Esmero al silencio. Víctor Ávila.

Escuché como las palabras entraba en mis oídos, pero no sucedía el aliento, dígale suspiro a la memoria. Después observaba los libros y leía algunas palabras, palabras dadas a la casualidad, una por una, entonces surgía la seducción. La ceguera era de afuera hacia adentro, el contenido imaginario se extendía, pero se veía su finitud. Sonreía ya con otros labios y zanjaba a la lectura con firmeza: un corte de cabeza y la lengua morada sin poder pronunciar el Fin. Suspenso y una persecución de dedos queriendo escribir una última oración y el diminuto punto final. Narrar la realidad en papel firmado como mentira. Las palabras detrás de lo escrito son mi voz enmudecida, letras entre paréntesis y un siseo de puntos seguidos.

Casi al alba comprendí que se trataba del silencio.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Cuando leo. Víctor Ávila.

Cuando leo, no pienso, eso llega después, con calma, paso a paso. Leo palabra por palabra y se profanan algunas imágenes que daba ya por concebidas y que ahora son otras. Las oraciones crean los tejidos de cualquier ambiente. Luego están las comas, como suspiros siempre han sido, el aliento del texto mientras lo leo. Leer no es un quehacer intelectual, es la faena de entrar a otros pensamientos bajo el manto de ser invitados, no hay que cerrar la puerta, otros más llegarán, quizá abrir las ventanas. Leer es el mayor edicto de nuestro lenguaje sobre la vida humana y sus percepciones. Cuando leo, dejo atrás quien era para ser primicia de una empatía breve, tan breve como un relato, un poema o una novela.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* René Magritte – “Hombre con periódico” (1928, óleo sobre lienzo, 115 x 89 cm, Tate Modern, Londres).

 

El horno de piedra. Víctor Ávila.

Raudel estaba agobiado, la fiebre le secaba la garganta. Después de llorar observaba con devoción el cuerpo de su hijo inmóvil,  muy frío, los párpados y labios estaban morados, o azules, la mordida del animal dejaba ver su estómago rojo, o rosa, algo salvaje para la madre del pequeño, que aún estaba callada.

El hijo de Raudel murió en una comunidad donde habían nueve docenas de habitantes, una veintena de vacas, dos toros; uno de ellos semental, tres pares de caballos, dos centenas de aves, seis perros, nueve gatos y siete lobos.

Raudel carga a su hijo, lo lleva al horno, la esposa con sus ojos brillantes se los tuerce, y él le responde con un suspiro. La esposa comienza a gritar y a llorar mientras toma leña y la va depositando en el horno de piedra.

–  ¡Mi hijo, Raudel, mi hijo!… Dios mío… mi hijito, hijito ya despierta, ¡Raudel qué vamos a hacer! haz algo Raudel… ¡Raudel!

Raudel la miraba con sus ojos envueltos en lágrimas, mientras acariciaba el cabello tieso y despeinado de su hijo.

– No sé qué vamos hacer… – dijo y se soltó otra vez su llanto infantil, que se escuchaba como si estuviera llorando el hijo muerto.

El fuego ya ardía y hacia tronar la leña sobresaltando a Raudel que cerraba los ojos cada vez que la oía.

– Échalo ya Raudel… adiós hijito, te quiero mucho – dijo y le besó en la boca.

Raudel sentía el calor en los brazos y en el rostro que rápidamente secaban sus lágrimas, pero el cuerpo de su hijo se conservaba frio en sus manos y lo soltó, cerró el horno de piedra y el cuerpo comenzó a arder. El humo empezó a salir, se elevaba al cielo, lo veían los vecinos y los lobos. Cada uno de ellos reconocía el olor: condoches y hombre quemado.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Ilya Repin – “Iván el Terrible y su hijo” (1885, óleo sobre lienzo, 199 x 254 cm, Galería Tetriakov, Moscú).

Yo sé. Cecilia Ávila.

No me digas que no tienes creatividad. No me digas que no puedes crear. Que no puedes imaginar. No te engañes más. Súbete a lo que quieras y date permiso de volar. Atrapa ese pensamiento, ese sentimiento, ese deseo, porque sabes que lo harás. Deja de odiarte y entiéndete una vez más. Ve ese cielo que te pertenece y respira fuerte. Haz de tu vida una gran prueba de valor y amor. Amar es para los fuertes, porque odiar es para los mediocres, los débiles, los destruidos ¿acaso las guerras no te son suficientes?
Vida sólo esta. Vida la tuya que vivo en ti. Vives en mí. Vivo estás. Así que no me digas que no sabes crear, que no sabes imaginar. Yo sé que puedes volar. Que puedes amar y por lo tanto puedes crear.

Cecilia Ávila Velázquez.

 

*Pieter de Hooch – “Un niño trayendo pan” (1663, óleo sobre lienzo, 73 x 59 cm, The Wallace Collection, Londres).

FARABEUF (fragmento) Salvador Elizondo.

Habéis hecho una pregunta: “¿Es que somos acaso una mentira?”, decís. Esta posibilidad os turba, pero es preciso que os avengáis a pertenecer a cualquiera de las partes de un esquema irrealizado. Podríais ser, por ejemplo, los personajes de un relato literario del género fantástico que de pronto han cobrado vida autónoma. Podríamos, por otra parte, ser la conjunción de sueños que están siendo soñados por seres diversos en diferentes lugares del mundo. Somos el sueño de otro. ¿Por qué no? o una mentira. O somos la concreción, en términos humanos, de una partida de ajedrez cerrada en tablas. Somos una película cinematográfica, una película cinematográfica que dura apenas un instante. O la imagen de otros, que no somos nosotros, en un espejo. Somos el pensamiento de un demente. Alguno de nosotros es real y los demás somos su alucinación. Esto también es posible. Somos una errata que ha pasado inadvertida y que hace confuso un texto por lo demás muy claro; el trastocamiento de las líneas de un texto que nos hace cobrar vida de esta manera prodigiosa; o un texto que por estar reflejado en un espejo cobra un sentido totalmente diferente del que en realidad tiene. Somos una premonición; la imagen que se forma en la mente de alguien mucho antes de que los acontecimientos  mediante los cuales nosotros participamos en su vida tengan lugar; un hecho fortuito que aún no se realiza, que apenas se está gestando en los resquicios del tiempo; un hecho futuro que aún no acontece, somos un signo incomprensible trazado sobre un vidrio empañado en una tarde de lluvia. Somos el recuerdo, casi perdido, de un hecho remoto. Somos seres y cosas invocados  mediante una fórmula de nigromancia. Somos algo que ha sido olvidado. Somos una acumulación de palabras; un hecho consignado mediante una escritura ilegible. Un testimonio que nadie escucha. Somos parte de un espectáculo de magia recreativa. Una cuenta errada, somos la imagen fugaz e involuntaria que cruza la mente de los amantes cuando se encuentran, en el instante en que se gozan, en el momento en que mueren. Somos un pensamiento secreto…

*Salvador Elizondo (1932-2006) nace en la Cd. de México, México. Escritor, traductor y crítico literario.

**Comparte Pablo Jara.

 

***Max Ernst – “Gala Éluard” (1924, óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm, Metropolitan Museum, Nueva York).

Pastelería Hitchcock. El Conde Filmstrosky.

“El cine tiene que producir sosiego”

Azorín.

 

En el año 2001 comencé a ir al cine solo, ya para el año 2002, con 15 años, vencía la cobardía de verme dentro de una sala sin compañía a quien mostrarle mis emociones, ya que favorablemente, soy de esas personas que si sucede la gracia en algún momento de la película me río con sonoridad y estruendo, si sucede la melancolía o el drama, mi llanto son sollozos largos y sorbas constantes de mocos y si sucede el terror, el miedo me hace gritar, saltar y maldecir con los ojos cerrados. Entonces, si la gente me notaba solitario y blasfemando, suponían que la demencia y la enajenación habitaban en mí y en esa edad yo detestaba las miradas ajenas dentro de una sala de cine. Entonces, conquistada la pavura, salía de mi clase de solfeo y encauzado en el centro andaba hacia San Marcos con apaciguado paso escuchando el disco compacto de Parachutes. Un día entré al cine a ver Signs de M. Night Shyamalan, ya sospechará usted el caos de los ademanes en la oscuridad, los gestos y los gritos apagados en la sala. Al finalizar las personas salían con sus miradas clavadas en mis ojos hinchados que aún veían los créditos mientras yo suspiraba sin darle importancia a ellos, porque en mi perpetuaba lo que alguna vez leí sobre lo que dijo Hitchcock: El cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel… y más rico, suponía yo, si no se trata de uno de tres leches, ya que él mismo opinaría después a meollo de los espectadores y/o degustadores de pasteles que “Para mí, el cine sólo son cuatrocientas butacas que llenar”. Una amarga opinión, a mi gusto, como aquella rebanada de pastel amargo que todos han probado alguna vez, donde nadie dice nada y sólo echan la perversa mirada al niño glotón que hasta el final tiene cierto sosiego.

A manera de presentación escribo esto.

De opinión de Signs. 4/5 Estrellas.

El Conde Filmstrosky.

Mimosa roja. Melina Aldana.

Comienza la adormidera, mi cuerpo ya lo sabe y me convierto en una  mimosa púdica.
He desarrollado dos teorías:
Cuando estoy del lado derecho todo es más llevadero, puedo convivir por seis horas sin herir a nadie.
Pero cuando me encuentro de lado izquierdo me pliego hasta lo profundo y se me olvida quien soy.
Alguien con amor modifica la temperatura,  8, 10, 11 grados, morí y volví a ser humana. Cuento los 21 días para ser planta otra vez.

Melina Alejandra González Aldana.

* Aristide Maillol – “Mujer de perfil” (h. 1896, óleo sobre lienzo, 73 x 103 cm, Museo d’Orsay, París).