Viaje a la semilla. Alejo Carpentier.

I

 

-¿Qué quieres, viejo?…

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.

 

II

 

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.

Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.

En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.

El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.

 

III

 

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.

 

IV

 

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: “¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!” No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.

 

V

 

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad. Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas -relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de las rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.

 

VI

 

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media… Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia.

Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.

La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de “El Jardín de las Modas”. Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.

 

VII

 

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. “León”, “Avestruz”, Ballena”, “Jaguar”, leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, “Aristóteles”, “Santo Tomás”, Bacon”, “Descartes”, encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.

Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.

 

VIII

 

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.

-¡Pum!… ¡Pum!… ¡Pum!…

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones -órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.

 

IX

 

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda -cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce.

Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los “Sí, padre” y los “No, padre”, se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.

 

X

 

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el “Urí, urí, urá”, con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.

 

XI

 

Cuando Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.

Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de “bárbaro”, Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía “urí, urá”, sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.

-¡Guau, guau! -dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos, objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.

 

XII

 

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas.

Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.

 

XIII

 

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.

 

*Alejo Carpentier (1904-1980) Nace en Lausana, Suiza. Escritor.

**Carlos Baca-Flor. 1907.

Gatos negros. Enrique Husim.

La noche era silenciosa al volver a casa, se respira un aire húmedo, llegué, abrí la puerta, entré y me desplomé en mi sillón, busco mis cigarrillos en el bolsillo del pantalón, lo enciendo acostado mirando al techo, los grillos comienzan a entablar su sinfónica, mi mascota, una gato gris se recuesta en mi estómago, de pronto comienza a llover, el sonido de las gotas de agua sobre el techo me traen algo de paz, se puede decir que la lluvia comenzó a marcarle ritmo a mi noche melancólica, si presto atención y me concentro, puedo escuchar como las gotas de lluvia, que se concentran en un canal picado por el óxido fuera de mi balcón, suenan como un metrónomo, marcando el tiempo para que la música fluya, de pronto siento una agradable sensación de paz. La noche avanza rápido cuando de pronto miro el reloj de mano.

—¡Maldita sea! Olvidé ir a la tienda de la esquina por algo de cenar, ya debieron cerrar.

Mi gato me mira extrañado, no se levanta de mi estómago a pesar de que este ruge como un perro, de pronto tocan a mi puerta y por el rabillo del ojo veo como una notita se desliza bajo mi puerta, extrañado me levanto mientras mi gato pega un salto a la mesita de noche, la notita dice: Ahora es tu problema. Abrí la puerta de golpe, no había nadie, a mis pies una caja de zapatos, al levantarla noté que había algo vivo, destapé y me miraron a los ojos tres gatitos negros.

—Diablos chicos, ¿se deshicieron de ustedes, eh?

Los pequeños animales me pedían comida, qué culpa tenían ellos de que no los quisieran, a mí me parecían lindos. Con un plato en el piso les remojé una rebanada de pan blanco con leche, comieron a saciar, después los puse en mi estómago bajo la mirada celosa de mi gato gris, los gatitos estaban cansados, increíblemente todos se durmieron mientras les silbaba Blackbird de The Beatles.

—No se preocupen chicos, yo cuidaré muy bien de ustedes, incluso en noches como esta todos somos gatos negros.

 

Enrique Husim.

*Cat, Rain. 1985 Kiyoshi Saito.

Uso de cactáceas. Víctor Ávila.

Las aves dentro de mi casa me preguntan ¿Te gusta mi plumaje, Víctor? Claro que sí, me encanta, les contesto y me marcho con una sonrisa bien fingida. Ante el espejo me miro la piel ¿qué soy, putamadre? me pregunto, frunzo el ceño y me doy la espalda, a escondidas de mí muestro mi peor mueca y se me arruga todo el rostro, entonces me muerdo los labios y siento como me pica algo en la sangre, dentro de mi algo hierve ¡Tengo que vaciarme, háganse a un lado, idiotas! digo y nada ni nadie se aparta, todo lo que no veo me estorba hasta a llegar a mi desagüe… Rabioso me espino con el cactus más viejo de todos porque ese no me juzga, me conoce desde hace diez años… Ahora sí, todo está mucho mejor, respiro y cavilo.

Más tarde me asomo por la ventana y tengo la dicha de que un árbol engreído me esconda a la ciudad.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Paisaje con cactus. Diego Rivera. 1931.

Lágrimas tibias. Cecilia Ávila.

¡No amenaces, vida!

Tengo miedo pero no pretendas secar mis manos. No me hagas polvo. Mi vínculo es fuerte pero a mi corazón le hace falta calor. Lloraré sobre el barro que está duro en mis manos para que se remoje y se disuelva mi temor.

¡Mira!

Ya siento el sol.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

*Thomas Cole. Una casa el bosque. 1847.

Summertime, Charlie Parker. Diego Estrada Gutiérrez.

Miestras lees, escucha aquí.

El año era 1960, caminaba desolado por las calles de París. Mi más fiel compañera era la rata de alcantarilla que me seguía desde la Rue Saint-Martin. La lluvia constante y el fango en mis zapatos, hicieron imposible que regresara a mi apartamento, entré en un café; pedí un poco de vino, el más corriente y barato que tuviesen a la mano, en realidad sólo hacía falta embriagarme un poco y la lluvia era una buena excusa para hacerlo. El mesero abrió el vino, derramando un par de gotas en mi camisa amarillenta y gastada, y de manera casi autómata recitó, con una voz tan ebria y un acento tan parisiense que apenas pude comprender “reserva del 48”, a lo que respondí: “excelente año, la mayoría de mis amigos fueron enterrados en ese año”.

En realidad, mi intención no fue ser grosero con el mesero, pero es indudable que fue un buen año. Hace que elegir un año de todos los anteriores sea sencillo, siempre ocurre, como saben, que la gente suele preguntar sobre qué hacías cuando la guerra estalló, o donde estabas cuando la guerra cesó. Para mí, el año 1948, era excelente pues ponía sobre la mesa el año en que todos mis amigos, a excepción del viejo García, fueron enterrados en ese barro fangoso, en que sus descendientes jamás los encontrarían y en que su luto duraría siglos.

Después de un par de botellas de vino salí de ese horrible café, que al parecer era mi favorito pues siempre terminaba en él, bebiendo ese odioso y barato vino. Seguí caminado, hasta mi apartamento en la Rue de Montmorency, limpié las suelas en el asfalto frente a mi apartamento y entré. Al entrar vino a mí ese olor tan característico que anunció mi llegada, parecía un excelente y horroroso día para escuchar a Charlie Parker, así que lo puse.

Me quité el pesado abrigado mojado y me dispuse a recostarme sobre el amarillento y quemado sillón que tenía en mi departamento. Prendí un cigarrillo, y mientras me quedaba dormido, soñé que despertaba, que despertaba en un lugar terrible y caluroso, con cortinas negras, paredes pálidas y un idioma obsceno, un idioma que al día de hoy sigo hablando.

 

Diego Estrada Gutiérrez.

Un sueño con tierra. Cecilia Ávila.

Hagamos una casa tú y yo con piezas de cerámica, unas rotas y otras inconclusas, experimentos en cajas, piezas olvidadas con mucho más polvo encima, objetos hermosos en vitrinas, utensilios básicos como cuencos, ollas y tarros para poder depositar y tomar algo que nos nutra, hagamos nuestro piso pieza por pieza, aunque prefiero la tierra mojada y aplanada por nuestros pies, juntemos tierras y juguemos en el lodo de vez en cuando. Hagamos la casa con nuestro adobe, sellemos nuestro horno de cocina con tierra mojada y pastosa para después abrirlo en nuestra fiesta. Juntemos las manos, así sucias, y esperemos sentir el calor del sol. Quizá lloremos, pero eso hidratará nuestra tierra.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

*Lane at Alchamps. Paul Gauguin. 1888.

 

Abril, historia de un amor. Joseph Roth.

La noche de abril en que llegué estaba nublada y lluviosa. Las plateadas siluetas del pueblo se extendían sutilmente por la niebla dispersa, audaces, casi como cantándole al cielo. Fina y sinuosa, despuntaba una arcada gótica entre las nubes. Los ventanales amarillentos del iluminado Ayuntamiento se suspendían en el aire como sostenidos por una cuerda invisible. En torno a la estación ferroviaria soplaba un viento dulce y seco, con aroma a carbón, a jazmín, a fragantes praderas.

El único carruaje del lugar aguardaba, polvoriento e indiferente, ante la Estación; debía ser un pueblo muy pequeño, pero que poseía, eso sí, una iglesia, un Ayuntamiento, una fuente de agua, un burgomaestre y un carruaje. El caballo era color pardo, chueco, con manchas medio rojizas en los cascos y desprovisto de anteojeras. Sus ojos saltones miraban afectuosamente la Plaza. Al relinchar, ladeaba la cabeza como alguien que se apresta a estornudar.

Monté en el vehículo y contemplé a los hombres en la calle, cargando baúles y revoloteando sombreros. Escuché lo que se decían unos a otros y pude presentir la pobreza de sus destinos, la pequeñez de sus existencias, la estrechez y la tenuidad de sus penurias. Por sobre los campos, a ambos lados de la calle, la niebla se acumulaba como plomo fundido, dando la sensación de un horizonte de mar e infinitud; de allí que los sombreros, los hombres, sus comentarios y el carruaje por igual resultarán tan risibles e insignificantes. Ese mar a ambas orillas me parecía real y su quietud de veras e intrigaba. Acaso está muerto, me decía. La chimenea de una fábrica, emergida súbitamente junto a una esquina de casas blancas, resultaba inquietante a pesar de su delgadez y semejaba un faro abandonado.

Unas eventuales personas acampaban a las lindes del camino: avanzadas de la ciudad. Mostrábanse tranquilas y confiadas, y yo hasta casi podía ver en su interior. Una madre bañaba a su hijo en un barril; el recipiente tenía un feroz y lustroso ceñidor de hojalata, que hacía chillar al niño. Un hombre sentado en una litera se hacía quitar una de sus botas por un joven de rostro enrojecido y tenso; la bota estaba embarradísima. Una vieja mujer barría con la escoba los tablones de las barracas, y pude adivinar su próxima tarea: recogería el mantel azul y rojo de la mesa, se acercaría a la ventana o a la puerta y sacudiría las migas en el pequeño jardincito.

Sentí entonces compasión por el niño en el tonel, por el muchacho que halaba de la bota, e incluso por las migas de la mesa. Las mujeres de cierta edad que limpian incluso de noche no han de ser buenas: mi abuela, que se parecía en todo a un perro, de noche pasaba siempre la escoba. Yo era muy chico y odiaba a mi abuela, odiaba la escoba, y me gustaba en cambio jugar con pedacitos de papel, colillas, y toda clase de desperdicios. Antes de que mi abuela barriese, juntaba todo lo que estaba tirado en el piso y me lo metía en el bolsillo. Lo que más me agradaba eran los palitos: de todas las cosas del mundo, eran las que prefería. A veces, cuando llovía, me asomaba por la ventana. Por las olas de los innúmeros torrentes pluviales un palito podía nadar, bailar, girar displicentemente, sin sospechar que más adelante lo esperaba el desagüe, listo a tragárselo. Yo solía correr alocadamente por las calles aun con las lluvias torrenciales y furiosas, que me azotaban la piel, en pos de rescatar un palito antes de que se sumergiera en la fosa.

Vi mucha gente aquella noche. O en este pueblo todos se iban a dormir muy tarde, o la sensación de espera que flotaba en aquella noche de abril los mantenía a todos muy despiertos. Cuantos se me cruzaban en el camino parecían tener un significado propio, cual si portaran un destino determinado, cual si fueran en sí mismos un destino: dichosos o desdichados, pero de ninguna forma indiferente u ocasionales; tal vez no eran más que borrachos, por cierto. En los pueblos pequeños la gente no sale porque sí a pasear de noche. Sólo los amantes, las mujerzuelas, los vigilantes, los locos y los poetas lo hacen; los indiferentes y los hijos del azar se sienten más seguros en su casa.

En el centro de la Plaza municipal se erige el fundador del pueblo, un obispo de piedra en actitud alerta. Luce tan central e importante… Creo que los lugareños lo dan por muerto y sepultado. Le pasan por adelante y no lo saludan; ni siquiera se abstienen de revelar secretos o cometer delitos en su presencia. ¿Para qué lo tienen ahí en lo alto, todavía?

De veras me daba lastima el pobre obispo, que tanto se habría preocupado al fundar ese pueblito. Tenía el rostro amargado propio de quien ha aprendido lo que es la ingratitud del mundo. Le prometía aquella noche recabar todos sus datos históricos, pero nunca lo hice, pues incluso en este lugar los vivos tenían sus propias historias, que me circundaban y me seducían. Y además era primavera, y la verdad es que en esta estación por lo general me tienen sin cuidado los obispos y los fundadores.

A la mañana siguiente ya me sabía un par de esas historias.

Sabía que el cartero renqueaba desde pocos días atrás y que no era rengo de nacimiento. El pobre bebía poco, tan sólo dos veces al año: en su cumpleaños, que era el quince de abril, y en el aniversario de la muerte de su hijo, que se había suicidado en la gran cuidad. La borrachera le duraba bastante y lo tenía a los tumbos durante tres días por los muros del pueblo, hasta que el pobre recuperaba la lucidez. Así que por tres días los lugareños no recibían correspondencia ninguna; las relaciones con el mundo exterior se suspendían temporariamente.

Una semana atrás, hacia el quince de abril, el cartero, borracho, se había tropezado y se había torcido un pie; por eso ahora renqueaba.

Y ésa no era la única historia.

En el hotel en el que me alojaba olía a naftalina, almizcle y flores viejas. El salón comedor, ubicado tras el depósito, era por demás humilde, con techos abovedados y paredes recubiertas con planchas rectangulares y parduzcas que ostentaban refranes escritos. Anna, la encargada, reclinaba su brazo derecho en el marco de la ventana y cuidaba de que no se vaciaran las jarras de vino, las cuales, en efecto, jamás se vaciaban. Pues los clientes bebían muchísimo y empezaban a golpear los trastos si Anna los desatendía.

Anna tenía por entonces veintisiete años y usaba una rubia melena prolijamente alisada; de hecho, siempre lucía como si acabara de ponerse bajo un chorro de agua. Su rostro era tan blanco y terso, tan frescos y tersos se mostraban en su rubia humedad sus mechones de pelo, recogidos desde la frente misma… Tenía manos gráciles y vigorosas pero un poco temblequeantes, y siempre me dio la sensación de que se avergonzaba de ellas.

Era oriunda de Böhmen y amaba al ingeniero. Dicho ingeniero era a su vez el director de la fábrica en la que trabajaba el padre de Anna. Y Anna había tenido un hijo con el ingeniero.

El ingeniero se había casado y le había dado a Anna algún dinero para el niño y para los viajes, así que ella era ahora una mesera en este pueblito.

Cierta vez entré accidentalmente en el cuarto de Anna y vi la fotografía de su hijo: un bello niñito, con los puños alzados al aire y devorándose el mundo con los ojos. Anna guardaba silencio y contaba su historia muy parcamente.

A mí no me gustaban los ingenieros de esa clase; en cambio, estaba enamorado de Anna.

—¿Todavía lo quiere? —le pregunté una vez.

—¡Sí! —contestó ella. Lo dijo de un modo tan neutro y tan decidido que parecía más bien una notificación oficial.

En el pueblo había un cine. El propietario era un judío comerciante en telas. Había puesto un cine porque era un sujeto muy hábil e industrioso y le dolía en el alma no tener nada que hacer los domingos, así que atendía su negocio los días de semana y los domingos, se dedicaba al cine.

A ese cine fui con Anna.

En el pueblo había también una Biblioteca. El joven que tenía a su cargo atender a los eventuales visitantes —así como limpiar cuando no había nadie— era muy pálido, románticamente pálido y delgado, casi como un poeta resucitado, y lucía un copete de pelo amarillento que le caía de forma ondulante desde la cabeza. Usaba siempre una escalera portátil con la que solía pasearse detrás del mostrador y que dominaba mejor que cualquier pintor de brocha gorda. Hubiérase dicho que sólo había aprendido a moverse con esa escalera. La Biblioteca contaba con ejemplares muy buenos y antiguos para otorgar en préstamo, y también a la Biblioteca fui con Anna.

Anna se ponía muy contenta.

A menudo se me antojaba que Anna pudiera ser cariñosa conmigo. Amo las mujeres cuyos favores vierten como de un manantial silencioso, infructuoso e infatigable a la vez, cuyo caudal nada siempre contra la corriente hasta que, a falta de otra vía de escape, se hunde cada vez más en las profundidades y llega a tocar fondo. Amaba a Anna. No podía huir de su influjo. Ella ni imaginaba cuán extraviada estaba llevando esa vida al revés, negándose a cada nuevo deseo en pos de añorar el pasado.

Aún no he hecho mención del Parque, en el cual florecían todos los amores del pueblo. Las «lluvias de oro» pululaban plácidamente por entre tilos y castaños. Los bancos no estaban diseminados a lo largo de los caminos, sino en medio de los espacios verdes. Se me ocurría que el mismísimo obispo había plantado esos bancos cuando todavía eran jóvenes, y a cada nuevo año que pasaba ellos crecían un poquito más. Sus patas habían echado raíces firmes en ese suelo esponjoso.

Los domingos después del cine, iba con Anna al Parque.

Una vez vimos a una pareja besarse, y Anna se rió.

—Anna no está bien reírse de los enamorados —le dije—. No me gustan las personas que mienten así.

Eso la hizo dejar de reír.

Al volver a casa nos enteramos de que el dueño del Hotel la había estado buscando, pues había llegado un nuevo huésped. Llevaba un maletín de cuero nuevo y crujiente, con costuras verdes y rojas. Tenía rulos negros y ojos ardientes, y podía con igual destreza tocar la mandolina y seducir a las muchachas. De haber podido echar una mirada en su cartera, yo habría visto seguramente una verdadera colección de bucles multicolores, mechones rubios y rosadas cartas de amor. Pero tal cosa no sucedió.

El recién llegado bebía cerveza en lo del dueño, pero le hubiera convenido tomar vino, ya que la cerveza parecía caerle no muy bien. Se hacía servir por Anna y era muy cortés. Hablaba en voz muy alta y con palabras ampulosas, por lo cual se me antojaba pensar que su habla acaso fuera igual a su probablemente retorcida firma.

Esa noche noté que mi lámpara fallaba. Abría la puerta y fui al cuarto de Anna. Ella estaba en camisón y lloriqueaba. Sentada en la cama, lloraba con tal persistencia que ni advirtió mi entrada.

Entonces dijo:

—¡Se le parece en todo!

El nuevo huésped, en efecto, se le parecía en todo al ingeniero.

—¡Esto es horrible! —dijo Anna.

Desde esa ocasión en adelante, nos amamos ya sin ocultárnoslo. Anna podía ser muy cariñosa e incluso hasta celosa, mas lo cierto es que a mí ni me interesaban las otras mujeres de este pueblito.

Sólo en una determinada circunstancia me conmovían: en las doradas tardes de primavera, cuando se las podía ver con sus parejas, por los campos. Acudían allí para renovar el mundo. Crecían, se enamoraban y parían. Daban inicio a su labor maternal en la primavera y la contemplaban a lo largo del año. Parecíanme entonces como abejorros sobrevolando los bosques en enjambres, ebrias y aun deseosas de más embriaguez, candorosas y aun diligentes, tratando de cumplir con todos los preceptos religiosos.

Más tarde, a la noche, seguían ellas rodando por los pisos de las casas aferradas a los labios y los mostachos de sus hombres, sonriendo agradecidas hasta la sumisión por cada palabra tierna que pudieran albergar en su seno. ¡Qué bellas esas noches en las que grillos y mujeres canturreaban sin pausa!

Y qué bellos eran también los días de lluvia.

Las muchachas se asomaban por las ventanas leyendo libros de la Biblioteca y comiendo pan con manteca. Un paraguas se bamboleaba por una callejuela y protegía al elegante y delgado escribano del pueblo, que parecía una langosta haciendo equilibrio.

Los palitos bailaban, se arremolinaban, giraban y flotaban desprevenidamente hacia la perdición del desagüe. Yo ya no trataba de detenerlos, si bien no dejaba de sentirme obligado a hacerlo. Y es que la lluvia, los palitos indefensos, las canaletas y yo formábamos un todo homogéneo. Tal vez había que sumar ahora al pobre escribano… Los días de lluvia se pintaban de gris, los palitos se ahogaban, las canaletas se los tragaban, y el escribano buscaba refugio por las calles. La verdad es que yo debería haber acudido en ayuda de los palitos. Cada uno tiene una tarea en el mundo.

Acostumbraba levantarme muy temprano. Anna seguía durmiendo, así como el dueño y el recién llegado. Las botas de los huéspedes permanecían ante las puertas, aún sin lustrar, como vestigios del ayer. En el patio, el perro iba y venía, bostezando y buscando huesos debajo del viejo carruaje de la casa, que yacía con su pértigo inutilizado delante del cobertizo, cual un vehículo desenterrado. Jacob, el cochero, roncaba redondamente bajo el tinglado, fornido y apasionado como era, entonando un verdadero himno a la naturaleza y a la salud. Su ronquido no era en absoluto ridículo: resonaba poderoso y decidido, como un sonido natural, un trueno asordinado, una cornada de ciervos. Hacia las cinco, se oían de lejos y como salidas de una dimensión trascendental las sonoras bocinas de los molinos de vapor, y Jacob, el cochero, se despertaba. Debía dormir vestido, pues acudía al unísono con la última sirena ya enfundado en su chupa, con los pantalones y las botas puestos, sin gorro, con el rostro arrugado como un pergamino, y juntando agua con las manos en cuenco se enjuagaba la frente y los ojos. Atravesaba entonces el patio en dirección a la casa, grávido y cansino, como si cada pierna fuera un árbol que había que extraer de raíz para poder dar un solo paso.

En la esquina más cercana, Käthe habría su ventana y contemplaba la ciudad. Yo la saludaba siempre. Jamás había hablado nunca con ella, ni tenía tampoco nada de qué hablar, pero igual la saludaba, porque ella miraba por la ventana y porque a la mañana temprano el mundo no parecía ser el de siempre sino uno mucho más primordial, como el de los primeros días, quizás un par de años después de la Creación, cuando todos los hombres eran como veinteañeros que se amaban y eran por ende buenos unos con otros. Ya entrado el mediodía, en cambio, cuando volvía a casa, el mundo ya era como mil años más viejo y yo no saludaba más a Käthe, pues no estaba bien en un mundo tan avanzado saludar a una muchacha con la que ni se había hablado antes.

A través del Parque dejaba oírse el crepitar de una barriguda rociadora, que regaba la hierba y los espacios verdes. Un mirlo revoloteaba con ágiles piruetas en torno a la rociadora y golpeaba con el ala izquierda el chorro de riego. Las alondras, siempre de vacaciones, canturreaban invisibles por doquier. Alrededor de los bancos situados en medio del Parque, el pasto se dejaba ver un poco fatigado y maltrecho a causa de los amoríos nocturnos. Y frente a mí pasó, entonces, el oficial asistente ferroviario, rumbo a su trabajo.

Yo detestaba a ese dichosos asistente. Era pecoso e increíblemente alto. No bien lo veía me daban ganas de mandarle una carta al Ministro de Transportes. Quería proponer a ese desagradable empleado para que le otorgaran el manejo de un telégrafo perdido en algún punto remoto entre dos pueblitos. Pero el Ministro no me hubiera hecho jamás ese favor.

De veras no tenía ni idea de por qué odiaba tanto a ese empleado. Era extraordinariamente grande, pero yo no siento ningún desprecio fundado por lo extraordinario. Me daba la impresión de que tenía en mente unos designios demasiado altivos y eso me sacaba de quicio. Parecíame que desde su juventud no había hecho otra cosa que crecer y sacar pecas. Y además tenía el pelo rojo.

Usaba siempre su uniforme y una capa roja. Avanzaba dando pasitos cortos, aun cuando podía marchar a toda velocidad con sus largas piernas. Pero iba despacito, y seguía creciendo, y creciendo.

Todavía hoy no sé gran cosa sobre ese asistente. Pero ya entonces hubiera podido jurar que andaba metido en más de una insospechada bajeza.

Un hombre así bien podía hacer chocar a un tren en el que viajara alguno de sus enemigos y echarle luego la culpa al maquinista. Sin duda que era peligros tomar el tren con alguien semejante a cargo.

Un hombre así, pensaba yo, no sería capaz de sacarse la capa roja ni por una mujer. Al hacer el amor, debía apoyar cuidadosamente su capa con la abertura hacia arriba, sobre una silla. No olvidaría plegar prolijamente los pantalones, y claro que ni podía imaginar lo que era sentirse agradecido para con una mujer. De seguro podía sorprender a cualquiera de ellas con sus trampas. ¡Y hasta era celosos!

Apenas lo veía, se me ocurría mandarles una carta a todas las mujeres del orbe: «¡Señoras, cuidado con el oficial asistente del ferrocarril!».

A Anna tampoco le caía muy bien. Una vez me preguntó:

—¿Por qué lo odio?

Y como yo no sabía qué decirle, le conté la historia de mi amigo Abel y la mujer de su vida.

Abel, mi amigo, soñaba con Nueva York.

Abel era pintor, caricaturista mejor dicho. Tal vez había empezado a hacer dibujos antes de poder sostener una lapicera, siquiera. Apreciaba las bellezas modestas y le gustaban los lisiados y los deformes; era del todo incapaz de hacer una línea recta.

Apreciaba asimismo las pequeñeces de las mujeres. Los hombres suelen amar en la mujer una perfección que imaginan ver. Abel, en cambio, desaprobaba la perfección.

El mismo, de hecho, era muy feo, y por tanto las mujeres lo adoraban. Las mujeres intuyen la perfección o la grandeza tras la fealdad masculina.

Una vez había estado en Nueva York. En el barco había visto por primera vez en su vida una mujer hermosa.

Al desembarcar en el muelle, esa mujer le prodigó una mirada en los ojos. Y él se tomó el primer barco de vuelta a Europa.

Anna no comprendía la relación entre Abel, mi amigo, y el asistente.

—¿Por qué me hablas de Abel? —me preguntaba.

—Anna —le dije—, todas las historias están relacionadas, ya sea porque son similares, ya porque se contraponen. Entre el asistente y mi amigo Abel hay una diferencia, muy banal: Abel, mi amigo, descansa bajo la tierra, y el asistente seguirá vivo y algún día será el Jefe de la Estación. Abel, mi amigo, tuvo un anhelo. El asistente no tendrá nunca jamás otro anhelo que no sea el de llegar a ser Jefe. Abel, mi amigo, se fue de Nueva York porque había mirado a los ojos a la mujer de su vida. El asistente jamás se irá de Nueva York por una mujer.

Di por sobreentendido que ahora Anna sí había comprendido esa íntima relación. Pero ella me abrazó y me preguntó:

—¿Te irías de Nueva York por mí?

Esa noche amé mucho a Anna, ya que sabía que jamás abandonaría Nueva York por ella. Temía confesárselo y por eso la amaba más todavía. Era muy cobarde y me comportaba muy virilmente. Pero al cabo Anna entendió todo y rompió a llorar. Ahora me parezco al ingeniero, pensé.

Me fui a la mañana siguiente, mientras ella dormía. Anna percibió que me estaba marchando y tanteó débilmente, aún entre sueños, a su alrededor ya vacío.

Llovía, así que me metí en la Cafetería.

El camarero llevaba un frac lleno de arrugas y una pesadísima cartera de cuero a la derecha de su cintura. Se llamaba Ignatz, y así le decían. No parecía tener otros nombres. Yo me limité a gritarle:

—¡Mozo!

Ignatz atendía allí de noche y de día. Dormía tendido sobre un par de sillas, en la cafetería, y de ahí lo estropeado de su traje. Nunca usaba los bolsillos laterales. Tenía los costados de su cuerpo algo achatados, como un pez. Sus brazos pendían como aletas dorsales camufladas, con las puntas flojas. Y además tenía ojos de pez, grandes y grisáceos, y unas manos frías y húmedas. No me agradaba el tal Ignatz, que no quería ser mozo. Leía todos los diarios y hablaba de política con los comensales. Quería ser un político de todo corazón. Pero seguía siendo un mozo y no estaba contento. Daba siempre la impresión de que le echaba la culpa de su frustrada carrera a los clientes. Recogía el dinero y agradecía fríamente.

Cierta vez entre al lugar con Anna e Ignatz exclamó:

—¿Cómo le va, señorita Anna? —fregándose a la par la mano derecha en su cartera para darle a Anna la mano seca.

—¿Cómo le va, Ignatz? —lo saludó ella, dándole a su vez la mano.

Y dado que él seguía con el apretón de manos, le grité:

—¡Mozo!

Recién entonces se consideró saludado y se alejó.

En una pared de la Cafetería colgaba un enorme calendario.

Cada mañana, a las ocho, entraba allí el Director del Correo, un anciano de barba blanca. Caminaba muy erguido y usaba unos pantalones muy largos con espuelas en las puntas de las botas, tal vez para proteger las botamangas. Era sabido que había servido en la Artillería.

El Director tenía los ojos de un azul ten increíblemente oscuro que yo me inclinaba a creer que se los había mandado hacer por un técnico óptico. También sus patillas eran de un blanco fantástico. Acaso se las empolvaba al levantarse, o antes de irse a la cama.

Cada mañana, el Director arrancaba una hoja del calendario de la Cafetería. De haber sido por Ignatz, hubiera estado siempre ante la vista el primero de enero, pero el Director se encargaba de que cada día de la semana tuviera su correspondiente nombre y fecha.

Me caía muy bien, el Director del Correo.

El Parque, en el que florecían los amores, no se hallaba en el centro exacto del pueblo, sino en un extremo, camino a las praderas. A la salida había una posada en la que yo solía cenar. Y enfrente estaba el Correo. Era un edificio bastante nuevo, de paredes blancas como la nieve, rematadas a la cal; en el frente pendía un escudo, y en el portal verde, de dos hojas, había un timbre. Era el único edificio del pueblo que tenía dos pisos de alto.

En el segundo piso vivía el Director.

Una hoja de la ventana de ese piso siempre estaba abierta. Yo pensaba: la ventana abierta muestra el lugar donde vive el Director. Debe mirar cada tanto al cielo para que sus ojos sigan siendo azules. El Director es como un niño, y tiene una esposa ya vieja, con el pelo encanecido. Conversaban sólo por las tardes, el Director del Correo y su mujer.

En aquella posada me sentaba siempre de forma tal que pudiera ver esa ventana abierta. Tenía la esperanza de que alguna vez el Director se asomará a contemplar el cielo. Pero no era su hábito. Cierto día se sentó en la ventana una mujer bellísima y miró al cielo.

Su belleza me estremeció a tal punto que no pude sino clavar mi mirada sobre ella, a través de la ventana de la Posada, y ella en seguida lo advirtió, y me miró a su vez. Absorto como estaba, la saludé. Ella me saludó. Desde entonces se asomó periódicamente a la ventana.

Siembro mis experiencias como si fueran una parra silvestre: me siento a verlas crecer. Soy haragán, la nada es mi pasión. Por eso, desde que había visto a la muchacha en la ventana vivía en un estado de excitación que sólo había sentido en mis mocedades. Me sentía aún parte activa del mundo, un palito flotando en el torrente de sucesos. Lloraba por la pérdida de cualquier insignificancia, por ejemplo, un cucurucho de papel. Ahora que soy viejo, en cambio, ya no lloro ni río: me he elevado por sobre el dolor y la alegría.

Pero en aquel entonces si me conmovían el dolor y la alegría, y me dejaba arrastrar por las nimiedades.

La muchacha miraba por la ventana cada mañana, cuando yo pasaba. Y cada mañana saludábala yo. Al tercer día, se rió.

De esa risa aprendí que nada es fútil bajo el sol. Esa sonrisa del tercer día fue para mí un gran acontecimiento.

Su rostro era pálido y pequeño. Sus ojos negros relucían cual su estuvieran pulidos. Sus lisos cabellos caían hacia atrás. Sus hombros se encogían tímidamente.

Incluso cuando llovía se asomaba ella por la ventana abierta. Yo permanecía en la Posada, mirando a través del vidrio empañado por la lluvia. Cada tanto me veía obligado a limpiar el cristal. Y la muchacha se reía a cada nuevo desempañe. Una vez, dos hombres ocuparon la mesa de la ventana en la Posada y yo, en vez de sentarme a comer, salí y empecé a caminar de un lado a otro para hacer tiempo, asemejándome cómicamente a un vigilante. Tenía puesto el abrigo y caminaba despacio, dando grandes trancos. Por mis ropas se deslizaban las gotas. La gente se detenía en el portal del Correo o en la entrada de la Posada y esperaba a que la lluvia menguara un poco. Cuando tronaba, se apretujaban todos y dejaban de hablar. Muchas veces me miraban. Una joven campesina con sandalias y unos provocativos senos, que se hamacaban por el frío y la agitación dentro de la blusa mojada, me tiró de una mango y me señaló un lugar vacío. Pero yo me alejé más aún, y allá arriba se rió la muchacha.

Los hombres se asomaron a su vez por la ventana y se rieron. La joven también. Cuando observé a mí alrededor, comprendí que a lo mejor todos ellos estaban desconcertados conmigo y me tomaban por loco.

Pasó una semana de estos sucesos, y le conté a Anna sobre la muchacha. Anna se me rió en la cara.

—¿De qué te ríes? —le pregunté—. Amo a la muchacha de la ventana.

—¿Por qué no vas a verla?

—¡Quiero hacerlo!

—Bueno, mejor no lo hagas —repuso Anna—. Quizás la amas de veras.

Nunca olvidaré aquella vez en que el Director se paró junto a la muchacha de la ventana. Lo saludé, y él me devolvió el saludo. Tan confiadamente como si yo fuera su mejor amigo.

Anna me contó que la muchacha era su sobrina.

Decidí acudir al Director.

Pero pasaron dos semanas, y aún no había ido. Quería presentarme y decirle: «Estimado señor Director, respeto de buen grado sus ojos, sus espuelas e incluso sus larguísimos pantalones. Pero amo a esta muchacha. Creo que es la mujer de mi vida. No voy a abandonarla, como hizo mi amigo Abel».

Y entonces le contaría la historia de mi amigo Abel.

El Director se reiría y se pondría de pie, y sus espuelas tintinearían tenuemente, como plateados platillos que recién están aprendiendo a percutir como es debido.

La muchacha comprendería mis historias y no haría preguntas como Anna.

La muchacha es del todo distinta.

También sabía que decirle a la muchacha.

Así que me fui a la gran ciudad, a fin de enviarme dinero a mí mismo, y escribí mi apellido al revés y sólo la inicial de mi nombre de pila. Luego regresé y me puse a esperar a que me llegara el giro.

Vino el cartero, y estaba muy excitado, por cierto, pues hacía dos años que no le tocaba entregar dinero. Hacía mucho tiempo ya de eso, y ahora el pobre no cesaba de repetir el procedimiento a seguir y me pedía los documentos. Se dejaba el gorro puesto aun cuando estaba en mi cuarto, pues estaba de servicio.

Me quería dar el dinero en cuestión, pero yo le objeté:

—Mi apellido está escrito al revés.

—No importa —dijo él.

—¡Ah, no! —exclamé—. Lléveselo al Director y consulte con él si se me debe entregar este dinero.

Más tarde, debí esperar diez o quince minutos a que me atendiera el Director en persona. Pero hablamos tan sólo del dinero, y él no tenía ninguna duda de que yo era el destinatario legal. En este pueblito no había otro que se llamara como yo o en forma parecida.

—Sí, es un pueblito de lo más tranquilo —observó el Director, intentando con ello hacerme un cumplido. Y luego agregó—: ¿Dónde cree que está? Nadie lleva por aquí un nombre tan bonito y sonoro como el suyo.

Sus espuelas tintineaban apenas, como platillos casi nuevos, y todo era tal como podía habérmelo imaginado. Sólo que ni se habló de la muchacha de la ventana.

Cuando salí, miré hacia la ventana: allí estaba el Director. Lo saludé una vez más, y me hizo un gesto. Pensé entonces que ése hubiera sido el momento propicio para volver y hablarle de la muchacha. Pero siempre que se me presenta la ocasión justa, no soy capaz de aprovecharla.

Todo en la vida envejecerá y se consumirá: las palabras y las situaciones. Todas las ocasiones oportunas ya han sucedido. Todas las palabras ya han sido dichas. No puedo repetir ni las palabras ni las situaciones. Es como si llevara siempre puesta una ropa ya pasada de moda.

Aquella tarde, la muchacha no se asomó a la ventana. Me irrité.

Me fui al Hotel y empaqué. Anna llegó y me preguntó:

—¿Cuánto tiempo estarás afuera?

Jamás se le había ocurrido siquiera que yo me podía ir para siempre.

—¡Dos días! —respondí, y no sentí ni un atisbo de remordimiento por decir mentiras. ¿Qué era una mentira frente a Anna? La muchacha de la ventana ya no estaba allí, y en lo del Director se me había escabullido la ocasión oportuna.

—¿Estuviste en lo del Director del Correo? —me preguntó Anna.

—Sí —contesté—. Pero a la mucha de la ventana hoy no la he visto.

—Estará enferma —comentó Anna.

—¿Enferma? ¿Por qué lo dices?

—Está enferma, ¿no lo sabes? ¡Muy enferma! Tuberculosa y paralítica. Por eso no sale nunca a la calle. ¡Pronto morirá!

Anna dijo todas estas cosas muy rápido. Sus palabras parecieron dar piruetas en el aire. Empero, pude oír cada sílaba, seca e incisiva. Y cada una de esas sílabas se hundió en mi mente como una pesada moneda en una fuente con cera derretida. Miré a Anna, con su pelo liso y recogido, lustroso como si acabara de mojárselo. Anna no se va a morir, pensé.

¡La muchacha de la ventana se va a morir, a morir, a morir!

Yo no podía hablar jamás con ella. Por eso había desperdiciado la ocasión indicada: no porque yo no sepa afrontarlas, sino porque ella estaba enferma.

—Anna —dije—, ahora me voy definitivamente.

—¿Porque ella está enferma? —preguntó, burlándose.

—Sí.

—¡Pero yo estoy sana! —exclamó.

En ese instante, su rostro lucía triunfal, pálido y frío.

—¡Te acompaño al tren! —dijo.

Y Anna me acompañó hasta la Estación.

Justo llegaba un tren, y quise ir enseguida a la boletería. Entonces apareció el viajero y me saludó. Llevaba su habitual maletín de cuero y olía a alguna pomada.

Anna se aferró a mi brazo y me detuve.

—¡No te vayas! —exclamó.

Ya no lucía tan triunfal como antes. Más bien parecía ahora un animalito indefenso y asustado, acorralado contra un precipicio, como una ardilla acorralada en un páramo.

El viajero se me acercó y dijo:

—¡A sus ordenes! —y— ¡buenas tardes! —y— ¿recién llega, o ya se marcha?

—No —respondí—, acabo de llegar. —Y regresamos al pueblo.

No dormí en toda la noche, de tanto pensar en la muchacha moribunda. Desde que sabía que ella pronto moriría, me sentía con más derecho todavía a poseerla. Casi podía sentirla a mi lado, casi podía tocarle las manos. Ahora ella forma parte de mis propiedades.

Ni se me ocurría pensar en que ella ya estaba enferma desde antes, pues para mí, recién ahora lo estaba. Se va a morir, pensaba yo, y me sentía como alguien a quien en un rato le sería embargado un objeto preciado.

Pasé la mañana siguiente caminando delante del edificio del Correo. El Director se asomaba a cada hora y me miraba, seguramente asombrado. Hacia el mediodía se fue a su casa y lo saludé; me respondió y volvió a sorprenderse. Más tarde, alrededor de las tres, él regresó y me encontró aún yendo de aquí para allá. Iba y venía yo mecánicamente, como un reloj de péndulo propulsado por sus ignotos engranajes.

Al atardecer, me senté en la Posada y alcé la vista: la ventana se abrió, y ella se asomó.

Me pareció que me saludaba precipitadamente. Acaso había creído que hoy yo no me presentaría debido a que el día anterior ella había estado enferma. Mantuve mi vista en lo alto sólo por un momento, y en mis ojos se dibujaron miles de palabras.

Si hubiera hablado tres días seguidos, no podría haber dicho tanto.

Estaba estúpida e infantilmente excitado. Ella había comprendido, al parecer, lo que le había dicho. Entonces cerró la ventana, como si ya estuviera oscureciendo, y en su cuarto se encendió una intensa luz, tras lo cual las cortinas se cerraron. A través de las finas e iluminadas telas se dejó ver la enorme silueta de un hombre. No era la silueta del Director, pues de haberlo sido, hubiese tenido patillas. Se trataba de un hombre sin barba. Tal vez su hermano.

Di vueltas por el Parque durante una hora más. Las personas seguían amándose en los bancos y en la hierba. Me topé con innúmeras mujeres de pelo suelto y una chocante frivolidad, paseándose a la espera de sus hombres, ebrios y extraviados por ahí. Su andar resultaba excitante por lo titubeante de su rumbo. Se comportaban como trompos que habían sido puestos a girar por algún poder desconocido y que ahora, con la acción de esa extraña fuerza presta a agotarse, aún seguían oscilando como por arte de magia, dando sus últimos y trémulos giros cansinamente, en vana busca de un punto de apoyo del cual aferrarse o bien de un equilibrio permanente.

Todos estos seres, pensé, están sanos y no van a morir.

Encontré a Anna en su cuarto, sentada en camisón al borde de la cama y lloriqueando. Tenía las manos en una posición poco habitual para estar llorando. Daba la sensación de que su llanto infatigable y continuo no le surgía del alma sino como de algo exterior a ella, algo extraño, repentino, avasallante, contra lo cual era inútil luchar y que a la vez no tenía sentido ocultar.

Esa noche amé a Anna como la primera vez, con todo el afecto y la dicha con que se desenvuelve un regalo recién recibido.

A la mañana siguiente presencié la última historia de este pueblito.

Muy temprano, el viajero estaba ya en la cafetería, comiendo pastelitos. En vez de comer con la mano usaba trabajosamente un cuchillo y una cucharita, dado que era muy fino y quería mantener sus buenos modales. Se demoraba mucho en comer esos pastelitos, claro está. Al cabo, se puso de pie, se dirigió al calendario que colgaba en la pared, y arrancó enérgicamente la hoja correspondiente al día de ayer, dejando ver el hoy, el nuevo día, cual un dios altivo y poderoso. Me estremecí ante la llegada del Director.

El Director del Correo se ocupaba desde hacía décadas de arrancar la hoja del calendario y descubrir así el nuevo día, cauta y mansamente, no como un dios sino más bien como un siervo de Dios. Pero hoy se horrorizaría al mirar el calendario y no alcanzaría a comprender ni los días, ni las fechas, ni el mundo en sí.

Así que resolví tomar el papel recién arrancado, lo alisé y lo coloqué lo mejor que pude en su sitio.

El viajero me miró y dijo:

—Estimado señor, ¡hoy es 28 de mayo!

Casi me asusté al escucharlo decir la fecha, y aunque era una cosa de los más sencilla y ya sabida por todos, me dio la sensación de que me había revelado un profundo secreto con una grosería desfachatada.

¡El 28 de mayo!

En ese instante las campanas batieron las ocho y media, el Director entró, sus espuelas resonaron tenuemente y con cierta petulancia, como si dieran unas risotadas, y él procedió, imponente, a llegarse hasta el calendario y descubrir oficialmente el nuevo día. ¡Ahora sí podía decirse que era 28 de mayo!

Ese 28 de mayo sería uno de los días más importantes de mi vida. Tomé la determinación de partir.

¿Qué más tenía que hacer yo en ese pueblito? La muchacha de la ventana pronto había de morir, Anna me acongojaba, su sola mirada me hería, y no podía ayudarla. Me conocía de memoria al cartero y a las plateadas espuelas del Director. Käthe, pensaba, se asomará cada mañana a la misma hora y nada pasará si yo ya no estoy allí para decirle «buenos días». Y ya era 28 de mayo.

Ya no podía quedarme más allá del 28 de mayo. Casi inadvertidas para mis ojos, las espigas de los campos volvían a levantarse. Si se hubieran apilado media docena de liebres, ni siquiera se habría divisado la punta de las orejas de la de más arriba. Se trataba de un año particularmente bendito, y las huertas estaban tan densas y tupidas con flores blancas que se hubiera podido caminar descalzo sobre el suelo sin que éste percibiera más que una sensación lejana.

También se veían nubes que no se alborotaban en el cielo impulsadas por su juventud o por la mera pasividad, sino que se acomodaban con prudente laboriosidad, o bien algunas cuyos vientres henchidos rodaban en pos de cumplir con su misión. El 28 de mayo ya se sabe lo que se quiere.

Es tan gracioso, pensaba, que me la pase esperando tarde tras tarde delante de la ventana de una muchacha que pronto se va a morir y a la que nunca podré besar. Ya no soy joven. Cada día es una tarea por delante, y cada hora que pasa es como una ofensa a la vida.

Una vez soñé con un puerto gigantesco. Escuché un intenso crujido como de veinte mil barcos y el bramido de los atareados marineros. Vi grúas gigantescas elevándose y desplomándose, firmes y decididas e infatigables, cual si no fueran operadas por meros hombres sino por la propia voluntad divina: no las convulsiones del hierro, sino la grácil soltura de las fuerzas naturales.

Otra vez soñé con una ciudad enorme, acaso Nueva York. Respiré el ritmo crepitante de su vida, sus calles largas, alocadas, anchas, incesantes, pobladas por personas, señales de tránsito, adoquines, faroles, anuncios, sin que yo supiera el dónde ni el por qué. La ciudad no estaba quieta sino que corría. Nada estaba quieto. Fábricas enormes humeaban a través de colosales chimeneas. Cerré los ojos unos segundos, para escuchar las melodías de todo este tráfago. Resultó ser una música atroz; sonaba como la tonada de un organillo frenético e infame, cuyos mecanismos parecían haberse desencajado. Pero esta música se apagó. Era fea, pero el ritmo no estaba desacertado. Durante un rato canturreé ese ritmo, y al final desperté.

Ya despierto, me sorprendí al descubrir que no era más parte de aquella ciudad sino totalmente ajeno a ella y que de pronto me había vuelto un cómico habitante de un cómico pueblito. ¿Qué cosa era, en realidad? El hombre bajo la ventana. Amigo, me dije, entierra a esta muchacha, a la que sólo le resta poca vida, y sigue tu camino en la vida. La vida es muy importante. Acaso sería más razonable (más razonable según las normas vigentes de la razón humana) acudir a la muchacha, sentarse en su cama, acompañarla hasta la ventana al atardecer, y compartir con ella un poco del mundanal ruido y de la abundante sangre roja que fluye por las venas del mundo.

Pero la vida es más importante.

A la par que razonaba de modo tan cruel, intentaba sepultar el dolor. Y logré sepultarlo tras una muralla de crueldad.

 

Me fui del pueblo en el mismo carruaje en el que había llegado. No le dije nada a Anna.

Ya era entrada la tarde. El sol refulgía en vastos hilos dorados. La estación yacía echada bajo el astro rey cual un gato rechoncho y amarillento. Las vías se adentraban en el centro del mundo, surcando férreamente la Tierra.

Cuando me senté en el tren y miré por la ventanilla, comprendí que los tormentos y las alegrías recién vividos ya me estaban alejando de ese pueblo y de todas esas últimas semanas.

Ahora, el cartero bien podía emborracharse, el Director de Correo bien podía hacer sonar sus platillos, el viajero bien podía oler a sus pomadas. El mozo Ignatz bien podía tener las manos flojas. Anna bien podía ser su amante.

¿Y la muchacha de la ventana?

¡Que se muera!, me dije, y no me avergonzaba admitir que por el bien de mi salud me alegraban las actuales circunstancias.

¿Qué tipo de enfermedad me había atacado estas últimas semanas? ¿Qué clase de sentimental era mi amigo Abel? Nunca, nunca jamás me iría de Nueva York por una mujer.

Pero ahora sí estoy decidido a irme a Nueva York. Norteamérica es un país glorioso. No ha sido fundado por un obispo de piedra.

Mientras pensaba tales cosas, el tren silbó y dio un estirón. En ese instante salió de la oficina en el andén el asistente, con su capa roja. La puerta permaneció abierta un poco más.

Y detrás de él, emergió una mujer hermosísima: ¡la muchacha de la ventana!

—¡Quédate! —escuché que él decía—. ¡En seguida termino!

Pero la muchacha no lo oyó. En cambio, me miró. Nos miramos. Se mantuvo rígida, toda vestida de blanco, muy saludable, y para nada lisiada o tuberculosa. Evidentemente era la novia o esposa del asistente.

Cuando el tren volvió a sacudirse y al cabo se echó a andar, miré a esa muchacha y le guiñé un ojo. He escrito toda esta historia sólo a raíz de esa mirada.

Se suponía que estaba obligado a llorar en esa situación, pero me reí, en cambio. Miré y vi a un campesino pegándole a su perro, un guardavías agitando sus señales, su esposa poniendo a secar la ropa recién lavada, y un carrito tambaleándose por un camino de tierra.

—¡La vida es muy importante! —dije, riéndome—, ¡muy importante! —y seguí viaje hacia Nueva York.

 

 

* Joseph Roth (1894-1939) Nace en Brody, Ucrania. Narrador y periodista.

** Alberto Giacometti. The Artist’s Mother. 1937

La virtud de los hombres. Pablo Jara.

En los primeros momentos, mientras se guiaba por esa luz, su única luz, todo era esperanzador, pasaron los días, cientos de ellos, y la luz trastorno en agonía, en una carga pesada y con pies fangosos, ya no importa caminar, arrastrarse es lo mejor, el hambre que impulsaba ahora ancla, ahora listo para morir no reconoce su cuerpo, no lo ha visto mucho tiempo, solo esa luz, que lo sostiene y lo condena.

 

Pablo Jara.

* 1885. Vincent Van Gogh.

Mosferatu. Fernando Escobar.

Venías por mi sangre, y yo, sabía que tenía que matarte. Merodeabas muy excitado todo mi cuerpo, con furia animal necesitabas de mí. ¿A qué te sabrá mi sangre, hijo de puta? Me deshago de la cobija, desnudo te insisto a que vengas y manifiestes tu asquerosa hambre, te espero, te escucho, te siento y cuando comienzas a beber desesperadamente de mí y ¡zaz! Ahí te va el vergazo, pinche zancudo culero.

 

Fernando Escobar.

* Antiguo díptera mosca y mosquito grabado, original francés grabado, Ilustración de 1860.