La perpetua soledad. Víctor Ávila.

A Cecilia Ávila Velázquez.

 

Al querer destapar la lata de champiñones me di cuenta de que realmente estaba muy solo, pero ahora imagino una mujer alta de ojos oscuros, cabello largo y suelto que está recargada en el desayunador y me cuenta algo, que me parece sin importancia, pero la escucho con una atención que no le daría a nadie más. Mientras abro la lata, suelto breves risas, ella me sonríe y continúa picando el ajo (mierda, pinche soledad). Yo le prometí una comida exquisita; le preparo champiñones al ajillo, yo sé que le van a encantar, le cuento que mi hermana los preparaba cuando mis padres estaban ausentes, ella me vuelve a sonreír, esa es la sonrisa que imaginé desde siempre.

En este momento derrito la mantequilla sobre el sartén, ella se acerca a donde estoy, trata de oler el vapor, se detiene el cabello con una mano y se aproxima al calor, noto que su cuello posee dos lunares, levanta su mirada hacia mí y yo le beso una mejilla, sonríe, me vuelve a enamorar, trato de disimular la emoción vaciando el chile de árbol y el ajo sobre la mantequilla, le pido que me pase los champiñones, me los da y se lo agradezco, con un movimiento mezclo todos los ingredientes y los dejo reposar. Ella me mira, sé que por alguna razón ambos sentimos aquello y nos reímos al mismo tiempo como si tuviéramos idénticos pensamientos. Saca la botella de vino tinto de la bolsa, la quiere destapar pero me rehúso advirtiéndole que estas cosas las debe de hacer un hombre, ella muestra indiferencia, pero percibo que le molestó mi actitud, le pido una disculpa y me rechaza, todo se empieza a complicar, le insisto pero ella no me vuelve a mirar. Saca algo de su bolsa ¡¿un cigarro?! No, claro que no, aquí no se fuma, le digo y eso le molesta aún más. Huele a quemado ¡mierda! ¡mis champiñones! Apago la estufa, volteo hacia ella y no encuentro su rostro, empiezo a desesperarme y ella no reacciona, despierta, le grito, empiezo a llorar, carajo todo iba bien, ¿bien? sólo estaba imaginado… debo tranquilizarme, suspiro y estoy dentro de la realidad,  tengo lágrimas en los ojos.

– ¿Por qué lloras?- me pregunta mi esposa.

– No, por nada… no lo sé… bueno creo que sólo estaba pensando en nosotros de jóvenes, cuando éramos novios, los primeros años ¿recuerdas?

-Mmm…este…  pásame la sal que estos champiñones saben diferentes.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* “On the Cliffs”, 1917, Dame Laura Knight.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

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La leche. Víctor Ávila.

El niño Raudel esperaba a que su hermano dejara de mamar la teta de su madre para poder irse a la escuela, pero al hermano parecía no incomodarle la tardanza y mientras succionaba miraba con un gran asentimiento la cara del niño Raudel. Luis ya vámonos, dijo el niño Raudel mientras miraba sus zapatos y bajaba al suelo a abrocharse las cintas. Levántate Raudel te vas a ensuciar, dijo su madre mientras obligaba a Luis a desprenderse de su seno. Pasaron por el zaguán corriendo y su padre les gritó algo que ellos no quisieron oír y salieron aún con más prisa.

En la escuela el niño Raudel miraba a su maestra, con cuidado, sus facciones, era toda una bella mujer; le encantaba; morena, el pelo ondulado que caía sobre su espalda y brincaba cada vez que se movía por el salón. Su olor de perfume barato, pero fragante, estimulaba el corazón del niño Raudel. En ciertas ocasiones ella le recordaba  a su madre, pues el exceso de atención que demostraba a sus alumnos era como si ella viviera con él y sus ocho hermanos.

Mañana sería el gran día en que se irían al campo para hacer una excursión sobre insectos. Era la única oportunidad que tenía para que le diera un beso. Pero tenía varios problemas, uno era que ella había dejado en claro que los que no llegaran temprano se quedarían con la maestra de primero, en el mismo salón de su hermano Luis y con esa maestra gorda de cabellos rizados como los pelos que su papá dejaba ver, entre las piernas, cuando se bañaba con ellos. Y el segundo; era que también corría el riesgo de que si Luis se quedaba mamando teta con su cara de satisfacción más tiempo de lo habitual, llegaría tarde.

Así pues se empeñó en hablar con Luis a la salida de clases. Luis, mañana no te tardes en salir de la casa porque tengo que estar temprano, vamos a salir de día de campo y los que no lleguen los dejan, dijo el niño Raudel. Luis lo miró con detenimiento, y luego respondió un no seco. El niño Raudel pensaba que algo ya tramaba Luis, aunque él no hablaba mucho, debido a su media mudez, se sabía que analizaba y pensaba demasiado las cosas, por esta razón el niño Raudel se asustó más.

Y llegó la mañana siguiente, todo transcurría igual, monótono, el niño Raudel tomó poca leche de su madre y luego fue a mirarse al espejo. Cuando regresó vio a Luis que se montaba en las piernas de su madre, le destapaba el pecho, agarraba una teta, la puso en su boca y cuando comenzó a mamar se giró a ver a su hermano, con la misma mirada de aprobación. Se acercó el niño Raudel a Luis con tal aproximación que se escuchaba como la leche caliente pasaba por la garganta. Vámonos ya, dijo el niño Raudel, pero Luis sólo entrecerró los ojos, paró de beber un momento y después continuó dando una gran succión a la teta, a su madre le molestó el dolor y le dio un golpe con la palma de la mano en la cabeza. Así no Luis, o te la quito, ya sabes, le dijo la madre. El niño Raudel se sintió más desesperado porque su madre comprobaba que todavía a Luis le quedaba otro litro seguro por beber. Esperó y cuando Luis se sació de los nutrientes que le proporcionó su buena madre, salieron corriendo.

Al llegar a la escuela, el salón de segundo ya se había ido al día de campo. La maestra gorda con su cabello ensortijado los vio a los dos y a jalones los llevó hasta el salón de primero.

El niño Raudel se sentía destrozado, tenía las lágrimas a punto de romper en un llanto ruidoso, incontrolable, pero se limitó a planear su venganza contra Luis, que ahora lo miraba con preocupación, quizá no era su intención, quizá sí. Pero ahora la ira le daba fuerza para actuar contra él.

Y llegó la mañana siguiente, todo transcurría igual, pero al momento de tomar la leche de su madre, el niño Raudel se dedicó, con toda delicadeza, a destapar el pecho, agarrar una teta, la puso en su boca y cuando comenzó a mamar volteó a ver a Luis, con la misma mirada de aprobación. Mamó y mamó, aún ya satisfecho, siguió mamando. A la madre no le molestó y ni siquiera le incomodó. Estabas sedientito verdad Raudel, le dijo la madre mientras él afirmaba. Luis lo miraba, desesperó y empezó a llorar. Cállate Luis, ¡Anda ya viste la hora, váyanse a la escuela! pero ya, ¡anda Raudel quítate! Dijo la madre separando al niño Raudel de su teta y de ésta escurrió poquita leche que cayó al piso, Luis miraba el chorrito blanco, trató de subir sobre su madre cuando ella le dio un golpe en la cabeza. ¡Córrele Luis! dijo su madre.

Los dos niños corrieron rumbo a la escuela, uno con la panza llena de leche y la cara de empacho, y el otro con la panza vacía y la cara llena de lágrimas.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*SALVIATI, Cecchino. Charity 1554-58 Oil on wood, 156 x 122 cm

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Cuando las hormigas se llevaron a mi hija. Víctor Ávila.

A David Ávila Robles

 

En todo caso que tuviera mis anteojos ayer en la noche, dudaría de haberlas visto, pues eran más chicas que las hormigas normales y de cualquier forma fue mientras dormíamos solas, sí, solas las dos, ya que mi esposo el herrero Q. nos dejó por una pequeña mujercita del pueblo vecino, pero así es, a mi hija se la llevaron las hormigas ayer por la noche.

Mi hija tiene sólo diecisiete años de edad, es tan sólo una niña, la niña de nuestro corazón, bueno, más bien del mío, porque el corazón de mi esposo, el herrero Q. pertenece ahora a una pequeña mujercita del pueblo vecino, sé que no me extraña pero yo imploro una alegría en su vida, una oración doy para su propia salud, es un buen hombre, pero claro, mi hija, siempre le gustó esta casa, no es por presumir pero mi esposo la diseñó y… ¿qué? Ah, mi hija se la llevaron, y sí por mí fuera, ella ya estuviera aquí otra vez, pero mi cuerpo no da por levantarse, andar y buscarla.

Todo, creo yo, se pierde ahora completamente, hablo y nadie me responde, ya murmuran las hormigas en voz alta, y discuten sobre qué azúcar llevarse de esta mesa en la que estoy sentada desde hace tres días, inmóvil me amanece y me anochece, estoy muy vieja para moverme y espantarlas pero, de cierta forma, me gusta recibir visitas o también puede ser que vengan a recoger la comida que le hice a mi hija, se la lleven en un altar lleno de tierra y otros pastos, y viva como una gran hormiga reina.

¿Qué querrá de mi hija el señor hormiga? Es el momento para preguntárselo.

– Disculpe señor hormiga ¿Por qué se llevó a mi hija?

– ¿Su hija? – cuestionó la hormiga soltando la especia que llevaba en la mandíbula.

– Sí, mi hija, yo sé que ustedes se la llevaron y aún no logro saber por qué.

– Perdone señora, pero yo no he visto a su hija de un tiempo para acá, y de hecho, tengo viviendo mucho en su casa.

– No la ha visto y ¿se acuerda de ella?

– Sí me acuerdo, pero yo era casi del tamaño de una termita.

– Claro, y ¿también se acuerda de mi esposo? Es que me abandonó.

– No, de él no, pero a mí me preocuparía más mi hija que un señor que me abandona.

– Sí creo que tiene razón, pero ¿podría preguntarle a sus compañeras hormigas si han visto a mi esposo? ¡Quiero decir a mi hija!

– No, no lo creo, porque para empezar las hormigas no hablamos y creo que usted está perdiendo la cordura señora, mejor me retiro y suerte con su esposo… perdón con su hija-. Dijo la hormiga.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Mother With Her Young Daughter. Gustave-Leonard de Jonghe (Belgian, 1829 – 1893).

La fruta podrida. Víctor Ávila.

A Claudia Ávila Velázquez.

 

La pequeña niña quería meter bajo tierra a su fruta podrida que tenía en una caja herrumbrosa. Con el rostro extrañado, abre el estuche y ve la fruta pudrirse cada vez más.

La  pequeña cava en la tierra húmeda hasta que las uñas le duelen, un gato a su lado observaba, con ojos adormilados, mientras menea la cola. La caja herrumbrosa está vacía al abrirla, la niña se ha puesto triste, sus ojos ahora son los adormilados, vuelve a tapar el hoyo y busca a su madre que espera a que su esposo vuelva con los pájaros. El gato con sus bigotes sucios, sabe qué ocurrió con la fruta podrida, y se marcha arrastrando la cola.

La niña sopla y en seguida vuela la cascarita del alpiste y pone fruta fresca en las jaulas, las nuevas aves se preguntan entre silbos quién es ella. El cóctel de fruta vieja lo pone en la caja herrumbrosa.

Al despertarse le late muy rápido el corazón y abre los ojos que le cosquillean. La caja herrumbrosa le recuerda, cuando curiosamente brilla, que le hace falta estar bajo la tierra, con su fruta podrida. La pequeña niña salta al jardín.

Debajo de la tierra ya está la fruta herrumbrosa y la caja podrida, la pequeña niña espera sentada al lado de su gato a que crezca un árbol mientras la luna los ilumina.

El árbol nunca brotará, la pequeña niña sí crecerá, el gato engordará y nuevas aves llegaran traídas por el esposo de su mamá.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Qazwini (ca. 1203-1283). The Wonders of Creation. Walters W. 659 (Turkey, c. 1717 CE).

 

 

Al final. Víctor Ávila.

…¿Esos ojos de jaspe? ¿Esa barba de trigo?

Este fue un caballero que persiguió a la Muerte.

Retratos (fragmento). Rubén Darío.

 

En la espera de su escape, se despedía de su amada en la mansión, mientras su hija muerta lo llamaba desde su cuarto, su hija viva lo miraba con una dulzura desconocida, y es que ella sabía.

Ya venían aquellos fantasmas que acompañan a la enfermedad.

-Adiós.

Y él corrió hacia el cuarto de su hija muerta y sonrió ante el vacío.

Subió al techo, cayó.

En medio de los árboles, acostado, vio a los fantasmas que ya se alejaban al verlo tendido sobre el pasto sin remedio. Él pasó la noche allí, sintiendo que moría. Comenzaba a olvidar todo, a su amada, a su hija viva y a su hija muerta, y las hojas siguieron cayendo hasta cubrirle la vista.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

*The Saltonstall Family (mid17thC Tate) – a moving depiction of the stages of life.

Los cuatro blanquillos. Víctor Ávila.

En el comedor principal del señor Raudel estaban sentadas cuatro personas de apariencia menonita, a diferencia de que estas no estaban amarillas, sino más bien blanquillas.

En torno a la mesa, por ubicación de izquierda a derecha, se encontraba un señor que bien aparentaba la jovialidad de un hombre de veinte años. A su lado estaba una mujer grotesca con rudísimas muecas, ella, supuso el señor Raudel, era la esposa. Después se encontraba un niño un poco crecido para la edad que aparentaba y a su lado una vieja horrible, suponiéndose que era la suegra para cualquiera de los dos.

Así comenzó la mañana para el señor Raudel, no sabía bien por qué aquellos inquilinos estaban desayunando en su comedor, pero su esposa, gustosa, dejaba los frijoles en la mesa. Ellos no titubearon y con un enorme deseo tomaron ventaja de las tortillas, las llenaron con frijoles, queso fresco y una salsa de molcajete. No esperaron platos ni cubiertos, sólo así y ya. Masticaban con un ruido violento; agarrando su taco con una mano y con la otra usándose como plato. Uno que otro fríjol saltaba, rebotaba  en  su     mano-plato y caía en la mesa, dudando si finalizaba su movimiento hasta el suelo o acababa cerca de la comida del señor Raudel que expresaba sus pensamientos con una mueca soñolienta. Toda la escena se detuvo y el señor Raudel se despertó estremecido.

– Mariana, despierta, he vuelto a soñar con esos menonitas, despierta, Mariana.

– Sí… no pasa nada Raudel, duérmete otra vez, mañana hablamos.

El señor Raudel al no poder dormir se fue hacia su comedor. Lo miró pulcro y regresó a la cama cuando, justo en medio de su cuarto, pasó un ratón con los cachetes llenos de frijoles, y en el camino, había dejado unos cuantos para una segunda vuelta, que ya no era muy probable pues acababa de ser descubierto por el señor Raudel con una mueca soñolienta que se acababa ahora y empezaba el sentimiento de un ansia con un escalofrío.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** William Hogarth – “Los niños Graham” (1742, óleo sobre lienzo, 160 x 181 cm, National Gallery, Londres).

Brisa de tierra. Víctor Ávila.

“Sólo los valientes pueden ser tiernos”

Indira Gandhi.

A Emilia C. Pablo Ávila.

 

El toro ve el capote de la torera, sus patas se preparan para embestir. Ella observa cómo se agita el estómago del animal. Sus banderillas en el lomo resaltan con la sangre y el negro de su pelaje. El toro se lanza sobre ella, aventándola, ella cae con su cabeza sobre la tierra, donde el toro la arrolla dejándole caer el peso de su cuerpo tosco y oloroso, la sacude como una muñeca frágil, y la tierra se levanta del piso.

Su padre mira, con duda, cómo su hija va cayendo en un sueño largo, sin heridas físicas aparentes. La gente aturdida se marcha de la plaza, al ver que la retiran.

“Una pequeña mujer en una cama enorme”. Siempre son así las camas de los hospitales, piensa el padre mientras una brisa entra en la habitación, y no hay ventanas, el aire le sabe a la tierra de la plaza.

Recuerda que en la mañana soleada, antes de la corrida, él sostenía las manos de su hija, las acariciaba, le gustaba que esas manos fueran más ásperas que las suyas. Ella le sonrió infantilmente. “Hoy es un día grande para ti, pero lo es más para mí”, y comprendiendo su fortaleza le gritó “¡Sólo los valientes pueden ser tiernos!”. Y ella se hizo mujer, dejando de ser una niña a los dieciséis años, para ser la torera.

Ella sigue dormida pero huele la brisa que se ha filtrado en la habitación, es la tierra de la corrida. En sus sueños, llega el aroma, ahí ve al toro con sus banderillas de papel picado color rosa. El animal le gruñe, le reta, ella sabe que está sola, sabe que caerá, sabe que su cabeza se descalabrará en la tierra y el toro resopla tan fuerte que ella se despierta.

En la habitación, la cara tierna de su padre observa la cara cobarde de ella.  “Sólo los valientes…” piensa el padre y para él, ella vuelve a ser la niña tierna.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Oleo de Eugenio Lucas. Viejo ruedo de la Puerta de Alcalá. 1866.