Al escribir. Víctor Ávila.

Sí, claro; la prisa de un teclado es funcional, más no es su beneficio natural.

No pasará mucho tiempo, para caer en la torpeza, de cierta falta de destreza.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Jan van Eyck. Heilige Barbara van Nicomedië. 1437

Al lector. Charles Baudelaire.

La necedad, el error, el pecado, la avaricia,

Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,

Y alimentamos nuestros amables remordimientos,

Como los mendigos nutren su miseria.

 

Nuestros pecados son obstinados, blandos nuestros arrepentimientos;

Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,

Y entramos alegremente en el camino cenagoso,

Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

 

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto

Que mece largamente nuestro espíritu encantado,

Y el rico metal de nuestra voluntad

Es vaporizado por este sabio químico.

 

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!

A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;

Cada día descendemos un paso hacia el Infierno,

Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

 

Como un libertino pobre que besa y muerde

el seno martirizado de una vieja ramera,

Robamos, al pasar, un placer clandestino

Que exprimimos bien fuerte como una naranja vieja.

 

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,

Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones

Desciende, río invisible, con sordas quejas.

 

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,

Todavía no han bordado con sus placenteros diseños

El canevás banal de nuestros tristes destinos,

Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

 

Pero, entre los chacales, las panteras, los perros de caza,

Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,

Los monstruos chillones, aullantes, gruñientes, rampantes

En las jaulas infames de nuestros vicios,

 

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!

Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,

Haría complacido de la tierra un despojo

Y en un bostezo se tragaría el mundo:

 

¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,

Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,

Tú conoces, lector, este monstruo delicado,

—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!

 

* Charles Baudelaire (1821-1867) Nace en Paris, Francia. Poeta.

** Simon Bening: self-portrait. 1558

La poesía es un lugar sin letra. Mirta Rosenberg.

Hay lo que hay, y es todo:

un hotel en Santa Ana, Uruguay,

con el Río de la Plata sin lodo -lo esencial

es que haya playa y árboles y plantas,

más pájaros que cantan-. Casi solas

miramos las olas que el viento sur levanta. Nada hay,

ningún quehacer salvo mirar, ver

y ponerle apellido a cada cosa, por no saber

cómo se llama: arbusto de jardín o pajarito

de pecho anaranjado. Y para leer, si caminamos

sólo están los nombres de las casas

-De enero a enero, Rincón soleado-,

la patente de un auto que pasa

y la caprichosa signatura

de alguna nube oscura que inventa un contraluz.

Eso, o en tu caso, entregarse a Proust,

flotar a la deriva en agua extraordinaria,

precaria y transitoria aunque segura

-la historia de la literatura-

y cruzarse a otra orilla desde ésta,

perfumada de eucaliptus y de gramilla verde

recién cortada, y hacerse vieja en otra parte

donde lo que se pierde acaba por ser

pura ganancia.

 

Mirta Rosenberg.

*Mirta Rosenberg (1951-2019) Nace en Rosario, Argentina. Poeta y traductora.

 

 

Cuaderno de poemas. Thomas Bernhard.

No muchos mueren

por una casa

en el desierto

o por un árbol seco.

No muchos mueren

por cenizas

que fueron fuego,

por el vino

de un rey destronado

o por los incendios

para celebrar

a un caudillo.

No muchos mueren

por otro,

cuando las semillas vuelan

y en la primavera

muerte y aves

ennegrecen cielos claros.

No,

no muchos.

 

Thomas Bernhard.

*Os Bebados. De José Malhoa.

Lágrimas tibias. Cecilia Ávila.

¡No amenaces, vida!

Tengo miedo pero no pretendas secar mis manos. No me hagas polvo. Mi vínculo es fuerte pero a mi corazón le hace falta calor. Lloraré sobre el barro que está duro en mis manos para que se remoje y se disuelva mi temor.

¡Mira!

Ya siento el sol.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

*Thomas Cole. Una casa el bosque. 1847.

Summertime, Charlie Parker. Diego Estrada Gutiérrez.

Miestras lees, escucha aquí.

El año era 1960, caminaba desolado por las calles de París. Mi más fiel compañera era la rata de alcantarilla que me seguía desde la Rue Saint-Martin. La lluvia constante y el fango en mis zapatos, hicieron imposible que regresara a mi apartamento, entré en un café; pedí un poco de vino, el más corriente y barato que tuviesen a la mano, en realidad sólo hacía falta embriagarme un poco y la lluvia era una buena excusa para hacerlo. El mesero abrió el vino, derramando un par de gotas en mi camisa amarillenta y gastada, y de manera casi autómata recitó, con una voz tan ebria y un acento tan parisiense que apenas pude comprender “reserva del 48”, a lo que respondí: “excelente año, la mayoría de mis amigos fueron enterrados en ese año”.

En realidad, mi intención no fue ser grosero con el mesero, pero es indudable que fue un buen año. Hace que elegir un año de todos los anteriores sea sencillo, siempre ocurre, como saben, que la gente suele preguntar sobre qué hacías cuando la guerra estalló, o donde estabas cuando la guerra cesó. Para mí, el año 1948, era excelente pues ponía sobre la mesa el año en que todos mis amigos, a excepción del viejo García, fueron enterrados en ese barro fangoso, en que sus descendientes jamás los encontrarían y en que su luto duraría siglos.

Después de un par de botellas de vino salí de ese horrible café, que al parecer era mi favorito pues siempre terminaba en él, bebiendo ese odioso y barato vino. Seguí caminado, hasta mi apartamento en la Rue de Montmorency, limpié las suelas en el asfalto frente a mi apartamento y entré. Al entrar vino a mí ese olor tan característico que anunció mi llegada, parecía un excelente y horroroso día para escuchar a Charlie Parker, así que lo puse.

Me quité el pesado abrigado mojado y me dispuse a recostarme sobre el amarillento y quemado sillón que tenía en mi departamento. Prendí un cigarrillo, y mientras me quedaba dormido, soñé que despertaba, que despertaba en un lugar terrible y caluroso, con cortinas negras, paredes pálidas y un idioma obsceno, un idioma que al día de hoy sigo hablando.

 

Diego Estrada Gutiérrez.