Las lluvias más siniestras. Víctor Ávila.

A Efrén Ávila Moreno.

 

Un hombre de baja estatura, que se llama Friedrich, ve desde su ventana que la lluvia era intermitente y cálida. Que la lluvia regaba a la calle y emanaba calor junto con la tierra que enlodaba a las paredes. Veía que las brisas salpicaban a los árboles en donde los perros se refugiaban empapados, lamidos de su pelaje con los ojos abiertos; están confundidos. El ruido que produce la lluvia en su caída es apretada, como no queriendo llegar al suelo, pero caía en un ruido armonioso. El viento también se oye silbar sobre su ventana que es un cuadrado grande, un marco de madera divido en cuatro con su cristal, pálido, antiguo, casi cadavérico.

Las gotas golpean sobre la ventana y la hace temblar. Friedrich se estremece pero no se aleja, sigue lloviendo y continúa mirando hasta que suena el reloj en medio de la sala anunciando la hora. Friedrich se siente interrumpido y mira el reloj. Arquea sus cejas, el minuto pasado le pareció corto de tiempo. No sintió lo que un minuto dura con regularidad. Friedrich presiente que le han robado un minuto antes de la hora. Quizá por tres o cinco segundos, una exageración supone. Friedrich prende el cigarro que saca desde su abrigo, recuerda que la lluvia vino de repente. Friedrich vuelve a sumirse en sus pensamientos con la lluvia, sobre su ventana y suena el reloj anunciando la misma hora.

Alguien está hurtando el tiempo de Friedrich y él lo sabe.

La lluvia empieza a insistir, a querer llamar la atención de su observador, pero él fuma y mira el reloj, lo reta a que se mueva rápido, ahora sabe que no fue por cinco segundos el último robo, fue por veinte segundos, treinta segundos ¿medio minuto? ¡Medio minuto: un minuto! La lluvia pierde fuerza con lentitud, ya no requiere más su atención, pero el pobre de Friedrich la extraña y mira hacia la ventana dejando de ver el reloj que ahora vuelve a sonar la misma hora anunciada. Lo que antes se le conocía como minuto ha pasado una vez más.

Friedrich se siente inquieto ¿asustado? Sí, tal vez más que eso; está temeroso de que el tiempo se vuelva algo que no tenga medida. Algo triste que no tenga nombre, un nombre así, como la lluvia, la lluvia que ahora sucede en la calle y que él no alcanza a ver. El reloj suena igual. Ya sabemos lo que significa, pero Friedrich no.

La estatura de Friedrich le impide alcanzar el reloj. Lo quisiera tomar y aventar por la ventana, no importa que se rompa, así la lluvia entraría a poner orden al tiempo. A estas horas el minuto dura quince segundos, ¿Quién es el ladrón? Quizá no haya ladrón y el tiempo juega con los hombres pequeños. Quizá sea la lluvia que se escucha en la calle. Suena el reloj y una vez más tortura a Friedrich.

La locura es algo inevitable en momentos así y Friedrich grita sandeces. Le grita a la lluvia, le grita al tiempo y le grita al reloj que vuelve a sonar para recordarle qué un minuto más ha pasado. El tiempo parte.

Friedrich saltando apenas cabe en un minuto de cinco segundos.

El minuto de cuatro segundos cae con la lluvia.

Un minuto sucede en tres parpadeos.

Suena el minuto, suena otra vez.

Friedrich es un segundo.

Friedrich era.

Afuera, todavía, la lluvia mojaba la tarde y humedecía a las personas: las plantaba en la tierra y les brotaba cualquier fruto en sus rostros serios, cualquier flor.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Alice Neel. Robert Smithson. 1962

** Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

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