Natación. Virgilio Piñera.

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

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* Virgilio Piñera (1912-1979) Nace en Cárdenas, Cuba. Poeta, narrador y dramaturgo.

**Bestiary, England, Circa 1250.

Una bala en la cabeza. Víctor Ávila.

En la sala, cuando se apagó el televisor y se quedaron a oscuras, por fuerzas que ella creía extraordinarias, su compañero de cama le habló.

– I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– No, I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– I have a bullet in my…

El televisor se prendió iluminando sus rostros, las últimas palabras, en ella, se quedaron como un eco sobrenatural, mientras él continuaba mirando su televisor con una sonrisa un poco infantil y ridícula.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Arturo Michelena. El niño enfermo, 1886.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Macrófagos de la existencia. Melina Aldana.

El otoño ha llegado anunciado con sus hojas caídas produciendo un lagrimeo y cosquilleo en la nariz, tal cual cómo cuando se siente al contener el llanto, un escupitajo sale en forma de sueños, hay mermas y anhelos, nunca olvido lo que sueño, desconozco los rostros y las voces, sueño que pierdo mis dientes. Sufro y no por amor o desamor, me duele la existencia, la fe en picada, la senda confusa, no tolero las perdidas.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Willem Haenraets. Endless Freedom.

Reciclaje fatal. Elena Mo.

He contado las diez veces en las que utilizas el tónico “yo” en una conversión “casual” de menos de tres minutos, y con todo lo que se puede decir en ese eructo de tiempo, he notado la facilidad con la que cambias tu lealtad, tu necesidad de reconocimiento, y tu gran habilidad para estar donde te conviene. Porque de todo eso que yo considero basura; hay que saber, porque ahora está de moda el reciclaje.

Ahora puedo decirte, gracias. He aprendido de ti, ya puedes convertirte en reutilizable.

 

Elena Mo.

 

El aire que impulsa. Víctor Ávila.

A Fernando Escobar García.

 

Desde su balcón el hombre mira cómo el agua, al caer, hace vapor sobre la banqueta, y al pasar los carros sobre lo charcos se levanta la brisa. El viento pesa más que la lluvia y con la tempestad se va el hombre de su pueblo, impulsado por el aire de sus consecuencias, ama a su gente y se despide de ellos.

Allá no llueve, sólo nieva. El hombre tiene frío y no hay alguien quien lo cubra de la tragedia que ocurrió en su pueblo. Llora, las lágrimas caen en la nieve y se evaporan, se elevan al cielo junto con sus reproches mudos. Añora a su gente y sueña con ellos.

Desde un edificio mira a la gente partir a algún lugar. La soledad que lo ciñe le hace prometer que volverá a su pueblo como un grande. Lo que nunca supo fue que su gente siempre lo miró como a un gigante atado a unas vergonzantes devociones.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Kaii HIGASHIYAMA (1908 – 1999).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Loquita de la colita. Víctor Ávila.

Iba luciéndome por la calle empedrada, con mi gran vestido blanco bordado de tulipanes que hacían resaltar mis hermosos ojos verdes. Mi cabello agarrado con una liga a media nuca, negrísimo, con un agradable olor a durazno. Mi cuerpo pleno, juvenil, concedido a mi gracia. Y al final de la calle, cuando comenzaba a gotear el cielo, lo vi por primera y única vez.

No recuerdo desde cuándo lo buscaba, los años y la espera me habían vuelto, de cierta forma como mi madre decía una “loquita de la colita”. Pero yo quería encontrar a mi hombre de cualquier manera. Por eso al salir a la calle me gustaba vestir y arreglarme de la forma en que los niños, hasta uno que otro señor casado, se embobaran de mis cualidades y mi dichoso cuerpo en plenitud, dejando en el aire húmedo hormonas que se introduce en el olfato de ellos provocando el deseo carnal por mí.

Mi hombre que al parecer estaba allí por casualidad, en este lugar, en esta hora, en este pueblito y que al fin me esperaba ya, a mi o a una mujer de mi semejanza que llegara y le susurrara muy cerca de su oreja, bajo la lluvia, unas suaves palabras: “Por qué has tardado, amor”, y que la frase se pierda cuando se incline por la sensación de cosquillas, sonría, me tome por la cintura apretándome contra su cuerpo, sentir su pecho contra el mío y su respiración agitada corte el viento y se oiga el silbido omnipotente que cubra nuestro anónimo amor.

Me aproximo a él, con el paso lento, armónico y rítmico de una canción de amor, ahora me mira, sonrío y sonríe, junto a él la lluvia ha desatado mi cuerpo y su sensibilidad, en él aumenta la respiración y se percibe constante. Ahora es cuando me debería de tomar, de acercarme a su cuerpo rápidamente perdiendo el compás, tendré que hacerlo yo. Huele mal quizás por la lluvia y su humedad, quizás. Por qué has tardado tanto, amor, no hay cosquillas pero se le ilumina una sonrisa con incredulidad. Lo beso con saña, apurada, perdida pero consciente, la lluvia redobla y redoblan las gotas como baquetas en tambores.

Finaliza el beso. Mi hombre se aparta poco a poco, abro los ojos, lo advierto enamorado, me apeno, doy una vuelta para a escondidas de él limpiarme la boca con mi mano y sé que después, en poco tiempo, tendré que lavarme la mano pues la saliva me ha resultado asquerosa y más que fuera ajena, y que fuera de mi hombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Meester van het Amsterdamse kabinet. Het liefdespaar (1485).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Las ciudades y el deseo. 2. Italo Calvino.

Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas. Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces -así cuentan- invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos uno por uno, para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno, a veces benigno, tiene Anastasia, ciudad engañadora: si durante ocho horas al día trabajas como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo.

 

*Italo Calvino (1923-1985) Nace en Santiago de las Vegas, Cuba. De padres italianos. Escritor.

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*** José Benlliure Gil. El carnaval en Roma.