I Don’t Feel at Home in This World Anymore. Macon Blair. Víctor Ávila.

Desde que ves el póster, y en él se ve a Elijah Wood, con la misma edad de siempre y con unas buenas gafas, ya comienzas a reírte. Y ríes aún más cuando lo ves a lado de una mujer de la cual te recuerda una mala película, pero no, no tienes idea de quién es y vuelves a reír ante el obvio o posible personaje. Entonces, ya tienes dos cosas, un póster y los personajes.

Pues bien, ya lo tienes todo, era lo que tenías que saber sobre esta producción, lo demás puedes despreciar. Comedia si, si lo es, sin embargo es una comedia que va cayendo en farsa y que busca la risa espontanea con pastelazos o violencia, el burdo manotazo que te da tu pareja para que te rías también.

El tiempo sigue y peor se hace el entretenimiento: de trama que va cayendo y tropezando, bastante ruidosa y abrasiva a cualquier permanencia por esperar algo encantador. Pues no llega nunca y si la risa la consigues (con pena) es por la fuerza de sus personajes, después nada.

Una comedia a medias, como todo lo que hace Netflix cuando trata de hacerte reír. Mal chiste, donde al menos, no nos volvió a poner al idiota de Adam Sandler (esas actuaciones que dan pesadillas).

Ya hablaré de mejores películas y no precisará en los que sabe aplaudir Sundance.

Sólo vine a quejarme. Esa es mi opinión, perras.

P.D. Hablando de mierdas, también vi, La momia donde “actúa” Tom Cruise y vaya que es para gente estúpida. *SPOILER: Tu mamá es mejor momia.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

¿Qué ciñe al mundo? Melina Aldana.

Hay un crucifijo que cuelga en la pared, es color amarillo, es de hueso de vaca con pelo de humano, siempre me recuerda algo. El pavimento de la calle se parece al rostro de los hombres grises que veo todo los días para llegar a mi casa, sus rostros son asimétricos como las líneas del suelo, pero similares a la altura de la frente, tienen el ceño fruncido y entre arrugas y pliegues  hacen una cruz.

No llueve, apesta a caño y a cucaracha, estas asquerosas alimañas nos visitan de noche, podría ser un castigo de las deidades o quizá su excremento al mundo como forma y plaga viviente, o bien, puede que no sea absolutamente nada más que el humanidad misma, haciendo un abuso de la percepción, a través de fotografías falsas que merman el autoconocimiento.

Todos los días paso por un laberinto que es húmedo y obscuro veo gente que ya perdió la cruz de su frente, que se ha quedado sin rostro, los veo y siento pena, algunos me estrujan para que les haga compañía, pero yo tengo prisa por llegar a la luz de color verde, donde hay caras, ojos, bocas y dientes.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Henri de Toulouse-Lautrec – “La pelirroja con blusa blanca” (1889, óleo sobre lienzo, 60 x 50 cm, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid).

Hilo y fuente. Víctor Ávila

Cosido a tu falda,

donde el viento

cosquillea,

voy mirando

tus pasos.

Ajeno al camino disimulo

cuando el cielo ruge.

La humedad,

ora rosa,

ora abundante.

El lunar de tu muslo me acecha

yo suspiro beber el rocío

que hace días caía en mi boca.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Frederick Morgan (English, 1847 1856 1927) Not of the Fold.

Me voy. Emilio Cabral

Ya me harte, me voy, te abandono y me olvidó de ti, siempre es lo mismo, amarte hasta hacer úlceras, desearte hasta romper mis dientes, pensarte hasta olvidar mi nombre, pero ya me canse. No, yo no espero nada a cambio y es más, das más de lo que necesito para decirte que te amo, pero estoy harto de decir tu nombre y que me tiemble la voz, de verte y que hagas añicos mis agallas, de sentirte y perder el aliento y de besarte y querer quedarme, de olvidarme que estoy harto del amor, de ese por el que daría mi vida, que duele pero te sonsaca, como una droga que necesitas, me harte de verte cada mañana con esa sonrisa que me vuelve un niño pero a la vez que me hace olvidar que soy humano y me vuelve invencible, que reseca mis ojos porque no hay lágrimas, que hace sentir la calma porque no hay problemas, me hace sentir que te amo sin pensarlo y sin embargo me voy, para olvidarme de ti, de que alguna vez te amé, de que alguna vez me fui, que nunca estuve ahí, para no tener que llorar cuando te tengas que ir.

 

Emilio Cabral.

Brisa de tierra. Víctor Ávila.

“Sólo los valientes pueden ser tiernos”

Indira Gandhi.

A Emilia C. Pablo Ávila.

 

El toro ve el capote de la torera, sus patas se preparan para embestir. Ella observa cómo se agita el estómago del animal. Sus banderillas en el lomo resaltan con la sangre y el negro de su pelaje. El toro se lanza sobre ella, aventándola, ella cae con su cabeza sobre la tierra, donde el toro la arrolla dejándole caer el peso de su cuerpo tosco y oloroso, la sacude como una muñeca frágil, y la tierra se levanta del piso.

Su padre mira, con duda, cómo su hija va cayendo en un sueño largo, sin heridas físicas aparentes. La gente aturdida se marcha de la plaza, al ver que la retiran.

“Una pequeña mujer en una cama enorme”. Siempre son así las camas de los hospitales, piensa el padre mientras una brisa entra en la habitación, y no hay ventanas, el aire le sabe a la tierra de la plaza.

Recuerda que en la mañana soleada, antes de la corrida, él sostenía las manos de su hija, las acariciaba, le gustaba que esas manos fueran más ásperas que las suyas. Ella le sonrió infantilmente. “Hoy es un día grande para ti, pero lo es más para mí”, y comprendiendo su fortaleza le gritó “¡Sólo los valientes pueden ser tiernos!”. Y ella se hizo mujer, dejando de ser una niña a los dieciséis años, para ser la torera.

Ella sigue dormida pero huele la brisa que se ha filtrado en la habitación, es la tierra de la corrida. En sus sueños, llega el aroma, ahí ve al toro con sus banderillas de papel picado color rosa. El animal le gruñe, le reta, ella sabe que está sola, sabe que caerá, sabe que su cabeza se descalabrará en la tierra y el toro resopla tan fuerte que ella se despierta.

En la habitación, la cara tierna de su padre observa la cara cobarde de ella.  “Sólo los valientes…” piensa el padre y para él, ella vuelve a ser la niña tierna.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Oleo de Eugenio Lucas. Viejo ruedo de la Puerta de Alcalá. 1866.

A otra Diosa veneraban. Víctor Ávila.

“Creo que nada vale contra esta caricia

abrasadora que sube por la piel”

Démons et merveilles. Julio Cortázar.

 

Curiosos, y otros ajenos, descubrieron la piedad que agravaba a mi cuerpo errante: empáticos o carismáticos acercaban sus manos a las que ya no eran mis manos. A mis pies de piedra, también.

Ciegos, cándidos e ingenuos no distinguían que esa deidad era la efigie de mí, en otro tiempo, en otros mitos.

Yo trataba de ser quien creía haber sido sin serlo aún. Iba atrasada apenas unos siglos.

Ella ya no era la que apenas fui. La dejé aflorar para no volver a ser Ella.

Fruto o semilla, Ella.

Heroína volvía; quería testificar su historia dentro de la que trato de ser ahora.

Ella la que no soy.

Una diferente cada día, que llora y vuelve tras soñarse en otras vidas.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*La piedad de Miguel Ángel.

 

Cartas a Julieta. Emilio Cabral

“Ama ahora mientras vivas ya que muerto no lo podas lograr.”

– William Shakespeare.

 

I

 

Aún recuerdo cuando te vi por primera vez, no fue tan difícil distinguirte entre la multitud, éramos tan pequeños que me dio miedo hablarte, los años pasaban y te veía en el mismo estante donde te encontré aquella vez, pero ese fue el momento donde todo comenzó.

Con un incrédulo “hola” tan seco y tembloroso, que mis agallas se volvieron agua, mi ego quedo en el suelo y yo, yo quedé al descubierto.

-Hola -contestaste pensativa, en un tono de indiferencia-

– ¿Cómo te llamas? -pregunté tratando de evitar un silencio incómodo tras haber por fin concretado una conversación tras años de verte en la lejanía-

Tras un silencio de un par de segundos (el cual para mí era eterno) escuché el nombre que marcaría mi vida

-Julieta.

Con una dulce voz que entró y retumbó mi mente, haciendo temblar mis piernas y creando un vacío inmenso en el estómago, aún no lo sabía tal vez por mi corta edad o por incredulidad pero estaba enamorado.

 

II

 

Mi vida era poco interesante, me gustaba estudiar y leer, mis amigos eran contados y salía de vez en cuando los fines de semana, tenía gustos un poco distintos a los de mi edad, nunca me llamaron la atención los videojuegos, pero me gustaban los superhéroes, coleccionaba juguetes y amaba los rompecabezas.

Era como la típica historia adolescente donde el poco agraciado se enamoraba de la bonita y terminaban con una bella historia sin problemas, ni nada, pero no fue así.

 

III

 

Después de aquel día que te hablé por primera vez, te comencé a conocer, iba todos los días a hablar contigo, la tecnología nos acercaba con mensajería instantánea en nuestros celulares, nos desvelábamos cada día hablando de tonterías y cosas reales.

Conocí tus miedos y tus metas, en lo que pensabas y lo que odiabas, era una conexión instantánea, lo podíamos sentir.

Cuando nos veíamos las palabras salían sobrando y las miradas decían más de lo que expresábamos, eran largos suspiros seguidos de sonrisas intermitentes.

Ninguno de los 2 mencionábamos nada de una amistad o una relación (producto de la inexperiencia) pero sabíamos que esto no era una simple amistad.

 

IV

 

Un día conocí a tu familia, por primera vez entre a tu casa, fue una escena terrorífica para mí, todo era silencioso y pulcro, me salía de mis cabales mientras trataba de mantener la postura erguida y una sonrisa en la cara, riéndome de todo lo que mencionaban y haciendo pequeños comentarios que no sobrepasaban las 3 palabras, mis manos sudaban y mecía mi pierna de un lado para otro. Supongo que era fácil notar mi nerviosismo pero tus padres no hicieron ni un comentario de ello, fueron amables y pasada la tarde la tranquilidad llenaba mi cuerpo nuevamente.

Ahí recordé que aún no éramos nada y no debía estar nervioso, me senté a cenar y me retiré pasadas las 10 de la noche.

 

V

 

Nuestra cercanía cada día era más grande, creía que nuestra relación era inevitable, conocíamos todo uno del otro, creo lo único que faltaba era darnos un beso para sellar nuestro amor.

Me tenías entre la espada y la pared, pensativo en la forma en que te lo diría, siempre odié los regalos y las flores, regularmente te regalaba cartas y pensamientos que tu inspirabas, al igual podrían terminar en la basura y las palabras también marchitan, pero para mí tienen más valor que un racimo.

 

VI

 

Me armé de valor, me puse los pantalones y sin pensar nada te declaré mi amor en medio de una plática, fue un silencio estremecedor después de tantas risas, nunca olvidaré tu mirada, tan dulce y preocupada, simplemente la alzaste y dijiste:

-Lo siento, Santiago, esto no está bien.

Me derrumbé completamente, se me hizo un nudo en la garganta, mi mente quedó en blanco y mi corazón quedó vacío, sólo me quedó agachar la mirada después de escuchar mi nombre tan tajante.

 

VII

 

Mi ánimo decayó, pero no me podía alejarme de ti, sabía que no podíamos terminar así, nunca supe la razón de tu inesperado “no”, así que seguí junto a ti, tratando de suprimir ese recuerdo, las cosas no cambiaron, seguimos el mismo rumbo y nuestra unión se hacía más grande.

 

VIII

 

Esta se supondría que sería la bella parte donde digo que por fin había logrado un “si” de tu parte, pero más que alegrarme, es donde comienza mi infortunio. Ese momento fue especial, ahí nos dimos un beso que duró una década, donde reímos y lloramos, nos amamos hasta hartarnos, rasgamos nuestras ropas, creímos haber conocido el amor eterno y una vida juntos, sabíamos tanto uno del otro que ya nada era nuevo, pero no nos cansábamos de estar juntos, de compartir todo, nada era difícil y ese fue nuestro error.

 

IX

 

Nuestro amor duró tanto como quisimos, realmente cada “te amo” significaba más de lo podía hacer como persona, pero lo arruinamos, lo llevamos hasta el límite, el límite de darlo todo uno por el otro y te fuiste sin decir adiós, fue una muerte inesperada, que aún no puedo asimilar, te arrebataron de mi vida, un maldito conductor que no te vio pasar en tu bicicleta color turquesa que tanto te gustaba, borro la sonrisa de mi rostro y que te vi tirada en el pavimento, sin alma, sin vida.

Maldije a Dios y a los demonios, a Alá y a Buda, como si gritar improperios te regresará a mis brazos.

Lloré como nunca había llorado, al punto de agotar mis lágrimas, traté de negarlo, hasta que me di cuenta que te habías ido.

 

X

 

Ese fue nuestro gran error, amarnos tanto sin ver el final, sin importarnos la vida, de creer que somos eternos, el amor no acaba, sigues aquí, junto a los mil poemas que aún te escribo, junto a las lágrimas que derramó en tu tumba, ahora odio más las flores Julieta, aborrezco cuando las veo junto a tu nombre en letras doradas enmarcadas por el mármol, me hace temblar de odio las palabras de los demás, con su “todo estará bien”, con ese tono tan incrédulo, mientras me ven derrumbarme, parecía un idiota vestido de traje negro y peinado de lado, me sentí tan pedante entre la multitud que me miraba con lástima como si eso lo arreglará, pero hoy es el tercer día que me armo de valor y te digo adiós…

 

Emilio Cabral

*Jack Vanzet. Abstract Series.