Pérfida canción. Víctor Ávila.

Pensaba en ti y una anciana silbaba una canción al marchar por la calle. No pude continuar con tu pensamiento por la melancolía de su música y fui al encuentro de ella, a seguir las promesas de la vieja. Ella me abrazó y me besó, sus labios tensos me supieron a piedra, como si mordiera los escombros de tu casa. Ella me guiñó un ojo lloroso y siguió con su melodía, marchando con un estandarte blanco, adoraba desnuda y ligera a la luna. La acompañé durante dos noches y ya no hubo besos, ya no hubo más abrazos, tampoco guiños lacrimosos, sólo sus ojos rojos fijos sobre los míos que trataban de volver a imaginarte, sin poder conseguirlo: por siempre jamás pensarte.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Medieval Beguines.

La piedra debajo de la cama. Víctor Ávila Velázquez.

Un primo me habló, hace algunos años, sobre una piedra que permanecía en su cuarto, debajo de su cama, del tamaño de un pulgar, quieta y gris. Todas las noches, antes de dormir, se arrodillaba para asomarse y miraba la piedra entre pelusa y tierra. Al día siguiente, al despertar, volvía a inclinarse y la encontraba en el mismo lugar, otra vez: quieta y gris. La quietud es también estética, como alguna vez escuchó Alfonso Reyes decir a Valle Inclán en sus tertulias mientras le miraban la manga vacía… Lo quieto se puede apreciar como el trazo de una pintura, como la luz u oscuridad captada en una fotografía, como esta piedra debajo de la cama, la estética, la belleza… como, dice alguien, quizá Platón, “la verdadera belleza no es el arte, si no la contemplación y posesión de la verdad, de lo bueno…”. Después llegan esos pensamientos, donde sobra el estupor, donde uno sabe que valdría más mover la piedra, de un poco a otro poco, con cierto sonambulismo, como no queriendo. También queda la posibilidad de dejar de buscar la piedra, dejarla ahí hasta que alguien barra debajo de la cama y se la lleve a otras mejores quietudes, sin tanto observador, sin buscar la estética, allá donde queda escondida la belleza. Igual  valdría revisar debajo de nuestras camas y mirar lo que permanece más que nosotros, aquello que si está quieto y no nuestro rostro matizado en un espejo, ni nuestra abatible lengua que siempre dice más de nosotros que nosotros. Amigos, valdría ir forjando nuestras tumbas de túmulo para que los dioses vean debajo de su cama la estética de nuestra muerte, quieta y gris.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Artemisia Gentileschi – “Judit decapitando a Holofernes” (h.1620, óleo sobre lienzo, 199 x 162 cm, Galleria degli Uffizi, Florencia)