Un sueño con tierra. Cecilia Ávila.

Hagamos una casa tú y yo con piezas de cerámica, unas rotas y otras inconclusas, experimentos en cajas, piezas olvidadas con mucho más polvo encima, objetos hermosos en vitrinas, utensilios básicos como cuencos, ollas y tarros para poder depositar y tomar algo que nos nutra, hagamos nuestro piso pieza por pieza, aunque prefiero la tierra mojada y aplanada por nuestros pies, juntemos tierras y juguemos en el lodo de vez en cuando. Hagamos la casa con nuestro adobe, sellemos nuestro horno de cocina con tierra mojada y pastosa para después abrirlo en nuestra fiesta. Juntemos las manos, así sucias, y esperemos sentir el calor del sol. Quizá lloremos, pero eso hidratará nuestra tierra.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

*Lane at Alchamps. Paul Gauguin. 1888.

 

Flores. Cecilia Ávila.

Qué de flores están llenos los panteones.

Flores que no van en la cabeza,

sólo en las tumbas.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

* Rostislav Felitsyn. On the porch of the hunt. 1855.

La brisa. Cecilia Ávila.

Un hueco húmedo lleno de inquina para flotar en él.

Un soplo fuerte donde te ciega el polvo.

Un sabor de sal en la lengua que escupe la verdad.

Es, en momentos, la sequía de este corazón.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

*Storm at sea. Iván Konstantínovich Aivazovsky.

 

Un juego de dos. Cecilia Ávila.

Haz aire con tus piernas largas

como un rehilete en nuestra cama.

Nada en mi rojo corazón

en tu lancha llamada apego

y usemos los besos como remos.

Háblame en la noche azulada

con tus gritos desesperados

de una niña extraviada.

No hay otra cosa

que el juego de niños

en las sucias mentes

de un adulto efímero.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

* Ernst Ludwig Kirchner.

Sra. Concha. Cecilia Ávila.

Caminemos juntas, amiga, que sola y afuera todo me es aburrido.

Volvamos a dormir plácidamente en el silencio que nos dio el hogar.

Mírame de nuevo con esa seguridad de que obtendrás tu pedazo de pan.

Vuelve a darme tu pata para recibir mis caricias.

Escúchame de nuevo y hazme creer que me entiendes.

Brinca de nuevo porque regresé por ti.

Ladra fuertemente al oír que un extraño toca nuestra casa.

Protégeme.

Vuelve conmigo porque saldré de casa…

 

Cecilia Ávila Velázquez.

* Svetlana Tartakovska. Woman in black.

Contra océanos. Víctor Ávila.

A Cecilia Ávila Velázquez.

 

Estás en un barco que se tiende entre los mares pícaros. Un torpe capitán grita.

¡Aborígenes, todos a proa, observen al enemigo!

Ves que se presenta el océano, ese viejo amigo que hay que enfrentar como a las olas de tu infancia. Tus manos tiemblan y estás ante su atrevida presencia, saboreas el terror que te abrasa. Socorres a una mejor estrategia y te proclamas capitán para esta lucha; por ser el más capaz de todos.

La mar empieza a gritar.

Te resguardas en tus temores y levantas los cañones, los hombres se estremecen ante la majadera decisión de usar la pólvora. Dispones a los hombres a manipular el barco y a no dejarlo vencer. Respiras hondo y la mar también, ya está asediada de tanto gritar, ahora es tu turno.

¡Las guerras de barco nunca fueron mejores que esta, no duden ser la ballena que soporta el océano sin importarle su tamaño!

Los hombres responden con vitoreas y aplausos que hacen eco entre la furia de la mar. Callan los hombres y continúas.

¡Esta noche vomitaré las aguas saladas que no pudieron ahogarme y beberé con mis hijas!

Los gritos de los hombres retumban en tu corazón.

¡Hombres vivos: aferren el barco y levanten las velas necesarias, hombres ahogados: forjen con su cuerpo el sortilegio de seguir a flote!

El océano azota sobre ustedes.

Alguien grita

¡Quince caídos!

Eran ochenta y cinco, sin contar a los que ya habían saltado del barco. Confirmas gruñendo. Los hombres han levantado las velas y tomas el timón, no hay dominio y te lastimas un brazo. El océano ha impactado varias veces tumbando la tercera asta de estribor, temes tomar un falso juicio y no ves a lo que te enfrentas. Quieres llorar y ya lo estás haciendo, otra vez tomas el timón, lo aprietas y te enfrentas al mar. Avientas tu barco contra el océano, lo quieres perforar y lo dejas ir, los hombres ya se amarran al barco, tu palpitas amarrándote también, los rezos braman sobre la extensión del barco como llantos o alaridos, miras la braveza del océano.

¡Miren como tiembla el océano cada vez que se levanta contra nosotros. No sabe que entre sus marejadas nos vencemos sometidos por su peso, por sus encantos, bebiéndolo a escondidas de él, siempre viendo nuestro reflejo!

¡Oigan sus cantos animosos, de claridad afanosa, no sabe que su rumor podemos escuchar, arrullados con la avenencia del aire!

Los hombres cantan contigo.

La mar brama aún más.

Los ciñe, los cela sin tregua. Los rostros de algunos hombres se deshacen sin vida y otros miran sus pies. Entonces te dejas ahogar en la gloria de sus aguas y mueres en él.

En su victoria serás océano.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* The Storm on the Sea of Galilee. 1633. Rembrandt van Rijn.

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.