Loquita de la colita. Víctor Ávila.

Iba luciéndome por la calle empedrada, con mi gran vestido blanco bordado de tulipanes que hacían resaltar mis hermosos ojos verdes. Mi cabello agarrado con una liga a media nuca, negrísimo, con un agradable olor a durazno. Mi cuerpo pleno, juvenil, concedido a mi gracia. Y al final de la calle, cuando comenzaba a gotear el cielo, lo vi por primera y única vez.

No recuerdo desde cuándo lo buscaba, los años y la espera me habían vuelto, de cierta forma como mi madre decía una “loquita de la colita”. Pero yo quería encontrar a mi hombre de cualquier manera. Por eso al salir a la calle me gustaba vestir y arreglarme de la forma en que los niños, hasta uno que otro señor casado, se embobaran de mis cualidades y mi dichoso cuerpo en plenitud, dejando en el aire húmedo hormonas que se introduce en el olfato de ellos provocando el deseo carnal por mí.

Mi hombre que al parecer estaba allí por casualidad, en este lugar, en esta hora, en este pueblito y que al fin me esperaba ya, a mi o a una mujer de mi semejanza que llegara y le susurrara muy cerca de su oreja, bajo la lluvia, unas suaves palabras: “Por qué has tardado, amor”, y que la frase se pierda cuando se incline por la sensación de cosquillas, sonría, me tome por la cintura apretándome contra su cuerpo, sentir su pecho contra el mío y su respiración agitada corte el viento y se oiga el silbido omnipotente que cubra nuestro anónimo amor.

Me aproximo a él, con el paso lento, armónico y rítmico de una canción de amor, ahora me mira, sonrío y sonríe, junto a él la lluvia ha desatado mi cuerpo y su sensibilidad, en él aumenta la respiración y se percibe constante. Ahora es cuando me debería de tomar, de acercarme a su cuerpo rápidamente perdiendo el compás, tendré que hacerlo yo. Huele mal quizás por la lluvia y su humedad, quizás. Por qué has tardado tanto, amor, no hay cosquillas pero se le ilumina una sonrisa con incredulidad. Lo beso con saña, apurada, perdida pero consciente, la lluvia redobla y redoblan las gotas como baquetas en tambores.

Finaliza el beso. Mi hombre se aparta poco a poco, abro los ojos, lo advierto enamorado, me apeno, doy una vuelta para a escondidas de él limpiarme la boca con mi mano y sé que después, en poco tiempo, tendré que lavarme la mano pues la saliva me ha resultado asquerosa y más que fuera ajena, y que fuera de mi hombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Meester van het Amsterdamse kabinet. Het liefdespaar (1485).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Anuncios