Las mujeres son más pequeñas para poder oler mejor su cabello. Fernando Escobar.

Realmente, sólo quería estar lo más cerca posible de ella para alcanzar a oler su cabello. Lo de tomarla de los hombros, besarle el cuello y morderle quedito las orejas, eso ya fue mera fantasía.

¿Cómo lograr decirle algo? Cualquier cosa, “Hola ¿Cómo te va? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Te gusta el elote tatemado o nada más cocido? ¿Quieres ir un día de estos por una Chaska, sentarnos en una banca de la Exedra y hablar de literatura?” Pero, creo que al tenerla cerca, mis nervios me traicionan gacho, cuando comienzo a sentir cómo se me suben los colores concentrándose en los cachetes y estos a su vez se contraen formándome una mueca medio estúpida, me suda la mano izquierda mientras la derecha tamborilea con mi pluma. La respiración se vuelve corta, rápida y el pulso se agita, retumba.

Hoy, se sentó a mi lado, porque no le quedaba de otra y porque mi caballerosidad ocasional la invitó a ocupar la última bendita silla.

Pasaba a cada rato su delegada mano entre su melena negra azabache y también se movía mucho, como impaciente toda la hermosa de ella.

Mientras yo, por mi cuenta, comprobaba discretamente, si aún olía aunque sea un poco a aquel perfume que recién compré.

Preguntas, como enfadosas moscas, me rondaban la cabeza.

¿Se moverá de ese modo gracias a algún buen efecto que le provoca el Hugo Boss del pasaje Juárez que traigo puesto? ¿Sentirá acaso, aunque sea un poco, de esa atracción química-cachonda? ¿Pensará que la veo demasiado, que hasta cuando se voltea y me da la espalda no puedo dejar de mirar su bonito pelo? ¿La incomodaré y sentirá que soy un cachondo y que ando bien erizo?

Por mi parte, juro que sólo intentaba acercarme un poquito hasta lograr alcanzar a oler el aroma de su pelo. Lo demás, fue pura fantasía.

 

Fernando Escobar.

* Un juego de paciencia (Meredith Frampton, 1937).

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Don’t cry baby. Víctor Ávila.

Baby please don’t cry, you’re the only one, please… baby don’t cry…baby…baby don’t cry…

La voz de la negra continuaba en su suplica, mientras unos ojos se desenfocaban entre sus lágrimas y el vaho del frio vaso de whiskey que sostenía su mano.

Don’t cry, don’t cry, baby don’t cry… Y la negra dejó que el jazz sonara en el silencio de su gruesa voz.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Una dama elegante. David Jagger.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Reconocimiento. Emilio Cabral.

Y la vida nos unió y nos separó, no fue algo pedido y ni aclamado, aunque tampoco fue sorpresivo, las peleas comenzaron a ser tontas y los silencios se hacían más incómodos, las miradas bajaban hasta el piso, desganadas y las lágrimas eran derramadas sin sentido. El amor se acabó mujer, entre los dos sólo se abrió un espacio, te digo adiós con un nudo en la garganta, con los labios secos y la mirada vacía, como si fuera parte de la vida me voy, pero sólo te diré una cosa más: sal, sal con muchos hombres y si quieres mujeres, inténtalo hacer en todas las posiciones, besa mil hombres, júntate con idiotas, misóginos, vividores, gente culta, divertida y mejores que yo, hasta el pendejo de tu vecino si quieres, ese que te miraba las caderas mientras caminas por la calle, usa un escote amplio y faldas cortas para que todo hombre se derrita con tus curvas, admiren tus senos y te traguen con la mirada. Desecha mis cartas y mis fotos, bloquéame de toda red social y esconde todo aquello que te recuerde a mí, deja tu cuarto vacío si es necesario y olvídame, méteme en un bote de basura y patéalo lejos, esto es un adiós y no un hasta luego, mátame mentalmente, asesíname con tu fuerza de mujer, sácame el corazón y tíralo lejos, que ya no sirve, cuando termines, quédate sola, toma un respiro y vuelve a amar, vuelve a ser tú, recuérdame y no cometas los mismos errores, amalo como nunca me amaste y nunca me compares, no seré mejor que él, besa su frente y dile cuanto lo amas, toma su mano más fuerte de lo que lo hacías conmigo y vive, que para eso, ya nos dijimos adiós.

 

Emilio Cabral.

* La Reconnaissance Infinie. Rene Magritte.

El Gato. Melina Aldana.

Si fuera coleccionista recolectaría las sonrisas más blancas y perfectas que pudiera, las usaría de espejo y alimentaría mis ojos con mi reflejo. Me convertiría en luna por una vez. Todas las noches viene un gato percudido a visitarme, sé que no le agrado, está aquí por el alimento que le dejo, los gatos no se dejan amar por cualquiera, en especial este, no me permite tocarlo, es arisco y muy flaco, la humanidad lo ha convertido en lo que es, como a mí, y a todos. Fuera de mi casa hay un enredadera verde y lamosa, ahí duerme el gato escondido a las horas pico de la ciudad. Mi madre recrimina este acto, me dice que los gatos son del diablo y pienso que es más diablo quien no sabe dar amor.

El gato maúlla, no me habla para que lo alimente, esto es distinto, es un gemido de dolor, descubro que es gata y que se está apareando, salgo y como puedo asusto al gato macho que le acaba de desgarrar la vagina. La gata en agradecimiento me dijo que habría un augurio para mí, susurró un mensaje en mi ventana: -prepárate dulce niña porque esta noche perderás lo que cuidas en tu vientre, te dolerá tanto que no pararás de llorar por dos días, dolerá como lo que nunca te ha dolido en la vida, el dolor siempre estará y tendrás que acostumbrarte hasta el final de tus días. Confía sólo en aquellos que se pondrán en tu lugar por 5 segundos, como tú lo has hecho por mí.-

 

Melina Alejandra González Aldana

* Favola. Gustav Klimt.

La baba del estúpido. Víctor Ávila.

La baba le caía lentamente sobre la entrepierna, estaba desnudo mientras veía el radio donde se escuchaba una voz gruesa que emitía un discurso. Su madre entró y vio que estaba mojado, “Ya te orinaste estúpido”, pensaba la madre. Por eso no te pongo ropa, hombre, le dijo, y apagó el radio. El hombre empezó a gritar, a la madre no le incomodó y con una toalla le limpió el pene, el hombre tuvo una erección. Ella se sorprendió, encendió el radio y se marchó con el rostro desencajado. El discurso siguió y mientras la baba del estúpido le caía de nuevo, su erección fue bajando con lentitud como su saliva que descendía en espesos hilos largos.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Lucian Freud, Painter and Model, 1986-87

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La sordomuda. Víctor Ávila.

La niña con una bolsa de dulces, notó, que todas las personas, pávidas y acobardadas, miraban un cielo común. La voz de un Dios los amenazaba, ella no podía oír el mensaje apocalíptico, se asustó y entonces gritó antes de caer al abismo, en donde los condenados iban a parar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Matthias Grünewald. 1520. Kopf eines schreienden.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Arrastrar el lápiz. Emilio Cabral.

Han pasado meses de la última vez que escribí, comenzaba a arrastrar el lápiz por el papel y se volvía tedioso, soso y aburrido, las ideas no llegaban a mi mente, solo vomitaba palabras inútiles y sin sentido, maldición, quiero escribir del amor que no siento, de la vida que no vivo y de la muerte que me da miedo, como decía Mario Benedetti en la tregua “porque yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien.” Cada palabra que pasaba por mi mente directo al papel la odiaba, la odiaba con intensidad, arrancaba las hojas con desprecio y unas cuantas las borraba con mis lágrimas. Siempre intento plasmar historias y terminó plasmando mi vida, como si la regalará en un jodido folleto que la gente tira 5 metros después y a veces me preguntaba cuál era el sentido, el sentido de llegar a publicar, de que todos lean mis sentimientos, mis historias de amor y desamor. Para que unos cuantos me aplaudieran y otros tantos se burlaran, me repudia el hecho de saber que soy yo en cada fragmento, como si prostituyera mi mente y mis recuerdos, que todos lo lean sin sentimientos mientras yo derramaba lágrimas cuando lo escribía, que lo pasen de largo y peor aún que se pierdan en el infinito, odio el momento que decidí comenzar a escribir, pero odio más no dejar de hacerlo, amarlo y saber que es de lo único que tengo, que es más real que un Ferrari, que es menos soso que el dinero, que es más divertido que un parque y más triste que un funeral, me lleva de lo más bajo a lo más alto y sueño con llegar al cielo y temer del infierno, vivir y sentir lo que yo quiera y de existir donde se me hinche la puta gana, ser yo y que sepan quién soy. Todo le importará al que llegue hasta el punto final, vivir y sentir cada palabra y expresar la vida con cada discurso. Amo escribir y maldita sea, nunca lo dejaré de hacer.

 

Emilio Cabral.

* Adriaen van Ostade – “Los alegres bebedores” (1659, óleo sobre tabla, 30 x 25 cm, Mauritshuis, La Haya).