Hasta la última palabra. Emilio Cabral.

“La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones.”

David Hume.

 

Vayamos y discutamos de la vida, hablemos de la existencia, cuestionemos el sentido de las cosas, riamos de la muerte, hagamos más corta la distancia entre nuestras almas, tomemos nuestras manos, lloremos juntos, de felicidad o de tristeza, sonriámosle a la casualidad que nos hizo estar ahí, hagamos que entre por el pecho y se anide en el estómago, que se quede ahí entre las entrañas, no pensemos si será nuestro último beso, riamos hasta que se nos acaben las fuerzas y terminemos abrazados mirando como todo se olvida, cerremos los ojos y escuchemos nuestras voces, haciendo que queden grabadas cada una de las palabras, suspiremos y soñemos, hasta que un “lo siento” no sea suficiente y seamos esclavos de  todo lo anterior, nos odiemos y gritemos, exponiendo los errores y las mentiras, presionemos los dientes hasta su ruptura y nos alejemos lentamente, quedando vacíos, olvidando recuerdos y tratando de ocultar otros, que todo pierdas sentido, hasta que queramos arrancar el alma de nuestro cuerpo, con desesperación sintamos la impotencia, la lejanía y el miedo de estar solos, hasta ahogarnos de alcohol tratando de llenar esos huecos, salgámonos de nuestros cabales y guardemos silencio, hasta que la razón nos haga decir sin titubeos, ni signos de interrogación adiós.

 

Emilio Cabral.

*Pieter Bruegel el Viejo – “La caída de los ángeles rebeldes” (1562, óleo sobre tabla, 117 x 162 cm, Musées Royaux des Beaux-Arts, Bruselas).

Tu ausencia. Emilio Cabral.

Anoche creí verte entre la penumbra, traté de hablarte con un grito ahogado por un nudo en la garganta, la desesperación me hizo correr hacia a ti, viendo cómo te alejabas lentamente con puta indiferencia, veía el paisaje pasar rápidamente ante mis ojos, los árboles pasaban cerca, sus ramas susurraban mis oídos burlándose de mí, escuchaba las hojas rugir estrepitosamente en ese silencio devastador, explotando bajo mis pies contra el piso, tu imagen desaparecía, mis pulmones sucumbían… mi paso se alentaba, mis ojos se llenaban de lágrimas, ajados y rojos, mi respiración agitada se calmaba ante la frustración, la oscuridad me había alcanzado, la soledad era inminente, inhalé, cerré los ojos por un momento, sostuve el aire y exhalé, ahí me di cuenta que nunca me acostumbré a tu presencia y menos con tu ausencia. Que jodida es la mísera, que maldito es el amor y cuanto dolor provocó ese adiós.

Emilio Cabral.

* Hippolyte Flandrin – “Joven junto al mar” (1835-1836, óleo sobre lienzo, 98 x 124 cm, Museo del Louvre, París).