Será mejor no hacer nada extraño y esperar a que el silencio llegue. Moisés Ortega.

Una lectura para Las raíces de un oasis de Víctor Hugo Ávila Velázquez.

I

Un oasis es, según la primera entrada de la búsqueda de su significado en internet: Un paraje aislado en el desierto en el que hay agua y crece la vegetación. La vegetación de ese paraje ciertamente tendrá raíces, raíces audaces que se aferran a la naturaleza movediza de las arenas desérticas. Y agua, un agua ideal que yace como milagro en el vientre del significado del desierto. Pero creo que las raíces que sostienen la idea del oasis, en sí mismo. No pueden ser otras que las palabras. Nada tan ideal – ni siquiera Dios- puede sostenerse si no es sobre un entramado de palabras y entonces, el agua y la vegetación y las raíces de este libro son ciertamente las palabras.

Y digo todo esto, que tiende un poco al soliloquio y quizás al desvarío, porque Víctor ha elegido nombrar a su segundo libro de cuentos, Las raíces de un oasis. Nunca me ha gustado buscar una justificación para los títulos de los libros que leo, pero casi siempre llega sola. He mencionado en clase a mis alumnos que el ser humano tiene dos obsesiones: la primera, es nombrarlo todo y la segunda: clasificarlo, ponerlo en una caja, saber qué es, para qué sirve y para qué no sirve. Para qué podría servir en el futuro… Entonces debo decir que ya que Víctor ha nombrado a su libro, mi mente trata inmediatamente después de leerlo, trata de saber qué es, a qué se parece, en qué parte del librero debe ser colocado. Diré lo siguiente: Las raíces de un oasis es, desde los ojos de este que lee y parafraseando a Esther Seligson en Vigilia del cuerpo:

Un paraje en el que la mirada al estallar, se hace palabra y la palabra, entonces, pide respuesta, se convierte en diálogo, diálogo de caricias que retornan a la mirada como espiral de voces mudamente articuladas, trenzadas en los dedos, en los labios, en el aliento que recorre los círculos de la espiral, burbujas de gozo de estar así, entrelazadas al mirar y al callar, al vaivén de murmullos que se ensanchan el espacio donde los ojos se aman con la palabra y la palabra se ama con la escritura.

II

Los que gustamos de leer sabemos que la escritura del género narrativo exige una disciplina y una fuerza especiales. El cuento es en palabras de la maestra Elena Beristáin una variedad del discurso que integra una sucesión de eventos de interés humano en una misma unidad de acción y cuyo origen es muy antiguo, ya que responde a la necesidad del hombre de conocerse a sí mismo y por lo tanto tiene su raíz en el subconsciente y en los mitos. Víctor cumple con esta premisa desde “La tempestad” cuento inaugural del libro en el que una pareja se debate peligrosamente su futuro, entre el amor y la religiosidad, enredados en una atmósfera de incertidumbre, creencias religiosas, los caprichos de la naturaleza pero siempre, aferrados a la voluntad de un Dios, que desde luego es indiferente y por demás (occidental y castigador).

El amor, la añoranza del amor. El desamor, la muerte, el infierno, la búsqueda del destino, el enfrentarse a él y la fragilidad de la vida son los temas de Las raíces de un oasis. En este libro hay una construcción de atmósferas que se pelean entre ellas por regalarnos las visiones masculinas y femeninas que constituyen la cosmogonía literaria del autor. Cito:

“Ya no sollozo, yo bramo, yo salivo y pataleo porque no tengo a la mano un caracol con su sonido vacío que me baste. Tampoco hay una mujer que me sonría para llevarme a otro infierno y sufro, sufro porque los hombres con sus uñas están cavando nuestras tumbas, mientras las mujeres, ya nos están velando.”

Conviven pues, en estas páginas las voces de Arreola, Rulfo, Shakespeare y Huidobro, todas juntas en la argamasa sólida que nos heredó el realismo mágico. La construcción de los personajes que hace Víctor, apuesta al retrato psicológico más que a la descripción literal. Hay en este libro espejos disponibles para mirarse en la situación de la infidelidad, de la pasión, la indiferencia y el arte. Pero hay sobre todo un espejo amplio en el que cualquiera que mire encontrará el amor y el respeto que nuestro autor le tiene a sus palabras, a las palabras de la literatura que se mezclan en su obra y desde luego el amor a su vida y a su oficio. “No hemos cavado tumbas”, “Leviatán” y “Las lagañas de Dios” son tres de mis títulos favoritos, ya que con la aparente sencillez del lenguaje del pueblo, Víctor nos regala realidades muy profundas matizadas con refranes y tintes de la “sabiduría popular” inscripciones que se nos han quedado pegadas en los ojos a aquellos que siempre estamos tratando de traducir el mundo.

III

Para cerrar este texto de presentación, más directamente diré que Las raíces de un oasis es un libro de cuentos que contiene en sus páginas 16 historias que Víctor Hugo Ávila Velázquez ha conjuntado de manera minuciosa y cuidada con la precisa labor de un curador que no ha dejado escapar una sola de las cosas que quería contarnos. Debo decir que Las raíces de un oasis es un libro que como objeto resulta hermoso, con una portada blanca que en el centro lleva una ilustración hecha por Amélie, hija de nuestro querido Víctor. El libro ha sido concebido – es que decir editado, me suena a poco- bajo el signo editorial de EFEBOS, proyecto independiente de creación y difusión de la literatura, que encabezan desde hace algunos años, Víctor y Melina. Y se ha impreso a finales del mes de octubre, en esta ciudad. Llamo ahora al silencio, sin hacer nada extraño y dejo a ustedes la siguiente parte que es la lectura de este libro.

Moisés Ortega.

*Portada del libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

 

Anuncios

Hielo y fuego. Robert Frost.

El mundo acabará, dicen, presa del fuego;

otros afirman que vencerá el hielo.

Por lo que yo sé acerca del deseo,

doy la razón a los que hablan de fuego.

Mas si el mundo tuviera que sucumbir dos veces,

pienso que sé bastante sobre el odio

para afirmar que la ruina sería

quizás tan grande,

y bastaría.

 

* Robert lee Frost (1874-1963) Nace San Francisco, California, Estados Unidos. Poeta.

**The Gare de l’Est in Snow, 1917.

Una bala en la cabeza. Víctor Ávila.

En la sala, cuando se apagó el televisor y se quedaron a oscuras, por fuerzas que ella creía extraordinarias, su compañero de cama le habló.

– I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– No, I have a bullet in my mind.

– No, in your head.

– I have a bullet in my…

El televisor se prendió iluminando sus rostros, las últimas palabras, en ella, se quedaron como un eco sobrenatural, mientras él continuaba mirando su televisor con una sonrisa un poco infantil y ridícula.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Arturo Michelena. El niño enfermo, 1886.

** Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

El monte. Max Aub.

Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba.

La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.

Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.

Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.

-Ya te decía yo -le dijo a su mujer.

-Pues es verdad. Así podremos ir más deprisa a casa de mi hermana.

***

*Max Aub (1903-1972) Nace París, Francia. Fue cuentista, novelista, dramaturgo, poeta y crítico.

**Del libro de Luttrell Psalter.

Macrófagos de la existencia. Melina Aldana.

El otoño ha llegado anunciado con sus hojas caídas produciendo un lagrimeo y cosquilleo en la nariz, tal cual cómo cuando se siente al contener el llanto, un escupitajo sale en forma de sueños, hay mermas y anhelos, nunca olvido lo que sueño, desconozco los rostros y las voces, sueño que pierdo mis dientes. Sufro y no por amor o desamor, me duele la existencia, la fe en picada, la senda confusa, no tolero las perdidas.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Willem Haenraets. Endless Freedom.

Reciclaje fatal. Elena Mo.

He contado las diez veces en las que utilizas el tónico “yo” en una conversión “casual” de menos de tres minutos, y con todo lo que se puede decir en ese eructo de tiempo, he notado la facilidad con la que cambias tu lealtad, tu necesidad de reconocimiento, y tu gran habilidad para estar donde te conviene. Porque de todo eso que yo considero basura; hay que saber, porque ahora está de moda el reciclaje.

Ahora puedo decirte, gracias. He aprendido de ti, ya puedes convertirte en reutilizable.

 

Elena Mo.

 

El hombre imaginario. Nicanor Parra.

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

 

Nicanor Parra (1914-2018). Nace en San Fabián de Alico, Chile. Poeta, matemático y físico.

** Comparte Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*** El sastre. G.B. Moroni (1570-1575).