Contra océanos. Víctor Ávila.

A Cecilia Ávila Velázquez.

 

Estás en un barco que se tiende entre los mares pícaros. Un torpe capitán grita.

¡Aborígenes, todos a proa, observen al enemigo!

Ves que se presenta el océano, ese viejo amigo que hay que enfrentar como a las olas de tu infancia. Tus manos tiemblan y estás ante su atrevida presencia, saboreas el terror que te abrasa. Socorres a una mejor estrategia y te proclamas capitán para esta lucha; por ser el más capaz de todos.

La mar empieza a gritar.

Te resguardas en tus temores y levantas los cañones, los hombres se estremecen ante la majadera decisión de usar la pólvora. Dispones a los hombres a manipular el barco y a no dejarlo vencer. Respiras hondo y la mar también, ya está asediada de tanto gritar, ahora es tu turno.

¡Las guerras de barco nunca fueron mejores que esta, no duden ser la ballena que soporta el océano sin importarle su tamaño!

Los hombres responden con vitoreas y aplausos que hacen eco entre la furia de la mar. Callan los hombres y continúas.

¡Esta noche vomitaré las aguas saladas que no pudieron ahogarme y beberé con mis hijas!

Los gritos de los hombres retumban en tu corazón.

¡Hombres vivos: aferren el barco y levanten las velas necesarias, hombres ahogados: forjen con su cuerpo el sortilegio de seguir a flote!

El océano azota sobre ustedes.

Alguien grita

¡Quince caídos!

Eran ochenta y cinco, sin contar a los que ya habían saltado del barco. Confirmas gruñendo. Los hombres han levantado las velas y tomas el timón, no hay dominio y te lastimas un brazo. El océano ha impactado varias veces tumbando la tercera asta de estribor, temes tomar un falso juicio y no ves a lo que te enfrentas. Quieres llorar y ya lo estás haciendo, otra vez tomas el timón, lo aprietas y te enfrentas al mar. Avientas tu barco contra el océano, lo quieres perforar y lo dejas ir, los hombres ya se amarran al barco, tu palpitas amarrándote también, los rezos braman sobre la extensión del barco como llantos o alaridos, miras la braveza del océano.

¡Miren como tiembla el océano cada vez que se levanta contra nosotros. No sabe que entre sus marejadas nos vencemos sometidos por su peso, por sus encantos, bebiéndolo a escondidas de él, siempre viendo nuestro reflejo!

¡Oigan sus cantos animosos, de claridad afanosa, no sabe que su rumor podemos escuchar, arrullados con la avenencia del aire!

Los hombres cantan contigo.

La mar brama aún más.

Los ciñe, los cela sin tregua. Los rostros de algunos hombres se deshacen sin vida y otros miran sus pies. Entonces te dejas ahogar en la gloria de sus aguas y mueres en él.

En su victoria serás océano.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* The Storm on the Sea of Galilee. 1633. Rembrandt van Rijn.

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

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El padre. Raymond Carver.

El bebé estaba en una cuna junto a la cama, vestido con gorro blanco y un pilucho. La cuna había sido pintada recientemente, atada con cintas azul cielo y acolchada con un cubrecama azul. Las tres hermanitas y la madre, que se había levantado recién y aún no despertaba por completo, y la abuela, rodeaban todas al bebé, viendo cómo miraba fijamente y a ratos llevaba su puño a la boca. No sonreía ni reía, pero de vez en cuando pestañeaba y sacaba y metía la lengua a través de sus labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.

El padre estaba en la cocina y podía oírlas jugando con el bebé.

— ¿A quién quieres tú, bebé? —dijo Phyllis y le hizo cosquillas en la barbilla.

— Él nos quiere a todos —dijo—, pero a quien en realidad quiere es a papá, ¡porque papá es un niño también!

La abuela se sentó sobre el borde de la cama y dijo:

— ¡Miren su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Como los de su madre.

— ¿No es encantador? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito —y se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la frazada sobre su brazo—. Nosotros también te amamos.

— ¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —gritó Alice, y todas se acercaron alrededor de la cuna a ver a quién se parecía el bebé.

— Tiene bonitos ojos —dijo Carol.

— Todos los bebés tienen bonitos ojos —dijo Phyllis.

— Tiene los labios de su abuelo —dijo la abuela—. Miren esos labios.

— No sé —dijo la madre—. No podría decirlo.

— ¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.

— ¿Qué pasa con la nariz? —preguntó la madre.

— Parece como la nariz de alguien —respondió la niña.

— No, no lo sé —dijo la madre—. No lo creo.

— Esos labios… —murmuró la abuela—.Esos deditos —dijo, destapando la mano del bebé y separando sus dedos.

— ¿A quién se parece el bebé?

— Él no se parece a nadie —dijo Phyllis. Y se acercaron todavía más.

— ¡Lo sé!¡Lo sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Entonces miraron más de cerca al bebé.

— ¿Pero a quién se parece papá? —preguntó Phyllis.

— ¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y todas a la vez miraron hacia la cocina, donde estaba el padre sentado a la mesa, con la espalda hacia ellas.

— ¡Pero, nadie! —dijo Phyllis y empezó a llorar un poco.

— ¡Silencio! —dijo la madre y apartó la mirada, y luego la volvió hacia el bebé.

— ¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.

— Pero él tiene que parecerse a alguien —dijo Phyllis, enjugando sus ojos con una de las cintas. Y todas excepto la abuela miraron hacia el padre, sentado a la mesa.

Había vuelto su silla y su rostro estaba blanco y sin expresión.

 

* Raymond Carver (1938-1988) Nace en Oregón, Estados Unidos Americanos. Cuentista y poeta.

** Bather with outstretched arms. Paul Cézanne.

Natación. Virgilio Piñera.

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

***

 

* Virgilio Piñera (1912-1979) Nace en Cárdenas, Cuba. Poeta, narrador y dramaturgo.

**Bestiary, England, Circa 1250.

Una bala en la cabeza. Víctor Ávila.

En la sala, cuando se apagó el televisor y se quedaron a oscuras, por fuerzas que ella creía extraordinarias, su compañero de cama le habló.

– I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– No, I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– I have a bullet in my…

El televisor se prendió iluminando sus rostros, las últimas palabras, en ella, se quedaron como un eco sobrenatural, mientras él continuaba mirando su televisor con una sonrisa un poco infantil y ridícula.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Arturo Michelena. El niño enfermo, 1886.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Macrófagos de la existencia. Melina Aldana.

El otoño ha llegado anunciado con sus hojas caídas produciendo un lagrimeo y cosquilleo en la nariz, tal cual cómo cuando se siente al contener el llanto, un escupitajo sale en forma de sueños, hay mermas y anhelos, nunca olvido lo que sueño, desconozco los rostros y las voces, sueño que pierdo mis dientes. Sufro y no por amor o desamor, me duele la existencia, la fe en picada, la senda confusa, no tolero las perdidas.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Willem Haenraets. Endless Freedom.

Reciclaje fatal. Elena Mo.

He contado las diez veces en las que utilizas el tónico “yo” en una conversión “casual” de menos de tres minutos, y con todo lo que se puede decir en ese eructo de tiempo, he notado la facilidad con la que cambias tu lealtad, tu necesidad de reconocimiento, y tu gran habilidad para estar donde te conviene. Porque de todo eso que yo considero basura; hay que saber, porque ahora está de moda el reciclaje.

Ahora puedo decirte, gracias. He aprendido de ti, ya puedes convertirte en reutilizable.

 

Elena Mo.

 

El aire que impulsa. Víctor Ávila.

A Fernando Escobar García.

 

Desde su balcón el hombre mira cómo el agua, al caer, hace vapor sobre la banqueta, y al pasar los carros sobre lo charcos se levanta la brisa. El viento pesa más que la lluvia y con la tempestad se va el hombre de su pueblo, impulsado por el aire de sus consecuencias, ama a su gente y se despide de ellos.

Allá no llueve, sólo nieva. El hombre tiene frío y no hay alguien quien lo cubra de la tragedia que ocurrió en su pueblo. Llora, las lágrimas caen en la nieve y se evaporan, se elevan al cielo junto con sus reproches mudos. Añora a su gente y sueña con ellos.

Desde un edificio mira a la gente partir a algún lugar. La soledad que lo ciñe le hace prometer que volverá a su pueblo como un grande. Lo que nunca supo fue que su gente siempre lo miró como a un gigante atado a unas vergonzantes devociones.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Kaii HIGASHIYAMA (1908 – 1999).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.