Envidia I. Melina Aldana

El apego, es mi pesar, vivir mis sueños me ha enemistado con los que me rodean, la envidia es un sentimiento natural imposible direccionar que nos muestra que tan inferiores nos sentimos, he intentado repeler éstos actos, las palabras hirientes, la sátira planificada, pero en el segundo respiro me estalla el corazón y duele. Aún me siento humana y por lo tanto conservo las esperanzas.

Es difícil guardar distancia, no sé si lo justifico con lo cuantificable del tiempo o finalmente es mi  temor a la transcendencia.

 

Melina Alejandra González Aldana

*Lithographie d’après Louis Boulanger.

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Periodo efímero. Jocelyn

¿Qué hay de malo en percibir el físico humano como algo maravilloso? Por optar en ver primero la sonrisa o los ojos de una persona antes de conocerla y darse cuenta si en verdad es benévolo o no, digo a final de cuentas resulta de ese modo la atracción. Cuando te encuentras sumergido en tus propios pesares y alguien se cruza en tu sendero y consigue robar tu atención.

 

Jocelyn.

*Pintura de Helene Delmaire.

 

El olvido también es daga. Víctor Ávila.

Es bailar sin roces, sin la palma sobre la espalda, sin el beso a la nuca o sin la frente sobre el hombro. Es retorcer la música de los árboles para que los frutos sigan cayendo. Insistirlos para olvidarlos; ese es el otro filo que, como el hambre, no se puede disimular.

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* The Dance, 1988. Paula Rego.

Loveless. Andrey Zvyagintsev. Víctor Ávila.

No lloré, no era necesario, para eso estaban esos personajes afectivos, sombríos y de cierta forma absurdos. Lágrimas, gotas sucias y frías se veían en la pantalla. Harto de ese convivio de penas, me sobraba el hastío y me empachaba pronto. Tampoco me sentía muy bien del estómago: un tequila, una cerveza y dos copas de tinto, a la hora del queso y de la carne asada, me calaban como un metal en el esófago. Mi papada regurgitaba y en gutural sonido repetía la palabra loveless, loveless… Un eructo y en definitivo, no era tan shiraz y del bobal lo ignoraba, así que castigado, debajo de la butaca, permaneció ese tinto, ya no quería beber de esas mieles. Entonces se asomó, desde la bolsa de mi esposa, el agua mineral. La hurté. Las sales me hacían sonreír y mi lengua vibraba con la música, con el sonido de un piano con el que iniciaba esta bella película. Esto es un drama, un gran ejemplo, con grandeza en sus diálogos, sólo eso.

Ya lo habíamos visto, con Leviathan, allá por el 2015. ¿Recuerdas? Le preguntaba a la chica de un lado. Lo recordaba y me sonreía con los chocolates de menta en su boca. Le beso y la azúcar me empalaga, me despierta y grito dentro de mi cabeza ¡Qué chulada de películas hace el tal Zvyagintsev! ¡Ay qué buen pedorro tiene la mamá del niño! Algo, dentro de mí, afirma lo que digo.

Qué triste que se acabara la película justo cuando mis amigos ancianos apenas conciliaban la siesta en el sopor de la sala, en esta sala, la más pequeña de este cine: la mugrosa sala donde me gusta sentarme en la fila E.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Diálogos omitidos. “Yo”. Víctor Ávila.

El trasporte urbano se detiene ante mí y su chofer me sonríe bajo su ridículo bigote. Le doy el dinero y con su mano roza mi piel: siento los vellos de sus dedos cuando me da el sobrante. Gracias, le digo, gracias, me dice.

Las personas me observan con discreción, ya me conocen, soy el mismo de todos los días, el mismo a la misma hora ¡Saben que soy el hombre que habla a solas cuando nadie más quiere platicar!

¡Buenas días! les grito a los pasajeros, ellos me ignoran. Camino y busco un lugar. Hay rostros que me evitan. Tomo el asiento a lado de una señora con el cabello encrespado, la piel morena y las manos regordetas, le sonrío y me tuerce sus tristes ojos. No quiere hablar, trae bufanda rosa y un rictus que me espanta.

Aplaudo dos veces antes de abrir el libro y un niño me mira con ojos curiosos. Ve mis ojos, yo sé que tengo unos lindos ojos, su forma almendrada habla por sí sola; dicen lo que pienso… o quizá sea mi mirada la que dice mucho. Mirada penetrante. Arqueo mis cejas y saludo al niño que desaparece entre los senos de su joven madre.

Traigo “La sonata a Kreutzer” de Tolstói y vuelvo a aplaudir.

Leo y por encima del libro, con los ojos entrecerrados, veo a los pasajeros que van acompañados, a aquellos que pueden platicar, reír y mirarse a los ojos. Los observo y aprendo.

Los imito. Rio a carcajadas y la señora de lado se levanta, se va y se sienta en otro lugar, se aconseja con alguien más; recelan y disimulan. Trueno mis dedos tres veces y cierro los ojos. Silbo la sonata, de-a-para Kreutzer, de Beethoven.

Otro día, quizá mañana, suba alguien con quien pueda dialogar y ya les contaré.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Amedeo Modigliani… unos dicen que se trata del pintor Chaim Soutine. Ojalá.

Mejor callar. Anónimo.

¿En qué momento uno aprende a pensar antes de hablar…? Sí todo ser humano se distingue de los demás seres vivos por su razonamiento ¿Por qué muchas de las veces no pensamos que lo que decimos no es correcto…? Será que somos más instintivos que los mismos animales. ¿Cómo saber en qué momento quedarse callado para evitar herir o cometer un error al hablar…? ¿Se habla de más o simplemente no razonamos? Quisiera ser más razonable y menos impulsiva. Ahora entiendo eso de “es mejor callar” cuando un mal sentimiento ciega nuestra razón.

 

Anónimo.

* Sunset on Mount Diablo, 1877. William Keith.

Los consejos. Víctor Ávila.

Hasta de mí

deben de desconfiar

cuando un consejo se les da,

Paul lo dijo más de una vez;

“El que confía en imbéciles,

termina comportándose como un imbécil.”

¡Vaya, usted,

a saber la verdad!

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Susana y los viejos. Massimo Stanzione.