acorde a Re, él siente cómo la canción eleva su espíritu, lo llena de gozo pues el sufrimiento de las notas tristes alimenta su melancolía con la que carga día tras día. Regresa a La, su mano izquierda hace una armonía sobre el acorde. Pasa a Mi. Luego a Re, y vuelve a empezar en La, ahora con un tarareo, el tararear de sus labios rollizos quieren masticar una letra confusa, dudosa, quieren decir algo y sólo sale un “Inalcanzable…inalcanzable”. Pasa a Re, piensa en algo más pero le pesa lo que acaba de cantar, para en seco y se oye el silencio, un silencio sincopado.

El negro regresa la guitarra a la esquina cochambrosa. Se acerca a la ventana de madera para mirar la hacienda y desde ahí ve a su ama que lee, sentada en el pórtico, el negro quisiera que leyera para él.

El viento juega con el cabello de su ama pero no corrompe su postura, el negro espera a que ese aire regrese hacia él; trayendo consigo el dulce olor a vainilla que robó de su melena.

El negro vuelve a tomar la guitarra sucia de la esquina cochambrosa.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* William Merritt Chase. A Study (The Artist’s Wife).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Encuentro con las hormigas. Víctor Ávila.

Vimos unas hormigas con alas,

eran grandes, rojas

y estaban mojadas.

Es la lluvia quien las trajo.

Mi hija las ve encumbrar

mis manos.

Toda la lluvia sobre ellas.

Toda la lluvia

sobre los hombros

de mi hija.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* John Constable – Weymouth Bay. 1816.

El olvido también es daga. Víctor Ávila.

Es bailar sin roces, sin la palma sobre la espalda, sin el beso a la nuca o sin la frente sobre el hombro. Es retorcer la música de los árboles para que los frutos sigan cayendo. Insistirlos para olvidarlos; ese es el otro filo que, como el hambre, no se puede disimular.

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* The Dance, 1988. Paula Rego.

Dos claveles, seis rosas blancas y ocho gerberas. Víctor Ávila.

A Ileana Romo Serna.

 

La niña lloraba con fuerza sobre la espalda de su padre, envuelta en una manta gris que evitaba que se cayera al piso y tener que cargarla en brazos también.

El padre desfilaba de calle en calle ofreciendo un absurdo surtido de flores: dos claveles, seis rosas blancas y ocho gerberas. La niña continuaba con su llanto. Consiguieron vender los dos claveles y una rosa blanca a una señora que miraba con sentimentalismo a la niña que no paraba de lamentarse.

Mientras el padre compraba agua y un pan, la niña cesó su llanto; miraba con ojos cristalizados el dinero que el padre le daba a un hombre y esté miraba la mucosidad arriba del labio superior de ella.

Sobre una banqueta el padre puso a la niña y a la cubeta con flores, se sentó a tomar el desayuno; partió el pan en dos, intencionalmente desproporcionado, el pedazo más chico era para ella que comenzaba a desaparecerlo, casi no lo masticaba, lo tragaba. El padre la miraba y pensaba en sus, ahora, cinco rosas y ocho gerberas.

Antes de continuar con su recorrido diurno, la niña volvió a llorar, abriendo la boca de tal forma que su padre alcanzó a ver el pan que quedaba entre sus dientes. Le inclinó la botella de agua y la niña sorbió hasta saciarse. El llanto cedió al silencio y sus ojos a la contemplación de las casas, el cielo y la gente.

Al detenerse delante de la iglesia, vendió las cinco rosas, esperó vender las ocho gerberas y las ofrecía a los paseantes. Con su boca, la niña emitía ruidos que querían simular la pregonería de su padre. La niña tenía sed y lloró. Su padre le acercó la botella de agua y ella tomó.

Era tarde, sus ocho gerberas seguían en la cubeta, unas de color rosa, otras amarillas y las demás naranjas. Regresaron a su casa, en el camino compró masa de maíz, y le dio a la niña un poco. La puso sobre su espalda entre-lazada con la manta gris y partieron a las afueras de la ciudad.

Al llegar a su casa hizo algo de comer para él y para la niña. Ella lo miraba mientras comía, jugaba y se reía. El padre masticaba su tortilla cuando en medio de la habitación vio a sus ocho gerberas que se secaban. Buscó la botella de agua, ya estaba a la mitad, no tenía nada que tomar más que ese medio litro, volteó a ver a la niña, ella lo veía y masticaba, regresó la vista a la cubeta, las ocho gerberas se secaban y sus pétalos se decoloraban y los tallos se marchitaban.

El padre esperó a que llegara la noche. En ese ambiente la niña se dormiría.

La niña comenzó a llorar, miraba al padre, miraba la botella de agua, su mano apuntaba el agua y luego se limpiaba su cara quitándose las lágrimas, manchándose de mugre.

El padre se culpaba de pensarlo, de dudar si era mejor dar de beber a la niña o refrescar a las ocho gerberas. La niña lloró con más fuerza, con gritos, con las dos manos en los ojos. El padre, al fin, tomó la botella, la acercó a ella y bebió más de lo que él esperaba.

Lo poco que quedaba de agua pensó en echarlo a las ocho gerberas, era muy poca, él se la bebió. La niña lo miraba, comenzó a quedarse dormida con una tenue sonrisa en su boca.

El padre se lamentaba en silencio, por sus ocho gerberas que amanecerían marchitas, y sacó la cubeta de su casa. Afuera arrojó sobre el piso las ocho gerberas y fue cuando empezó a llover. El padre miró al cielo, sintió sobre su rostro el agua, era un agua caliente, las gotas azotaban el tejaban de aluminio y la niña emprendió un nuevo llanto.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* “Carnation, Lily, Lily, Rose” John Singer Sargent.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La mudez de los días. VI. Víctor Ávila.

La mudez de los días

VI

Un amor ido

crujía por vaivenes.

Fueron madera.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Vincent van Gogh, Ramas de un almendro en flor en rojo, 1890.

**Poema del libro “La mudez de los días”. 2012.

Hail, Caesar! Ethan Coen, Joel Coen. Víctor Ávila

– ¿Qué más puedo decir de los hermanos Coen?

– ¡Qué los tiempos son dorados, para ellos y los suyos!

– ¡Qué la gloria, de sus guiones y de sus producciones, siempre será un goce para los que disfrutan de su cine!

– Bravo por el hilarante tributo a la industria cinematográfica.

– ¡Salve, los Coen!

-¡Salve, Frances McDormand!

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.