Los cuatro blanquillos. Víctor Ávila.

En el comedor principal del señor Raudel estaban sentadas cuatro personas de apariencia menonita, a diferencia de que estas no estaban amarillas, sino más bien blanquillas.

En torno a la mesa, por ubicación de izquierda a derecha, se encontraba un señor que bien aparentaba la jovialidad de un hombre de veinte años. A su lado estaba una mujer grotesca con rudísimas muecas, ella, supuso el señor Raudel, era la esposa. Después se encontraba un niño un poco crecido para la edad que aparentaba y a su lado una vieja horrible, suponiéndose que era la suegra para cualquiera de los dos.

Así comenzó la mañana para el señor Raudel, no sabía bien por qué aquellos inquilinos estaban desayunando en su comedor, pero su esposa, gustosa, dejaba los frijoles en la mesa. Ellos no titubearon y con un enorme deseo tomaron ventaja de las tortillas, las llenaron con frijoles, queso fresco y una salsa de molcajete. No esperaron platos ni cubiertos, sólo así y ya. Masticaban con un ruido violento; agarrando su taco con una mano y con la otra usándose como plato. Uno que otro fríjol saltaba, rebotaba  en  su     mano-plato y caía en la mesa, dudando si finalizaba su movimiento hasta el suelo o acababa cerca de la comida del señor Raudel que expresaba sus pensamientos con una mueca soñolienta. Toda la escena se detuvo y el señor Raudel se despertó estremecido.

– Mariana, despierta, he vuelto a soñar con esos menonitas, despierta, Mariana.

– Sí… no pasa nada Raudel, duérmete otra vez, mañana hablamos.

El señor Raudel al no poder dormir se fue hacia su comedor. Lo miró pulcro y regresó a la cama cuando, justo en medio de su cuarto, pasó un ratón con los cachetes llenos de frijoles, y en el camino, había dejado unos cuantos para una segunda vuelta, que ya no era muy probable pues acababa de ser descubierto por el señor Raudel con una mueca soñolienta que se acababa ahora y empezaba el sentimiento de un ansia con un escalofrío.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** William Hogarth – “Los niños Graham” (1742, óleo sobre lienzo, 160 x 181 cm, National Gallery, Londres).

Brisa de tierra. Víctor Ávila.

“Sólo los valientes pueden ser tiernos”

Indira Gandhi.

A Emilia C. Pablo Ávila.

 

El toro ve el capote de la torera, sus patas se preparan para embestir. Ella observa cómo se agita el estómago del animal. Sus banderillas en el lomo resaltan con la sangre y el negro de su pelaje. El toro se lanza sobre ella, aventándola, ella cae con su cabeza sobre la tierra, donde el toro la arrolla dejándole caer el peso de su cuerpo tosco y oloroso, la sacude como una muñeca frágil, y la tierra se levanta del piso.

Su padre mira, con duda, cómo su hija va cayendo en un sueño largo, sin heridas físicas aparentes. La gente aturdida se marcha de la plaza, al ver que la retiran.

“Una pequeña mujer en una cama enorme”. Siempre son así las camas de los hospitales, piensa el padre mientras una brisa entra en la habitación, y no hay ventanas, el aire le sabe a la tierra de la plaza.

Recuerda que en la mañana soleada, antes de la corrida, él sostenía las manos de su hija, las acariciaba, le gustaba que esas manos fueran más ásperas que las suyas. Ella le sonrió infantilmente. “Hoy es un día grande para ti, pero lo es más para mí”, y comprendiendo su fortaleza le gritó “¡Sólo los valientes pueden ser tiernos!”. Y ella se hizo mujer, dejando de ser una niña a los dieciséis años, para ser la torera.

Ella sigue dormida pero huele la brisa que se ha filtrado en la habitación, es la tierra de la corrida. En sus sueños, llega el aroma, ahí ve al toro con sus banderillas de papel picado color rosa. El animal le gruñe, le reta, ella sabe que está sola, sabe que caerá, sabe que su cabeza se descalabrará en la tierra y el toro resopla tan fuerte que ella se despierta.

En la habitación, la cara tierna de su padre observa la cara cobarde de ella.  “Sólo los valientes…” piensa el padre y para él, ella vuelve a ser la niña tierna.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Oleo de Eugenio Lucas. Viejo ruedo de la Puerta de Alcalá. 1866.

La noche que el velador perdió sus lágrimas. Víctor Ávila.

El velador no duerme, tiene que velar por el rancho, no es problema para él; ya ha acostumbrado a su cuerpo a dormir en el día y trabajar en la noche. Ahora, después de su primera comida, que él veía como un desayuno a las diez de la noche, empieza su recorrido.

Una vaca lo mira, la vaca llora. “¿Cómo podría ser que un animal llorara? No eran lágrimas; es sólo agua que sale de sus ojos”. Una mosca se posa en el ojo de la vaca, la vaca pestañea y la mosca vuela parándose en la frente del velador, él la siente caminar, ella baja a su ojo alcanzando a tocarlo, la espanta con la mano, luego se soba. Al frotarse continuamente le comienza a llorar el ojo, se queja de un ardor ligero pero que se vuelve más agudo, él trata de recordar si tenía la mano llena de algo: no, no tiene nada en la mano. El ardor ya es grande, y corre hacia la pila de agua, se enjuaga y no pasa nada, el dolor sigue allí, se seca con su camisa, pero le sigue molestando la comezón dentro del ojo, “maldita mosca, maldito ojo”.

Trata de parpadear mucho para que pueda salir cualquier basura que haya entrado, pero el ardor es fuerte y tiene que llevarse la mano al ojo y tallarlo, “mis lágrimas limpiarán el ojo, como el de la vaca”. Las lágrimas lo limpian pero no deja de sentir ardor. Ya siente el ojo cansado, lo cierra y se tumba sobre el pasto, trata de no pensar, no lo logra, el ojo pide consuelo, pide cura, el velador llora desesperado.

Pataleando sobre el pasto, grita, sabe que nadie lo escuchará. La vaca muge: ella lo oye quejarse. Vuelve a la pila de agua, trata de abrir bien el ojo y lavarlo por dentro, siente que le quema en aceite caliente, lo seca rápido; el dolor cesa un momento y regresa de nuevo el ardor. “Sentí que se me quemaba, pero se me quitó un momento el dolor, lo mejor será lavarlo hasta que se me queme todo el ojo con el agua y así quitarme el dolor… ¿pero si me quedo ciego por completo?” El ardor no lo deja seguir pensando, mete toda la cara a la pila, abre el ojo y comienza a sentir el freír del mismo.

Se deja caer en el pasto, el ardor ha cesado. No abre los ojos por miedo a saber que su ojo se haya vuelto ciego; como el otro,  pues desde que era un niño lo ha perdido. Lo tiene pero no ve nada con él, ahora el otro ojo quiere fallarle, abandonar para siempre la luz, no lo quiere así, y la luna sigue iluminando.

La vaca muge, el eco le copia con un mugido más largo, ya amanecía. El velador se había quedado dormido. Inconscientemente intenta abrir el ojo pero las lagañas no se lo permiten y recuerda el temor de su ceguera, aunque el otro ojo ya estaba abierto por inercia, él no sabe si el sol ha salido ya o sigue en la oscuridad. Se deslagaña, y abre el ojo a medias, la luz del oriente dejaba ver la obligada salida del sol naranja sobre el cerro, y más arriba aún la noche. Se siente aliviado, se siente feliz, cómo pudo haber pensado que perdería el ojo bueno.

Se acerca a la pila, ve el agua clara, quieta, sobre la superficie hay unas cuantas moscas muertas; recuerda a la vaca, va hacia el establo, no hay vaca. “Maldita sea”, “Una de dos; o la vaca ha abierto la puerta y se ha largado, o bien alguien se la pudo haber robado”. Opta por la segunda idea. Todavía faltan unas tres horas para que llegue el patrón. Decide ir en busca del hombre que se robó la vaca, le dará una lección, y regresará con ella. Toma su sombrero, agarra una reata y se va.

Caminando sobre el pasto que va cambiando de verde a amarillo conforme sale de la propiedad, sigue las huellas de la vaca. Son huellas marcadas, pesadas sobre el camino, también hay rastro de huellas de alguien, intuye que es un hombre flaco, moreno, tostado por el sol, tan ligero que no le costaría mucho trabajo demostrarle que robarle a su patrón ha sido un error.

Al cabo de una hora y media de caminar da con el lago, al borde yace la vaca muerta, el estómago ya se ha inflado, o eso parece. El velador corre hacia ella, un mosquerío ya la cubre haciendo su pelaje más negro que blanco. El hombre la patea intentando ver si sigue viva, sabe que no, él sabe cuándo un animal está muerto, y este está muerto. Los ojos de la vaca están abiertos, la nariz está seca, la lengua de fuera, las ubres agrietadas y hiede a vaca muerta. “malditas moscas, maldita vaca, ya perdí mi trabajo”. Se aparta de la vaca y de sus moscas. Mira al cielo: ya todo es azul claro, el sol pica su piel. “Si no quiero perder mi trabajo, tengo que llevar la vaca de regreso y decirle al patrón que amaneció así, patas para arriba, y toda tiesa”.

Espanta a las moscas con su sombrero. Con la reata amarra a la vaca por las patas, jala y consigue moverla, sabe que, para avanzar rápido, tendrá que emplear una mayor fuerza.

El velador se aleja del lago arrastrando a la vaca con todo y sus moscas, que la siguen entre breves vuelos, mientras otras están inmóviles sobre los ojos, sobre las enormes fosas nasales, y sobre la lengua peluda que se embarra de barro.

Una hora y media de caminar y no logra ver el rancho, sabe que le falta por lo menos media hora más de camino, quizás ya esté su patrón, quizás no, tal vez ha tenido problemas con ese caballo negro, aún bronco para su ver, y que el patrón presume que ya está listo para andar en él. “Quizás… pierda mi trabajo, quizás esta pinche vaca nada más se esté haciendo la dormida, quizás no, apesta a madres”. Voltea a verla, y observa cómo su barriga ya está enorme. “A ver si no revienta antes de que llegue al rancho”.

Y la vaca revienta, pero el velador no se da cuenta, sólo las moscas que han permanecido en los ojos ásperos, en la lengua púrpura y en las ubres donde están raspando la leche seca.

En la entrada del rancho el velador se da cuenta de que la vaca ha explotado, ahí está un hombre. No es su patrón.

  • ¿Usted es Alfonso?- pregunta el hombre y el velador asiente.
  • Vengo a decirle que su madre ha muerto, me mandó el patrón. Él está ahora en la casa consolando a la familia.

El hombre se marcha. “Maldita vaca”. El velador se tira al suelo cuando ve al hombre ya lejos. Quiere llorar, pero sólo le salen pujidos, nada de lágrimas. “mi madre, mi vieja, carajo, pinche vaca”. El velador se levanta y empieza a patearla, todas las moscas vuelan cuando se echa encima de ella y sigue golpeándola ahora con las manos. La vaca está fría y los ojos extinguidos ven cómo llora sin lágrimas el velador. El velador se aleja murmurando cuando la vaca de tanto golpe suelta gases más hediondos. Se encamina hacia la pila, no salen lágrimas de sus ojos. No tiene un llanto completo, lo siente vacío.

Tirado sobre el pasto, recuerda que en la noche su ojo bueno le había ardido. “De tanto llorar ayer, no tengo lágrimas que soltar ahora”.

Se olvida de la vaca, ahí la dejará, a ver qué se le ocurre después decirle a su patrón cuando llegue. “maldita vaca”. Se quiere olvidar también de la muerte de su madre, no puede y vuelve a llorar sin lágrimas, sollozando y moqueando, pero sin que una sola gota salga de sus ojos.

Agitado trata de dormir, pero no puede, ya ha dormido en la noche. Otra vez  va a sufrir en la próxima noche cuando le llegue el turno.

El patrón no llega. La vaca se pudre más. El velador no logra dormirse en la noche. Ve entre sueños cómo su madre muere como la vaca: a la orilla del lago, con la panza inflada y las moscas volando a su alrededor, otras chupándola, palpando su cadáver. De repente despierta y alcanza a oler la fetidez de la vaca. “Maldita vaca”. Trata de dormirse en vano.

En la mañana el velador se encuentra sentado sobre el pasto, el patrón llega con su caballo tosco, y pronto se deshace de la vaca y de su velador.

  • Ayer enterramos a tu madre. ¿Por qué no llegaste?
  • Es que la vaca murió.
  • Tu familia te estuvo esperando.
  • ¿Ya me voy?

El velador se marcha y vuelve a llorar sin lágrimas sobre las huellas del camino que ha dejado al arrastrar a la vaca muerta con sus moscas, y que, ahora, lo siguen a él, rumbo a la playa, que está después del lago.

 

***

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Moving House, 1876 Viktor Mikhaylovich Vasnetsov (Russian, 1848 – 1926).

El bastón. Víctor Ávila.

Ella veía cómo su hombre llegaba con los baldes de agua: derecho, cansado y viejo. Su nieta corrió hacia él, le soltó una palmada en la pierna y el viejo rió, dejó los baldes y se volvió a marchar.

Encorvada, en forma de bastón, va la vieja apoyada en su bastón. Caminando con la vista en la tierra húmeda, tanteándose de la orilla de su granja. Una marejada de sentimientos, relacionados con su muerte, la han llevado a pensar que esta sea la última vez que dará de comer a las gallinas y quitarles, a cambio, sus huevos.

-Hazte para allá, pájaro- le dijo y la gallina le arrebató los granos de maíz.

Se llevó la charola de huevos grandes y comenzó a llover. “Bendita sierra y sus nubes bajas” pensaba, tal vez, porque esta sería la última lluvia, la que le enfermaría, pues le está pegando sobre su espalda torcida, empapándosela y el viento voluble le entra por el pecho.

– Métete, niña, te mojas – le dijo y su nieta no se metió, siguió comiéndose el jitomate rojo y fresco.

Al ver cómo la lluvia se iba detrás de un cerro, se esforzó en recordar cualquier cosa, pero no lo logró, sus ojos se mojaron.

Al anochecer, en la cama, el esposo le hizo el amor, como siempre, como todas las noches; los huesos de la anciana no dejaban de tronar, mientras el alma se le iba entre cada vaivén de su hombre: derecho, cansado y viejo.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Paisaje en la lluvia. Koukei Kojima.

Los gemelos y la pérdida. Víctor Ávila

A Enrique Huerta Salazar

El padre de los gemelos, recostado en un montículo de zacate, apuntaba a un venado mientras su cigarrillo se consumía sin ser calado. Moreno, uno de los gemelos, respiraba con agitación mientras miraba hacia el venado esperando a que el balazo fuera certero. Blanco, el otro gemelo, contemplaba a su padre y se acomodaba el sombrero.

– ¡Carajo! – dijo el padre al fallar el tiro.

El padre se levantó y silbó para que se acercara su perro, este llegó jadeante. Le cedió el rifle a Blanco, Moreno pateó el pasto desprendiendo las raíces, tomó una, la puso entre sus labios agrietados y caminaron en busca de una nueva posición.

Caminando bajo el sol que los tostaba, los gemelos miraban los pasos de su padre, Moreno se preguntaba ¿qué demonios lo hacía verse más grande que los otros hombres? Mientras Blanco se preguntaba si su madre aún estaría mojando y peinando a sus rosales… ahora ya le pesaba el rifle en una cuesta.

– Aquí, Blanco, desde aquí, ves esos de allá… mátate uno hijo.

Blanco apuntó, disparó y mató a un venado.

El padre se echó a reír mientras acariciaba la cabeza del perro,  Blanco se volvía a acomodar su sombrero cuando Moreno le arrebató el rifle, exaltándose.

– ¡¿A dónde Papá?!

– Allá… para arriba Moreno, pero primero vamos a ver ese venadito.

Y lo vieron,  notaron que era una venada preñada, y el padre volvió a reír.

Retomando el camino, Moreno subía rápido por la colina junto con el perro, adelantándose a Blanco y a su padre. Cuando ellos lo perdieron de vista en la subida, en la cima se escuchó un disparo y un aullido.

– ¡Dios! ¡Moreno! – dijo Blanco y corrió rebasando a su padre que se había tropezado y descendía por la colina.

Moreno lloraba, su pierna estaba cubierta de sangre que empezaba a secarse con el sol, como la sangre de la cabeza de su padre; que brotaba de un hoyo del tamaño de una bala de caza.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Jules Bastien-Lepage – “La cosecha” (1877, óleo sobre lienzo, 160 x 195 cm, Museo d’Orsay, París).

Una noche. Víctor Ávila.

Después de una cena al aire libre con las abejas zumbando sobre ellos, se fueron a acostar. La mujer se puso la pijama que tanto le disgustaba, se durmió y el hombre se quedó esperando algo. Él se acercó a su cuerpo, y vio cómo a ella le salían lágrimas con los ojos cerrados, le habló en voz baja, no se despertó, pero seguían brotando las lágrimas hasta empaparse el rostro y la almohada. Él se durmió con el ceño fruncido mientras una abeja buscaba azúcar en la habitación. En la madrugada la abeja murió sobre un charco de llanto.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Morfología externa de una abeja.

Me pones de nervios. Víctor Ávila.

A Melina González Aldana.

 

En la cueva negra, el carbonero se cubría la nariz y la boca con la bufanda ennegrecida, tanto como sus manos, su rostro, sus ojos y su cabello castaño que se olvidaba de serlo. Sacó su última ronda de carbón y se lo llevó a su mujer que observaba pasar el tren por enfrente de su casa, el perro también miraba el tren y ahora el hombre lo miraba, pero su hija enferma, encerrada en uno de los cuartos, sólo podía escuchar las vías crujir con las tablas y el fierro. El tren dejó de verse, la mujer siguió embolsando el carbón, el perro miraba al carbonero y él también se miraba en un espejo mientras su hija enferma comenzaba a murmurar una oración.

– Algún día me voy a echar a las vías para que el tren me lleve al carajo.

La mujer lo miró con pena, con vergüenza, pensó si su hija enferma lo habría escuchado, seguramente sí, pero no le habría entendido.

– Cállate, Dios no quiera – dijo y el perro movió la cola pensando que le llamaban.

Se llama dios el perro. Su hija enferma le puso ese nombre cuando lo vio hace unos años corriendo por las vías y ella comenzó a gritar ¡Dios, Dios! Y el perro corrió hacia la casa a quedarse.

– ¿Cuál Dios? – dijo el carbonero y dios movió una vez más la cola – Si, quizás un tren me lleve con Él y me dé un aventón.

– Te callas, la niña te va oír.

– Está bien, mañana saldré temprano, antes del amanecer por más mezquite para los próximos días.

En la mañana, al despertarse, el perro ya lo miraba mientras se vestía. El carbonero contempló con tristeza a su mujer mientras dormía con la boca abierta y la saliva escurriendo. Quiso entrar al cuarto de su hija enferma pero lo dudó ya que podría despertarla con el ruido o por culpa de dios que le lamería el rostro. No entró.

Al salir de la casa el perro lo seguía por las vías, mientras él iba por la banqueta. “En unos siete minutos saldrá el sol”. Pensaba el carbonero cuando también suponía que no tardaría un tren en pasar.

Y el tren ya venía emitiendo un ruido constante, y dios corrió hacia su dirección, en medio de las vías.

– Ven, ¡perro ven!… ¡ven dios! ¡dios!… ¡Dios!

El perro se estrelló con el tren emitiendo un grito casi humano, casi como la voz del carbonero.

La mujer escuchó el ruido, “Este hombre ya me dejó”. Salió y vio que junto a las vías estaba encorvado el carbonero, se acercó y miró a dios muerto con los ojos casi afuera de sus cavidades y el hocico abierto. La mujer sintió alivio de que fuera el perro y no su marido.

– Pobre dios,  pobre dios…

– ¡Mira mujer! Que hermosos ojos tenía.

– Sí y dejó sola a mi hija, mugroso dios.

La mujer regresaba a la casa por la pala para enterrar y esconder al animal. El carbonero se encaminó de nuevo por el mezquite, pero ahora sobre las vías, se volteó y le gritó a su mujer.

– ¡Algún día yo también me voy a echar para que me lleve el carajo…!

– ¡Cállate! Que me pones de nervios…ay… Dios.

La hija enferma alcanzó  a escuchar a su madre y empezó a hablarle al perro en un susurro, como si supiera que dios estaba destrozado por el tren con sus ojos bellos mirando al cielo que empezaba a clarear.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Jean-François Millet – “El Ángelus” (1857-1859, óleo sobre lienzo, 66 x 55 cm, Museo d’Orsay, París).