Dos claveles, seis rosas blancas y ocho gerberas  

Desde allá, hasta acá.

Buenos Relatos

VÍCTOR HUGO ÁVILA VELÁZQUEZ

La niña lloraba con fuerza sobre la espalda de su padre, envuelta en una manta gris que evitaba que se cayera al piso y tener que cargarla en brazos también.

El padre desfilaba de calle en calle ofreciendo un absurdo surtido de flores: dos claveles, seis rosas blancas y ocho gerberas. La niña continuaba con su llanto. Consiguieron vender los dos claveles y una rosa blanca a una señora que miraba con sentimentalismo a la niña que no paraba de lamentarse.

Mientras el padre compraba agua y un pan, la niña cesó su llanto; miraba con ojos cristalizados el dinero que el padre le daba a un hombre y esté miraba la mucosidad arriba del labio superior de ella.

Sobre una banqueta el padre puso a la niña y a la cubeta con flores, se sentó a tomar el desayuno; partió el pan en dos, intencionalmente…

Ver la entrada original 498 palabras más

Anuncios

Los cuatro blanquillos

Cinco Centros

por Víctor Hugo Ávila Velázquez

En el comedor principal del señor Raudel estaban sentadas cuatro personas de apariencia menonita, a diferencia de que éstas no estaban amarillas, sino más bien blanquillas.

En torno a la mesa, de izquierda a derecha, se encontraba un señor que bien aparentaba la jovialidad de un hombre de veinte años. A su lado estaba una mujer grotesca con rudísimas muecas, ella, supuso el señor Raudel, era la esposa. Después se encontraba un niño un poco crecido para la edad que aparentaba y a su lado una vieja horrible, suponiéndose que era la suegra para cualquiera de los dos.

Así comenzó la mañana para el señor Raudel, no sabía bien por qué aquellos inquilinos estaban desayunando en su comedor, pero su esposa, gustosa, dejaba los frijoles en la mesa. Ellos no titubearon y con un enorme deseo tomaron ventaja de las tortillas, las llenaron con frijoles…

Ver la entrada original 188 palabras más

La mudez de los días. III. Víctor Ávila.

La mudez de los días

III

La fugacidad,

estrellas reventando

aves de otoño.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Santa Caterina de Ricci por Alessandro Allori.

**Poema del libro “La mudez de los días”. 2012.

La noche que el velador perdió sus lágrimas

El velador no duerme. Tiene que velar por el rancho, no es problema para él; ya ha acostumbrado a su cuerpo a dormir en el día y trabajar en la noche. Ahora, después de su primera comida, que él veía como un desayuno a las diez de la noche, empieza su recorrido.

Una vaca lo mira, la vaca llora. “¿Cómo podría ser que un animal llorara? No eran lágrimas; es sólo agua que sale de sus ojos”. Una mosca se posa en el ojo de la vaca, la vaca pestañea y la mosca vuela parándose en la frente del velador, él la siente caminar, ella baja a su ojo alcanzando a tocarlo, la espanta con la mano, luego se soba. Al frotarse continuamente le comienza a llorar el ojo, se queja de un ardor ligero pero que se vuelve más agudo, él trata de recordar si tenía la mano llena…

Ver la entrada original 1.384 palabras más

Cuando las hormigas se llevaron a mi hija. Víctor Ávila.

A David Ávila Robles

 

En todo caso que tuviera mis anteojos ayer en la noche, dudaría de haberlas visto, pues eran más chicas que las hormigas normales y de cualquier forma fue mientras dormíamos solas, sí, solas las dos, ya que mi esposo el herrero Q. nos dejó por una pequeña mujercita del pueblo vecino, pero así es, a mi hija se la llevaron las hormigas ayer por la noche.

Mi hija tiene sólo diecisiete años de edad, es tan sólo una niña, la niña de nuestro corazón, bueno, más bien del mío, porque el corazón de mi esposo, el herrero Q. pertenece ahora a una pequeña mujercita del pueblo vecino, sé que no me extraña pero yo imploro una alegría en su vida, una oración doy para su propia salud, es un buen hombre, pero claro, mi hija, siempre le gustó esta casa, no es por presumir pero mi esposo la diseñó y… ¿qué? Ah, mi hija se la llevaron, y sí por mí fuera, ella ya estuviera aquí otra vez, pero mi cuerpo no da por levantarse, andar y buscarla.

Todo, creo yo, se pierde ahora completamente, hablo y nadie me responde, ya murmuran las hormigas en voz alta, y discuten sobre qué azúcar llevarse de esta mesa en la que estoy sentada desde hace tres días, inmóvil me amanece y me anochece, estoy muy vieja para moverme y espantarlas pero, de cierta forma, me gusta recibir visitas o también puede ser que vengan a recoger la comida que le hice a mi hija, se la lleven en un altar lleno de tierra y otros pastos, y viva como una gran hormiga reina.

¿Qué querrá de mi hija el señor hormiga? Es el momento para preguntárselo.

– Disculpe señor hormiga ¿Por qué se llevó a mi hija?

– ¿Su hija? – cuestionó la hormiga soltando la especia que llevaba en la mandíbula.

– Sí, mi hija, yo sé que ustedes se la llevaron y aún no logro saber por qué.

– Perdone señora, pero yo no he visto a su hija de un tiempo para acá, y de hecho, tengo viviendo mucho en su casa.

– No la ha visto y ¿se acuerda de ella?

– Sí me acuerdo, pero yo era casi del tamaño de una termita.

– Claro, y ¿también se acuerda de mi esposo? Es que me abandonó.

– No, de él no, pero a mí me preocuparía más mi hija que un señor que me abandona.

– Sí creo que tiene razón, pero ¿podría preguntarle a sus compañeras hormigas si han visto a mi esposo? ¡Quiero decir a mi hija!

– No, no lo creo, porque para empezar las hormigas no hablamos y creo que usted está perdiendo la cordura señora, mejor me retiro y suerte con su esposo… perdón con su hija-. Dijo la hormiga.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Mother With Her Young Daughter. Gustave-Leonard de Jonghe (Belgian, 1829 – 1893).