Loveless. Andrey Zvyagintsev. Víctor Ávila.

No lloré, no era necesario, para eso estaban esos personajes afectivos, sombríos y de cierta forma absurdos. Lágrimas, gotas sucias y frías se veían en la pantalla. Harto de ese convivio de penas, me sobraba el hastío y me empachaba pronto. Tampoco me sentía muy bien del estómago: un tequila, una cerveza y dos copas de tinto, a la hora del queso y de la carne asada, me calaban como un metal en el esófago. Mi papada regurgitaba y en gutural sonido repetía la palabra loveless, loveless… Un eructo y en definitivo, no era tan shiraz y del bobal lo ignoraba, así que castigado, debajo de la butaca, permaneció ese tinto, ya no quería beber de esas mieles. Entonces se asomó, desde la bolsa de mi esposa, el agua mineral. La hurté. Las sales me hacían sonreír y mi lengua vibraba con la música, con el sonido de un piano con el que iniciaba esta bella película. Esto es un drama, un gran ejemplo, con grandeza en sus diálogos, sólo eso.

Ya lo habíamos visto, con Leviathan, allá por el 2015. ¿Recuerdas? Le preguntaba a la chica de un lado. Lo recordaba y me sonreía con los chocolates de menta en su boca. Le beso y la azúcar me empalaga, me despierta y grito dentro de mi cabeza ¡Qué chulada de películas hace el tal Zvyagintsev! ¡Ay qué buen pedorro tiene la mamá del niño! Algo, dentro de mí, afirma lo que digo.

Qué triste que se acabara la película justo cuando mis amigos ancianos apenas conciliaban la siesta en el sopor de la sala, en esta sala, la más pequeña de este cine: la mugrosa sala donde me gusta sentarme en la fila E.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

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Diálogos omitidos. “Yo”. Víctor Ávila.

El trasporte urbano se detiene ante mí y su chofer me sonríe bajo su ridículo bigote. Le doy el dinero y con su mano roza mi piel: siento los vellos de sus dedos cuando me da el sobrante. Gracias, le digo, gracias, me dice.

Las personas me observan con discreción, ya me conocen, soy el mismo de todos los días, el mismo a la misma hora ¡Saben que soy el hombre que habla a solas cuando nadie más quiere platicar!

¡Buenas días! les grito a los pasajeros, ellos me ignoran. Camino y busco un lugar. Hay rostros que me evitan. Tomo el asiento a lado de una señora con el cabello encrespado, la piel morena y las manos regordetas, le sonrío y me tuerce sus tristes ojos. No quiere hablar, trae bufanda rosa y un rictus que me espanta.

Aplaudo dos veces antes de abrir el libro y un niño me mira con ojos curiosos. Ve mis ojos, yo sé que tengo unos lindos ojos, su forma almendrada habla por sí sola; dicen lo que pienso… o quizá sea mi mirada la que dice mucho. Mirada penetrante. Arqueo mis cejas y saludo al niño que desaparece entre los senos de su joven madre.

Traigo “La sonata a Kreutzer” de Tolstói y vuelvo a aplaudir.

Leo y por encima del libro, con los ojos entrecerrados, veo a los pasajeros que van acompañados, a aquellos que pueden platicar, reír y mirarse a los ojos. Los observo y aprendo.

Los imito. Rio a carcajadas y la señora de lado se levanta, se va y se sienta en otro lugar, se aconseja con alguien más; recelan y disimulan. Trueno mis dedos tres veces y cierro los ojos. Silbo la sonata, de-a-para Kreutzer, de Beethoven.

Otro día, quizá mañana, suba alguien con quien pueda dialogar y ya les contaré.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Amedeo Modigliani… unos dicen que se trata del pintor Chaim Soutine. Ojalá.

Mejor callar. Anónimo.

¿En qué momento uno aprende a pensar antes de hablar…? Sí todo ser humano se distingue de los demás seres vivos por su razonamiento ¿Por qué muchas de las veces no pensamos que lo que decimos no es correcto…? Será que somos más instintivos que los mismos animales. ¿Cómo saber en qué momento quedarse callado para evitar herir o cometer un error al hablar…? ¿Se habla de más o simplemente no razonamos? Quisiera ser más razonable y menos impulsiva. Ahora entiendo eso de “es mejor callar” cuando un mal sentimiento ciega nuestra razón.

 

Anónimo.

* Sunset on Mount Diablo, 1877. William Keith.

Los consejos. Víctor Ávila.

Hasta de mí

deben de desconfiar

cuando un consejo se les da,

Paul lo dijo más de una vez;

“El que confía en imbéciles,

termina comportándose como un imbécil.”

¡Vaya, usted,

a saber la verdad!

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Susana y los viejos. Massimo Stanzione.

Perfect Blue. Satoshi Kon.

No había visto este anime de Satoshi Kon, pero suponía qué, por ser el mismo director de Paprika: el reino de los sueños, sería al menos entretenida, y además, ya un mítico prestigio la acompañaba. Tampoco leí la novela homónima de Yoshikazu Takeuchi, no era para tanto, así que mi compadre y yo, al calor del carbón y con tremendos salchichones al fuego vivo, la vimos.

Las salchichas se tardarían un poco en tener la textura que nos gustaba: hinchadas y con su capa achicharronada, así que iniciamos la película con unas enchiladas potosinas que desaparecían rápidamente en la boca de mi compadre, al que le explicaba, que había tres pilares muy marcados que los otakus siempre platicaban sobre este anime: “fanatismo, acoso y terror”. Era lo único que yo sabía sobre el tema y mi compadre opinaba que había un loco por ahí, sabía eso y (al parecer) nada más. Hablaba él, y yo también hablaba, cuidaba las salchichas y las volteaba mientras el anime seguía, parsimonioso y cuidadoso avanzaba, la música ayudaba a saber dónde poner atención, los gritos japoneses comenzaban a horrorizarme, sabía que esto ocurriría, pues se trataba de un anime del año de 1997 donde los audios eran una situación escalofriante.

Terror y fanatismo, cierto era, vaya que sí, luego estaba el acoso, latente, el mismo maldito acoso que yo hacía también, constante y sonante, a las salchichas para asar, entonces ahí mismo, con las pinzas en la mano, me sentí Me-Mania y creía entenderlo todo, me veía en esa fragilidad de mi cargo, de mi ocupación, de lo que yo hacía… ¡La identidad! Ya gritaba mientras mi compadre susurraba que pusiera las tortillas. En ese ilusorio drama caía olvidando que se trataba de un anime… Me involucraba, una y otra vez sin remedio.

Cerca del final apenas sonreímos cuando ya teníamos nuestras salchichas en la mano o en la boca, entonces, me di nunca de que nunca nos acordamos del chimichurri que tanto daño nos hacía, también supe, o creía saber, lo que sucedía con Mima Kirigoe, pero no, ocurría algo más, me detuve y miré a mi compadre absorto en su cena, triste masticaba, reflexivo lloraba y yo pensaba en el empacho; confundido y lleno de asco, por la falsedad a la que nos sometemos.

No recuerdo el final de Perfect Blue, ni siquiera mi compadre, ahora que lo pienso mejor, tampoco recuerdo el final de la noche, repaso y no veo a mi compadre despedirse, mucho menos, mirarme a los ojos después de que lloramos.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

The square. Ruben Östlund. Víctor Ávila.

Desde antes de ver esta película, ganadora de la Palma de oro 2017, la crítica ya gritaba su pueril percepción y, desde esa cueva, aturdía al intelectualismo más azaroso, hasta el pensamiento más ingenuo. Nada justificaba su berrinche, ni su fin como expresión, de hecho, no tenía ni que justificar su veredicto pues pura cagada eran sus dictámenes. Como esta vetusta opinión sobre The square de Ruben Östlund. Ya luego contaré sobre “Force Majeure”, una enorme película que vimos allá por el 2014 con una cerveza importada…

Lo que le sucede a la protesta o a la “crítica” a la que se aferran, es la misma causa y fuerza de esta película: la sátira de su pretensión. Tanto de la crítica, como del crítico, tanto del arte como al artista, y además, de que esa terrible carga petulante, lo que lleva la catapulta apunta con amenaza hacia el gran e idiota interesado, ósea, a quién la consume. The square les da su patada en los huevos al artista y al crítico mientras el puntapié en el culo es para el cinéfilo.

No es una extravagancia que el cine, como arte, no cumpla o satisfaga, pues, mientras al cinéfilo le sobré algo de la película, al crítico le falta ese algo. Lo que pierden o buscan, amigos, no está ahí, si no afuera, es lo que está en su vida, es el arte de la verdad o la realidad, como lo retrata bien Östlund. La ironía de creer que el arte, que hacen los demás para otros, es arte.

Pero no temáis falsos Críticos, aun no irán tras ustedes, al menos hoy no, tampoco los cazaran a ustedes, falsos Artistas que aún no los descubren, pero sabemos que ustedes, falsos, están pudriendo el arte, su importe y valor, al menos desde el siglo pasado lo han estado haciendo y por una sola razón: no lo hacen con honestidad, ni con sinceridad, mucho menos con el corazón. Sus lucros, pues es su trabajo, contaminan y envenenan a su gente. No es exclusiva de los suecos esta ironía que expone The square, también en cualquier sociedad, como la mía, la más próxima; donde con descaró vemos repartir una mierda de cultura como cultura y la más penosa arte como arte. Algunos se la tragan otros no. Pero qué se sepa que no es para tanto, al menos no para mí, pues existen otras personas, críticos y/o artistas, íntegros y/o honestos, que no dependen de un hueso para vivir. Así qué el que no nos importé, no significa que lo ignoremos, pues desde la comodidad de nuestros santuarios, vemos este mal chiste, esa farsa suya, con indulgencia y con gracia, pues, ustedes, malos y negligentes mecenas, se ven ridículos cuando al final de la comedia se aplauden entre ustedes, junto con el vitoreo de sus ridículos secuaces. Bueno y desde acá observamos la mierda con la que se han ensuciado sus manos; la mierda con la que salpican a su alrededor, a los suyos y a todos los que se les acercan. Con esa peste serán recordados siempre. No los culpamos, respetamos lo jodidos que están.

Así funciona, la opinión, la pretensión, por esa razón es bello el retrato que nos dio Ruben Östlund y eso sin contar la poca fotografía que nos dio esta vez. Y es que para entender y asumir el arte, su crítica y sus exponentes, como tal, hay que hacerlo con higos y agua mineral. También hay que reír y eructar en la oscuridad de la sala de cine antes que los demás se asomen para ver quién eres y descubran tu motivo.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

La mofeta famosa se mofa de su fama. Cecilia Ávila.

El bolerito me lustraba la bota mientras se llegaba la hora de ir a dar clases.

Me encontraba con sueño y el calor arrullador del jardín de San Marcos no ayudaba en nada. Para mí era muy agradable.

Veía delante mío la cabeza del niño tan famoso que lustraba zapatos que decidí dibujarlo con mi pie sobre su caja. Tomé mis hojas usadas, sucias y buscaba espacio para un dibujo rápido. Busqué mi lápiz y ahí me sentí feliz. ¡Qué agradable dibujar a esta hora!

Yo no movía mi bota. Pensaba que sería incómodo para el niño, tener que batallar, y si él se movía, la que batallaría seria yo al dibujarlo. Ahí me encontraba yo, bajo la sombra, y el sol perfecto para dibujar. Ambos juegos de luces y temperaturas clásicas en esta tierra. Calor y frío en un mismo momento. Oí que un señor me decía en su rápido andar “¡Vaya, parece real!”. Yo sonreí rápidamente y dije “¡Sí!”. Volví mis ojos al bolerito y le dije en mi cabeza “Obviamente.”. Así, atenta, yo seguía mi objetivo.

Tranquila y en un distinto arrullo me concentraba más y más hasta que un señor muy tímido se me acercó. “Discúlpeme, señorita. La he mirado y me sorprende lo que usted está haciendo. ¿Le gusta dibujar?”.

Si, le dije con mi sonrisa.

Pensé que sería uno de esos señores “saca-platicas-busca-mujeres…” Supuse que ya no podría seguir dibujando si él estaba ahí mirándome. Me pidió permiso para sentarse con todo respeto y,  en automático, dije que sí.

¡Qué facilidad para ser amable! me regañé.

Me sacó plática, muy amable y respetuoso seguía su tema, sabía de lo que hablaba. El señor salió del Esmeralda, casa de grandes artistas verdaderamente buenos y eso me sorprendió. Conforme el charlaba me di cuenta que era sencillo y nada presuntuoso y eso estaba bien para mí. Yo miré sus zapatos y estaban limpios. El platicaba y se mostraba atento a mi siguiente trazo pero yo ya no hacía nada más que jugar con mi lápiz tímidamente. Él supo que me interrumpió.

Como el sol molestaba ya, decidimos ir a la banca de enfrente. Justo ahí, yo veía la espalda del bolerito ya con otros clientes y  volví mi atención al platicón.

¡Vaya! Cuando empezó a decir que él era escultor, pintor y maestro de artes me quedé sorprendida pero no dejé que lo notara. No vaya yo a caer en su trampa secreta y su pretexto destapado para abrir la charla con la bella dama que dibuja en el jardín, ósea yo, era más que obvio.

Le dije “Su nombre ¿cuál es?”  Me lo dijo. No lo conocía. No sabía ni quién era. No hice muecas. Lo dejé pensando en su fama. ¡Ay, por Dios me he topado con un farsante o un charlatán! No sabía si era realmente famoso. ¡Me van a tomar el pelo! Pensaba.

De cierto modo decidí probar su inteligencia y lo puse a prueba con preguntas relacionadas al tema del arte y su estadía aquí en la ciudad. Debo reconocer que el señor sabía de lo que hablaba. Ahí me sentí yo más tranquila. Coincidimos hasta en compañeros y maestros del arte.

“Ok” me dije. Tranquila. Este señor solo quería platicar y le he causado curiosidad, como él dijo. Hablamos de unas personas que ambos conocíamos y reímos un poco. Estaba yo un poco más relajada. Le mostré mis dibujos porque yo me sentía segura hasta cierto punto y él quería verlos. Me halagó un poco. Yo digo que lo justo. Un halago justo. Sin más.

¡Caray! Yo veía mi teléfono por que ya se llegaba la hora de irme. Me pidió mi número y no supe que pensar. ¡El famoso y yo ingenua! vaya tontería. Dijo “Si quieres puedes dármelo, o ¿eres de las que se van a desaparecer?” Miré al bolerito y pensé ¿Qué puede pasar? Se lo di. El me dio el suyo sin preguntar o pedir permiso y lo anoté como obligación. Me despedí y el me dio su mano. Salí casi corriendo de ahí y recordé que no le di las gracias al famoso niño bolero.

 

Cecilia Ávila Velázquez.