El nido abandonado. Víctor Ávila.

A Ma. De Jesús Velázquez López 

 

En el cerro de B. han visto a una mujer con rostro de lechuza cabalgar entre los mezquites. Mis hombres y yo vinimos a buscarla. Después habría que edificarle un lugar de encierro, la duda era si también podría volar, suponíamos que no por el caballo.

Al llegar a la costa teníamos tierra y sal en el cabello, nos lo había entregado el aire a manera de bienvenida mientras cruzábamos el océano. Al entrecerrar los ojos no distinguíamos el nuevo mundo, se había comprimido y su dimensión no se apreciaba, sólo las copas de los árboles abrigados por la neblina.

Al desembarcar la tremenda selva nos estremeció.

En las formadas veredas por las que íbamos nos llegaban gotas lentas, dudosas de caer mientras otras terminaban sobre las ramas de los altos árboles. Los simios nos berreaban cerca de nuestras orejas dejando caer frutas y hojas viejas. Las aves eran variadas y yo fui el único que pudo ver de cerca un quetzal del tamaño de mi arma.

En nuestra décima alba, ya en la hondura de la selva donde no escuchábamos a los simios gritar, vimos a unos hombres que raspaban los árboles obteniendo un brebaje espeso y amarillo que mascaban. Nos ofrecieron aguardiente y nos llevaron a otras selvas próximas donde los changos se escondían de ellos, de ahí el sigilo que ya percibíamos de antes… El hombre más moreno tenía una gran precisión con su arma y de un disparo derribaba a los changos que caían cerca de nuestros pies. Los niños los agarraban y los metían a un costal celebrando. El hombre más anciano, ante el júbilo de la barbarie, nos explicaba que no había ave que sonriera más que la que buscábamos. Yo sonreía al escucharlo porque sabía que cada vez eran menos mis motivos para sonreír. Tenía miedo de no encontrar a la mujer con rostro de lechuza. Este temor me tenía en constante vigilia… En el campamento, las mujeres con su pecho descubierto quemaban el pelaje del chango. Les arrancaban las piernas, los brazos y la cabeza, dejaban el torso sin viseras y ya vacío lo usaban como cazuela que ponían al fuego; en ella metían los pies y los brazos, la lengua, los sesos, el corazón y el hígado, la verdura con otras hierbas y raíces, y al final, los ojos del simio mirándonos mientras flotaban en su propio caldo. Un estofado de simio para cenar… El anciano me sirvió el corazón al saber que yo dirigía la expedición. Fue la primera vez que dormí tranquilamente.

Antes del amanecer se acercó el anciano a mi casa de campaña y me llevó a otros árboles. Con su hacha tajó un árbol rollizo y sobre la tierra jugosa, que el sol apenas iluminaba, escribió con una de las ramas los sueños proféticos y sátiras posteriores. Me dijo, no olvides arrullar las alboradas de los propósitos que serán.

Tres meses después, cuando estábamos en la estepa, uno de mis hombres nos despertó ante una tormenta de arena. Nos aterrorizaron sus gritos intermitentes mientras bajaba de alguna duna. Nos exponía entre jadeos y habladurías, nada lúcidas, la pérdida de la amante de mis hombres, que era una mujer del desierto que se acercó a nosotros para darnos medicinas y remedios naturales… después se quedó con nosotros siendo amada por todos, sin contarme a mí, por el devoto amor que tenía por la mujer del rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites. Mi hombre alegaba, anonadado, el motivo de sus gritos “…se ha fundido nuestra maga en el desierto, se ha hecho semilla, hincada en la arena, ahora germina en raíces, escuché su húmedo canto y el vasto viento, me advirtió que venía la tormenta de arena… ¡Aférrense a sus sábanas, tiemblen cuando el viento toque nuestra campaña…! el miedo nos llamará por el nombre que ya no usamos, yo me quedaré a probar el soplo, el aliento malo, lleno de vergüenza, quizá cálido, imposible la piedad del desierto y su desgracia, aquella que puebla cactus ermitaños, que con sus brazos abiertos me quieren recibir y sus espinas rojas se saborean mi carne… Mañana busquen mi otro cuerpo, que será terrones de bronce sobre lo blanco, sentiré las raíces de nuestra maga… Tormenta de arena, su voz llegó, el retorno de escaldar mis huesos… ¡Los he visto bastante tiempo caminando sobre el desierto que el búho vigila…!”. A mi hombre lo perdimos. Se sujetó toda la noche a un cactus que dio un fruto después de la tormenta, una tuna de color sangre, sangre de toro. Su cuerpo nos señalaba, en el perpetuo reposo, a un ave nocturna que nos acechó con su vuelo las próximas noches… Por fortuna aún teníamos remedios y magia para curarnos de los imprevistos.

Al acercarnos a la aldea que calzaba el cerro de B. nuestras leches de cactus se estaban terminando. Habíamos dejado el desierto atrás y el encanto acrecía por mi mujer de rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites…

La comunidad del cerro nos recibió con nuevos remedios y me descubrí en medio de una conversación con una anciana que cantaba una oración, Morena cielo claro, me salgo del camino, atajo de tu vulgaridad, dolencias, fresas y aguardiente, encantadora es tu vanidad… rezaba mientras a lo lejos podía escuchar la cabalgata nocturna de mi mujer rostro de lechuza y continuaba… Me destierro, huella de tu agresividad, azucenas bajo el mezquite, predecibles tus senos, visibles tus pezones. El ave nocturna también volaba sobre nosotros y parecía reconocer a la anciana… Quisiera pedir amparo, temor de mi espíritu, súplicas, nubes bailando entre tus manos; ronroneo en tu vagina… Calló la vieja y del cerro un retumbo hizo sacudir nuestro pecho. Mis hombres y yo escuchamos atentos la pompa que crecía en el cerro: parecía ser veinte mujeres cabalgando… Pero la anciana confirmó que era una sola mujer con rostro de lechuza y después acabó su canto… Morena cielo claro, demándame, yo espero, gracia, leche en mesa, en tu agua salada clamo: todavía sigo con vida.

Al clarear el día ya íbamos subiendo el cerro de B. Mis hombres estaban preparados para posar sus miradas en ella, marchaban atentos y satisfechos por la leche de cactus.

Al medio día estábamos llegando a ciertas alturas del cerro donde se escuchaba el principio de una agresiva querella. Otros hombres, aborígenes de desconocidas vestimentas, pretendían pelear por la conquista de la mujer de rostro de lechuza. Venían contra nosotros. Mis hombres y yo encaramos la contienda. Los aborígenes con la lengua de fuera, empuñando arco y flechas con sus dedos, volvían a ser las hormigas que encumbraron por vez primera la tierra, y sólo derribaban a pocos de mis hombres. Nuestro fuego los apaciguó lentamente con mucho esfuerzo, matando a varios de ellos, mientras otros huían y otros tantos se reorganizaban en las faldas del cerro… En la cima del cerro logré ver la prisión de mí amada mujer de rostro de lechuza: eran cuatro bardas de grandes piedras… Llegábamos a la cumbre y ahí estaba mi mujer, la pude ver cabalgado en círculos, cautiva por su peculiaridad. La observé hermosísima: su cuerpo moreno desnudo y un rostro de lechuza tan blanco y resplandeciente por la luz rosada del atardecer. La brevedad del asombro fue interrumpido cuando una horda de flechas descendía sobre el cielo rompiendo el viento, derribando al búho que nos acechaba, silbando con ferocidad su caída. Algunos de mis hombres, incluso hasta yo, le gritábamos a la mujer ¡Brinca el muro, salta la barda! Ella lo intentó con una galopante sonrisa y el caballo obedeciendo hizo muecas para tratar de conseguirlo, obviamente no lo lograron y cayeron. La cara de la mujer se desplumó en el suelo. Al llegar hasta ella, no vi temor, sólo la angustia de su extinción, lloró en mis brazos y me habló: Te abrazo a ti, para que me aprietes, porque puedo ver la luna más de cerca y más llena, más blanca, como lo blanco de tus ojos, como la leche que pinta mi nombre en tu labio superior. Su corazón se detuvo, vi su calma y sentí la mía, después un estupor por no saber nunca jamás su nombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

** Pintura: Paisaje con aves. Roelant Savery. 1628.