Saltos intermitentes. Víctor Ávila.

Con gracia se movía el autobús, dando saltos intermitentes entre cada bache, los pasajeros moviendo la cabeza afirman el camino. Dos señoras, sus enormes pechos que rebotan y rebotan, después, vuelven a rebotar. Entre brincos, solicito la parada para terminar con aquella carrera de obstáculos entre dos personajes de Botero.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Mujer leyendo, Fernando Botero.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

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Un charco de lluvia. Víctor Ávila.

Las nubes se alejaban del sol, huían, cargadas de agua se marchaban más allá del cerro, mientras el sol dejaba visualizar la humedad del pasto y comenzaba a brillar un arcoíris policromático, a los ojos del niño, que no dejaba de mascar la pequeña hebrita de raíz que encontró.

El niño se marchó saltando entre los charcos que reflejaban su cuerpo distorsionado en el campo. A la orilla de una pila de agua había otro charco y en él una niña que se miraba en el reflejo.

El niño se acercó y veía que el charco era poco común, era como un espejo de color amarillento, obscuro, que reflejaba la ausencia de la luz del día. En el reflejo, el rostro del niño, era el de una adolescente con la cara sucia que se tocaba repetidamente la oreja. En el reflejo de la niña se veía una señora mostrando los senos, riendo a carcajadas, como su madre.

La niña se alejó del charco, se desnudó, saltó a la pila de agua y nadó. El niño la imitó, se desnudó y saltó en la pila, salpicando al charco amarillento, y así difuminaron el incongruente reflejo que mostraban las ondas de agua seguidas de ondas más claras.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Melanie and Me Swimming. 1978 Michael Andrews (British,1928–1995).

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La higuera del señor que vendía manzanas. Víctor Ávila.

Su anciana mujer salió de la casa de abobe para recibir la mañana, esperado a que él se marchara a trabajar. Sobre la tierra mojada, por la brisa matutina, madrugadora, posaban unos higos caídos por el viento de la noche; el viento ligero soplaba y silbaba a discreción, tumbando a los higos maduros y dejando a las brevas soportando con su fuerza mínima aquel desprendimiento de su dadora de vida; la higuera.

Su anciana mujer regresó a la casa por un canasto de mata, amarillo y gastado. A pie de la higuera ella observaba a los caídos, dudando y cuestionando a los aún colgados. Se agachó por un higo con un dolor de viejo vivido, lo echó en el canasto, volvió a agacharse, tomó otro y lo dejó caer en el canasto.

Él salió de la casa de adobe, desmontó la bicicleta de una de las paredes y miró a su anciana mujer recogiendo los higos, tosió con la intención de dar a entender que ya se iba.

Ella mirándolo empezó a santiguarlo con una oración, persignándolo con una mano al aire y la otra con un higo. Él se alejaba, a paso lento, como queriendo que acabara la oración antes del que él llegara al camino.

Se subió a la bicicleta mirando la caja de manzanas, amarillas, grandes, llenas de vida, hasta que debajo de una de ellas, escondida y discreta, vio a una con una leve mancha de color café, el café de podrido, el café que desfavorece, el café de “ya se jodió”. La tomó y la aventó sobre el arroyo que acompañaba al camino rumbo al pueblo.

Revolvía las manzanas de la caja para buscar otra contaminada pero fue en vano, todas gozaban de frescura. No quería, no podía sacrificar más manzanas, el manzano estaba muriendo, estaba malo por la plaga, estaba malo de “ya se jodió”, un año o medio, quizás y lo cortaba, sólo contaba ya con el naranjo y sus agrias naranjas verdosas, el granado y sus exactas y temporales granadas y la higuera con sus simples e indiferentes higos.

Regresaba ya a su casa, con la caja de manzanas igual de llena, pero ahora, por una razón lógica, le pesaba más el camino, le pesaba el día de mala venta, el día de “ya se jodió”.

Sobre cada vuelta de llanta, donde levanta a la tierra estática, sentía un peso de más; el camino era recto aún y se iba irguiendo cuesta arriba cuando se acercaba al arroyo, cada pedaleada le recordaba su hambre, tomó una manzana, le lastimaba el haber aventado la otra y ahora tener que comerse una de las buenas, una que aún mantuviera su color entero, sin fisura, sin daño. Mordía y le revolvía el estómago.

Cuando alcanzó a ver su casa, lejos, sola entre árboles, hierbas y arroyo, se bajó de su bicicleta y caminó hacia ella pensando en un perro, en el perro que ya no estaba, en el perro que ya no lo buscaba, en el perro que “ya se jodió”.

Llegó y volvió a toser intencionalmente, pero ahora era para demostrar a su anciana mujer que ya había llegado.

Retiró la caja de manzanas y montó la bicicleta en la pared. Se sentó en la piedra moldeada que se recargaba casi en la puerta, aún estaba ligeramente húmeda la tierra. Volvió a toser mientras se dirigía pequeñas ráfagas de aire con su sombrero para sofocar el calor interno de su cuerpo. Tosió una vez más, nada, el silencio acompañaba al viento y las ramas que se movían al vaivén producían un suave crujir.

Cayó un higo, él miró la higuera, su anciana mujer yacía sobre el canasto de mata, los higos comprimidos al lado de su cuerpo.

Él regresó la vista a sus manos, a su sombrero, a la caja de manzanas, cerró los ojos, imaginó la higuera y con una mueca de ahogo en su cara se dijo: ya se jodió.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* El sembrador. Vincent Van Gogh.

 

La perpetua soledad. Víctor Ávila.

A Cecilia Ávila Velázquez.

 

Al querer destapar la lata de champiñones me di cuenta de que realmente estaba muy solo, pero ahora imagino una mujer alta de ojos oscuros, cabello largo y suelto que está recargada en el desayunador y me cuenta algo, que me parece sin importancia, pero la escucho con una atención que no le daría a nadie más. Mientras abro la lata, suelto breves risas, ella me sonríe y continúa picando el ajo (mierda, pinche soledad). Yo le prometí una comida exquisita; le preparo champiñones al ajillo, yo sé que le van a encantar, le cuento que mi hermana los preparaba cuando mis padres estaban ausentes, ella me vuelve a sonreír, esa es la sonrisa que imaginé desde siempre.

En este momento derrito la mantequilla sobre el sartén, ella se acerca a donde estoy, trata de oler el vapor, se detiene el cabello con una mano y se aproxima al calor, noto que su cuello posee dos lunares, levanta su mirada hacia mí y yo le beso una mejilla, sonríe, me vuelve a enamorar, trato de disimular la emoción vaciando el chile de árbol y el ajo sobre la mantequilla, le pido que me pase los champiñones, me los da y se lo agradezco, con un movimiento mezclo todos los ingredientes y los dejo reposar. Ella me mira, sé que por alguna razón ambos sentimos aquello y nos reímos al mismo tiempo como si tuviéramos idénticos pensamientos. Saca la botella de vino tinto de la bolsa, la quiere destapar pero me rehúso advirtiéndole que estas cosas las debe de hacer un hombre, ella muestra indiferencia, pero percibo que le molestó mi actitud, le pido una disculpa y me rechaza, todo se empieza a complicar, le insisto pero ella no me vuelve a mirar. Saca algo de su bolsa ¡¿un cigarro?! No, claro que no, aquí no se fuma, le digo y eso le molesta aún más. Huele a quemado ¡mierda! ¡mis champiñones! Apago la estufa, volteo hacia ella y no encuentro su rostro, empiezo a desesperarme y ella no reacciona, despierta, le grito, empiezo a llorar, carajo todo iba bien, ¿bien? sólo estaba imaginado… debo tranquilizarme, suspiro y estoy dentro de la realidad,  tengo lágrimas en los ojos.

– ¿Por qué lloras?- me pregunta mi esposa.

– No, por nada… no lo sé… bueno creo que sólo estaba pensando en nosotros de jóvenes, cuando éramos novios, los primeros años ¿recuerdas?

-Mmm…este…  pásame la sal que estos champiñones saben diferentes.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* “On the Cliffs”, 1917, Dame Laura Knight.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La anciana que tenía prisa. Víctor Ávila.

A Jorge Calderón

 

Cansado me senté, afuera del restaurante-café “La Rueda”, el viejo cantaba un viejo tango y el guitarrista sonreía con el acordeonista en complicidad de observar tanto turista, entre ellos yo.

En el centro de la carpa estaba una bellísima mujer que bailaba, ahora una milonga, con un porteño. Aquí, en la Boca, todo parecía diferente que en el centro de Buenos Aires. Pedí una Quilmes roja, y prendí un cigarro, fumaba un Philip Morris, ya que había regalado a todos mis compañeros argentinos las cajas de cigarrillos Delicados que traía, que por cierto: “bastante rudos eh che fumate uno de estos”.

Recordaba a mi padre con la melancolía del tango, el cigarro apachurrado, y por la Quilmes roja casi acabada. Pedí una más. Los turistas se amontonaban en la calle mirando y apuntando a los bares de la Boca con su variedad artística. Una anciana se sentó a mi lado, traía una pequeña jaula con dos aves, prendió un cigarro, me miró y me sonrió. Le respondí de la misma forma, cuando soltando el cigarro de prisa, ella se paró, agarró su jaula y corrió entre la gente. Un impulso me hizo desprenderme de mi silla y seguirla.

Yo no tenía que correr, sólo alargaba mis pasos, la anciana iba rápido, esquivando a la gente. Los acordeones no dejaban de sonar, los taconeos y las risas acompañaban a los destellos de las cámaras fotográficas sobre las paredes pintadas de colores llamativos, colores vivos, rojo, amarillo, azul. La anciana seguía corriendo, seguía teniendo prisa, yo desconocía el por qué lo estaba haciendo: seguirla y el que ella corriera. Nunca había visto a una anciana correr de esa forma, quizá eso era lo que me impulsaba ver hacia donde iba o quizá sólo era la morbosidad de ver cómo, en cualquier momento, ella podría caer con todo y jaula.

Y la anciana encontró un farol, de esos que sirven no tanto para iluminar las calles, sino por cuestión de estética. El poste tembló después de que la cabeza de la anciana se impactara con el. La anciana cayó de inmediato, la jaula pegó en el piso, se abrió y uno de los pájaros voló, sintiendo la libertad reflejada en el pájaro que se quedaba sin poder volar, el que se quedaba sin poder salir de su jaula, el que se quedaba a morir junto a la anciana.

Regresé a mi carpa, la nueva Quilmes roja ya estaba ahí en mi mesa. Encendí un nuevo cigarro y pensé en mis jaulas; en qué pájaro quería ser, o en el peor de los casos, qué pájaro podría ser.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*The Pet Canaries, Joseph Caraud. French (1821 – 1905).

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Mueren en el tiempo. Emilio Cabral.

Ya no recuerdo la última vez que te dije que te amaba, lo dije cuando ya no era necesario, cuando nuestro amor ya se había acabado y las lágrimas no dejaban ver el paisaje, supongo que por eso no lo recuerdo, sólo me llega un sabor agridulce a la boca, como si a sabiendas de que era el final aún te lo dije, no recuerdo tu rostro, ni tu sonrisa, olvido si tu cabello era suave, el color de tus ojos, creo que también olvide nuestro primer beso, ya pocos recuerdos quedan, como la primera vez que te vi y me enamoré, recuerdo tu voz inconfundible y la risa horrible que tanto odias, recuerdo como te enojabas cuando me reía, también nuestro primer abrazo y la fuerza de tus brazos alrededor de mi cuerpo, la primera vez que te vi llorar y fue de alegría, los suspiros que dabas cuando estabas enojada y la forma en que fruncías el ceño cuando alguien te molestaba, tal vez ya no recuerde muchas cosas, pero recuerdo las cosas que me enamoraban, el tiempo quizá lo termine de borrar, pero no olvidaré que algún día te amé, porque los recuerdos viven en la mente y mueren en el tiempo, pero el amor vive en el corazón y muere con el alma.

 

Emilio Cabral.

*Michele Durazzi. Fotografía.

Cuando las hormigas se llevaron a mi hija. Víctor Ávila.

A David Ávila Robles

 

En todo caso que tuviera mis anteojos ayer en la noche, dudaría de haberlas visto, pues eran más chicas que las hormigas normales y de cualquier forma fue mientras dormíamos solas, sí, solas las dos, ya que mi esposo el herrero Q. nos dejó por una pequeña mujercita del pueblo vecino, pero así es, a mi hija se la llevaron las hormigas ayer por la noche.

Mi hija tiene sólo diecisiete años de edad, es tan sólo una niña, la niña de nuestro corazón, bueno, más bien del mío, porque el corazón de mi esposo, el herrero Q. pertenece ahora a una pequeña mujercita del pueblo vecino, sé que no me extraña pero yo imploro una alegría en su vida, una oración doy para su propia salud, es un buen hombre, pero claro, mi hija, siempre le gustó esta casa, no es por presumir pero mi esposo la diseñó y… ¿qué? Ah, mi hija se la llevaron, y sí por mí fuera, ella ya estuviera aquí otra vez, pero mi cuerpo no da por levantarse, andar y buscarla.

Todo, creo yo, se pierde ahora completamente, hablo y nadie me responde, ya murmuran las hormigas en voz alta, y discuten sobre qué azúcar llevarse de esta mesa en la que estoy sentada desde hace tres días, inmóvil me amanece y me anochece, estoy muy vieja para moverme y espantarlas pero, de cierta forma, me gusta recibir visitas o también puede ser que vengan a recoger la comida que le hice a mi hija, se la lleven en un altar lleno de tierra y otros pastos, y viva como una gran hormiga reina.

¿Qué querrá de mi hija el señor hormiga? Es el momento para preguntárselo.

– Disculpe señor hormiga ¿Por qué se llevó a mi hija?

– ¿Su hija? – cuestionó la hormiga soltando la especia que llevaba en la mandíbula.

– Sí, mi hija, yo sé que ustedes se la llevaron y aún no logro saber por qué.

– Perdone señora, pero yo no he visto a su hija de un tiempo para acá, y de hecho, tengo viviendo mucho en su casa.

– No la ha visto y ¿se acuerda de ella?

– Sí me acuerdo, pero yo era casi del tamaño de una termita.

– Claro, y ¿también se acuerda de mi esposo? Es que me abandonó.

– No, de él no, pero a mí me preocuparía más mi hija que un señor que me abandona.

– Sí creo que tiene razón, pero ¿podría preguntarle a sus compañeras hormigas si han visto a mi esposo? ¡Quiero decir a mi hija!

– No, no lo creo, porque para empezar las hormigas no hablamos y creo que usted está perdiendo la cordura señora, mejor me retiro y suerte con su esposo… perdón con su hija-. Dijo la hormiga.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Mother With Her Young Daughter. Gustave-Leonard de Jonghe (Belgian, 1829 – 1893).