El dejillo de un capricho. Víctor Ávila.

El dejillo de un capricho

Recorrías mis alrededores, casi levitando, para que fijara mis ávidos ojos en tu cuerpo.

Ahora lo deseo, con su fragancia y su sonrisa.

Lo imagino cálido para mí, tierno, rosa y ligero.

Pretendo, sin suavidad, tocar tus senos y quitarte la blusa, probarlos y oler el aroma que siempre dejas cuando te vas.

Besarte y sentir tu lengua, tibia y mojada.

Agarrar tus nalgas y acercarte hacia a mí, a que me sientas.

Oler hondo el cabello que nace en tu nuca.

Usurpar tu cintura y apretarte más a mí, a mi pene. Único tu cuerpo lo beso y pruebo tu vagina, ensayo en su piel y el sabor tan esperado me culpa, el mismo gusto que tejía en mi paladar cuando rozaba mi lengua al decir tu nombre.

Te arqueas al sentir mi lengua y mis labios labrar entre tus piernas.

Más fácil es llevarte al deseo de que entre en ti, pero aún no lo permito; te vuelco para escarbar en tu espalda mis nombres idos y el bailar de tus glúteos son suplicas para mis manos, los sujeto y los muerdo, los alzo y recorro tu dorso con mi boca.

Acerco mi pene y siento tanta húmedad que vuelven mis labios a preferir tu miel.

Los orgasmos germinan en la habitación. Brotan parpadeantes.

Mojas con tus labios mi pene, me miras como nunca y tu lengua lo recorre hasta que no toleras más ese rumor en tu vagina.

Te levantas para meterme dentro de tu piel.

El vago calor de tu vagina me envuelve sintiendo ese roce de simple placer.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Louise Bourgeois, Untitled, from the series ‘Insomnia Drawings’ – 2004

Ver pornografía. Víctor Ávila.

A la pornografía hay que saber verla para no volcar nuestra apatía. Saber mirar los senos y no recordar a la primera mujer de nuestra vida, en cualquier caso, evitar pensar en las chichis de nuestra madre nos hará tener orgasmos en forma de liebre de desierto. Ver un pene y ver el nuestro, un ojo aquí y un ojo allá: no tenerle miedo a las ruinas. El pubis de una mujer es paciencia donde nace el erotismo. En los gemidos, que escuchamos, buscamos el estoicismo, el momento para que el recuerdo de nuestras experiencias anteriores llegue como ola; siempre el pasado como un buen tónico. La sangre se ha avivado y con los ojos premiosos nos unimos a la fiesta de los pornográficos. Nosotros somos participes del goce al que hemos llegado tarde pero ganosos. Excusar y culpar a la pornografía de nuestras aberraciones sexuales sería como denunciar el aperitivo por el malestar del plato fuerte.

Si aún buscamos maldecir a la pornografía, quizá el recelo está en las cintas pornográficas de los ochentas, aquellas películas cargadas de misoginia y excesiva cábula: la pornografía que de niños veíamos sin saber, sin observar y sin sentir.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Louise Bourgeois – “Femme maison” (1946-1947, óleo y tinta sobre lienzo, 91 x 36 cm, colección particular).