La virtud de los hombres. Pablo Jara.

En los primeros momentos, mientras se guiaba por esa luz, su única luz, todo era esperanzador, pasaron los días, cientos de ellos, y la luz trastorno en agonía, en una carga pesada y con pies fangosos, ya no importa caminar, arrastrarse es lo mejor, el hambre que impulsaba ahora ancla, ahora listo para morir no reconoce su cuerpo, no lo ha visto mucho tiempo, solo esa luz, que lo sostiene y lo condena.

 

Pablo Jara.

* 1885. Vincent Van Gogh.

Mosferatu. Fernando Escobar.

Venías por mi sangre, y yo, sabía que tenía que matarte. Merodeabas muy excitado todo mi cuerpo, con furia animal necesitabas de mí. ¿A qué te sabrá mi sangre, hijo de puta? Me deshago de la cobija, desnudo te insisto a que vengas y manifiestes tu asquerosa hambre, te espero, te escucho, te siento y cuando comienzas a beber desesperadamente de mí y ¡zaz! Ahí te va el vergazo, pinche zancudo culero.

 

Fernando Escobar.

* Antiguo díptera mosca y mosquito grabado, original francés grabado, Ilustración de 1860.

El carpintero. Eduardo Galeano.

Orlando Goicoechea reconoce las maderas por el olor, de qué árboles vienen, qué edad tienen, y oliéndolas sabe si fueron cortadas a tiempo o a destiempo y les adivina los posibles contratiempos.

Él es carpintero desde que hacía sus propios juguetes en la azotea de su casa del barrio de Cayo Hueso. Nunca tuvo máquinas ni ayudantes. A mano hace todo lo que hace, y de su mano nacen los mejores muebles de La Habana: mesas para comer celebrando, camas y sillas que te da pena levantarte, armarios donde a la ropa le gusta quedarse.

Orlando trabaja desde el amanecer. Y cuando el sol se va de la azotea, se encierra y enciende el video. Al cabo de tantos años de trabajo, Orlando se ha dado el lujo de comprarse un video, y ve una película tras otra.

­No sabía que eras loco por el cine ­le dice un vecino.

Y Orlando le explica que no, que a él el cine ni le va ni le viene, pero gracias al video puede detener las películas para estudiar los muebles.

 

*Eduardo Galeano (1940-2015) nace en Montevideo Uruguay. Periodista y escritor.

** Jheronimus Bosch The Pedlar (1494-1516).

No hemos cavado tumbas. Víctor Ávila.

A Claudia Ávila Velázquez

 

La multitud se concentra en el cementerio pero no hay muerto alguno que velar.

Los del pueblo están aquí por un eco de infierno que llegó a sus oídos. El cementerio empezó a hacer su propio ruido, sonidos misteriosos de un lenguaje infernal: muchas voces haciendo el retumbo de otro mundo. Todos pueden oírlo.

Soy el hombre que ha escuchado todo desde el comienzo. El primero en oír el susurro lóbrego que viene desde más allá de las tumbas. Soy el jardinero del cementerio.

Ese sonido que llega por debajo de la tierra empezó hoy al medio día. Primero fue un llanto gutural, templado y largo que balbuceaba de pronto. Poco a poco otras voces fueron acompañando el lamento, en ocasiones como coro y en otras como voces afónicas, pero nunca la mudez o el silencio. Pensé que las suplicas venían de mi cabeza y me puse un coral en la oreja y oí al mar, ese sonido vacío y ausente bastaba. Entonces las personas fueron obligadas poco a poco a asistir, captadas y atraídas por el siseo interminable de las clamas provenientes de la hondura de la tierra. El pueblo quería apreciar las protestas del otro mundo y vinieron a tocar las puertas del cementerio.

El gentío no cabe de asombro al escuchar el sonido del infierno, tampoco cabemos en este camposanto y siento como el piso se agrieta, se profana por el peso de los vivos y el peso muerto de los difuntos. Todos están aquí, los hombres morenos se quejan, lloran, se lamentan y fuman de sus tabacos. Las mujeres gimotean por sus emociones enmarañadas. Lo que gruñe abajo se vuelve un cántico, una evocación recelada de armonías que huraña dentro de nosotros. Algunos ya pierden la cordura. Yo deseo moverme ahora que las mujeres aplauden sin ritmo alguno, quiero bailar entre los resoplos que engendra la gente, pero no lo hago. Todos nos miramos de reojo y temblamos.

“Será mejor que empecemos a cavar” opina un hombre. “Será mejor que vayamos a dormir” dice un viejo y pienso que nadie dormirá por las posibles pesadillas aguijoneadas por estos sonidos. “Será mejor rezar, Padre Nuestro que estás en los cielos…” empieza la oración que muy pocos siguen con una voz dócil para distinguir si los coros disminuyen. “Será mejor no hacer nada extraño y esperar a que el silencio llegue.” Digo y nadie me escucha, pero una mujer, que no reconozco, me observa. Sus ojos son oscuros y me irrita su desesperanza. “Trata de sonreír porque el diablo no querrá ver esa cara pálida de muerta cuando llegue para llevarte a otro mundo”. Me digo y ella intuye mi pensamiento, lo sé porque sonríe.

Entonces las tumbas nos devoran a todos los que estamos presentes.

Los niños son los únicos que alcanzan a gritar cuando se estremece la tierra. Los chillidos pueriles se funden con los bramidos y lamentos del otro mundo, en este infierno que quizá no es otro mundo, quizá sólo es una orbe sin ser más. Ahora ya pertenecemos a este infierno o a esto que no sé nombrar… Un  infierno que no es el nuestro.

Los silencios llegan titubeando entre los suspiros de las mujeres que ya tienen sus cuerpos descompuestos. Recargan su cabeza en los hombros de sus hijos escuálidos y mal encarados, buscan el inútil consuelo. Observo los ojos de los hombres que ya son ojos sin almas, quinqués apagados, ojos nublados por las cataratas hechas del calor cuando trataron de mirar arriba. De ese lugar donde vinimos, de donde caímos, ahí donde ahora se observa un cielo pedrusco que evito ver. Sollozo entre mis brazos.

Los hombres empiezan a encolerizarse con su ceguera, palpan el suelo húmedo y fogoso, se arrodillan y escarban la tierra, se queman los dedos mientras sus uñas son como picos que desgarran la superficie, otros usan piedras y la tratan de abrir: quieren volver a su mundo, al cementerio donde estaban antes sosegados escuchando el sonido del infierno que los trajo hasta aquí. Babean y jadean, ciegos como animales que buscan la teta de su madre en la oscuridad. El silencio no es persistente pero alcanzo a oír a las mujeres suplicar que no hablemos, debemos esperar y escuchar bien. Después llega un aire, como un pensamiento, y ya está, trae de vuelta el sonido. Oigo el mismo llanto de esta mañana y de la misma forma brota ahora: gutural, templado y largo… Vendrá lo peor, lo suponemos y nos lamentamos, quizá alguien o algunos, en otro cementerio, escucha nuestras suplicas, es una esperanza la de desaparecer siendo escuchados como ánimas en castigo, o quizá, desde allá arriba, simplemente escuchábamos nuestro propio estrépito desde otra época ajena a nuestro presente. La acústica del infierno no sabe de tiempos.

Ya no sollozo, yo bramo, yo salivo y pataleo porque no tengo a la mano un coral con su sonido vacío que me baste.

Tampoco hay una mujer que me sonría para llevarme a otro infierno y sufro, sufro porque los hombres con sus uñas están cavando nuestras tumbas, mientras las mujeres, ya nos están velando.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Peder Mörk Mønstead

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

El hombre el lobo del hombre. Pablo Jara.

Hombre, después de un tiempo te disculparas, ahora vuelves a las mismas esquinas del tiempo, obsesionado con él, y a que vuelves, simple melancolía o sólo ver todo lo que fue y ahora no queda nada ya, tan solo la experiencia que da el tiempo y aun así añorando los días muertos, afianzado a ideas muertas ya, pisoteadas por el ahora, el siglo se abre camino a machetazos y tú tirado en las mismas esquinas como un perro que se echa a morir, como un anciano con demencia, la ternura de tu ingenuidad hace que no sepa sí reír o llorar, y recuerda que no te lo recrimino, pero flotar sobre aguas conocidas puede caer en la cobardía, pasar así a la historia, en libros que nadie comprara,  cuando en verdad me sereno, respiro profundo y no te culpo por creer tener alguna superioridad, si lo único que te inspira es lo tangible, lo que no ves no existe para ti,  esa superioridad te deshumaniza, incapaz de mostrar algo como esto, incapaz de ponerte al descubierto y así sostienes esa supuesta ventaja, deberías de pensar en tu propia muerte tal vez ahí puedas encontrar alguna superioridad .

 

Pablo Jara

* Human Mortality.

Fotografía impresa. Dr. Las Flores.

Acaba de abordar un hombre de mediana edad, se acomoda en el siguiente asiento, justo al alcance de mi vista, noto que en sus manos posee un objeto que procura cuál tesoro. Alcanzo a divisar que envuelto en una bolsa de plástico, casi transparente, se encuentra una fotografía impresa de una mujer atractiva, en la cual, se aprecia un fondo que parece ser de algún desfile de premios a la música internacional.

El hombre acomoda la bolsa con sus dedos con sutil ansiedad, de manera que la imagen sea lo más clara posible sin sacar de ese cofre el tesoro.

La contempla por unos segundos, y luego levanta su cara para observar que sucede en el mundo, inclina su cabeza una vez más para saborear con los ojos a su quien sabe que sea para él; su musa tal vez, tal vez su fantasía, tal vez sea su amante en noches solitarias: noches aisladas de todo lo que no sea la imagen que da esa fotografía impresa en un centro comercial.

Porque sólo los enfermos mentales amamos a esas fantasías que inspiran a dibujar, en una canción, sus labios humedecidos.

Con una fotografía impresa, no sólo dentro de una bolsa de plástico casi transparente, sino impresa en la mente.

 

Dr. Las Flores

*Subway Tokyo poster. 1927.

Las lluvias más siniestras. Víctor Ávila.

A Efrén Ávila Moreno.

 

Un hombre de baja estatura, que se llama Friedrich, ve desde su ventana que la lluvia era intermitente y cálida. Que la lluvia regaba a la calle y emanaba calor junto con la tierra que enlodaba a las paredes. Veía que las brisas salpicaban a los árboles en donde los perros se refugiaban empapados, lamidos de su pelaje con los ojos abiertos; están confundidos. El ruido que produce la lluvia en su caída es apretada, como no queriendo llegar al suelo, pero caía en un ruido armonioso. El viento también se oye silbar sobre su ventana que es un cuadrado grande, un marco de madera divido en cuatro con su cristal, pálido, antiguo, casi cadavérico.

Las gotas golpean sobre la ventana y la hace temblar. Friedrich se estremece pero no se aleja, sigue lloviendo y continúa mirando hasta que suena el reloj en medio de la sala anunciando la hora. Friedrich se siente interrumpido y mira el reloj. Arquea sus cejas, el minuto pasado le pareció corto de tiempo. No sintió lo que un minuto dura con regularidad. Friedrich presiente que le han robado un minuto antes de la hora. Quizá por tres o cinco segundos, una exageración supone. Friedrich prende el cigarro que saca desde su abrigo, recuerda que la lluvia vino de repente. Friedrich vuelve a sumirse en sus pensamientos con la lluvia, sobre su ventana y suena el reloj anunciando la misma hora.

Alguien está hurtando el tiempo de Friedrich y él lo sabe.

La lluvia empieza a insistir, a querer llamar la atención de su observador, pero él fuma y mira el reloj, lo reta a que se mueva rápido, ahora sabe que no fue por cinco segundos el último robo, fue por veinte segundos, treinta segundos ¿medio minuto? ¡Medio minuto: un minuto! La lluvia pierde fuerza con lentitud, ya no requiere más su atención, pero el pobre de Friedrich la extraña y mira hacia la ventana dejando de ver el reloj que ahora vuelve a sonar la misma hora anunciada. Lo que antes se le conocía como minuto ha pasado una vez más.

Friedrich se siente inquieto ¿asustado? Sí, tal vez más que eso; está temeroso de que el tiempo se vuelva algo que no tenga medida. Algo triste que no tenga nombre, un nombre así, como la lluvia, la lluvia que ahora sucede en la calle y que él no alcanza a ver. El reloj suena igual. Ya sabemos lo que significa, pero Friedrich no.

La estatura de Friedrich le impide alcanzar el reloj. Lo quisiera tomar y aventar por la ventana, no importa que se rompa, así la lluvia entraría a poner orden al tiempo. A estas horas el minuto dura quince segundos, ¿Quién es el ladrón? Quizá no haya ladrón y el tiempo juega con los hombres pequeños. Quizá sea la lluvia que se escucha en la calle. Suena el reloj y una vez más tortura a Friedrich.

La locura es algo inevitable en momentos así y Friedrich grita sandeces. Le grita a la lluvia, le grita al tiempo y le grita al reloj que vuelve a sonar para recordarle qué un minuto más ha pasado. El tiempo parte.

Friedrich saltando apenas cabe en un minuto de cinco segundos.

El minuto de cuatro segundos cae con la lluvia.

Un minuto sucede en tres parpadeos.

Suena el minuto, suena otra vez.

Friedrich es un segundo.

Friedrich era.

Afuera, todavía, la lluvia mojaba la tarde y humedecía a las personas: las plantaba en la tierra y les brotaba cualquier fruto en sus rostros serios, cualquier flor.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Alice Neel. Robert Smithson. 1962

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.