Cosmogonía. Emilio Cabral.

Todo era silencio, calma absoluta, una luz aparecía en el horizonte, un pequeño punto blanco que no iluminaba nada, se escuchaban las voces de los dioses, risas y charlas, pero no se veía nada, y cada sobresalto, enojo y grito, hacía que esa pequeña luz se hiciera más grande entre las voces, siendo dioses nada les importaba, la inmortalidad era casi palpable, hasta que uno de ellos sufrió un sobresalto, un grito que cimbró la nada, y deslumbró a los dioses, cobijándolos completamente en ese manto de luz, haciendo ver su inmortalidad, esas voces tomaron forma, miraron sus manos y sintieron dolor por las espinas del suelo, se avergonzaron con su desnudez y mientras unos callaron y bajaron la cabeza, otros siguieron gritando, añorando la calma de la soledad, del vacío de la tranquilidad, miraron su alrededor y sintieron hambre y poder, sintieron placer y dolor, poblaron la tierra de vida, como símbolo de perpetuidad de dolor, de heredar sufrimiento y castigo, y ellos como viejos poder regresar al paraíso.

Emilio Cabral.

*Ilustración: Marinus van Reymerswale. Saint Jerome.

A medias tintas no vale. Emilio Cabral.

Estoico me encuentro mirando el horizonte, perdido entre la maleza, tratando de limpiar mi cara con la brisa que me salpica, desnudándome el alma para purificarla; y volver a comenzar, tomar la tierra casi hecha lodo como un bautismo de este nuevo inicio, solo, suspirando, repentinamente presionando los dientes de coraje, para después cegarme con las lágrimas que me inundan los ojos, suspirando con inhalaciones entrecortadas, un nudo en la garganta e intermitentemente la calma, los momentos se vuelven recuerdos y se atesoran por un tiempo indeterminado, el adiós se hace presente y lanzarse al vacío se vuelve una decisión consiente para el momento de renacer, cambiar la rutina y comenzar a buscar un pasatiempo, dejar de pensar pero no olvidar, no maquillaré las heridas, colecciono cicatrices para siempre tener presente la razón de reiniciar, regresar a este lugar, solo el tiempo lo dirá, las medias tintas no valen y hagamos que 3 días parezcan para toda la vida, una despedida y un amargo adiós, para volver a iniciar, que me lleve el destino a dónde esté quiera ir y que este sea la razón de continuar.

Emilio Cabral.

*El terapeuta, 1937, René Magritte.

Tú, soledad. Emilio Cabral.

Inhalo y te acaricio, mientras tú, suspiras de la noche, del viento fresco que atraviesa la ventana sin permiso, levanto tu rostro y concentro mi mirada casi nula por la falta de luz y pobremente nítida por el maldito astigmatismo que siempre me ha aquejado, tratando de imaginar tu mirada penetrante, tus ojos tan cafés como el barro y a veces tan rojos, por las bocanadas de humo relajante, con el ruido de fondo de un tic tac que retumba en nuestros tímpanos, que cada noche se vuelve más ensordecedor e insoportable y que estando contigo a veces siento como se atenúa hasta casi detenerse… Exhalo y el vaho empaña mis sueños, la angustia y el terror que me provoca también estar contigo se vuelve real y la caricia se vuelve en un apretujón de tu brazo, marcando mis dedos en tu piel bronce, enredando mis pensamientos, como tu cabello rebelde y desalmado, que enloquece cuando más tienes prisa, y el tic tac se vuelve cada vez más insoportable, mi ceño se frunce de forma casi inconsciente, mi pecho se contrae y mis músculos se aprisionan contra mis huesos al borde del calambre, mi mente se nubla y vuelvo a inhalar… Dejando la mierda a un lado, para volver a sentir tu piel suave y tersa, rozar tus piernas con apenas las yemas de mis dedos y sentir tu suave aroma recorriendo mi nariz, aroma revitalizante y energetizante, cómo esnifar un gramo de preciado polvo blanco, sintiendo mi cuerpo relajarse al punto metafísico y preparándome para volver a exhalar… mientras tú, soledad, me miras sin despecho, ni desprecio, tú, soledad, que siempre me acoges en tu pecho aunque te maldiga, tú, soledad, que me has aceptado mil veces después de que juré que no volvería contigo, tú, soledad, tú, mi soledad… Te amo, pero te odio soledad.

Emilio Cabral.

* James Sant.

Reconocimiento. Emilio Cabral.

Y la vida nos unió y nos separó, no fue algo pedido y ni aclamado, aunque tampoco fue sorpresivo, las peleas comenzaron a ser tontas y los silencios se hacían más incómodos, las miradas bajaban hasta el piso, desganadas y las lágrimas eran derramadas sin sentido. El amor se acabó mujer, entre los dos sólo se abrió un espacio, te digo adiós con un nudo en la garganta, con los labios secos y la mirada vacía, como si fuera parte de la vida me voy, pero sólo te diré una cosa más: sal, sal con muchos hombres y si quieres mujeres, inténtalo hacer en todas las posiciones, besa mil hombres, júntate con idiotas, misóginos, vividores, gente culta, divertida y mejores que yo, hasta el pendejo de tu vecino si quieres, ese que te miraba las caderas mientras caminas por la calle, usa un escote amplio y faldas cortas para que todo hombre se derrita con tus curvas, admiren tus senos y te traguen con la mirada. Desecha mis cartas y mis fotos, bloquéame de toda red social y esconde todo aquello que te recuerde a mí, deja tu cuarto vacío si es necesario y olvídame, méteme en un bote de basura y patéalo lejos, esto es un adiós y no un hasta luego, mátame mentalmente, asesíname con tu fuerza de mujer, sácame el corazón y tíralo lejos, que ya no sirve, cuando termines, quédate sola, toma un respiro y vuelve a amar, vuelve a ser tú, recuérdame y no cometas los mismos errores, amalo como nunca me amaste y nunca me compares, no seré mejor que él, besa su frente y dile cuanto lo amas, toma su mano más fuerte de lo que lo hacías conmigo y vive, que para eso, ya nos dijimos adiós.

 

Emilio Cabral.

* La Reconnaissance Infinie. Rene Magritte.

Arrastrar el lápiz. Emilio Cabral.

Han pasado meses de la última vez que escribí, comenzaba a arrastrar el lápiz por el papel y se volvía tedioso, soso y aburrido, las ideas no llegaban a mi mente, solo vomitaba palabras inútiles y sin sentido, maldición, quiero escribir del amor que no siento, de la vida que no vivo y de la muerte que me da miedo, como decía Mario Benedetti en la tregua «porque yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien.» Cada palabra que pasaba por mi mente directo al papel la odiaba, la odiaba con intensidad, arrancaba las hojas con desprecio y unas cuantas las borraba con mis lágrimas. Siempre intento plasmar historias y terminó plasmando mi vida, como si la regalará en un jodido folleto que la gente tira 5 metros después y a veces me preguntaba cuál era el sentido, el sentido de llegar a publicar, de que todos lean mis sentimientos, mis historias de amor y desamor. Para que unos cuantos me aplaudieran y otros tantos se burlaran, me repudia el hecho de saber que soy yo en cada fragmento, como si prostituyera mi mente y mis recuerdos, que todos lo lean sin sentimientos mientras yo derramaba lágrimas cuando lo escribía, que lo pasen de largo y peor aún que se pierdan en el infinito, odio el momento que decidí comenzar a escribir, pero odio más no dejar de hacerlo, amarlo y saber que es de lo único que tengo, que es más real que un Ferrari, que es menos soso que el dinero, que es más divertido que un parque y más triste que un funeral, me lleva de lo más bajo a lo más alto y sueño con llegar al cielo y temer del infierno, vivir y sentir lo que yo quiera y de existir donde se me hinche la puta gana, ser yo y que sepan quién soy. Todo le importará al que llegue hasta el punto final, vivir y sentir cada palabra y expresar la vida con cada discurso. Amo escribir y maldita sea, nunca lo dejaré de hacer.

 

Emilio Cabral.

* Adriaen van Ostade – “Los alegres bebedores” (1659, óleo sobre tabla, 30 x 25 cm, Mauritshuis, La Haya).

Odio que seas tú. Emilio Cabral.

¡Maldita sea! Te amo y no lo soporto, no recordaba cuán difícil era enamorarse pero maldita sea, ¿Por qué de ti? Eres alguien completamente diferente a mí, logro sentir tu desprecio en numerosas ocasiones, tus respuestas cortantes, tu cara seria sin mucho que decir, gestos de disgusto, parece que todo es cuando tú quieres, cuando te da la maldita gana y cuando te veo y me hablas no me aguanto, te contesto al instante, me preocupo por ti, odio cuando me dices que no, odio que me llames amigo, odio tu puta indiferencia, odio tanto de ti que amo todo lo demás, tu mirada, tu voz, tu jodida forma de ser, amo que no me des alas, que la indiferencia nos una más de lo que nos separa, es un va y ven de a ver quién tiene más orgullo, de saber quién es el primero en caer, maldigo la incertidumbre de lo que pasaría si te digo que te amo, que cuando no te hablo te extraño, me encanta cuando salimos, amo que nuestras platicas no tengan mucho sentido y sin embargo no tienen fin, que nos peleemos sin razón y nos importe tanto… Odio haber encontrado un nuevo amor y amo que seas tú.

 

Emilio Cabral.

*George Tsui.

Mueren en el tiempo. Emilio Cabral.

Ya no recuerdo la última vez que te dije que te amaba, lo dije cuando ya no era necesario, cuando nuestro amor ya se había acabado y las lágrimas no dejaban ver el paisaje, supongo que por eso no lo recuerdo, sólo me llega un sabor agridulce a la boca, como si a sabiendas de que era el final aún te lo dije, no recuerdo tu rostro, ni tu sonrisa, olvido si tu cabello era suave, el color de tus ojos, creo que también olvide nuestro primer beso, ya pocos recuerdos quedan, como la primera vez que te vi y me enamoré, recuerdo tu voz inconfundible y la risa horrible que tanto odias, recuerdo como te enojabas cuando me reía, también nuestro primer abrazo y la fuerza de tus brazos alrededor de mi cuerpo, la primera vez que te vi llorar y fue de alegría, los suspiros que dabas cuando estabas enojada y la forma en que fruncías el ceño cuando alguien te molestaba, tal vez ya no recuerde muchas cosas, pero recuerdo las cosas que me enamoraban, el tiempo quizá lo termine de borrar, pero no olvidaré que algún día te amé, porque los recuerdos viven en la mente y mueren en el tiempo, pero el amor vive en el corazón y muere con el alma.

 

Emilio Cabral.

*Michele Durazzi. Fotografía.

Después de ti. Emilio Cabral.

Y después de ti… ya no hay nada, gritos y peleas han quedado atrás, como quedó el amor en su momento, las mujeres ahora llegan y se van, no se quedan más de lo esperado como pasó contigo, estoy en ese limbo de estar sólo y de vez en cuando mal acompañado, las mujeres se han vuelto vacías y superfluas después de ti, quien sabe, aunque no espero el amor y tampoco lo busco, esas ganas se han quedado contigo y la soledad se ha quedado a mi lado, no es fácil, aunque tampoco se ha hecho difícil, la verdad es que después de ti no hay nada, mi vida no ha cambiado mucho, supongo que sigo siendo el mismo, mi corazón y mis sentimientos no se han movido de su lugar, pero mi razón si ha cambiado, esas ganas de verte han quedado en el olvido, el amor incontrolable y las ganas de besarte han cambiado y la soledad ha suplido tu lugar, fue un gusto haberte conocido y un mal trago estarte olvidando.

 

Emilio Cabral

* Salvador Dalí, Study for ‘The image disappears’, 1938

Sobre ti. Emilio Cabral.

No seré escritor, ni tampoco me comparo con un trovador, pero me encanta escribir sobre ti, lo que haces sentir y soñar, tratar de describir el sentimiento de tu mirada, el calor de tus brazos y el dulce de tus labios, respirar tu esencia, interpretar tu dulce voz para recordarla mientras estoy sólo, sentir tu alma abrazar la mía, suspirar con cada breve recuerdo, elegirte cada día que transcurre, no extrañarte, sino recordarte en tu ausencia, vivir amándote, pero odiando tus defectos, tan tuyos que no los cambiaría, besar tu cuello, mirar tu silueta y volver a suspirar un recuerdo, tomar tu mano, besar tu mejilla, saber que eres mía y a la vez que seas libre de irte y olvidarme, quedarte dormida, olvidar que cada día es especial, tener miedo de irse, tristeza al extrañarse, terminar todo y largarse, conocer y volver a empezar, tan dulce y tan amargo, siempre cambiante y deseado, que bonito es el maldito amor, que nos hace reír hasta llorar y llorar para no reír, dejar hasta olvidar y querer volver a desear, sufrir para él y sufrir por él y maldito el amor que me hace llorar hasta olvidar y dejar de escribir.

 

Emilio Cabral.

*John Everett Millais – “La sonámbula” (1871, óleo sobre lienzo, 154 x 91 cm, colección privada).

Me voy. Emilio Cabral

Ya me harte, me voy, te abandono y me olvidó de ti, siempre es lo mismo, amarte hasta hacer úlceras, desearte hasta romper mis dientes, pensarte hasta olvidar mi nombre, pero ya me canse. No, yo no espero nada a cambio y es más, das más de lo que necesito para decirte que te amo, pero estoy harto de decir tu nombre y que me tiemble la voz, de verte y que hagas añicos mis agallas, de sentirte y perder el aliento y de besarte y querer quedarme, de olvidarme que estoy harto del amor, de ese por el que daría mi vida, que duele pero te sonsaca, como una droga que necesitas, me harte de verte cada mañana con esa sonrisa que me vuelve un niño pero a la vez que me hace olvidar que soy humano y me vuelve invencible, que reseca mis ojos porque no hay lágrimas, que hace sentir la calma porque no hay problemas, me hace sentir que te amo sin pensarlo y sin embargo me voy, para olvidarme de ti, de que alguna vez te amé, de que alguna vez me fui, que nunca estuve ahí, para no tener que llorar cuando te tengas que ir.

 

Emilio Cabral.