En poste de luz. Enrique Husim.

Era muy tarde por la noche cuando un hombre de aspecto muy mayor se me acercó. No suelo iniciar una conversación con los desconocidos, pues nunca se cómo van a reaccionar después.

— ¡Hola! ¿Disculpa, tienes fuego? —. Me dijo mientras sentía como examinaba mi perfil de reojo.

— Si claro, permíteme—. Respondí.

Saqué el encendedor, que algún tiempo atrás, me había regalado una persona que fue muy importante para mí y que tenía grabada una frase en broma por el 12 de Diciembre del 2012; el esperado fin del mundo. Lo encendí a la primera y acerqué su llama al extraño que me seguía mirando fijamente como si no pudiera concebir el verme.

—Gracias, ¿quieres un cigarrillo?

—No, gracias.

—Y, si no es indiscreción, ¿qué haces solo a esta hora recargado en este poste, muchacho?

—Realmente no lo sé.

— ¿Cómo? ¿De verdad, no lo sabes?

—Sólo sé que tengo la sensación de que he olvidado algo.

— ¿Algo como qué?

—No sé, se siente como si en algún lado hubiese dejado una vela encendida.

— ¿Una vela?

—Si, como si hubiese dejado una ventana o una puerta abierta.

—Eres algo raro. — Dijo el viejo, cuya mirada cambió, como si de pronto supiese que tipo de persona era yo, sus ojos y el movimiento lento de sus expresiones al hablar, le daban un aire de sabiduría. Yo no respondí nada, hubo un momento de silencio hasta que él habló.

—Pasan de las tres de la mañana, ¿no?

—Sí, así parece.

— ¿No tienes frío muchacho? está helando.

—Pues no, realmente no tengo frío.

— ¿Y no temes estar aquí tu solo?

—Cuando estaba vivo sí.

—Ya veo, pues me marcho, debo ir a la cama, ya me duelen bastante los pies.

El viejo apagó su cigarrillo con mucho cuidado, había fumado solo la mitad, el resto del cigarrillo lo guardó en el bolsillo de su vieja chamarra de lana. Se marchó con un ademán.

—Cuídate chico, quizá nos veamos pronto, lamento lo que sea que te haya pasado, uno no debería morir tan joven.

No dije nada, solo me limité a ver la silueta de aquel hombre perderse en la noche, mientras se alejaba de la luz del poste del cual estaba recargado.

 

Enrique Husim.

*Marian Wawrzeniecki. 1863-1943.

La carta. Enrique Husim.

Era tarde noche cuando todo comenzó, Emilio salía de su casa para ir a tirar la basura, se dirigía al contenedor que estaba a un par de cuadras cortas de donde vivía, caminaba mientras pensaba en que ya está por comenzar su programa favorito, nunca se perdía un capitulo, lanzo la gran bolsa de basura al contenedor, miro su reloj, un reloj viejo que le había regalado una exnovia y que el aún conservaba, – Estoy a tiempo son las 8:13 pm, aun alcanzo a ir a la tienda por un refresco – se dijo a sí mismo, apenas había dado la vuelta dándole la espalda al gran contenedor cuando casi se tropieza con un arreglo de flores tirado en el suelo, se trataba de al menos unas 20 rosas rojas con algunas otras flores que el desconocía,  – Válgame, ¿Qué mujer las habrá tirado? Están muy bonitas –,  se dijo así mismo mientras logró ver un trozo de papel del que apenas sobresalía entre los pétalos de las rosas, se agacho curioso para ver de qué se trataba y tomándolo de una esquinita lo sacó, se trataba de una carta, no tenía remitente ni dirección alguna, sólo un único nombre al frente, “Maribel García”. Emilio sintió la sensación de que había dado con algo con lo que no debía de haberse encontrado, levantó la mirada y miró a todos lados por si alguien le veía, se encontraba completamente solo, así que tomó la carta y la guardó en su bolsillo derecho, aún no sabe que le impulsó a llevársela, incluso hasta el arreglo de flores, le parecía muy bonito como para dejarlo ahí nada más, llegó a la tienda y compro 2 cigarros y un refresco bajó la mirada curiosa del tendero quien no le preguntó nada, volvió a casa y dejó el arreglo de rosas en su mesita de centro, entró a su baño cerrando la puerta, Emilio vivía solo y jamás cerraba la puerta, pero esa noche sentía que había encontrado algo especial.

El televisor estaba encendido y a pesar de que ya había comenzado su programa favorito, el sólo miraba el frente de la carta mientras permanecía sentado en la taza del baño – Maribel, ¿quién será Maribel? – . Giró la carta y vio rastros de cera, una cera roja que seguramente sirvió como sello para resguardar su contenido, cosa que impresionó a Emilio pues pensó que si esto lo habría escrito un hombre, pues es de esa clase de hombres que se toman en serio esos detalles que no se tienen ya en estos días, abrió el sobre y sacó la misteriosa carta. Su primera impresión es que la letra con la que estaba escrita era bonita, le pareció que alguien se había dado su tiempo para escribir aquello cuidando el tener una letra legible, en ese momento Emilio se bajó los pantalones y se sentó en la taza para hacer sus necesidades, encendió un cigarrillo y comenzó a leer:

Querida Maribel:

Antes que nada quisiera pedirle una disculpa por el atrevimiento de haberle mandado semejante arreglo floral a su trabajo, sé que es usted una mujer casada, es sólo que necesito que sepa usted de mí, me urge que se entere de mí. Llevamos años trabajando en el mismo lugar, así es, trabajamos en la misma empresa y a pesar de eso usted no sabe quién soy yo, pero yo sé quién es usted, usted es la mujer que me quita el sueño todas las noches, es la tinta que me inspira para permanecer en vela escribiéndole poesía a la luna que veo en sus ojos, es la canción que sale de mis labios cuando a solas pronuncio su nombre, usted es la única razón por la que yo asistía a este trabajo con una sonrisa, así es Maribel, verle todos los días me hace sonreír.

Maribel, no tiene caso que intente adivinar quién soy yo, pues realmente no sabe mi nombre, pues no soy nadie de sus conocidos en la oficina en al que se encuentra, le diré que soy uno de los empleados que ha sido despedido hace una semana y que lo que me impulsa a tener este detalle hacia usted es por el hecho de que es el  corazón quien me impulsa a hacerlo.

Maribel, yo la amo, la he amado desde la primera vez que la vi, la amo de una manera que ni yo mismo me puedo explicar, la amo a rabiar de celos por el hecho de que usted se debe a su marido, más sin embargo la amo, amo cada contorno de su cuerpo, amo cada uno de sus cabellos castaños, amo cada coyuntura que se le dibuja en la cara cada que sonríe, amo hasta la manera en la que usted ignora mi existencia.

Amo el timbre de su voz con la cual saluda dando los buenos días, Maribel, soy un espectador de su belleza y esta es mi manera de poder agradecerle lo especial que usted ha sido para mí en todos estos años. Jamás hemos cruzado palabra alguna usted y yo, más que solo un par de miradas, miradas que para usted no significaron nada pero que para mí lo fueron todo.

Le suplico me disculpe, pues le repito, sé que es usted una mujer casada,  por esa misma razón y por respeto a su esposo prefiero que no sepa más de mí, más de lo que ya le he comentado, también sé que las rosas que le he regalado este día podrían representarle un asunto incomodo de explicar al llegar a su casa, no se preocupe, déjelas junto al basurero que se encuentra en la esquina de la calle Olmos y Pirules, está tan solo a unas cuadras de su trabajo, no las tire a la basura, se lo ruego, sólo déjelas en el suelo, yo pasaré por ellas a las 8:15.

Sin nada más por decirle me despido de usted como su admirador secreto, siéntase libre de quemar esta carta después de leerla.

Por siempre suyo, al menos en mis sueños:

J.G.

Emilio tira la colilla dentro de la taza y le baja, – Vaya, Quien quiera que sea este tal  J.G. tiene un severo conflicto, creo que a estas alturas debe tener una impresión errónea, me traje las flores, ¿Pensara que ha sido Maribel quien se las ha quedado? – . Se dice a sí mismo, se sirve un vaso del refresco que ha comprado, el timbre de su casa comienza a sonar, le parece extraño que alguien le visite a esas horas entre semana, se asoma por la ventanilla lateral de su salita, pero no logra ver de quien se trata, le estorba un árbol, así que abre la puerta encontrándose con la mujer más hermosa que ha visto en su vida, – Hola, ¿eres J.G.? –, le pregunta ella, – ¿Ma…Maribel?– tartamudea, – Te vi recogiendo las flores que me mandaste, no pude evitar seguirte –,  ella pasa sin esperar a que Emilio la invite, la puerta se cierra tras ella.

 

Escrito por: Enrique Husim

*Ramón Casas. La modernidad anhelada.

El solitario Nicolás. Enrique Husim.

Son las 5 de la mañana, Nicolás busca un cigarrillo en sus bolsillos mientras piensa en lo curioso que es el hecho de que a su edad uno duerma menos, pues no necesita de ningún reloj despertador para levantarse temprano, el simplemente se levanta porque ya no tiene sueño, duerme tarde entre las 11pm y las 12am, a veces dura más de media noche y se levanta entre las 4am y las 5am, es un hombre ya avanzado de edad , tanto que no le queda ya mucho pelo y sus ojos son ya inútiles sin la ayuda de sus anteojos, los cuales tiene ya demasiado gastados, pues ha pegado una y otra vez cada contorno de su armazón con rastros ya muy notorios de kolaloka y cinta adhesiva (de la negra para hacerle juego al color), se pone sus zapatos, los mismos que ha usado desde hace dos años, bastante gastados también, y por un momento sentado en la cama divaga en lo aburrido que es levantarse a estas horas para hacer absolutamente nada, pues ¿Qué se puede hacer cuando los rayos del sol aún no iluminan? Escucha un golpe en la puerta de su casa seguido del arrancar de una motocicleta, es el periódico, lo sabe bien pues el chico que lo reparte es un joven muy puntual, 5:15am siempre golpea a su puerta las noticias en rollo que lanza el muchacho.

Nicolás se levanta mientras le da un buen jalón a su cigarro al que después expulsa por la nariz pareciendo un viejo dragón que ha dejado de expulsar llamaradas por el agotamiento de estar viejo, llega al baño, levanta la taza, pues siempre ha procurado tenerla abajo, es un hombre de viejas costumbres ya que vivió con mujeres, su esposa y su hija, además de que hay hábitos que uno se inculca y que no se dejan jamás, orina a pequeños chorritos, pues la próstata no le permite salpicar la taza como cuando tenía 20, intenta jugar a orinar en clave morse, quiere poder salpicar diciendo; “Te odio, hijo de puta”, pero el chorro se corta en; “Te odi…” ya no le sale más pis, detesta quedarse así pues siente que aún le queda más por exprimir en su vejiga, pero no sale, tira la colilla de su cigarrillo como si fuera un escupitajo, pues es de esos viejos que no usan mucho los dedos para fumar, abre la puerta de su casa y recoge el periódico, hoy no tiene ganas de leer, así que lo lanza al sillón mientras dice; —A la chingada— y sale de su casa, aun es oscura la madrugada pero no le importa, comienza a caminar rumbo al centro y aspira aire fresco tres veces, inhala y exhala, sólo tres veces pues el dolor de su hernia comienza a molestarle, el dolor siempre le recuerda a su esposa, cuando le decía; “Nico, opérate esa hernia, un día de estos ya no te vas a poder ni levantar” y se recuerda a si mismo respondiéndole; “Jamás, prefiero morirme a que me abran las tripas”, se sonríe en sus adentros, le da nostalgia, pues a veces aun la extraña, —Elena—. Pronuncia su nombre en voz baja mientras mira el suelo al caminar, — ¿Porque te fuiste Elenita linda?—. Vuelve a decir mientras con su mano derecha busca otro cigarro de entre pura basura que guarda en sus bolsillos, hace años que su mujer lo dejo para hacer vida junto a un ingeniero, de esos que nunca batallaron para sacar una carrera por el hecho de venir de una familia de buena posición económica, su única hija es arquitecto o arquitecta, nunca recuerda de qué manera decirlo sin sentirse tonto, pero como recuerda el trabajo que le costó pagarle la carrera, ella no le habla más que el día del padre y durante las fiestas navideñas.

No tiene caso pensar en que ha hecho mal, pues lo sabe de lleno, trabajar mucho para entregar tan poco, ese es su único pecado, la única razón del porque vive tan solo hoy en día, todos los cumpleaños que se perdió de su pequeña Lucia quien ahora tiene tres hijos fruto de un matrimonio que terminó en divorcio al cabo de 4 años, por más que lo intenta no recuerda el nombre de su nieto más pequeño, pues de hecho solo lo conoce por fotos de las cartas de parte de Lucia que tienen dos años ya que no le llegan.

Comienzan a iluminarse las calles bajo el brillo de los aun débiles rayos del sol, ya está en el centro, detiene su caminata justo frente a la gran catedral, de pronto mientras tira la colilla de cigarro escucha que le llaman, —¡Hey! Mira nada más a quien tenemos aquí, caray, Don Nico, tenía mucho sin verle salir de su casa y mucho menos a estas horas.—  Le dice Esteban el barrendero, quien luce un porte humilde como si de Cantinflas se tratase, come huevos de codorniz con un jugo de naranja, —Hola, Chino ¿Cómo estás?—. Responde Nicolás, —Pues como todos, Don Nico, sobreviviendo—. Responde Esteban con una sonrisa algo melancólica, — ¿Y usted como esta Don Nico?—. Le pregunta, — Ah pues ya sabes, aquí nada más esperando a que algo pase—. Saca otro cigarrillo, lo tabaquea bajo la mirada reprobatoria de Esteban, —Disculpe Don Nico, pero… su corazón… ¿que no le habían prohibido fumar?—. Nicolás enciende su cigarro y exhala una buena bocanada de humo, —Me han prohibido muchas cosas, chino, y no me agrada, yo a ti te voy a prohibir que me llames “Don” suena muy pendejo—. Esteban suelta una risita, —Perdóname Nico, es solo que así lo criaron a uno —.Nico guarda su encendedor, — Si bueno… y a todo esto ¿qué hay de interesante por aquí en las mañanas?—. Dice, mientras se rasca la nuca, —Pues además de cada persona abriendo su changarro puedes echar taco de ojo con la señora Juanita, sale a estas horas a correr y a estirar el cuerpo usando las bancas de la plaza, — ¿A Juanita dices? Y ¿qué le voy a ver yo a ese culo caído y aguado por el que pasaron miles? —.  Esteban suelta una carcajada, —Bueno yo solo decía —. Pues no digas tonterías, chino—. Le contesta Nicolás, ahora se rasca la barbilla, mientras Esteban tira en su propio bote los cascarones de sus huevos,  — ¿Oiga Nico?—. Le dice Esteban con la voz baja como si temiera que le escucharan a dos metros a la redonda, — ¿A poco Doña Juanita si era bien putilla? —.  Termina por preguntar —. Como ninguna, mi chino —. Responde Nicolás sin bajar la voz, — ¿Usted se la llego a echar?—.  Nicolás le lanza una mirada seria al responderle, —Desde luego que no, en esos entonces yo siempre tuve a mi Elena—.  Ahora es el Chino quien se rasca la cabeza, —Ah ya, ¿y ella que se ha hecho?—. Dice el chino sin siquiera tener en cuenta que la pregunta podría incomodar a Nico, — Pues no lo sé, imagino que debe estar muy contenta, pues ahora esta con un buen hombre — El chino se endereza la espalda y dice, — Pues tu eres un buen hombre, Nico —. Nico tira una vez más una colilla fumada, —Si, bueno… eso dicen .  Lo eres — responde nuevamente el chino, Nicolás busca de entre sus bolsillos algunas monedas, se le ha antojado un café, —Bueno, me largo, mejor me voy ahora antes de que te pongas romántico y empieces a darme de besos —.  El chino vuelve a soltar una risilla, — Vete al diablo, maldito viejo —.  Dice el chino, —Ah, eso sonó mucho mejor—. Dice Nico.  Se despiden un par de metros solo con las palmas levantadas a la altura de sus cienes, siempre es mejor así, entre hombres que son amigos, que se conocen, los formalismos no aplican mucho, a menos que se tratase de algún enemigo o de algún extraño quien te saluda.

Regresa a casa con un café del Oxxo, de esos de sabor caramelo, tiene un gesto en la cara de enojo, pues sorbe a traguitos el café que ha pagado, pero que él no eligió, pues no sabía usar la máquina y no le interesaba aprender a usarla, así que pidió ayuda a una empleada quien sin preguntarle le dio ese sabor, ¿Por qué nadie toma en cuenta a los viejos? se dice a sí mismo; — Si Elena estuviera aquí le habría dicho a esa mocosa que me lo cambiara, porque yo no pedí este sabor —. Regresa a casa con la mirada perdida en el camino mientras su mente divaga entre recuerdos, es lo pesado de ser viejo, uno siempre está recordándolo todo, uno carga siempre con los recuerdos, incluso los malos.

Llega a casa, son las 10:15 de la mañana, se quita su chamara no antes de sacar de sus bolsillos otro cigarrillo, camina por los pasillos silenciosos de su gran casa, siempre hay un silencio especial cuando se vive solo, va por las mesitas tomando los pequeños porta retratos que en ellas descansan, se recuesta en su cama y se pone a ver las fotos, fotos de una época en la que, por trabajar tanto, él estaba ausente incluso en esas mismas fotos, fotos de su Elena, fotos de su Lucia, fotos de ellas juntas, fotos, una lagrima sale de su ojo derecho, tira de nuevo otra colilla fumada, mete la mano debajo de su almohada y saca un viejo revolver de calibre 22, lo coloca en su cien derecha, una lagrima sale ahora de su ojo izquierdo mientras pronuncia las palabras entrecortadas; —Discúlpenme, las amo—.  Pasan lo segundos, las lágrimas le salen a borbotones, pasan los minutos, sus lágrimas dejan poco a poco de brotar, —Pero que tontería—.  Se dice a sí mismo, se levanta y vuelve a colocar su vieja pistola bajo la almohada, regresa cada uno de sus portarretratos a cada una de sus mesitas y estantes, vuelve a la cama, se recuesta, tiene sueño, ¿qué extraño siempre es que después de un llorar a moco tendido te de sueño? se pregunta, se ha quitado ya los zapatos —En fin, quizá descansar un poco me ayude a sentirme de mejor humor, — cierra sus ojos, pasan los minutos, pasan las horas, ya no queda ni rastro de que sus ojos han llorado como los de un niño temeroso de estar solo, sus ojos lucen tranquilos, serenos,  pero esos ojos tristes no se volverán a abrir jamás.

Enrique Husim.

*Károly Ferenczy – “Jardineros” (1891, óleo sobre lienzo, 134 x 155 cm, Galería Nacional de Hungría, Budapest).

Estar y no estar. Enrique Husim.

Era casi media noche, realmente no recuerdo bien la hora que era, fumaba cigarrillos Marlboro, los mismos que llevo fumando desde los hermosos 90’s cuando una sensación rara comenzó a rondar por mis pensamientos, acomodaba mis libros de Salinger y Soseki en ese momento, pues siempre gusto de releer algunos renglones a pesar de haberlos leído hace tiempo o de tener un libro comenzado en mi buró.

Sentía la sensación de no estar realmente en donde estaba, me encontraba en mi recamara, bajo el techo protector de mi hogar, pero sentía que no estaba realmente, algo raro tomando en cuenta el que estoy vivo… Pero… Y ¿si no lo estoy?

— ¿Bueno?

— Hola, soy yo, disculpa que te llame a esta hora.

— ¿Quién eres disculpa?

— Soy Enrique.

— ¡Ah, hola! Es muy tarde ¿pasa algo?

— No realmente, es sólo que quisiera preguntarte algo.

— A ver dime…

— ¿Cuándo fue la última vez que me viste?

— Uy pues hace ya casi como dos años ¿por qué?

— Sólo quería saber, por curiosidad.

— ¿Estas bien?

— Si, muchas gracias por contestarme a estas deshoras.

— Y… ¿Sólo has llamado para esto?

— Si, discúlpame, últimamente tengo la cabeza hecha un lio.

— Me despertaste, Enrique, al menos invítame un helado mañana.

— No tengo dinero disculpa, pero en cuanto pueda te invito.

— Bueno, ya duérmete y deja de estar despertando a la gente, espero mi helado.

— Si, descansa.

Era verdad, había gastado mis últimos 50 pesos en una cajetilla de cigarrillos, no me importaba mucho en ese momento no tener dinero para afrontar la mañana siguiente y así fue entonces en todos los días, eso es algo raro en mi pues siempre gusto de comer bien y beber bien y para hacerlo se requiere del cochino dinero. Justo en ese momento me dirigí al baño y encendí otro cigarro, preste atención al sonido de la noche, los grillos y el ir y venir de los autos me calmaron un poco la sensación de no estar ahí, abrí el pequeño balcón de mi casa y miré a una pareja de novios que andaban de la mano bajo la luz del alumbrado público, él parecía uno de esos hombres que no se callan la boca jamás, ella parecía de esas mujeres que gustan de oír historias.

De pronto sonó mi teléfono, conteste, era Omar…

— Wey, ¿estas despierto?

— Si, ¿qué pasa?

— ¿Cuándo fue la última vez que te vi?

(Solté una risita)

— Déjame recordar… Hace como 15 días we ¿Por qué?

— Es que de pronto tengo la sensación de estar y no estar.

(Solté otra risita)

— Vaya, me pasa justamente lo mismo.

— ¿Será que quizá se deba a nuestra falta de sentido en la vida?

— No creo, perdedores lo hemos sido siempre.

— Entonces… ¿qué se te ocurre, viejo amigo?

— Pienso más bien que no estamos vivos, ni tu saliste con vida de aquella piscina pública y ni yo lo hice del mar de Nayarit.

— ¿Y cómo explicas nuestro día a día?

— Como los de Bruce Willis en la película 6to sentido.

— Jajajaja ¡vete a la verga!

— Tú preguntaste.

— Ya mejor me voy a dormir.

— Sale.

Para cuando le colgué a Omar me percaté que ya casi estaban por dar las 3 de la madrugada, la hora mágica preferida para las brujas, la hora marcada y favorita del puto chamuco, de pronto pensé por un momento en invocar al diablo, habría sido interesante verme en una situación así frente a semejante personaje y poderle preguntar el porqué de la sensación tan extraña que tengo, esa de sentir estar y no estar, pero en fin, volví al baño a lavarme los dientes, enjuagué mi cara y me dirigí a mi habitación, me quité los zapatos y los coloqué a un costado de mi cama, me quité mi pantalón y lo doblé con cuidado colocándolo sobre una silla, mi camisa la coloqué de manera cuidadosa sobre mis libros del buró junto a un cenicero a rebosar de colillas, al poco rato me quedé dormido.

— Hola, Enrique. — Una voz grave salió de entre la esquina más oscura de mi recamara.

— ¿Quién anda ahí? ¿Quién eres? — Dije, volví a sentir la sensación de estar y no estar.

— La razón por la que te sientes así es porque casi no duermes, casi no comes, no sales de tu maldita casa y lees pura pendejada, estas a un paso de volverte loco, muchacho. —Contestó la voz grave de la cual comenzaba a vislumbrarle la silueta.

— ¿Eres el diablo verdad? — le dije sin rodeos mientras hacía por prender la pequeña lámpara de mi buro para tener de nuevo el alivio de la luz, pero él me pidió que no, que no era necesario, que sólo había venido para eso y que ya se marchaba.

A la mañana siguiente, tuve que contarles a todos mi encuentro con el diablo, le platique a mis familiares y amigos, después a los del trabajo, a los barrenderos, a los del supermercado, a los limosneros, a los perros y gatos, hasta que al final se lo platique a los doctores, médicos especialistas en la salud mental que me veían periódicamente en sus breves visitas al nosocomio en el que ahora me encuentro… Donde sigo sintiéndome con la sensación de estar y no estar.

Enrique Husim.

 

*Giuseppe Arcimboldo – “Cuatro estaciones en una cabeza” (h. 1590, óleo sobre tabla, 60 x 44 cm, National Gallery of Art, Washington).

El fugaz pensar del caminante. Enrique Husim.

Mis manos se arrugan, se vuelven cenizas.

Mi sangre jamás fue azul, es negra como el alquitrán de mis pulmones.                                                  Mi sentido del humor, no tiene risas.

Tengo un incendio dentro del pecho, no necesito la luz de un camino pues siempre estoy rodeado de nubes obscuras, me recuerdan a mi vieja alma.

Si tú te vas al norte yo tomaré el sur, hoy no hay mejor destino que el que nadie sigue.

Siempre hay un alma agonizante por encontrar en el sur, pero yo no busco un perdón ni una redención, no en este frío y desolado lugar.

Aun así logro ver una débil lucecilla, aun así me guía por un camino.

 

Enrique Husim.

* Maurice Denis – “Los árboles verdes o las hayas de Kerduel” (1893, óleo sobre lienzo, 46 x 43 cm, Museo d’Orsay).

Rezar no sirve para nada. Enrique Husim

¿Para qué sirve la oración? ¿Realmente es necesaria para la vida? Y ¿si yo no rezo, me va a pasar algo malo o no va a cambiar nada?

Rezar, orar, o citar una plegaria; Para quien es creyente, le dará serenidad, le dará paz y tranquilidad, justo como un placebo mental, pero solo es eso, un placebo ya que no sucederá nada realmente.

No sirve de nada rezar, rezar no detendrá una catástrofe natural, rezar no detendrá una guerra, no detendrá la mano de un asesino o violador, rezar no mejorara tu economía y mucho menos te va a dar salud, ya que rezar amigos míos no cura tampoco ni salva vidas.

Nunca en todos mis años de vida he conocido a nadie que sane de alguna enfermedad con solo rezar, de ser así pues caray, me recito un padre nuestro y adiós gripononon con el que desperté esta mañana, pero no. La gente que reza y que va al médico sana porque está siendo atendido por un especialista que te conoce el malestar, sabe lo que te está pasando y conoce las sintomatologías debido a sus estudios de medicina, y si, te vas a curar, pero porque acudiste al médico, no por haberle rezado a todos los santos o al Dios mismo, de no ser así, pues entonces cuando tengas alguna enfermedad terminal acude mejor a tu Iglesia, Templo o Mezquita reza 2 mil rosarios 5 mil padres nuestros 20 mil ave María y haber que tan bien sales de eso.

Enrique Husim.

 

HUSIM

¿Por qué los hombres que son solitarios tienden a tener tanto conocimiento? Enrique Husim

De hecho es causa y consecuencia a la vez, ya que la gente intelectual tiende a aislarse y preferir la soledad, por el sentimiento de que los demás no están a su nivel, o les interesan otras cosas que no son prioritarias para este mismo.
Intrínsecamente.
Todo empieza por la curiosidad. Si el sujeto es demasiado curioso y si logra mantenerla intacta pese a los deseos opuestos del entorno social, entonces se dedicará a buscar conocimiento. La sabiduría buscada será cada vez más precisa. Al ser más precisa es necesario más tiempo para asimilarla.
Extrínsecamente.
El sujeto busca objetivos que no son compartidos por sus similares y empieza a buscar a los que tienen esa sabiduría. Generalmente, se apartan de sus similares (en edad) y con los adultos. Ahora, la mayoría de los adultos les importa una mierda la cultura, el objetivismo y el conocimiento o simplemente no quieren hacerse más problemas. Es entonces que el niño busca en el grupo olvidado, los ancianos. Se acerca a ese grupo en busca de conocimiento de esos individuos que han vivido y aprendido lo que el tendrá que realizar. Con algo de tiempo, el niño (nuestro sujeto de investigación) adquiere toda la información de los ancianos a tal punto que acoge las dudas del grupo como suyas e incluso coloca todo lo que sabe a la duda. Se da cuenta que los ancianos no bastan. En este punto, el sujeto ya no es un niño y ha definido. Ante la duda persistente, se adentra en la fuente inexplorada de conocimiento, apuesto a que ya sabes a que me refiero, si mi estimado gato lector!, los libros y sus similares y aquí es donde empieza a definirse si el sujeto es persistente o lo deja todo en busca de una vida más sencilla. Si el sujeto es persistente, entonces empezará a complementar y dar forma a su propia cosmovisión con algo más de empeño creará sus propias formas y valores.
El sujeto se aleja de las distracciones de la realidad. El tiempo transcurre cada vez más rápido psicológicamente y los temas de estudio, en cualquier rama se hacen cada vez más completo. El sujeto está cada vez más decidido a saciar sus dudas sobre la temática que eligió a estudiar. Luego de este punto surge la duda del porque son así.

En el entorno.

Mientras que el sujeto se alejó de sus pares hacia los ancianos, no ha logrado desarrollar la interacción social junto con sus métodos. Es decir, el sujeto no sabe moverse por el ambiente común. En un intento de saciar sus necesidades comunicativas, este interactúa con personas; sin embargo, estos últimos no lo comprenden y lo rechazan, me da algo de risa en lo particular ya que esta actitud es común en casi todos los grupos de animales.

Y ¿tú? ¿Te has sentido como un Gato Negro?

Enrique Husim.