Seco. Miguel González.

Voy en el camino de terracería con Max a mi lado, siento el viento de una tormenta que se aproxima, él va feliz olfateando todo a su camino, todo el día está pensando en irse de paseo, es su momento feliz, ponerse al día con el olor de otros perros, se jala tanto que tengo que poner dura la mano para que se calme, pero él va tan feliz que me jala demasiado, en algunos momentos se detiene a oler algún recado en forma de orina que le dejo algún perro o alguna perra. Es en estos momentos es cuando pienso en mi realidad, en lo que estoy sintiendo, han sido días duros en cuestión de pensar, es difícil llegar al origen de mis pensamientos, mi primera suposición, es que mis sentimientos se fueron al carajo ¿Cómo llegue a esto? Me detengo junto con Max veo las nubes a lo lejos cada vez más cercanas, huele mucho a lluvia, y siento que estoy caminando en un campo quemado, en realidad lo estoy literalmente, unos días atrás fue quemado junto con mis sentimientos, estoy enojado conmigo mismo porque por diez años fui un caballo corriendo por el campo sin voltear a mi alrededor, solo ir derecho sin parar para conseguir una meta, una meta material y vacía, olvide ser un humano, olvide ser yo, ahora no me entiendo del todo, no entiendo lo que quiero, mis bases están siendo destruidas por mí mismo, soy un robot que solo sigue instrucciones de cómo vivir una vida vacía ¿Por qué las destruí? Porque estas fueron creadas por expectativas de otras personas, siempre sentí cobijo en estas ideas y todo lo que me hacía sentir bien lo reprimí a tal grado que ya no siento más nada, complací a otras personas y cree un ego falso, que fui alimentando con estupideces, me cree una máscara. Suspiro, Max se están jaloneando de nuevo, debo seguir adelante, veo vestigios de el pasto verde saliendo en el campo quemado, pienso en mis adentros la tierra está pasando por el mismo proceso que yo, se quemó toda para renacer de nuevo, al parecer estoy en ese proceso, sigo con Max, doblo a la esquina, levanto la cara hacia el horizonte afligido por el futuro, por cómo resolver mi situación, al fondo veo las nubes negras acercándose de una manera rápida, la tormenta viene hacia mí, sonrió y entro en mi casa junto con Max.

Miguel González

*Turner, Joseph Mallord William.

La ballena de Céline y el mal del ojo seco. Pablo Jara.

La experiencia es una tenue lámpara que sólo ilumina al que la lleva.

 

De improviso quedé varado, mientras flotaba nunca le temí a las tempestades, sólo me cuidaba de los seres que me rodeaban, siempre están los dispuestos a matar por seguir mamando, el pez más grande siempre insatisfecho, muerto de hambre, como aquel dios que conocí, un dios que cuenta los minutos y los céntimos un dios desesperado, sensual y gruñón como un marrano, con alas de oro y que se tira por todos lados panza arriba en busca de caricias, ese es el gran señor, abracémonos, pero ese dios a mí no me convenció, no me arrodillé ante él, no iba a hacer lo que los demás sí, yo soy mi propio dios, en el momento más extremo, entre el hambre y la resequedad, no le rezaré a aquel dios, sabiendo que en cualquier momento una tormenta puede salvarme.

 

Pablo Jara.

*BNF FR 143, fol. 130v – Aquatic musicians in Neptune’s Court.