No hemos cavado tumbas. Víctor Ávila.

A Claudia Ávila Velázquez

 

La multitud se concentra en el cementerio pero no hay muerto alguno que velar.

Los del pueblo están aquí por un eco de infierno que llegó a sus oídos. El cementerio empezó a hacer su propio ruido, sonidos misteriosos de un lenguaje infernal: muchas voces haciendo el retumbo de otro mundo. Todos pueden oírlo.

Soy el hombre que ha escuchado todo desde el comienzo. El primero en oír el susurro lóbrego que viene desde más allá de las tumbas. Soy el jardinero del cementerio.

Ese sonido que llega por debajo de la tierra empezó hoy al medio día. Primero fue un llanto gutural, templado y largo que balbuceaba de pronto. Poco a poco otras voces fueron acompañando el lamento, en ocasiones como coro y en otras como voces afónicas, pero nunca la mudez o el silencio. Pensé que las suplicas venían de mi cabeza y me puse un coral en la oreja y oí al mar, ese sonido vacío y ausente bastaba. Entonces las personas fueron obligadas poco a poco a asistir, captadas y atraídas por el siseo interminable de las clamas provenientes de la hondura de la tierra. El pueblo quería apreciar las protestas del otro mundo y vinieron a tocar las puertas del cementerio.

El gentío no cabe de asombro al escuchar el sonido del infierno, tampoco cabemos en este camposanto y siento como el piso se agrieta, se profana por el peso de los vivos y el peso muerto de los difuntos. Todos están aquí, los hombres morenos se quejan, lloran, se lamentan y fuman de sus tabacos. Las mujeres gimotean por sus emociones enmarañadas. Lo que gruñe abajo se vuelve un cántico, una evocación recelada de armonías que huraña dentro de nosotros. Algunos ya pierden la cordura. Yo deseo moverme ahora que las mujeres aplauden sin ritmo alguno, quiero bailar entre los resoplos que engendra la gente, pero no lo hago. Todos nos miramos de reojo y temblamos.

“Será mejor que empecemos a cavar” opina un hombre. “Será mejor que vayamos a dormir” dice un viejo y pienso que nadie dormirá por las posibles pesadillas aguijoneadas por estos sonidos. “Será mejor rezar, Padre Nuestro que estás en los cielos…” empieza la oración que muy pocos siguen con una voz dócil para distinguir si los coros disminuyen. “Será mejor no hacer nada extraño y esperar a que el silencio llegue.” Digo y nadie me escucha, pero una mujer, que no reconozco, me observa. Sus ojos son oscuros y me irrita su desesperanza. “Trata de sonreír porque el diablo no querrá ver esa cara pálida de muerta cuando llegue para llevarte a otro mundo”. Me digo y ella intuye mi pensamiento, lo sé porque sonríe.

Entonces las tumbas nos devoran a todos los que estamos presentes.

Los niños son los únicos que alcanzan a gritar cuando se estremece la tierra. Los chillidos pueriles se funden con los bramidos y lamentos del otro mundo, en este infierno que quizá no es otro mundo, quizá sólo es una orbe sin ser más. Ahora ya pertenecemos a este infierno o a esto que no sé nombrar… Un  infierno que no es el nuestro.

Los silencios llegan titubeando entre los suspiros de las mujeres que ya tienen sus cuerpos descompuestos. Recargan su cabeza en los hombros de sus hijos escuálidos y mal encarados, buscan el inútil consuelo. Observo los ojos de los hombres que ya son ojos sin almas, quinqués apagados, ojos nublados por las cataratas hechas del calor cuando trataron de mirar arriba. De ese lugar donde vinimos, de donde caímos, ahí donde ahora se observa un cielo pedrusco que evito ver. Sollozo entre mis brazos.

Los hombres empiezan a encolerizarse con su ceguera, palpan el suelo húmedo y fogoso, se arrodillan y escarban la tierra, se queman los dedos mientras sus uñas son como picos que desgarran la superficie, otros usan piedras y la tratan de abrir: quieren volver a su mundo, al cementerio donde estaban antes sosegados escuchando el sonido del infierno que los trajo hasta aquí. Babean y jadean, ciegos como animales que buscan la teta de su madre en la oscuridad. El silencio no es persistente pero alcanzo a oír a las mujeres suplicar que no hablemos, debemos esperar y escuchar bien. Después llega un aire, como un pensamiento, y ya está, trae de vuelta el sonido. Oigo el mismo llanto de esta mañana y de la misma forma brota ahora: gutural, templado y largo… Vendrá lo peor, lo suponemos y nos lamentamos, quizá alguien o algunos, en otro cementerio, escucha nuestras suplicas, es una esperanza la de desaparecer siendo escuchados como ánimas en castigo, o quizá, desde allá arriba, simplemente escuchábamos nuestro propio estrépito desde otra época ajena a nuestro presente. La acústica del infierno no sabe de tiempos.

Ya no sollozo, yo bramo, yo salivo y pataleo porque no tengo a la mano un coral con su sonido vacío que me baste.

Tampoco hay una mujer que me sonría para llevarme a otro infierno y sufro, sufro porque los hombres con sus uñas están cavando nuestras tumbas, mientras las mujeres, ya nos están velando.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Peder Mörk Mønstead

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

Las lluvias más siniestras. Víctor Ávila.

A Efrén Ávila Moreno.

 

Un hombre de baja estatura, que se llama Friedrich, ve desde su ventana que la lluvia era intermitente y cálida. Que la lluvia regaba a la calle y emanaba calor junto con la tierra que enlodaba a las paredes. Veía que las brisas salpicaban a los árboles en donde los perros se refugiaban empapados, lamidos de su pelaje con los ojos abiertos; están confundidos. El ruido que produce la lluvia en su caída es apretada, como no queriendo llegar al suelo, pero caía en un ruido armonioso. El viento también se oye silbar sobre su ventana que es un cuadrado grande, un marco de madera divido en cuatro con su cristal, pálido, antiguo, casi cadavérico.

Las gotas golpean sobre la ventana y la hace temblar. Friedrich se estremece pero no se aleja, sigue lloviendo y continúa mirando hasta que suena el reloj en medio de la sala anunciando la hora. Friedrich se siente interrumpido y mira el reloj. Arquea sus cejas, el minuto pasado le pareció corto de tiempo. No sintió lo que un minuto dura con regularidad. Friedrich presiente que le han robado un minuto antes de la hora. Quizá por tres o cinco segundos, una exageración supone. Friedrich prende el cigarro que saca desde su abrigo, recuerda que la lluvia vino de repente. Friedrich vuelve a sumirse en sus pensamientos con la lluvia, sobre su ventana y suena el reloj anunciando la misma hora.

Alguien está hurtando el tiempo de Friedrich y él lo sabe.

La lluvia empieza a insistir, a querer llamar la atención de su observador, pero él fuma y mira el reloj, lo reta a que se mueva rápido, ahora sabe que no fue por cinco segundos el último robo, fue por veinte segundos, treinta segundos ¿medio minuto? ¡Medio minuto: un minuto! La lluvia pierde fuerza con lentitud, ya no requiere más su atención, pero el pobre de Friedrich la extraña y mira hacia la ventana dejando de ver el reloj que ahora vuelve a sonar la misma hora anunciada. Lo que antes se le conocía como minuto ha pasado una vez más.

Friedrich se siente inquieto ¿asustado? Sí, tal vez más que eso; está temeroso de que el tiempo se vuelva algo que no tenga medida. Algo triste que no tenga nombre, un nombre así, como la lluvia, la lluvia que ahora sucede en la calle y que él no alcanza a ver. El reloj suena igual. Ya sabemos lo que significa, pero Friedrich no.

La estatura de Friedrich le impide alcanzar el reloj. Lo quisiera tomar y aventar por la ventana, no importa que se rompa, así la lluvia entraría a poner orden al tiempo. A estas horas el minuto dura quince segundos, ¿Quién es el ladrón? Quizá no haya ladrón y el tiempo juega con los hombres pequeños. Quizá sea la lluvia que se escucha en la calle. Suena el reloj y una vez más tortura a Friedrich.

La locura es algo inevitable en momentos así y Friedrich grita sandeces. Le grita a la lluvia, le grita al tiempo y le grita al reloj que vuelve a sonar para recordarle qué un minuto más ha pasado. El tiempo parte.

Friedrich saltando apenas cabe en un minuto de cinco segundos.

El minuto de cuatro segundos cae con la lluvia.

Un minuto sucede en tres parpadeos.

Suena el minuto, suena otra vez.

Friedrich es un segundo.

Friedrich era.

Afuera, todavía, la lluvia mojaba la tarde y humedecía a las personas: las plantaba en la tierra y les brotaba cualquier fruto en sus rostros serios, cualquier flor.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Alice Neel. Robert Smithson. 1962

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

El nido abandonado. Víctor Ávila.

A Ma. De Jesús Velázquez López 

 

En el cerro de B. han visto a una mujer con rostro de lechuza cabalgar entre los mezquites. Mis hombres y yo vinimos a buscarla. Después habría que edificarle un lugar de encierro, la duda era si también podría volar, suponíamos que no por el caballo.

Al llegar a la costa teníamos tierra y sal en el cabello, nos lo había entregado el aire a manera de bienvenida mientras cruzábamos el océano. Al entrecerrar los ojos no distinguíamos el nuevo mundo, se había comprimido y su dimensión no se apreciaba, sólo las copas de los árboles abrigados por la neblina.

Al desembarcar la tremenda selva nos estremeció.

En las formadas veredas por las que íbamos nos llegaban gotas lentas, dudosas de caer mientras otras terminaban sobre las ramas de los altos árboles. Los simios nos berreaban cerca de nuestras orejas dejando caer frutas y hojas viejas. Las aves eran variadas y yo fui el único que pudo ver de cerca un quetzal del tamaño de mi arma.

En nuestra décima alba, ya en la hondura de la selva donde no escuchábamos a los simios gritar, vimos a unos hombres que raspaban los árboles obteniendo un brebaje espeso y amarillo que mascaban. Nos ofrecieron aguardiente y nos llevaron a otras selvas próximas donde los changos se escondían de ellos, de ahí el sigilo que ya percibíamos de antes… El hombre más moreno tenía una gran precisión con su arma y de un disparo derribaba a los changos que caían cerca de nuestros pies. Los niños los agarraban y los metían a un costal celebrando. El hombre más anciano, ante el júbilo de la barbarie, nos explicaba que no había ave que sonriera más que la que buscábamos. Yo sonreía al escucharlo porque sabía que cada vez eran menos mis motivos para sonreír. Tenía miedo de no encontrar a la mujer con rostro de lechuza. Este temor me tenía en constante vigilia… En el campamento, las mujeres con su pecho descubierto quemaban el pelaje del chango. Les arrancaban las piernas, los brazos y la cabeza, dejaban el torso sin viseras y ya vacío lo usaban como cazuela que ponían al fuego; en ella metían los pies y los brazos, la lengua, los sesos, el corazón y el hígado, la verdura con otras hierbas y raíces, y al final, los ojos del simio mirándonos mientras flotaban en su propio caldo. Un estofado de simio para cenar… El anciano me sirvió el corazón al saber que yo dirigía la expedición. Fue la primera vez que dormí tranquilamente.

Antes del amanecer se acercó el anciano a mi casa de campaña y me llevó a otros árboles. Con su hacha tajó un árbol rollizo y sobre la tierra jugosa, que el sol apenas iluminaba, escribió con una de las ramas los sueños proféticos y sátiras posteriores. Me dijo, no olvides arrullar las alboradas de los propósitos que serán.

Tres meses después, cuando estábamos en la estepa, uno de mis hombres nos despertó ante una tormenta de arena. Nos aterrorizaron sus gritos intermitentes mientras bajaba de alguna duna. Nos exponía entre jadeos y habladurías, nada lúcidas, la pérdida de la amante de mis hombres, que era una mujer del desierto que se acercó a nosotros para darnos medicinas y remedios naturales… después se quedó con nosotros siendo amada por todos, sin contarme a mí, por el devoto amor que tenía por la mujer del rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites. Mi hombre alegaba, anonadado, el motivo de sus gritos “…se ha fundido nuestra maga en el desierto, se ha hecho semilla, hincada en la arena, ahora germina en raíces, escuché su húmedo canto y el vasto viento, me advirtió que venía la tormenta de arena… ¡Aférrense a sus sábanas, tiemblen cuando el viento toque nuestra campaña…! el miedo nos llamará por el nombre que ya no usamos, yo me quedaré a probar el soplo, el aliento malo, lleno de vergüenza, quizá cálido, imposible la piedad del desierto y su desgracia, aquella que puebla cactus ermitaños, que con sus brazos abiertos me quieren recibir y sus espinas rojas se saborean mi carne… Mañana busquen mi otro cuerpo, que será terrones de bronce sobre lo blanco, sentiré las raíces de nuestra maga… Tormenta de arena, su voz llegó, el retorno de escaldar mis huesos… ¡Los he visto bastante tiempo caminando sobre el desierto que el búho vigila…!”. A mi hombre lo perdimos. Se sujetó toda la noche a un cactus que dio un fruto después de la tormenta, una tuna de color sangre, sangre de toro. Su cuerpo nos señalaba, en el perpetuo reposo, a un ave nocturna que nos acechó con su vuelo las próximas noches… Por fortuna aún teníamos remedios y magia para curarnos de los imprevistos.

Al acercarnos a la aldea que calzaba el cerro de B. nuestras leches de cactus se estaban terminando. Habíamos dejado el desierto atrás y el encanto acrecía por mi mujer de rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites…

La comunidad del cerro nos recibió con nuevos remedios y me descubrí en medio de una conversación con una anciana que cantaba una oración, Morena cielo claro, me salgo del camino, atajo de tu vulgaridad, dolencias, fresas y aguardiente, encantadora es tu vanidad… rezaba mientras a lo lejos podía escuchar la cabalgata nocturna de mi mujer rostro de lechuza y continuaba… Me destierro, huella de tu agresividad, azucenas bajo el mezquite, predecibles tus senos, visibles tus pezones. El ave nocturna también volaba sobre nosotros y parecía reconocer a la anciana… Quisiera pedir amparo, temor de mi espíritu, súplicas, nubes bailando entre tus manos; ronroneo en tu vagina… Calló la vieja y del cerro un retumbo hizo sacudir nuestro pecho. Mis hombres y yo escuchamos atentos la pompa que crecía en el cerro: parecía ser veinte mujeres cabalgando… Pero la anciana confirmó que era una sola mujer con rostro de lechuza y después acabó su canto… Morena cielo claro, demándame, yo espero, gracia, leche en mesa, en tu agua salada clamo: todavía sigo con vida.

Al clarear el día ya íbamos subiendo el cerro de B. Mis hombres estaban preparados para posar sus miradas en ella, marchaban atentos y satisfechos por la leche de cactus.

Al medio día estábamos llegando a ciertas alturas del cerro donde se escuchaba el principio de una agresiva querella. Otros hombres, aborígenes de desconocidas vestimentas, pretendían pelear por la conquista de la mujer de rostro de lechuza. Venían contra nosotros. Mis hombres y yo encaramos la contienda. Los aborígenes con la lengua de fuera, empuñando arco y flechas con sus dedos, volvían a ser las hormigas que encumbraron por vez primera la tierra, y sólo derribaban a pocos de mis hombres. Nuestro fuego los apaciguó lentamente con mucho esfuerzo, matando a varios de ellos, mientras otros huían y otros tantos se reorganizaban en las faldas del cerro… En la cima del cerro logré ver la prisión de mí amada mujer de rostro de lechuza: eran cuatro bardas de grandes piedras… Llegábamos a la cumbre y ahí estaba mi mujer, la pude ver cabalgado en círculos, cautiva por su peculiaridad. La observé hermosísima: su cuerpo moreno desnudo y un rostro de lechuza tan blanco y resplandeciente por la luz rosada del atardecer. La brevedad del asombro fue interrumpido cuando una horda de flechas descendía sobre el cielo rompiendo el viento, derribando al búho que nos acechaba, silbando con ferocidad su caída. Algunos de mis hombres, incluso hasta yo, le gritábamos a la mujer ¡Brinca el muro, salta la barda! Ella lo intentó con una galopante sonrisa y el caballo obedeciendo hizo muecas para tratar de conseguirlo, obviamente no lo lograron y cayeron. La cara de la mujer se desplumó en el suelo. Al llegar hasta ella, no vi temor, sólo la angustia de su extinción, lloró en mis brazos y me habló: Te abrazo a ti, para que me aprietes, porque puedo ver la luna más de cerca y más llena, más blanca, como lo blanco de tus ojos, como la leche que pinta mi nombre en tu labio superior. Su corazón se detuvo, vi su calma y sentí la mía, después un estupor por no saber nunca jamás su nombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

** Pintura: Paisaje con aves. Roelant Savery. 1628.

 

Beber aguas muertas. Víctor Ávila.

Comenzábamos a morir cuando nos levantamos con las ventanas abiertas.

Se escuchaba la sinfonía entrar por la ventana y tus senos cabían en mis manos. El viento bufaba y entorpecía a la orquesta. Rezabas las veces que he sido tuyo, fueron cinco y varias pendientes por concluir.

No veía el café pero podía olerlo en tu cabello mientras tu voz se extinguía poco a poco y en cada beso. Eres una villana cruel e inhumana, el que me hagas el amor me parece sospechoso ahora que siento tu piel dura y triste como de muerta.

Cuando acabó la sinfonía tu jadeo arrebatado me hostigó. Gritó lo que sería tu suspiro tras azotarse las ventanas y en el silencio una breve exhalación tuya se escuchó.

Yo pensaba en sostener el café en mis manos, pues tus pequeños senos, allá, cerca de tu corazón, me las habían helado y ahora no las sentía.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Enrique Simonet. La autopsia, 1890.

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

Contra océanos. Víctor Ávila.

A Cecilia Ávila Velázquez.

 

Estás en un barco que se tiende entre los mares pícaros. Un torpe capitán grita.

¡Aborígenes, todos a proa, observen al enemigo!

Ves que se presenta el océano, ese viejo amigo que hay que enfrentar como a las olas de tu infancia. Tus manos tiemblan y estás ante su atrevida presencia, saboreas el terror que te abrasa. Socorres a una mejor estrategia y te proclamas capitán para esta lucha; por ser el más capaz de todos.

La mar empieza a gritar.

Te resguardas en tus temores y levantas los cañones, los hombres se estremecen ante la majadera decisión de usar la pólvora. Dispones a los hombres a manipular el barco y a no dejarlo vencer. Respiras hondo y la mar también, ya está asediada de tanto gritar, ahora es tu turno.

¡Las guerras de barco nunca fueron mejores que esta, no duden ser la ballena que soporta el océano sin importarle su tamaño!

Los hombres responden con vitoreas y aplausos que hacen eco entre la furia de la mar. Callan los hombres y continúas.

¡Esta noche vomitaré las aguas saladas que no pudieron ahogarme y beberé con mis hijas!

Los gritos de los hombres retumban en tu corazón.

¡Hombres vivos: aferren el barco y levanten las velas necesarias, hombres ahogados: forjen con su cuerpo el sortilegio de seguir a flote!

El océano azota sobre ustedes.

Alguien grita

¡Quince caídos!

Eran ochenta y cinco, sin contar a los que ya habían saltado del barco. Confirmas gruñendo. Los hombres han levantado las velas y tomas el timón, no hay dominio y te lastimas un brazo. El océano ha impactado varias veces tumbando la tercera asta de estribor, temes tomar un falso juicio y no ves a lo que te enfrentas. Quieres llorar y ya lo estás haciendo, otra vez tomas el timón, lo aprietas y te enfrentas al mar. Avientas tu barco contra el océano, lo quieres perforar y lo dejas ir, los hombres ya se amarran al barco, tu palpitas amarrándote también, los rezos braman sobre la extensión del barco como llantos o alaridos, miras la braveza del océano.

¡Miren como tiembla el océano cada vez que se levanta contra nosotros. No sabe que entre sus marejadas nos vencemos sometidos por su peso, por sus encantos, bebiéndolo a escondidas de él, siempre viendo nuestro reflejo!

¡Oigan sus cantos animosos, de claridad afanosa, no sabe que su rumor podemos escuchar, arrullados con la avenencia del aire!

Los hombres cantan contigo.

La mar brama aún más.

Los ciñe, los cela sin tregua. Los rostros de algunos hombres se deshacen sin vida y otros miran sus pies. Entonces te dejas ahogar en la gloria de sus aguas y mueres en él.

En su victoria serás océano.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* The Storm on the Sea of Galilee. 1633. Rembrandt van Rijn.

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

Será mejor no hacer nada extraño y esperar a que el silencio llegue. Moisés Ortega.

Una lectura para Las raíces de un oasis de Víctor Hugo Ávila Velázquez.

I

Un oasis es, según la primera entrada de la búsqueda de su significado en internet: Un paraje aislado en el desierto en el que hay agua y crece la vegetación. La vegetación de ese paraje ciertamente tendrá raíces, raíces audaces que se aferran a la naturaleza movediza de las arenas desérticas. Y agua, un agua ideal que yace como milagro en el vientre del significado del desierto. Pero creo que las raíces que sostienen la idea del oasis, en sí mismo. No pueden ser otras que las palabras. Nada tan ideal – ni siquiera Dios- puede sostenerse si no es sobre un entramado de palabras y entonces, el agua y la vegetación y las raíces de este libro son ciertamente las palabras.

Y digo todo esto, que tiende un poco al soliloquio y quizás al desvarío, porque Víctor ha elegido nombrar a su segundo libro de cuentos, Las raíces de un oasis. Nunca me ha gustado buscar una justificación para los títulos de los libros que leo, pero casi siempre llega sola. He mencionado en clase a mis alumnos que el ser humano tiene dos obsesiones: la primera, es nombrarlo todo y la segunda: clasificarlo, ponerlo en una caja, saber qué es, para qué sirve y para qué no sirve. Para qué podría servir en el futuro… Entonces debo decir que ya que Víctor ha nombrado a su libro, mi mente trata inmediatamente después de leerlo, trata de saber qué es, a qué se parece, en qué parte del librero debe ser colocado. Diré lo siguiente: Las raíces de un oasis es, desde los ojos de este que lee y parafraseando a Esther Seligson en Vigilia del cuerpo:

Un paraje en el que la mirada al estallar, se hace palabra y la palabra, entonces, pide respuesta, se convierte en diálogo, diálogo de caricias que retornan a la mirada como espiral de voces mudamente articuladas, trenzadas en los dedos, en los labios, en el aliento que recorre los círculos de la espiral, burbujas de gozo de estar así, entrelazadas al mirar y al callar, al vaivén de murmullos que se ensanchan el espacio donde los ojos se aman con la palabra y la palabra se ama con la escritura.

II

Los que gustamos de leer sabemos que la escritura del género narrativo exige una disciplina y una fuerza especiales. El cuento es en palabras de la maestra Elena Beristáin una variedad del discurso que integra una sucesión de eventos de interés humano en una misma unidad de acción y cuyo origen es muy antiguo, ya que responde a la necesidad del hombre de conocerse a sí mismo y por lo tanto tiene su raíz en el subconsciente y en los mitos. Víctor cumple con esta premisa desde “La tempestad” cuento inaugural del libro en el que una pareja se debate peligrosamente su futuro, entre el amor y la religiosidad, enredados en una atmósfera de incertidumbre, creencias religiosas, los caprichos de la naturaleza pero siempre, aferrados a la voluntad de un Dios, que desde luego es indiferente y por demás (occidental y castigador).

El amor, la añoranza del amor. El desamor, la muerte, el infierno, la búsqueda del destino, el enfrentarse a él y la fragilidad de la vida son los temas de Las raíces de un oasis. En este libro hay una construcción de atmósferas que se pelean entre ellas por regalarnos las visiones masculinas y femeninas que constituyen la cosmogonía literaria del autor. Cito:

“Ya no sollozo, yo bramo, yo salivo y pataleo porque no tengo a la mano un caracol con su sonido vacío que me baste. Tampoco hay una mujer que me sonría para llevarme a otro infierno y sufro, sufro porque los hombres con sus uñas están cavando nuestras tumbas, mientras las mujeres, ya nos están velando.”

Conviven pues, en estas páginas las voces de Arreola, Rulfo, Shakespeare y Huidobro, todas juntas en la argamasa sólida que nos heredó el realismo mágico. La construcción de los personajes que hace Víctor, apuesta al retrato psicológico más que a la descripción literal. Hay en este libro espejos disponibles para mirarse en la situación de la infidelidad, de la pasión, la indiferencia y el arte. Pero hay sobre todo un espejo amplio en el que cualquiera que mire encontrará el amor y el respeto que nuestro autor le tiene a sus palabras, a las palabras de la literatura que se mezclan en su obra y desde luego el amor a su vida y a su oficio. “No hemos cavado tumbas”, “Leviatán” y “Las lagañas de Dios” son tres de mis títulos favoritos, ya que con la aparente sencillez del lenguaje del pueblo, Víctor nos regala realidades muy profundas matizadas con refranes y tintes de la “sabiduría popular” inscripciones que se nos han quedado pegadas en los ojos a aquellos que siempre estamos tratando de traducir el mundo.

III

Para cerrar este texto de presentación, más directamente diré que Las raíces de un oasis es un libro de cuentos que contiene en sus páginas 16 historias que Víctor Hugo Ávila Velázquez ha conjuntado de manera minuciosa y cuidada con la precisa labor de un curador que no ha dejado escapar una sola de las cosas que quería contarnos. Debo decir que Las raíces de un oasis es un libro que como objeto resulta hermoso, con una portada blanca que en el centro lleva una ilustración hecha por Amélie, hija de nuestro querido Víctor. El libro ha sido concebido – es que decir editado, me suena a poco- bajo el signo editorial de EFEBOS, proyecto independiente de creación y difusión de la literatura, que encabezan desde hace algunos años, Víctor y Melina. Y se ha impreso a finales del mes de octubre, en esta ciudad. Llamo ahora al silencio, sin hacer nada extraño y dejo a ustedes la siguiente parte que es la lectura de este libro.

Moisés Ortega.

*Portada del libro “Las raíces de un oasis”. 2018.