Macrófagos de la existencia. Melina Aldana.

El otoño ha llegado anunciado con sus hojas caídas produciendo un lagrimeo y cosquilleo en la nariz, tal cual cómo cuando se siente al contener el llanto, un escupitajo sale en forma de sueños, hay mermas y anhelos, nunca olvido lo que sueño, desconozco los rostros y las voces, sueño que pierdo mis dientes. Sufro y no por amor o desamor, me duele la existencia, la fe en picada, la senda confusa, no tolero las perdidas.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Willem Haenraets. Endless Freedom.

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Reciclaje fatal. Elena Mo.

He contado las diez veces en las que utilizas el tónico “yo” en una conversión “casual” de menos de tres minutos, y con todo lo que se puede decir en ese eructo de tiempo, he notado la facilidad con la que cambias tu lealtad, tu necesidad de reconocimiento, y tu gran habilidad para estar donde te conviene. Porque de todo eso que yo considero basura; hay que saber, porque ahora está de moda el reciclaje.

Ahora puedo decirte, gracias. He aprendido de ti, ya puedes convertirte en reutilizable.

 

Elena Mo.

 

El aire que impulsa. Víctor Ávila.

A Fernando Escobar García.

 

Desde su balcón el hombre mira cómo el agua, al caer, hace vapor sobre la banqueta, y al pasar los carros sobre lo charcos se levanta la brisa. El viento pesa más que la lluvia y con la tempestad se va el hombre de su pueblo, impulsado por el aire de sus consecuencias, ama a su gente y se despide de ellos.

Allá no llueve, sólo nieva. El hombre tiene frío y no hay alguien quien lo cubra de la tragedia que ocurrió en su pueblo. Llora, las lágrimas caen en la nieve y se evaporan, se elevan al cielo junto con sus reproches mudos. Añora a su gente y sueña con ellos.

Desde un edificio mira a la gente partir a algún lugar. La soledad que lo ciñe le hace prometer que volverá a su pueblo como un grande. Lo que nunca supo fue que su gente siempre lo miró como a un gigante atado a unas vergonzantes devociones.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Kaii HIGASHIYAMA (1908 – 1999).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Loquita de la colita. Víctor Ávila.

Iba luciéndome por la calle empedrada, con mi gran vestido blanco bordado de tulipanes que hacían resaltar mis hermosos ojos verdes. Mi cabello agarrado con una liga a media nuca, negrísimo, con un agradable olor a durazno. Mi cuerpo pleno, juvenil, concedido a mi gracia. Y al final de la calle, cuando comenzaba a gotear el cielo, lo vi por primera y única vez.

No recuerdo desde cuándo lo buscaba, los años y la espera me habían vuelto, de cierta forma como mi madre decía una “loquita de la colita”. Pero yo quería encontrar a mi hombre de cualquier manera. Por eso al salir a la calle me gustaba vestir y arreglarme de la forma en que los niños, hasta uno que otro señor casado, se embobaran de mis cualidades y mi dichoso cuerpo en plenitud, dejando en el aire húmedo hormonas que se introduce en el olfato de ellos provocando el deseo carnal por mí.

Mi hombre que al parecer estaba allí por casualidad, en este lugar, en esta hora, en este pueblito y que al fin me esperaba ya, a mi o a una mujer de mi semejanza que llegara y le susurrara muy cerca de su oreja, bajo la lluvia, unas suaves palabras: “Por qué has tardado, amor”, y que la frase se pierda cuando se incline por la sensación de cosquillas, sonría, me tome por la cintura apretándome contra su cuerpo, sentir su pecho contra el mío y su respiración agitada corte el viento y se oiga el silbido omnipotente que cubra nuestro anónimo amor.

Me aproximo a él, con el paso lento, armónico y rítmico de una canción de amor, ahora me mira, sonrío y sonríe, junto a él la lluvia ha desatado mi cuerpo y su sensibilidad, en él aumenta la respiración y se percibe constante. Ahora es cuando me debería de tomar, de acercarme a su cuerpo rápidamente perdiendo el compás, tendré que hacerlo yo. Huele mal quizás por la lluvia y su humedad, quizás. Por qué has tardado tanto, amor, no hay cosquillas pero se le ilumina una sonrisa con incredulidad. Lo beso con saña, apurada, perdida pero consciente, la lluvia redobla y redoblan las gotas como baquetas en tambores.

Finaliza el beso. Mi hombre se aparta poco a poco, abro los ojos, lo advierto enamorado, me apeno, doy una vuelta para a escondidas de él limpiarme la boca con mi mano y sé que después, en poco tiempo, tendré que lavarme la mano pues la saliva me ha resultado asquerosa y más que fuera ajena, y que fuera de mi hombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Meester van het Amsterdamse kabinet. Het liefdespaar (1485).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Las ciudades y el deseo. 2. Italo Calvino.

Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas. Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces -así cuentan- invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos uno por uno, para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno, a veces benigno, tiene Anastasia, ciudad engañadora: si durante ocho horas al día trabajas como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo.

 

*Italo Calvino (1923-1985) Nace en Santiago de las Vegas, Cuba. De padres italianos. Escritor.

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*** José Benlliure Gil. El carnaval en Roma.

Las mujeres son más pequeñas para poder oler mejor su cabello. Fernando Escobar.

Realmente, sólo quería estar lo más cerca posible de ella para alcanzar a oler su cabello. Lo de tomarla de los hombros, besarle el cuello y morderle quedito las orejas, eso ya fue mera fantasía.

¿Cómo lograr decirle algo? Cualquier cosa, “Hola ¿Cómo te va? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Te gusta el elote tatemado o nada más cocido? ¿Quieres ir un día de estos por una Chaska, sentarnos en una banca de la Exedra y hablar de literatura?” Pero, creo que al tenerla cerca, mis nervios me traicionan gacho, cuando comienzo a sentir cómo se me suben los colores concentrándose en los cachetes y estos a su vez se contraen formándome una mueca medio estúpida, me suda la mano izquierda mientras la derecha tamborilea con mi pluma. La respiración se vuelve corta, rápida y el pulso se agita, retumba.

Hoy, se sentó a mi lado, porque no le quedaba de otra y porque mi caballerosidad ocasional la invitó a ocupar la última bendita silla.

Pasaba a cada rato su delegada mano entre su melena negra azabache y también se movía mucho, como impaciente toda la hermosa de ella.

Mientras yo, por mi cuenta, comprobaba discretamente, si aún olía aunque sea un poco a aquel perfume que recién compré.

Preguntas, como enfadosas moscas, me rondaban la cabeza.

¿Se moverá de ese modo gracias a algún buen efecto que le provoca el Hugo Boss del pasaje Juárez que traigo puesto? ¿Sentirá acaso, aunque sea un poco, de esa atracción química-cachonda? ¿Pensará que la veo demasiado, que hasta cuando se voltea y me da la espalda no puedo dejar de mirar su bonito pelo? ¿La incomodaré y sentirá que soy un cachondo y que ando bien erizo?

Por mi parte, juro que sólo intentaba acercarme un poquito hasta lograr alcanzar a oler el aroma de su pelo. Lo demás, fue pura fantasía.

 

Fernando Escobar.

* Un juego de paciencia (Meredith Frampton, 1937).

La baba del estúpido. Víctor Ávila.

La baba le caía lentamente sobre la entrepierna, estaba desnudo mientras veía el radio donde se escuchaba una voz gruesa que emitía un discurso. Su madre entró y vio que estaba mojado, “Ya te orinaste estúpido”, pensaba la madre. Por eso no te pongo ropa, hombre, le dijo, y apagó el radio. El hombre empezó a gritar, a la madre no le incomodó y con una toalla le limpió el pene, el hombre tuvo una erección. Ella se sorprendió, encendió el radio y se marchó con el rostro desencajado. El discurso siguió y mientras la baba del estúpido le caía de nuevo, su erección fue bajando con lentitud como su saliva que descendía en espesos hilos largos.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Lucian Freud, Painter and Model, 1986-87

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.