Miedo. Miguel González.

Era de una noche fría como las que noviembre suele dar, iba con mis amigos caminando sobre esa calle larga llena de tristeza, las luces de la calle eran de color frío, todo llegó en un instante, la luna pasó por encima de nosotros con rapidez, era roja, esto esta mal pensé en ese momento, estaba cayendo, el miedo me recorrió por todo el cuerpo, me quedé paralizado viéndola caer, al pasar los minutos todo se transformó y levanté mi vista al cielo y este era naranja rojizo, la luna había desaparecido, bajé la mirada y me di cuenta que estaba solo, todos se habían ido, un sentimiento de melancolía inundó mi pecho. Comencé a caminar sin sentido por esa calle, ¿a donde se había ido todo el mundo?

Al final de la calle vi una puerta abierta, a lo mejor alguien dentro me pudiera decir que estaba pasando a mi alrededor, al entrar sentí un frío ya conocido para mi, y tuve la sensación de que ya había estado ahí, mi corazón latía fuerte mientras paseaba por esa habitación, no había nadie, todo estaba en silencio, sólo mi respiración se escuchaba, una vez que mi vista se acostumbró a la oscuridad reconocí donde estaba. Ese cuarto pequeño con una cama en el centro, con los muebles llenos de polvo, el olor a soledad seguía igual, y esas cortinas sucias que duraron una vida sin cambiar, todo era igual, y el estaba ahí, mi cabeza empezó a dar vueltas, me desvanecí.

Una vez que recobré la conciencia me encontré acostado sobre la cama, estaba acompañado, lo vi parado al lado de la cama, era esa sombra que siempre me había atormentado, que me visita cada vez que requiere de mi, esa que me deja sin energía, sin esperanza. Mi cuerpo estaba paralizado, otra vez estaba en su redes, sentí pánico por no poder moverme, busqué algún tipo de ayuda en el cuarto, fue en vano, evitaba voltear hacia la sombra, estaba desesperado, traté de gritar pero no salió nada de mi boca, el ambiente se volvía mas pesado, cerré los ojos esperando a que acabara con lo poco que quedaba de mi, rogando que se fuera, cuando abrí los ojos de vuelta, la luz de la luna entraba por la ventana, se escuchaba el cantar de los grillos, y los ladridos de perros a lo lejos, el mundo había vuelto. Me incorporé de la cama, estaba solo, tenía lágrimas en los ojos, se había ido con mi esperanza.

Miguel González.

*Ilustración: Desnudo reclinado. Carlos Baca-Flor.

El mito es la palabra. Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Andábamos por ahí, como animales, y en cierto momento, se nos ha dado la razón: la razón de ser. ¿Quién nos la ha dado? Ahí mismo nos vemos entre nosotros y con esta pregunta nos encogemos de hombros; reconocemos que no somos capaces de crearnos a nosotros mismo, mucho menos a nuestra razón y a la razón de nuestra existencia. Entonces, ya que se nos ha dado ¿qué hacemos con ella? Nos volvemos a mirar unos a otros avergonzados. Hay quienes se les ocurre que sigamos haciendo lo que ya hacíamos: andar, bien, eso está bien, pero a otros pocos se les ocurre contemplar, imaginar y crear: pensar. Adelante pues, vámonos yendo que ya fuimos prehistoria y avanza rápido la historia.

Con esos movimientos, el mito se hace presente entre nosotros, fue por medio del lenguaje, ¡oh, los cantos, los poemas y los cuentos! El fuego ilumina la cueva y sus pinturas, oramos por la caza del día siguiente, por el bien común, y es que, o somos nosotros o son esas bestias. Entonces somos nosotros. Es nuestra vida y es nuestra muerte. Ya bien lo sabemos, nos han contado lo que pasa con el hambre, lo que pasa sin el fuego, lo que pasa sin la ropa o lo que pasa si andamos solos por ahí sin otros hombres y otras mujeres. Nos necesitamos para seguir existiendo, por eso seguimos juntos por el pasado que nos cuentan. Tenemos que volver a contarnos una y otra vez las experiencias de nuestros antecesores, para nunca olvidar su existencia y su aprendizaje. ¡Oh, los cantos, oh, los poemas, oh, los cuentos!

Cantemos una y otra vez, con ese lenguaje tan propio de los virtuosos, lo que se manifiesta desde antes del origen hasta nuestros días, del tiempo fuera del tiempo. Algunos lo llamarán, a este uso del lenguaje, falacias, dogmas, embustes, mentiras, bien puedo seguir pero aquí me detengo para decirles que se llaman Mitos. El mito es aquello que ocurre en lo sagrado, y lo que en este momento nos importa es la creación de nosotros, y ¿Por qué a través del mito? porque la trascendencia de su mensaje está en aquellos símbolos que no se podrían tratar de otra forma, y esto lo hacemos y nos nace en la naturalidad de nuestra existencia, y es también en su misma incomprensión que nos da algo más, ese algo sagrado. También se nos permite, con los textos míticos, acercarnos a ese plano hermoso de sabiduría ancestral. Es lo que heredamos como especie y sería un mal ignorarlos o rechazarlos por cualquier motivo.

Abrazamos a los mitos ya que en ellos buscamos el principio explicativo de lo real. Así como también el orden donde hubo caos, o del cómo vivir en empatía y armonía, y todo a través de las palabras, así pues, las cosmogonías y las teogonías son significativas para la existencia de los hombres. Los mitos no quieren decir que estén fuera de la razón, y es que esa es una razón, una de tantas, o un razonamiento tan capaz que logramos de forma natural. Dictar o comparar mitología con o contra la razón, es una vulgaridad, es una estupidez, esto va más allá. No se trata de eso. Son cosas tan incomparables que en cualquier caso se llegan a apoyar una a la otra, armonías que van de la mano. El mito es la palabra que alimenta el qué de nuestra existencia.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Ilustración: Escena del pozo en Lascaux. (En ella un hombre yaciente con cabeza de pájaro, junto a un bastón coronado con una figura también de pájaro. Frente a él un bisonte malherido por unas lanzas, en actitud de cornear o haber corneado al hombre-pájaro y al que se le escapan del vientre los intestinos.).

Cosmogonía. Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Te cuento, madre,

lo que un hombre viejo me contó.

Yo dormía y a mis sueños vino.

Él era delgado y arrugado,

me veía con sus ojos miel.

Me pedía que me acercara a escucharlo.

Hijo, me dijo,

vengo a contarte algo que quieres oír.

Así que atiende mis palabras y escucha;

“Aún no era yo,

y sabiéndome que lo era,

fui y soy.

Siendo yo,

no había nada más.

Nadie más que yo.

Entonces me escuché,

entendí que también era palabra,

y de mí, salió la voz.

«Yo soy y esta es mi voz.»

Me dije y con su ruido en la nada

iluminó el universo infinito que creaba.

Admiraba mi creación

y en ella miré tu existencia, hijo.

«Tú eres Víctor.»

Te nombré.

Y serás en el tiempo.

Contigo estaré, seremos y soy.”

Eso me dijo y el hombre viejo se marchó.

Al despertar lo he considerado

y por eso acudo a ti

¿Es cierto, madre?

 Y tú sólo me dices;

De nosotros somos.

.

Somos el origen

me respondo.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Ilustración: William Blake. El anciano de los días. 1794.

Es esto que nace. Pablo Jara.

¿Qué es este universo infinito de cuyo principio y final no sé absolutamente nada?

¿y que es mi vida en este universo infinito?¿y cómo debo vivirla?

sólo la fe responde a estas preguntas.

Lev Tolstoi.

El uso de la razón produce monstruos.

Francisco de Goya y Lucientes.

En cada revolución, en las entrañas de su ascenso también se ha encontrado el presagio de su caída, civilizaciones han desaparecido, imperios han caído, y es lógico, la revolución debe ser constante, avanzando, acabando con las  épocas, y es que se habla de la primer revolución, la razón, esa supuesta superioridad del sapiens, esa que tantos logros nos ha traído como especie, revolución antes que evolución, y sin embargo nacimos en el desamparo, la razón nos llevó a los mitos, nos abrazó a ellos, nos ató a la duda.

No es tan complicado imaginar a los primeros hombres tratando de explicar su existencia, nada a que ampararse, temerosos de la vida, días grises bajo cielos azules, miedo al cerrar los ojos por las noches, inertes ante lo inexplicable de su alrededor ante esa naturaleza tan irracional. Tal vez lo complicado es imaginar cómo es que llegó esa primer pregunta, ¿que soy?, y de ahí miles más, tratar de aferrarse a algo, de explicar su ascenso y supremacía sobre las demás especies, hombres diminutos acabando con bestias, peleando a muerte para vivir, siendo los elegidos, dominaron el miedo, lo sometieron a dioses.

Tantas veces el miedo ha sacado adelante al hombre, y sin embargo se ha sometido a ideas absurdas con tal de vencerlo, y sin embargo nos unimos por miedo, jugamos con el miedo, nos jodemos por miedo,  nos toleramos por miedo, y así mi religión me explica y me justifica,  me aleja de todo males, solo tengo que cerrar los ojos y creer porque la razón no me sirve ante mi dios, desde el primer hombre supuestamente racional, hasta estos días seguimos aferrándonos a lo desconocido, al chismorreo divino, cuando creemos conocer más, más miedo nos da lo desconocido, ya la historia lo ha demostrado, la razón ha sido oscuridad, dos más dos ha resultado en cinco, no importa lo racional, no importan las creencias, no importan las respuestas, las preguntas son las que en verdad nos sostienen, hemos creado divinidades de ellas, nos hemos creado, al nacer vemos la visión final de la nuestra caída, como los grandes imperios, la duda es mi dios porque preguntarse es filosofar y filosofar es aprender a morir.

Pablo Jara.

*Ilustración: El sueño de la razón produce monstruos, grabado n. 43 de Los Caprichos (1797-1799).