La anciana que tenía prisa. Víctor Ávila.

A Jorge Calderón

 

Cansado me senté, afuera del restaurante-café “La Rueda”, el viejo cantaba un viejo tango y el guitarrista sonreía con el acordeonista en complicidad de observar tanto turista, entre ellos yo.

En el centro de la carpa estaba una bellísima mujer que bailaba, ahora una milonga, con un porteño. Aquí, en la Boca, todo parecía diferente que en el centro de Buenos Aires. Pedí una Quilmes roja, y prendí un cigarro, fumaba un Philip Morris, ya que había regalado a todos mis compañeros argentinos las cajas de cigarrillos Delicados que traía, que por cierto: “bastante rudos eh che fumate uno de estos”.

Recordaba a mi padre con la melancolía del tango, el cigarro apachurrado, y por la Quilmes roja casi acabada. Pedí una más. Los turistas se amontonaban en la calle mirando y apuntando a los bares de la Boca con su variedad artística. Una anciana se sentó a mi lado, traía una pequeña jaula con dos aves, prendió un cigarro, me miró y me sonrió. Le respondí de la misma forma, cuando soltando el cigarro de prisa, ella se paró, agarró su jaula y corrió entre la gente. Un impulso me hizo desprenderme de mi silla y seguirla.

Yo no tenía que correr, sólo alargaba mis pasos, la anciana iba rápido, esquivando a la gente. Los acordeones no dejaban de sonar, los taconeos y las risas acompañaban a los destellos de las cámaras fotográficas sobre las paredes pintadas de colores llamativos, colores vivos, rojo, amarillo, azul. La anciana seguía corriendo, seguía teniendo prisa, yo desconocía el por qué lo estaba haciendo: seguirla y el que ella corriera. Nunca había visto a una anciana correr de esa forma, quizá eso era lo que me impulsaba ver hacia donde iba o quizá sólo era la morbosidad de ver cómo, en cualquier momento, ella podría caer con todo y jaula.

Y la anciana encontró un farol, de esos que sirven no tanto para iluminar las calles, sino por cuestión de estética. El poste tembló después de que la cabeza de la anciana se impactara con el. La anciana cayó de inmediato, la jaula pegó en el piso, se abrió y uno de los pájaros voló, sintiendo la libertad reflejada en el pájaro que se quedaba sin poder volar, el que se quedaba sin poder salir de su jaula, el que se quedaba a morir junto a la anciana.

Regresé a mi carpa, la nueva Quilmes roja ya estaba ahí en mi mesa. Encendí un nuevo cigarro y pensé en mis jaulas; en qué pájaro quería ser, o en el peor de los casos, qué pájaro podría ser.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*The Pet Canaries, Joseph Caraud. French (1821 – 1905).

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

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Mueren en el tiempo. Emilio Cabral.

Ya no recuerdo la última vez que te dije que te amaba, lo dije cuando ya no era necesario, cuando nuestro amor ya se había acabado y las lágrimas no dejaban ver el paisaje, supongo que por eso no lo recuerdo, sólo me llega un sabor agridulce a la boca, como si a sabiendas de que era el final aún te lo dije, no recuerdo tu rostro, ni tu sonrisa, olvido si tu cabello era suave, el color de tus ojos, creo que también olvide nuestro primer beso, ya pocos recuerdos quedan, como la primera vez que te vi y me enamoré, recuerdo tu voz inconfundible y la risa horrible que tanto odias, recuerdo como te enojabas cuando me reía, también nuestro primer abrazo y la fuerza de tus brazos alrededor de mi cuerpo, la primera vez que te vi llorar y fue de alegría, los suspiros que dabas cuando estabas enojada y la forma en que fruncías el ceño cuando alguien te molestaba, tal vez ya no recuerde muchas cosas, pero recuerdo las cosas que me enamoraban, el tiempo quizá lo termine de borrar, pero no olvidaré que algún día te amé, porque los recuerdos viven en la mente y mueren en el tiempo, pero el amor vive en el corazón y muere con el alma.

 

Emilio Cabral.

*Michele Durazzi. Fotografía.

Después de ti. Emilio Cabral.

Y después de ti… ya no hay nada, gritos y peleas han quedado atrás, como quedó el amor en su momento, las mujeres ahora llegan y se van, no se quedan más de lo esperado como pasó contigo, estoy en ese limbo de estar sólo y de vez en cuando mal acompañado, las mujeres se han vuelto vacías y superfluas después de ti, quien sabe, aunque no espero el amor y tampoco lo busco, esas ganas se han quedado contigo y la soledad se ha quedado a mi lado, no es fácil, aunque tampoco se ha hecho difícil, la verdad es que después de ti no hay nada, mi vida no ha cambiado mucho, supongo que sigo siendo el mismo, mi corazón y mis sentimientos no se han movido de su lugar, pero mi razón si ha cambiado, esas ganas de verte han quedado en el olvido, el amor incontrolable y las ganas de besarte han cambiado y la soledad ha suplido tu lugar, fue un gusto haberte conocido y un mal trago estarte olvidando.

 

Emilio Cabral

* Salvador Dalí, Study for ‘The image disappears’, 1938

La carta. Enrique Husim.

Era tarde noche cuando todo comenzó, Emilio salía de su casa para ir a tirar la basura, se dirigía al contenedor que estaba a un par de cuadras cortas de donde vivía, caminaba mientras pensaba en que ya está por comenzar su programa favorito, nunca se perdía un capitulo, lanzo la gran bolsa de basura al contenedor, miro su reloj, un reloj viejo que le había regalado una exnovia y que el aún conservaba, – Estoy a tiempo son las 8:13 pm, aun alcanzo a ir a la tienda por un refresco – se dijo a sí mismo, apenas había dado la vuelta dándole la espalda al gran contenedor cuando casi se tropieza con un arreglo de flores tirado en el suelo, se trataba de al menos unas 20 rosas rojas con algunas otras flores que el desconocía,  – Válgame, ¿Qué mujer las habrá tirado? Están muy bonitas –,  se dijo así mismo mientras logró ver un trozo de papel del que apenas sobresalía entre los pétalos de las rosas, se agacho curioso para ver de qué se trataba y tomándolo de una esquinita lo sacó, se trataba de una carta, no tenía remitente ni dirección alguna, sólo un único nombre al frente, “Maribel García”. Emilio sintió la sensación de que había dado con algo con lo que no debía de haberse encontrado, levantó la mirada y miró a todos lados por si alguien le veía, se encontraba completamente solo, así que tomó la carta y la guardó en su bolsillo derecho, aún no sabe que le impulsó a llevársela, incluso hasta el arreglo de flores, le parecía muy bonito como para dejarlo ahí nada más, llegó a la tienda y compro 2 cigarros y un refresco bajó la mirada curiosa del tendero quien no le preguntó nada, volvió a casa y dejó el arreglo de rosas en su mesita de centro, entró a su baño cerrando la puerta, Emilio vivía solo y jamás cerraba la puerta, pero esa noche sentía que había encontrado algo especial.

El televisor estaba encendido y a pesar de que ya había comenzado su programa favorito, el sólo miraba el frente de la carta mientras permanecía sentado en la taza del baño – Maribel, ¿quién será Maribel? – . Giró la carta y vio rastros de cera, una cera roja que seguramente sirvió como sello para resguardar su contenido, cosa que impresionó a Emilio pues pensó que si esto lo habría escrito un hombre, pues es de esa clase de hombres que se toman en serio esos detalles que no se tienen ya en estos días, abrió el sobre y sacó la misteriosa carta. Su primera impresión es que la letra con la que estaba escrita era bonita, le pareció que alguien se había dado su tiempo para escribir aquello cuidando el tener una letra legible, en ese momento Emilio se bajó los pantalones y se sentó en la taza para hacer sus necesidades, encendió un cigarrillo y comenzó a leer:

Querida Maribel:

Antes que nada quisiera pedirle una disculpa por el atrevimiento de haberle mandado semejante arreglo floral a su trabajo, sé que es usted una mujer casada, es sólo que necesito que sepa usted de mí, me urge que se entere de mí. Llevamos años trabajando en el mismo lugar, así es, trabajamos en la misma empresa y a pesar de eso usted no sabe quién soy yo, pero yo sé quién es usted, usted es la mujer que me quita el sueño todas las noches, es la tinta que me inspira para permanecer en vela escribiéndole poesía a la luna que veo en sus ojos, es la canción que sale de mis labios cuando a solas pronuncio su nombre, usted es la única razón por la que yo asistía a este trabajo con una sonrisa, así es Maribel, verle todos los días me hace sonreír.

Maribel, no tiene caso que intente adivinar quién soy yo, pues realmente no sabe mi nombre, pues no soy nadie de sus conocidos en la oficina en al que se encuentra, le diré que soy uno de los empleados que ha sido despedido hace una semana y que lo que me impulsa a tener este detalle hacia usted es por el hecho de que es el  corazón quien me impulsa a hacerlo.

Maribel, yo la amo, la he amado desde la primera vez que la vi, la amo de una manera que ni yo mismo me puedo explicar, la amo a rabiar de celos por el hecho de que usted se debe a su marido, más sin embargo la amo, amo cada contorno de su cuerpo, amo cada uno de sus cabellos castaños, amo cada coyuntura que se le dibuja en la cara cada que sonríe, amo hasta la manera en la que usted ignora mi existencia.

Amo el timbre de su voz con la cual saluda dando los buenos días, Maribel, soy un espectador de su belleza y esta es mi manera de poder agradecerle lo especial que usted ha sido para mí en todos estos años. Jamás hemos cruzado palabra alguna usted y yo, más que solo un par de miradas, miradas que para usted no significaron nada pero que para mí lo fueron todo.

Le suplico me disculpe, pues le repito, sé que es usted una mujer casada,  por esa misma razón y por respeto a su esposo prefiero que no sepa más de mí, más de lo que ya le he comentado, también sé que las rosas que le he regalado este día podrían representarle un asunto incomodo de explicar al llegar a su casa, no se preocupe, déjelas junto al basurero que se encuentra en la esquina de la calle Olmos y Pirules, está tan solo a unas cuadras de su trabajo, no las tire a la basura, se lo ruego, sólo déjelas en el suelo, yo pasaré por ellas a las 8:15.

Sin nada más por decirle me despido de usted como su admirador secreto, siéntase libre de quemar esta carta después de leerla.

Por siempre suyo, al menos en mis sueños:

J.G.

Emilio tira la colilla dentro de la taza y le baja, – Vaya, Quien quiera que sea este tal  J.G. tiene un severo conflicto, creo que a estas alturas debe tener una impresión errónea, me traje las flores, ¿Pensara que ha sido Maribel quien se las ha quedado? – . Se dice a sí mismo, se sirve un vaso del refresco que ha comprado, el timbre de su casa comienza a sonar, le parece extraño que alguien le visite a esas horas entre semana, se asoma por la ventanilla lateral de su salita, pero no logra ver de quien se trata, le estorba un árbol, así que abre la puerta encontrándose con la mujer más hermosa que ha visto en su vida, – Hola, ¿eres J.G.? –, le pregunta ella, – ¿Ma…Maribel?– tartamudea, – Te vi recogiendo las flores que me mandaste, no pude evitar seguirte –,  ella pasa sin esperar a que Emilio la invite, la puerta se cierra tras ella.

 

Escrito por: Enrique Husim

*Ramón Casas. La modernidad anhelada.

La fruta podrida. Víctor Ávila.

A Claudia Ávila Velázquez.

 

La pequeña niña quería meter bajo tierra a su fruta podrida que tenía en una caja herrumbrosa. Con el rostro extrañado, abre el estuche y ve la fruta pudrirse cada vez más.

La  pequeña cava en la tierra húmeda hasta que las uñas le duelen, un gato a su lado observaba, con ojos adormilados, mientras menea la cola. La caja herrumbrosa está vacía al abrirla, la niña se ha puesto triste, sus ojos ahora son los adormilados, vuelve a tapar el hoyo y busca a su madre que espera a que su esposo vuelva con los pájaros. El gato con sus bigotes sucios, sabe qué ocurrió con la fruta podrida, y se marcha arrastrando la cola.

La niña sopla y en seguida vuela la cascarita del alpiste y pone fruta fresca en las jaulas, las nuevas aves se preguntan entre silbos quién es ella. El cóctel de fruta vieja lo pone en la caja herrumbrosa.

Al despertarse le late muy rápido el corazón y abre los ojos que le cosquillean. La caja herrumbrosa le recuerda, cuando curiosamente brilla, que le hace falta estar bajo la tierra, con su fruta podrida. La pequeña niña salta al jardín.

Debajo de la tierra ya está la fruta herrumbrosa y la caja podrida, la pequeña niña espera sentada al lado de su gato a que crezca un árbol mientras la luna los ilumina.

El árbol nunca brotará, la pequeña niña sí crecerá, el gato engordará y nuevas aves llegaran traídas por el esposo de su mamá.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Qazwini (ca. 1203-1283). The Wonders of Creation. Walters W. 659 (Turkey, c. 1717 CE).

 

 

Carta a la pregunta. Víctor Ávila.

Me ha entusiasmado la pregunta.

¿No te interesa mi vagina?

No sólo me importa, me beneficia, tengo la convicción de su encanto sobre mi cuerpo, que junto a tus labios y tus ojos me han desprendido de la agresividad de mis puños sobre lo rostros olvidados.

(Te he visto contemplar con el espejo tu entrepierna. Dime si ves esas puertas de caras largas, dime si no quieres pedir posada en ellas. Siempre he tenido un alojo prudente; siempre que mis músculos se mortifican.)

El sexo es hilarante.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Lyonel Feininger – “El hombre blanco” (1907, óleo sobre lienzo, 68 x 52 cm, Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid).

Al final. Víctor Ávila.

…¿Esos ojos de jaspe? ¿Esa barba de trigo?

Este fue un caballero que persiguió a la Muerte.

Retratos (fragmento). Rubén Darío.

 

En la espera de su escape, se despedía de su amada en la mansión, mientras su hija muerta lo llamaba desde su cuarto, su hija viva lo miraba con una dulzura desconocida, y es que ella sabía.

Ya venían aquellos fantasmas que acompañan a la enfermedad.

-Adiós.

Y él corrió hacia el cuarto de su hija muerta y sonrió ante el vacío.

Subió al techo, cayó.

En medio de los árboles, acostado, vio a los fantasmas que ya se alejaban al verlo tendido sobre el pasto sin remedio. Él pasó la noche allí, sintiendo que moría. Comenzaba a olvidar todo, a su amada, a su hija viva y a su hija muerta, y las hojas siguieron cayendo hasta cubrirle la vista.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

*The Saltonstall Family (mid17thC Tate) – a moving depiction of the stages of life.