No hemos cavado tumbas. Víctor Ávila.

A Claudia Ávila Velázquez

 

La multitud se concentra en el cementerio pero no hay muerto alguno que velar.

Los del pueblo están aquí por un eco de infierno que llegó a sus oídos. El cementerio empezó a hacer su propio ruido, sonidos misteriosos de un lenguaje infernal: muchas voces haciendo el retumbo de otro mundo. Todos pueden oírlo.

Soy el hombre que ha escuchado todo desde el comienzo. El primero en oír el susurro lóbrego que viene desde más allá de las tumbas. Soy el jardinero del cementerio.

Ese sonido que llega por debajo de la tierra empezó hoy al medio día. Primero fue un llanto gutural, templado y largo que balbuceaba de pronto. Poco a poco otras voces fueron acompañando el lamento, en ocasiones como coro y en otras como voces afónicas, pero nunca la mudez o el silencio. Pensé que las suplicas venían de mi cabeza y me puse un coral en la oreja y oí al mar, ese sonido vacío y ausente bastaba. Entonces las personas fueron obligadas poco a poco a asistir, captadas y atraídas por el siseo interminable de las clamas provenientes de la hondura de la tierra. El pueblo quería apreciar las protestas del otro mundo y vinieron a tocar las puertas del cementerio.

El gentío no cabe de asombro al escuchar el sonido del infierno, tampoco cabemos en este camposanto y siento como el piso se agrieta, se profana por el peso de los vivos y el peso muerto de los difuntos. Todos están aquí, los hombres morenos se quejan, lloran, se lamentan y fuman de sus tabacos. Las mujeres gimotean por sus emociones enmarañadas. Lo que gruñe abajo se vuelve un cántico, una evocación recelada de armonías que huraña dentro de nosotros. Algunos ya pierden la cordura. Yo deseo moverme ahora que las mujeres aplauden sin ritmo alguno, quiero bailar entre los resoplos que engendra la gente, pero no lo hago. Todos nos miramos de reojo y temblamos.

“Será mejor que empecemos a cavar” opina un hombre. “Será mejor que vayamos a dormir” dice un viejo y pienso que nadie dormirá por las posibles pesadillas aguijoneadas por estos sonidos. “Será mejor rezar, Padre Nuestro que estás en los cielos…” empieza la oración que muy pocos siguen con una voz dócil para distinguir si los coros disminuyen. “Será mejor no hacer nada extraño y esperar a que el silencio llegue.” Digo y nadie me escucha, pero una mujer, que no reconozco, me observa. Sus ojos son oscuros y me irrita su desesperanza. “Trata de sonreír porque el diablo no querrá ver esa cara pálida de muerta cuando llegue para llevarte a otro mundo”. Me digo y ella intuye mi pensamiento, lo sé porque sonríe.

Entonces las tumbas nos devoran a todos los que estamos presentes.

Los niños son los únicos que alcanzan a gritar cuando se estremece la tierra. Los chillidos pueriles se funden con los bramidos y lamentos del otro mundo, en este infierno que quizá no es otro mundo, quizá sólo es una orbe sin ser más. Ahora ya pertenecemos a este infierno o a esto que no sé nombrar… Un  infierno que no es el nuestro.

Los silencios llegan titubeando entre los suspiros de las mujeres que ya tienen sus cuerpos descompuestos. Recargan su cabeza en los hombros de sus hijos escuálidos y mal encarados, buscan el inútil consuelo. Observo los ojos de los hombres que ya son ojos sin almas, quinqués apagados, ojos nublados por las cataratas hechas del calor cuando trataron de mirar arriba. De ese lugar donde vinimos, de donde caímos, ahí donde ahora se observa un cielo pedrusco que evito ver. Sollozo entre mis brazos.

Los hombres empiezan a encolerizarse con su ceguera, palpan el suelo húmedo y fogoso, se arrodillan y escarban la tierra, se queman los dedos mientras sus uñas son como picos que desgarran la superficie, otros usan piedras y la tratan de abrir: quieren volver a su mundo, al cementerio donde estaban antes sosegados escuchando el sonido del infierno que los trajo hasta aquí. Babean y jadean, ciegos como animales que buscan la teta de su madre en la oscuridad. El silencio no es persistente pero alcanzo a oír a las mujeres suplicar que no hablemos, debemos esperar y escuchar bien. Después llega un aire, como un pensamiento, y ya está, trae de vuelta el sonido. Oigo el mismo llanto de esta mañana y de la misma forma brota ahora: gutural, templado y largo… Vendrá lo peor, lo suponemos y nos lamentamos, quizá alguien o algunos, en otro cementerio, escucha nuestras suplicas, es una esperanza la de desaparecer siendo escuchados como ánimas en castigo, o quizá, desde allá arriba, simplemente escuchábamos nuestro propio estrépito desde otra época ajena a nuestro presente. La acústica del infierno no sabe de tiempos.

Ya no sollozo, yo bramo, yo salivo y pataleo porque no tengo a la mano un coral con su sonido vacío que me baste.

Tampoco hay una mujer que me sonría para llevarme a otro infierno y sufro, sufro porque los hombres con sus uñas están cavando nuestras tumbas, mientras las mujeres, ya nos están velando.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Peder Mörk Mønstead

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

Huida. Víctor Ávila.

Tan infame como tu galopante sonrisa

voy pronto con la maleta revestida

no admito que tu amor sea intermitente.

 

Que los detalles causen sus memorias

de tus pecosas piernas educándome

de tus órbitas rosadas perturbándome

de tus dedos dentro de mí hasta el final.

 

Y que no me he confiado de las mujeres

me fié en lo masculino que escondían

bendito huracán que envolvía mi pudor.

 

Que me amparaba de tu equilibrio

de la cuerda floja, que se afloja

mientras tú te acaricias sobre mis libros

mientras tú te acaricias sobre mi ausencia.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*  Rembrandt Harmenszoon van Rijn. The Prophetess Anna. 1631.

Las lluvias más siniestras. Víctor Ávila.

A Efrén Ávila Moreno.

 

Un hombre de baja estatura, que se llama Friedrich, ve desde su ventana que la lluvia era intermitente y cálida. Que la lluvia regaba a la calle y emanaba calor junto con la tierra que enlodaba a las paredes. Veía que las brisas salpicaban a los árboles en donde los perros se refugiaban empapados, lamidos de su pelaje con los ojos abiertos; están confundidos. El ruido que produce la lluvia en su caída es apretada, como no queriendo llegar al suelo, pero caía en un ruido armonioso. El viento también se oye silbar sobre su ventana que es un cuadrado grande, un marco de madera divido en cuatro con su cristal, pálido, antiguo, casi cadavérico.

Las gotas golpean sobre la ventana y la hace temblar. Friedrich se estremece pero no se aleja, sigue lloviendo y continúa mirando hasta que suena el reloj en medio de la sala anunciando la hora. Friedrich se siente interrumpido y mira el reloj. Arquea sus cejas, el minuto pasado le pareció corto de tiempo. No sintió lo que un minuto dura con regularidad. Friedrich presiente que le han robado un minuto antes de la hora. Quizá por tres o cinco segundos, una exageración supone. Friedrich prende el cigarro que saca desde su abrigo, recuerda que la lluvia vino de repente. Friedrich vuelve a sumirse en sus pensamientos con la lluvia, sobre su ventana y suena el reloj anunciando la misma hora.

Alguien está hurtando el tiempo de Friedrich y él lo sabe.

La lluvia empieza a insistir, a querer llamar la atención de su observador, pero él fuma y mira el reloj, lo reta a que se mueva rápido, ahora sabe que no fue por cinco segundos el último robo, fue por veinte segundos, treinta segundos ¿medio minuto? ¡Medio minuto: un minuto! La lluvia pierde fuerza con lentitud, ya no requiere más su atención, pero el pobre de Friedrich la extraña y mira hacia la ventana dejando de ver el reloj que ahora vuelve a sonar la misma hora anunciada. Lo que antes se le conocía como minuto ha pasado una vez más.

Friedrich se siente inquieto ¿asustado? Sí, tal vez más que eso; está temeroso de que el tiempo se vuelva algo que no tenga medida. Algo triste que no tenga nombre, un nombre así, como la lluvia, la lluvia que ahora sucede en la calle y que él no alcanza a ver. El reloj suena igual. Ya sabemos lo que significa, pero Friedrich no.

La estatura de Friedrich le impide alcanzar el reloj. Lo quisiera tomar y aventar por la ventana, no importa que se rompa, así la lluvia entraría a poner orden al tiempo. A estas horas el minuto dura quince segundos, ¿Quién es el ladrón? Quizá no haya ladrón y el tiempo juega con los hombres pequeños. Quizá sea la lluvia que se escucha en la calle. Suena el reloj y una vez más tortura a Friedrich.

La locura es algo inevitable en momentos así y Friedrich grita sandeces. Le grita a la lluvia, le grita al tiempo y le grita al reloj que vuelve a sonar para recordarle qué un minuto más ha pasado. El tiempo parte.

Friedrich saltando apenas cabe en un minuto de cinco segundos.

El minuto de cuatro segundos cae con la lluvia.

Un minuto sucede en tres parpadeos.

Suena el minuto, suena otra vez.

Friedrich es un segundo.

Friedrich era.

Afuera, todavía, la lluvia mojaba la tarde y humedecía a las personas: las plantaba en la tierra y les brotaba cualquier fruto en sus rostros serios, cualquier flor.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Alice Neel. Robert Smithson. 1962

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

Los veo con estos ojos. Víctor Ávila.

Saben quién soy yo: soy el hombre moreno, alto y de linda sonrisa que mira con ojos inquietos todo lo que está a su alrededor. Supondrán que sospecho demasiado, pero lo único que hago es observar, entonces la naturaleza de las cosas se refleja ante mí y veo, en cada uno de ustedes, a sus afligidos espíritus amarrados a la pared de la vanidad. No puedo salvarlos, ni siquiera puedo hablarles o acercarme porque me desconocen como perros cegados por el hambre, me quieren morder y yo no quiero ser mordido, entonces, eso me pone indiferente, camino y los olvido pronto, muy rápido cuando algo delicado pasa y distrae mi mirada y mis pensamientos… Pero hoy tengo compasión y voluntad hacia ustedes y les traigo estas palabras, porque que me doy cuenta de su anodina presencia en el universo y ante mis ojos están a salvo pues doy fe de su existencia ante la verdad que nunca quieren detenerse a observar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Ilustración: Roman mosaic, Zeugma.

El nido abandonado. Víctor Ávila.

A Ma. De Jesús Velázquez López 

 

En el cerro de B. han visto a una mujer con rostro de lechuza cabalgar entre los mezquites. Mis hombres y yo vinimos a buscarla. Después habría que edificarle un lugar de encierro, la duda era si también podría volar, suponíamos que no por el caballo.

Al llegar a la costa teníamos tierra y sal en el cabello, nos lo había entregado el aire a manera de bienvenida mientras cruzábamos el océano. Al entrecerrar los ojos no distinguíamos el nuevo mundo, se había comprimido y su dimensión no se apreciaba, sólo las copas de los árboles abrigados por la neblina.

Al desembarcar la tremenda selva nos estremeció.

En las formadas veredas por las que íbamos nos llegaban gotas lentas, dudosas de caer mientras otras terminaban sobre las ramas de los altos árboles. Los simios nos berreaban cerca de nuestras orejas dejando caer frutas y hojas viejas. Las aves eran variadas y yo fui el único que pudo ver de cerca un quetzal del tamaño de mi arma.

En nuestra décima alba, ya en la hondura de la selva donde no escuchábamos a los simios gritar, vimos a unos hombres que raspaban los árboles obteniendo un brebaje espeso y amarillo que mascaban. Nos ofrecieron aguardiente y nos llevaron a otras selvas próximas donde los changos se escondían de ellos, de ahí el sigilo que ya percibíamos de antes… El hombre más moreno tenía una gran precisión con su arma y de un disparo derribaba a los changos que caían cerca de nuestros pies. Los niños los agarraban y los metían a un costal celebrando. El hombre más anciano, ante el júbilo de la barbarie, nos explicaba que no había ave que sonriera más que la que buscábamos. Yo sonreía al escucharlo porque sabía que cada vez eran menos mis motivos para sonreír. Tenía miedo de no encontrar a la mujer con rostro de lechuza. Este temor me tenía en constante vigilia… En el campamento, las mujeres con su pecho descubierto quemaban el pelaje del chango. Les arrancaban las piernas, los brazos y la cabeza, dejaban el torso sin viseras y ya vacío lo usaban como cazuela que ponían al fuego; en ella metían los pies y los brazos, la lengua, los sesos, el corazón y el hígado, la verdura con otras hierbas y raíces, y al final, los ojos del simio mirándonos mientras flotaban en su propio caldo. Un estofado de simio para cenar… El anciano me sirvió el corazón al saber que yo dirigía la expedición. Fue la primera vez que dormí tranquilamente.

Antes del amanecer se acercó el anciano a mi casa de campaña y me llevó a otros árboles. Con su hacha tajó un árbol rollizo y sobre la tierra jugosa, que el sol apenas iluminaba, escribió con una de las ramas los sueños proféticos y sátiras posteriores. Me dijo, no olvides arrullar las alboradas de los propósitos que serán.

Tres meses después, cuando estábamos en la estepa, uno de mis hombres nos despertó ante una tormenta de arena. Nos aterrorizaron sus gritos intermitentes mientras bajaba de alguna duna. Nos exponía entre jadeos y habladurías, nada lúcidas, la pérdida de la amante de mis hombres, que era una mujer del desierto que se acercó a nosotros para darnos medicinas y remedios naturales… después se quedó con nosotros siendo amada por todos, sin contarme a mí, por el devoto amor que tenía por la mujer del rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites. Mi hombre alegaba, anonadado, el motivo de sus gritos “…se ha fundido nuestra maga en el desierto, se ha hecho semilla, hincada en la arena, ahora germina en raíces, escuché su húmedo canto y el vasto viento, me advirtió que venía la tormenta de arena… ¡Aférrense a sus sábanas, tiemblen cuando el viento toque nuestra campaña…! el miedo nos llamará por el nombre que ya no usamos, yo me quedaré a probar el soplo, el aliento malo, lleno de vergüenza, quizá cálido, imposible la piedad del desierto y su desgracia, aquella que puebla cactus ermitaños, que con sus brazos abiertos me quieren recibir y sus espinas rojas se saborean mi carne… Mañana busquen mi otro cuerpo, que será terrones de bronce sobre lo blanco, sentiré las raíces de nuestra maga… Tormenta de arena, su voz llegó, el retorno de escaldar mis huesos… ¡Los he visto bastante tiempo caminando sobre el desierto que el búho vigila…!”. A mi hombre lo perdimos. Se sujetó toda la noche a un cactus que dio un fruto después de la tormenta, una tuna de color sangre, sangre de toro. Su cuerpo nos señalaba, en el perpetuo reposo, a un ave nocturna que nos acechó con su vuelo las próximas noches… Por fortuna aún teníamos remedios y magia para curarnos de los imprevistos.

Al acercarnos a la aldea que calzaba el cerro de B. nuestras leches de cactus se estaban terminando. Habíamos dejado el desierto atrás y el encanto acrecía por mi mujer de rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites…

La comunidad del cerro nos recibió con nuevos remedios y me descubrí en medio de una conversación con una anciana que cantaba una oración, Morena cielo claro, me salgo del camino, atajo de tu vulgaridad, dolencias, fresas y aguardiente, encantadora es tu vanidad… rezaba mientras a lo lejos podía escuchar la cabalgata nocturna de mi mujer rostro de lechuza y continuaba… Me destierro, huella de tu agresividad, azucenas bajo el mezquite, predecibles tus senos, visibles tus pezones. El ave nocturna también volaba sobre nosotros y parecía reconocer a la anciana… Quisiera pedir amparo, temor de mi espíritu, súplicas, nubes bailando entre tus manos; ronroneo en tu vagina… Calló la vieja y del cerro un retumbo hizo sacudir nuestro pecho. Mis hombres y yo escuchamos atentos la pompa que crecía en el cerro: parecía ser veinte mujeres cabalgando… Pero la anciana confirmó que era una sola mujer con rostro de lechuza y después acabó su canto… Morena cielo claro, demándame, yo espero, gracia, leche en mesa, en tu agua salada clamo: todavía sigo con vida.

Al clarear el día ya íbamos subiendo el cerro de B. Mis hombres estaban preparados para posar sus miradas en ella, marchaban atentos y satisfechos por la leche de cactus.

Al medio día estábamos llegando a ciertas alturas del cerro donde se escuchaba el principio de una agresiva querella. Otros hombres, aborígenes de desconocidas vestimentas, pretendían pelear por la conquista de la mujer de rostro de lechuza. Venían contra nosotros. Mis hombres y yo encaramos la contienda. Los aborígenes con la lengua de fuera, empuñando arco y flechas con sus dedos, volvían a ser las hormigas que encumbraron por vez primera la tierra, y sólo derribaban a pocos de mis hombres. Nuestro fuego los apaciguó lentamente con mucho esfuerzo, matando a varios de ellos, mientras otros huían y otros tantos se reorganizaban en las faldas del cerro… En la cima del cerro logré ver la prisión de mí amada mujer de rostro de lechuza: eran cuatro bardas de grandes piedras… Llegábamos a la cumbre y ahí estaba mi mujer, la pude ver cabalgado en círculos, cautiva por su peculiaridad. La observé hermosísima: su cuerpo moreno desnudo y un rostro de lechuza tan blanco y resplandeciente por la luz rosada del atardecer. La brevedad del asombro fue interrumpido cuando una horda de flechas descendía sobre el cielo rompiendo el viento, derribando al búho que nos acechaba, silbando con ferocidad su caída. Algunos de mis hombres, incluso hasta yo, le gritábamos a la mujer ¡Brinca el muro, salta la barda! Ella lo intentó con una galopante sonrisa y el caballo obedeciendo hizo muecas para tratar de conseguirlo, obviamente no lo lograron y cayeron. La cara de la mujer se desplumó en el suelo. Al llegar hasta ella, no vi temor, sólo la angustia de su extinción, lloró en mis brazos y me habló: Te abrazo a ti, para que me aprietes, porque puedo ver la luna más de cerca y más llena, más blanca, como lo blanco de tus ojos, como la leche que pinta mi nombre en tu labio superior. Su corazón se detuvo, vi su calma y sentí la mía, después un estupor por no saber nunca jamás su nombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

** Pintura: Paisaje con aves. Roelant Savery. 1628.

 

Beber aguas muertas. Víctor Ávila.

Comenzábamos a morir cuando nos levantamos con las ventanas abiertas.

Se escuchaba la sinfonía entrar por la ventana y tus senos cabían en mis manos. El viento bufaba y entorpecía a la orquesta. Rezabas las veces que he sido tuyo, fueron cinco y varias pendientes por concluir.

No veía el café pero podía olerlo en tu cabello mientras tu voz se extinguía poco a poco y en cada beso. Eres una villana cruel e inhumana, el que me hagas el amor me parece sospechoso ahora que siento tu piel dura y triste como de muerta.

Cuando acabó la sinfonía tu jadeo arrebatado me hostigó. Gritó lo que sería tu suspiro tras azotarse las ventanas y en el silencio una breve exhalación tuya se escuchó.

Yo pensaba en sostener el café en mis manos, pues tus pequeños senos, allá, cerca de tu corazón, me las habían helado y ahora no las sentía.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Enrique Simonet. La autopsia, 1890.

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.