Call me by your name. Luca Guadagnino. El Conde Filmstrostky.

El domingo fue el festejo de mi madre por su próximo cumpleaños y entre la verbena, la nostalgia y el mole, mi amor por mi madre me hacía sollozar y pronto lloraba con disimulo, al fin y al cabo, suponía que sería el único momento del día en que lo haría. Así que a la melancolía la disfruté con una copa en la mano y en la otra una tortilla.

Al finalizar la velada, me despedía enjugando mis lágrimas sobre el hombro de mi madre mientras ella sólo miraba su mantel sucio, un mantel manchado de malbec, de cebolla, de arroz y de mole, entonces, les comenté a los últimos invitados que iríamos mi esposa y yo al cine, veríamos Call me by your name. Todos evitaron verme y hasta unos bostezaron, a nadie le importaba acompañarnos, pues al parecer ya estaban un tanto fastidiados de mi alegría pedante y melosa. Continuamos nuestro camino al cine, ebrios y riéndonos de los demás, cantando Torna a Surriento,  hasta que empezó la película.

Tengo que decirles que Call me by your name de Luca es lo mejor que he visto este año, lo mejor que he visto desde hace varios años siendo un poco más estricto.

En el cine no pude contenerme y a cada secuencia, a cada plano o a cada detalle, suspiraba y lloraba, las lágrimas salían entre clamas que me brotaban de la garganta y no se detenían. Estaba desolado, ruinoso y no podía dejar de lamentarme ante tanta belleza. No hablaré del guion, ni de la fotografía, ni de los actores, menos del melodrama, saben que esto es una opinión, yo sólo veía un todo que era redondo y profundo, acertaba en el centro de mis expectativas. Empatizaba con esta arte y reía con los ojos llorosos; estaba feliz de haber encontrado algo de mi agrado, agradecía poder disfrutarla y eso me hacía lloriquear destrozándome por completo. Afortunadamente siempre tuve mi mano sobre la mano de mi esposa que me apretaba cuando sentía que me hundía en la butaca. Siempre la tuve a ella que abrazaba en la oscuridad del cine. Siempre ella, que me besó al dormir, la noche de ayer, después de tanta verdad.

5/5 Estrellas.

 

El Conde Filmstrostky.

Anuncios

The square. Ruben Östlund. El Conde Filmstrostky.

Desde antes de ver esta película, ganadora de la Palma de oro 2017, la crítica ya gritaba su pueril percepción y, desde esa cueva, aturdía al intelectualismo más azaroso, hasta el pensamiento más ingenuo. Nada justificaba su berrinche, ni su fin como expresión, de hecho, no tenía ni que justificar su veredicto pues pura cagada eran sus dictámenes. Como esta vetusta opinión sobre The square de Ruben Östlund. Ya luego contaré sobre “Force Majeure”, una enorme película que vimos allá por el 2014 con una cerveza importada…

Lo que le sucede a la protesta o a la “crítica” a la que se aferran, es la misma causa y fuerza de esta película: la sátira de su pretensión. Tanto de la crítica, como del crítico, tanto del arte como al artista, y además, de que esa terrible carga petulante, lo que lleva la catapulta apunta con amenaza hacia el gran e idiota interesado, ósea, a quién la consume. The square les da su patada en los huevos al artista y al crítico mientras el puntapié en el culo es para el cinéfilo.

No es una extravagancia que el cine, como arte, no cumpla o satisfaga, pues, mientras al cinéfilo le sobré algo de la película, al crítico le falta ese algo. Lo que pierden o buscan, amigos, no está ahí, si no afuera, es lo que está en su vida, es el arte de la verdad o la realidad, como lo retrata bien Östlund. La ironía de creer que el arte, que hacen los demás para otros, es arte.

Pero no temáis falsos Críticos, aun no irán tras ustedes, al menos hoy no, tampoco los cazaran a ustedes, falsos Artistas que aún no los descubren, pero sabemos que ustedes, falsos, están pudriendo el arte, su importe y valor, al menos desde el siglo pasado lo han estado haciendo y por una sola razón: no lo hacen con honestidad, ni con sinceridad, mucho menos con el corazón. Sus lucros, pues es su trabajo, contaminan y envenenan a su gente. No es exclusiva de los suecos esta ironía que expone The square, también en cualquier sociedad, como la mía, la más próxima; donde con descaró vemos repartir una mierda de cultura como cultura y la más penosa arte como arte. Algunos se la tragan otros no. Pero qué se sepa que no es para tanto, al menos no para mí, pues existen otras personas, críticos y/o artistas, íntegros y/o honestos, que no dependen de un hueso para vivir. Así qué el que no nos importé, no significa que lo ignoremos, pues desde la comodidad de nuestros santuarios, vemos este mal chiste, esa farsa suya, con indulgencia y con gracia, pues, ustedes, malos y negligentes mecenas, se ven ridículos cuando al final de la comedia se aplauden entre ustedes, junto con el vitoreo de sus ridículos secuaces. Bueno y desde acá observamos la mierda con la que se han ensuciado sus manos; la mierda con la que salpican a su alrededor, a los suyos y a todos los que se les acercan. Con esa peste serán recordados siempre. No los culpamos, respetamos lo jodidos que están.

Así funciona, la opinión, la pretensión, por esa razón es bello el retrato que nos dio Ruben Östlund y eso sin contar la poca fotografía que nos dio esta vez. Y es que para entender y asumir el arte, su crítica y sus exponentes, como tal, hay que hacerlo con higos y agua mineral. También hay que reír y eructar en la oscuridad de la sala de cine antes que los demás se asomen para ver quién eres y descubran tu motivo.

5/5 Estrellas

 

El Conde Filmstrostky.

 

Mother! Darren Aronofsky. El Conde Filmstrostky.

Darren A. me a recuerda un compañero, ultra-católico-cristiano, que tenía en la educación primaria, en la cual, por fortuna, nos enseñaban los libros sagrados y a mí, al encantarme esa ficción, era un fiel devoto a la participación de clase y lo hacía cuestionando su veracidad, torciendo y comprando la originalidad de los textos, y mencionando lo ambiguo de la formación en al que se nos instruían. Esto ocasionaba, en mi compañero fanático cierto repudio hacia mí y cada que tenía ocasión fuera de clase, buscaba fastidiarme. A veces, seguido de un pelotazo, me gritaba ¡Maldito moro! o bien, a la hora del almuerzo, su guarrido de puerco atormentaba mis oídos, escupía mi comida y en los lavabos, después de una actividad recreativa, me forzaban a un salvaje bautismo junto con sus apóstoles, que eran un grupo de niños obesos que le seguían sus más absurdos e idiotas juegos. Yo no entendía si toda esa burla era por el color de mi piel dorada, o porque ya estaba enterado de mi ascendencia árabe, o bien, por su limitada posición ideológica… hasta llegué a pensar que sólo tenía ganas de comunicarse con alguien más ¡decir su cerrada opinión y ser escuchado por alguien! pero nadie lo quería atender, y en su inconformidad por lo que los otros creían, formaba su propia religión, con una triste interpretación… Entonces, lo único que pude suponer, ante sus ataques y rabietas, fue que me enfrentaba a un imbécil atorado en algún momento de la historia o de la cultura, así que sólo soporté. Ese imbécil me recuerda a Darren Aronofsky con su insistencia sobre el tema, el gran tema que nadie quiere ver cómo lo ve él, con su compleja interpretación y su mensaje ambiguo, de cual sólo tengo que opinar, porque soy un ser humano tolerante, que me ha encantado su película y ¡qué ricos y frescos estaban los cacahuates que comí mientras la veía y qué rica está Lawrence, tan tierna como un cordero y qué hombre tan chulo es Bardem! ¡Papá Dios está orgulloso de su representación en el cine, así como en la tierra, como en los libros sagrados y apócrifos! ¡Qué gloriosas son sus historias que se siguen contando en el mundo! Y que Dios bendiga a Ed Harris por su gran trabajo como actor porque yo también le mordería la costilla a sus 67 años.

1/5 Estrellas.

 

El Conde Filmstrostky.