Una bala en la cabeza. Víctor Ávila.

En la sala, cuando se apagó el televisor y se quedaron a oscuras, por fuerzas que ella creía extraordinarias, su compañero de cama le habló.

– I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– No, I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– I have a bullet in my…

El televisor se prendió iluminando sus rostros, las últimas palabras, en ella, se quedaron como un eco sobrenatural, mientras él continuaba mirando su televisor con una sonrisa un poco infantil y ridícula.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Arturo Michelena. El niño enfermo, 1886.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

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Loquita de la colita. Víctor Ávila.

Iba luciéndome por la calle empedrada, con mi gran vestido blanco bordado de tulipanes que hacían resaltar mis hermosos ojos verdes. Mi cabello agarrado con una liga a media nuca, negrísimo, con un agradable olor a durazno. Mi cuerpo pleno, juvenil, concedido a mi gracia. Y al final de la calle, cuando comenzaba a gotear el cielo, lo vi por primera y única vez.

No recuerdo desde cuándo lo buscaba, los años y la espera me habían vuelto, de cierta forma como mi madre decía una “loquita de la colita”. Pero yo quería encontrar a mi hombre de cualquier manera. Por eso al salir a la calle me gustaba vestir y arreglarme de la forma en que los niños, hasta uno que otro señor casado, se embobaran de mis cualidades y mi dichoso cuerpo en plenitud, dejando en el aire húmedo hormonas que se introduce en el olfato de ellos provocando el deseo carnal por mí.

Mi hombre que al parecer estaba allí por casualidad, en este lugar, en esta hora, en este pueblito y que al fin me esperaba ya, a mi o a una mujer de mi semejanza que llegara y le susurrara muy cerca de su oreja, bajo la lluvia, unas suaves palabras: “Por qué has tardado, amor”, y que la frase se pierda cuando se incline por la sensación de cosquillas, sonría, me tome por la cintura apretándome contra su cuerpo, sentir su pecho contra el mío y su respiración agitada corte el viento y se oiga el silbido omnipotente que cubra nuestro anónimo amor.

Me aproximo a él, con el paso lento, armónico y rítmico de una canción de amor, ahora me mira, sonrío y sonríe, junto a él la lluvia ha desatado mi cuerpo y su sensibilidad, en él aumenta la respiración y se percibe constante. Ahora es cuando me debería de tomar, de acercarme a su cuerpo rápidamente perdiendo el compás, tendré que hacerlo yo. Huele mal quizás por la lluvia y su humedad, quizás. Por qué has tardado tanto, amor, no hay cosquillas pero se le ilumina una sonrisa con incredulidad. Lo beso con saña, apurada, perdida pero consciente, la lluvia redobla y redoblan las gotas como baquetas en tambores.

Finaliza el beso. Mi hombre se aparta poco a poco, abro los ojos, lo advierto enamorado, me apeno, doy una vuelta para a escondidas de él limpiarme la boca con mi mano y sé que después, en poco tiempo, tendré que lavarme la mano pues la saliva me ha resultado asquerosa y más que fuera ajena, y que fuera de mi hombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Meester van het Amsterdamse kabinet. Het liefdespaar (1485).

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La baba del estúpido. Víctor Ávila.

La baba le caía lentamente sobre la entrepierna, estaba desnudo mientras veía el radio donde se escuchaba una voz gruesa que emitía un discurso. Su madre entró y vio que estaba mojado, “Ya te orinaste estúpido”, pensaba la madre. Por eso no te pongo ropa, hombre, le dijo, y apagó el radio. El hombre empezó a gritar, a la madre no le incomodó y con una toalla le limpió el pene, el hombre tuvo una erección. Ella se sorprendió, encendió el radio y se marchó con el rostro desencajado. El discurso siguió y mientras la baba del estúpido le caía de nuevo, su erección fue bajando con lentitud como su saliva que descendía en espesos hilos largos.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Lucian Freud, Painter and Model, 1986-87

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

La sordomuda. Víctor Ávila.

La niña con una bolsa de dulces, notó, que todas las personas, pávidas y acobardadas, miraban un cielo común. La voz de un Dios los amenazaba, ella no podía oír el mensaje apocalíptico, se asustó y entonces gritó antes de caer al abismo, en donde los condenados iban a parar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Matthias Grünewald. 1520. Kopf eines schreienden.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Saltos intermitentes. Víctor Ávila.

Con gracia se movía el autobús, dando saltos intermitentes entre cada bache, los pasajeros moviendo la cabeza afirman el camino. Dos señoras, sus enormes pechos que rebotan y rebotan, después, vuelven a rebotar. Entre brincos, solicito la parada para terminar con aquella carrera de obstáculos entre dos personajes de Botero.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Mujer leyendo, Fernando Botero.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Cuando las hormigas se llevaron a mi hija. Víctor Ávila.

A David Ávila Robles

 

En todo caso que tuviera mis anteojos ayer en la noche, dudaría de haberlas visto, pues eran más chicas que las hormigas normales y de cualquier forma fue mientras dormíamos solas, sí, solas las dos, ya que mi esposo el herrero Q. nos dejó por una pequeña mujercita del pueblo vecino, pero así es, a mi hija se la llevaron las hormigas ayer por la noche.

Mi hija tiene sólo diecisiete años de edad, es tan sólo una niña, la niña de nuestro corazón, bueno, más bien del mío, porque el corazón de mi esposo, el herrero Q. pertenece ahora a una pequeña mujercita del pueblo vecino, sé que no me extraña pero yo imploro una alegría en su vida, una oración doy para su propia salud, es un buen hombre, pero claro, mi hija, siempre le gustó esta casa, no es por presumir pero mi esposo la diseñó y… ¿qué? Ah, mi hija se la llevaron, y sí por mí fuera, ella ya estuviera aquí otra vez, pero mi cuerpo no da por levantarse, andar y buscarla.

Todo, creo yo, se pierde ahora completamente, hablo y nadie me responde, ya murmuran las hormigas en voz alta, y discuten sobre qué azúcar llevarse de esta mesa en la que estoy sentada desde hace tres días, inmóvil me amanece y me anochece, estoy muy vieja para moverme y espantarlas pero, de cierta forma, me gusta recibir visitas o también puede ser que vengan a recoger la comida que le hice a mi hija, se la lleven en un altar lleno de tierra y otros pastos, y viva como una gran hormiga reina.

¿Qué querrá de mi hija el señor hormiga? Es el momento para preguntárselo.

– Disculpe señor hormiga ¿Por qué se llevó a mi hija?

– ¿Su hija? – cuestionó la hormiga soltando la especia que llevaba en la mandíbula.

– Sí, mi hija, yo sé que ustedes se la llevaron y aún no logro saber por qué.

– Perdone señora, pero yo no he visto a su hija de un tiempo para acá, y de hecho, tengo viviendo mucho en su casa.

– No la ha visto y ¿se acuerda de ella?

– Sí me acuerdo, pero yo era casi del tamaño de una termita.

– Claro, y ¿también se acuerda de mi esposo? Es que me abandonó.

– No, de él no, pero a mí me preocuparía más mi hija que un señor que me abandona.

– Sí creo que tiene razón, pero ¿podría preguntarle a sus compañeras hormigas si han visto a mi esposo? ¡Quiero decir a mi hija!

– No, no lo creo, porque para empezar las hormigas no hablamos y creo que usted está perdiendo la cordura señora, mejor me retiro y suerte con su esposo… perdón con su hija-. Dijo la hormiga.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Mother With Her Young Daughter. Gustave-Leonard de Jonghe (Belgian, 1829 – 1893).

La fruta podrida. Víctor Ávila.

A Claudia Ávila Velázquez.

 

La pequeña niña quería meter bajo tierra a su fruta podrida que tenía en una caja herrumbrosa. Con el rostro extrañado, abre el estuche y ve la fruta pudrirse cada vez más.

La  pequeña cava en la tierra húmeda hasta que las uñas le duelen, un gato a su lado observaba, con ojos adormilados, mientras menea la cola. La caja herrumbrosa está vacía al abrirla, la niña se ha puesto triste, sus ojos ahora son los adormilados, vuelve a tapar el hoyo y busca a su madre que espera a que su esposo vuelva con los pájaros. El gato con sus bigotes sucios, sabe qué ocurrió con la fruta podrida, y se marcha arrastrando la cola.

La niña sopla y en seguida vuela la cascarita del alpiste y pone fruta fresca en las jaulas, las nuevas aves se preguntan entre silbos quién es ella. El cóctel de fruta vieja lo pone en la caja herrumbrosa.

Al despertarse le late muy rápido el corazón y abre los ojos que le cosquillean. La caja herrumbrosa le recuerda, cuando curiosamente brilla, que le hace falta estar bajo la tierra, con su fruta podrida. La pequeña niña salta al jardín.

Debajo de la tierra ya está la fruta herrumbrosa y la caja podrida, la pequeña niña espera sentada al lado de su gato a que crezca un árbol mientras la luna los ilumina.

El árbol nunca brotará, la pequeña niña sí crecerá, el gato engordará y nuevas aves llegaran traídas por el esposo de su mamá.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Qazwini (ca. 1203-1283). The Wonders of Creation. Walters W. 659 (Turkey, c. 1717 CE).