El horno de piedra. Víctor Ávila.

Raudel estaba agobiado, la fiebre le secaba la garganta. Después de llorar observaba con devoción el cuerpo de su hijo inmóvil,  muy frío, los párpados y labios estaban morados, o azules, la mordida del animal dejaba ver su estómago rojo, o rosa, algo salvaje para la madre del pequeño, que aún estaba callada.

El hijo de Raudel murió en una comunidad donde habían nueve docenas de habitantes, una veintena de vacas, dos toros; uno de ellos semental, tres pares de caballos, dos centenas de aves, seis perros, nueve gatos y siete lobos.

Raudel carga a su hijo, lo lleva al horno, la esposa con sus ojos brillantes se los tuerce, y él le responde con un suspiro. La esposa comienza a gritar y a llorar mientras toma leña y la va depositando en el horno de piedra.

–  ¡Mi hijo, Raudel, mi hijo!… Dios mío… mi hijito, hijito ya despierta, ¡Raudel qué vamos a hacer! haz algo Raudel… ¡Raudel!

Raudel la miraba con sus ojos envueltos en lágrimas, mientras acariciaba el cabello tieso y despeinado de su hijo.

– No sé qué vamos hacer… – dijo y se soltó otra vez su llanto infantil, que se escuchaba como si estuviera llorando el hijo muerto.

El fuego ya ardía y hacia tronar la leña sobresaltando a Raudel que cerraba los ojos cada vez que la oía.

– Échalo ya Raudel… adiós hijito, te quiero mucho – dijo y le besó en la boca.

Raudel sentía el calor en los brazos y en el rostro que rápidamente secaban sus lágrimas, pero el cuerpo de su hijo se conservaba frio en sus manos y lo soltó, cerró el horno de piedra y el cuerpo comenzó a arder. El humo empezó a salir, se elevaba al cielo, lo veían los vecinos y los lobos. Cada uno de ellos reconocía el olor: condoches y hombre quemado.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Ilya Repin – “Iván el Terrible y su hijo” (1885, óleo sobre lienzo, 199 x 254 cm, Galería Tetriakov, Moscú).

No tienes vela en este entierro. Víctor Ávila.

Se aproxima otro ser humano, casi como un extraño pero no lo es, después, estarás siendo invitado. Tus ojos cascabelean al escuchar las cordialidades habituales, apretones de manos, palmadas en la espalda y guiños sin sentido.

Surge el momento en el que se te está invitando a constar tu existencia en otro lugar que no es el tuyo, que no es el de siempre y tus manos están inquietas.

Ahora alguien tiene un sitio para ti en un espacio personal o privado. Entonces se ha abierto la posibilidad de ser tú mismo en otro lugar, recuerda, has sido invitado con todo lo que implica ser un ser humano con otros seres humanos en un mismo territorio, en otras palabras, ser tú mismo con otros que quieren ser ellos mismos también.

La persona que te invita quiere que estés en el lugar en donde será su convite, sus motivos no son importantes por lo tanto no te debe de interesar eso y deberías dejar de rascarte la cabeza.

Quizá tú no quieres estar ahí pero te han invitado y te sientes alguien especial por la atención. Te sientes único, no han invitado a otra persona que sea como tú, que se llame igual que tú, mismas facciones o mismos pensamientos. Eres tú quien irá en tu lugar, eres el verdadero tú. Tus imitaciones no irán porque tú ya fuiste invitado.

Quizá tú si quieres ir, ya esperabas la invitación y ahora que ha llegado te sonrojas, agradeces de más, asegurando tu presencia, o quizá, te ha sorprendido la invitación dejándote mudo y pasmado, buscas como declinar la invitación sin herir susceptibilidades. Hacerte el discreto. Hacerte el ocupado. Te jugarás el pellejo de ser una persona apática pero valdrá la pena rechazar la propuesta, es decir, declinar la invitación caerá bien para la autoestima que tanta falta te hace.

Habrá lugares a los que no te invitarán y cuando adviertas la falta de invitación tu deseo por asistir crecerá e irás a la reunión por tu cuenta. La gente sabrá que no fuiste invitado, te mirará con desprecio, te escupirá al rostro, hablará mal de ti y de tu olor. No lograrás ser tú mismo en ese lugar, pero al menos, tu ausencia no consta, sólo ahí existes. Ahí donde los demás te ven, donde eres enfrentado y te sientes sobresaliente. Asientes que existes, que por fin tu vela está prendida, aunque este funeral sea para ti.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

**Ilya Repin – “No le esperaban” (1884-1888, óleo sobre lienzo, 160 x 167 cm, Galería Tetriakov, Moscú).