El trapecista. Víctor Ávila.

La suerte había vaticinado al desamparo hace unos días, y ahora, en la desolación y el atardecer, los animales vienen con sus miradas apenadas.

El padre y su desaliento, el temblor que lo hace sudar, no despinta su maquillaje: la culpa y la languidez son disimulos breves.

El niño ha caído desde arriba, desde su cuerda floja.

La madre quedó suspendida hasta volverse un bosquejo por siempre. No habrá consuelo y no buscará más culpable que ella misma.

Los curiosos que viene a lamentar la tragedia, no son causa de desvelos, la empatía no roza con nadie. Ni para qué.

La sangre del niño, herido de muerte, seguirá brotando.

Ciento cuarenta y tres años pasaron, la angustia se apodera de mi al ver este cuadro de Doré. Siento un vértigo por no acabar de caer nunca. Por no acabar de morir.

El acoso del tiempo oprimiendo tu corazón.

El recuerdo y el perdón.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Gustave Doré, Les saltimbanques – 1874