Diálogos omitidos. “Yo”. Víctor Ávila.

El trasporte urbano se detiene ante mí y su chofer me sonríe bajo su ridículo bigote. Le doy el dinero y con su mano roza mi piel: siento los vellos de sus dedos cuando me da el sobrante. Gracias, le digo, gracias, me dice.

Las personas me observan con discreción, ya me conocen, soy el mismo de todos los días, el mismo a la misma hora ¡Saben que soy el hombre que habla a solas cuando nadie más quiere platicar!

¡Buenas días! les grito a los pasajeros, ellos me ignoran. Camino y busco un lugar. Hay rostros que me evitan. Tomo el asiento a lado de una señora con el cabello encrespado, la piel morena y las manos regordetas, le sonrío y me tuerce sus tristes ojos. No quiere hablar, trae bufanda rosa y un rictus que me espanta.

Aplaudo dos veces antes de abrir el libro y un niño me mira con ojos curiosos. Ve mis ojos, yo sé que tengo unos lindos ojos, su forma almendrada habla por sí sola; dicen lo que pienso… o quizá sea mi mirada la que dice mucho. Mirada penetrante. Arqueo mis cejas y saludo al niño que desaparece entre los senos de su joven madre.

Traigo “La sonata a Kreutzer” de Tolstói y vuelvo a aplaudir.

Leo y por encima del libro, con los ojos entrecerrados, veo a los pasajeros que van acompañados, a aquellos que pueden platicar, reír y mirarse a los ojos. Los observo y aprendo.

Los imito. Rio a carcajadas y la señora de lado se levanta, se va y se sienta en otro lugar, se aconseja con alguien más; recelan y disimulan. Trueno mis dedos tres veces y cierro los ojos. Silbo la sonata, de-a-para Kreutzer, de Beethoven.

Otro día, quizá mañana, suba alguien con quien pueda dialogar y ya les contaré.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Amedeo Modigliani… unos dicen que se trata del pintor Chaim Soutine. Ojalá.

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La jaula de terciopelo. Melina Aldana.

Construí un refugio aterciopelado de soledad ante previo ataque tiránico sin razón proveniente de los que se creen leerme como la palma de su mano. Hoy mi conciencia está limpia. Se te ha ocurrido que últimamente hay más días malos que buenos, y sabes que hay luchas que pelear y otras que no, intangibles enemigos a los que no puedes ni tocar. Conforta ver la vida transparente real, visceral, viva… saber que el tiempo da treguas de paz y que los ciclos siempre cierran, saber que la tristeza y los fracasos vienen de visita dejando semillas que alimentarán a otros de ellos. Por hoy solo los abrazos de mi abuela podrán darme algo de paz.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Boy with Bird, Peter Paul Rubens. 1616

Un charco de lluvia. Víctor Ávila.

Las nubes se alejaban del sol, huían, cargadas de agua se marchaban más allá del cerro, mientras el sol dejaba visualizar la humedad del pasto y comenzaba a brillar un arcoíris policromático, a los ojos del niño, que no dejaba de mascar la pequeña hebrita de raíz que encontró.

El niño se marchó saltando entre los charcos que reflejaban su cuerpo distorsionado en el campo. A la orilla de una pila de agua había otro charco y en él una niña que se miraba en el reflejo.

El niño se acercó y veía que el charco era poco común, era como un espejo de color amarillento, obscuro, que reflejaba la ausencia de la luz del día. En el reflejo, el rostro del niño, era el de una adolescente con la cara sucia que se tocaba repetidamente la oreja. En el reflejo de la niña se veía una señora mostrando los senos, riendo a carcajadas, como su madre.

La niña se alejó del charco, se desnudó, saltó a la pila de agua y nadó. El niño la imitó, se desnudó y saltó en la pila, salpicando al charco amarillento, y así difuminaron el incongruente reflejo que mostraban las ondas de agua seguidas de ondas más claras.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Melanie and Me Swimming. 1978 Michael Andrews (British,1928–1995).

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La llegada. Anónimo.

Despertar: 6:00 a.m. la alarma cada 5 minutos y, ¡ya es hora!, alistarse, salir antes de la media, dos te amo, la misma bendición.

Hoy sin combustible y la alerta roja en el trabajo, ¡no tardo! Fin de la llamada. Vuelta a la glorieta y esperar otro semáforo. Mi rutina acompañada de migraña transcurre normal; mi padre y su rutina también, lo de costumbre… mi cabeza va a explorar, tratar de sonreír, disimular que todo está bien, los trastes se acumulan, la mañana más larga de mi vida, no hay tiempo para un bocado, escalofríos. A medio día la calma, mi cabeza en la mesa y ahora otro medicamento, mi madre me salva la vida. El trabajo ¿termina? No hay más, 2:29 ¿lista? 2:40 hay que volver, después de comer por fin en paz, de nuevo en el tráfico, y en mi mente, ya quiero verte, un par de pendientes más y llegará la hora, espero con ansias esos brazos de desahogo, el día casi termina pero estaré bien en ese lugar que me consuela, que me da paz ahí, en tu mirada…6:42 p.m. la lluvia, llega la noche, llueve aun y, mis ansias se alargan 24 horas más.

 

Anónimo.

* Saul Leiter. Rear window. Paris. 1960.

Odio que seas tú. Emilio Cabral.

¡Maldita sea! Te amo y no lo soporto, no recordaba cuán difícil era enamorarse pero maldita sea, ¿Por qué de ti? Eres alguien completamente diferente a mí, logro sentir tu desprecio en numerosas ocasiones, tus respuestas cortantes, tu cara seria sin mucho que decir, gestos de disgusto, parece que todo es cuando tú quieres, cuando te da la maldita gana y cuando te veo y me hablas no me aguanto, te contesto al instante, me preocupo por ti, odio cuando me dices que no, odio que me llames amigo, odio tu puta indiferencia, odio tanto de ti que amo todo lo demás, tu mirada, tu voz, tu jodida forma de ser, amo que no me des alas, que la indiferencia nos una más de lo que nos separa, es un va y ven de a ver quién tiene más orgullo, de saber quién es el primero en caer, maldigo la incertidumbre de lo que pasaría si te digo que te amo, que cuando no te hablo te extraño, me encanta cuando salimos, amo que nuestras platicas no tengan mucho sentido y sin embargo no tienen fin, que nos peleemos sin razón y nos importe tanto… Odio haber encontrado un nuevo amor y amo que seas tú.

 

Emilio Cabral.

*George Tsui.

La higuera del señor que vendía manzanas. Víctor Ávila.

Su anciana mujer salió de la casa de abobe para recibir la mañana, esperado a que él se marchara a trabajar. Sobre la tierra mojada, por la brisa matutina, madrugadora, posaban unos higos caídos por el viento de la noche; el viento ligero soplaba y silbaba a discreción, tumbando a los higos maduros y dejando a las brevas soportando con su fuerza mínima aquel desprendimiento de su dadora de vida; la higuera.

Su anciana mujer regresó a la casa por un canasto de mata, amarillo y gastado. A pie de la higuera ella observaba a los caídos, dudando y cuestionando a los aún colgados. Se agachó por un higo con un dolor de viejo vivido, lo echó en el canasto, volvió a agacharse, tomó otro y lo dejó caer en el canasto.

Él salió de la casa de adobe, desmontó la bicicleta de una de las paredes y miró a su anciana mujer recogiendo los higos, tosió con la intención de dar a entender que ya se iba.

Ella mirándolo empezó a santiguarlo con una oración, persignándolo con una mano al aire y la otra con un higo. Él se alejaba, a paso lento, como queriendo que acabara la oración antes del que él llegara al camino.

Se subió a la bicicleta mirando la caja de manzanas, amarillas, grandes, llenas de vida, hasta que debajo de una de ellas, escondida y discreta, vio a una con una leve mancha de color café, el café de podrido, el café que desfavorece, el café de “ya se jodió”. La tomó y la aventó sobre el arroyo que acompañaba al camino rumbo al pueblo.

Revolvía las manzanas de la caja para buscar otra contaminada pero fue en vano, todas gozaban de frescura. No quería, no podía sacrificar más manzanas, el manzano estaba muriendo, estaba malo por la plaga, estaba malo de “ya se jodió”, un año o medio, quizás y lo cortaba, sólo contaba ya con el naranjo y sus agrias naranjas verdosas, el granado y sus exactas y temporales granadas y la higuera con sus simples e indiferentes higos.

Regresaba ya a su casa, con la caja de manzanas igual de llena, pero ahora, por una razón lógica, le pesaba más el camino, le pesaba el día de mala venta, el día de “ya se jodió”.

Sobre cada vuelta de llanta, donde levanta a la tierra estática, sentía un peso de más; el camino era recto aún y se iba irguiendo cuesta arriba cuando se acercaba al arroyo, cada pedaleada le recordaba su hambre, tomó una manzana, le lastimaba el haber aventado la otra y ahora tener que comerse una de las buenas, una que aún mantuviera su color entero, sin fisura, sin daño. Mordía y le revolvía el estómago.

Cuando alcanzó a ver su casa, lejos, sola entre árboles, hierbas y arroyo, se bajó de su bicicleta y caminó hacia ella pensando en un perro, en el perro que ya no estaba, en el perro que ya no lo buscaba, en el perro que “ya se jodió”.

Llegó y volvió a toser intencionalmente, pero ahora era para demostrar a su anciana mujer que ya había llegado.

Retiró la caja de manzanas y montó la bicicleta en la pared. Se sentó en la piedra moldeada que se recargaba casi en la puerta, aún estaba ligeramente húmeda la tierra. Volvió a toser mientras se dirigía pequeñas ráfagas de aire con su sombrero para sofocar el calor interno de su cuerpo. Tosió una vez más, nada, el silencio acompañaba al viento y las ramas que se movían al vaivén producían un suave crujir.

Cayó un higo, él miró la higuera, su anciana mujer yacía sobre el canasto de mata, los higos comprimidos al lado de su cuerpo.

Él regresó la vista a sus manos, a su sombrero, a la caja de manzanas, cerró los ojos, imaginó la higuera y con una mueca de ahogo en su cara se dijo: ya se jodió.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* El sembrador. Vincent Van Gogh.

 

Sin título. Melina Aldana.

El despojo de lo burdo me conduce siempre a la sencillez del pensamiento.

A manera de que quito de aquí y de allá se desenredan las marañas y sumando fuerzas, queda lo más honesto lo que da paz y no siempre es felicidad.

Grito mis miedos a las montañas y me guardo en las que se produce un eco. Me gusta pensar que hay espacios libres de indolencia y sé que el amor es la cura de todos los males.

 

Melina Alejandra González Aldana

*Peter Mitchev.