Con ánimo de amar. Wong Kar-wai. El Conde Filmstrostky.

De ausencia y de presencia se trata este maravilloso film de Wong Kar-wai, de quien está en la escena y de quien no lo está, también de lo breve de cada una y de lo que no se muestra en ella, así como lo que se dicen estos personajes o lo que se callan, también, abarcan frágiles secuencias que son cálidas, como los actores, que desean porque tiene el ánimo atascado.

Como no reconocer los estilos de otros directores, o la estética de lo latino, la música latente de lo universal que responde al llamado del amor… y la fragancia de la lluvia eterna con la que los protagonistas se empapan. Un clásico que anima, pero no a amar, sino a mirar desde lejos.

4/5 Estrellas.

 

Pd.- Perdonaran mis empalagosas palabras pero esta película tocaron mi particular corazón de Conde. Aun así, mi odio por sus pésimos gustos, queridos lectores, existe.

El Conde Filmstrostky.

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Despedida. Rabindranath Tagore.

El arco dice bajito a la flecha, al despedirla: tu libertad es mía.

 

* Rabindranath Tagore (1861-1941) Nace en Calcuta, India. Filósofo del movimiento Brahmo Sama. Poeta, músico, novelista, compositor.

** Diana the Huntress. 1896.

Por cada cosa. Melina Aldana.

Últimamente he pensado en la muerte y de un modo distinto, no como cuando se me estruja el corazón pensando que mi vieja pronto partirá, mi tabaquismo ha echado sus primeras raíces, mis pulmones están llenos de flema, no puedo respirar, no puedo dormir, pienso en todo aquello que he ahogado por omisión, por cobardía y por culpa. Me duele el fracaso, la familia, la falsa amistad, las pausas del amor, el bebé que no está. -Tranquila- , el hombre está hecho para soportar cualquier evolución, si eres fuerte sobrevivirás. Una pequeña mano roza con la mía, la aprieto con fuerza, suspiro y siento mucha paz. En mi lecho de muerte me gustaría que los puños sagrados de mis hijas se abrieran, soltando el polvo que alguna vez fui, moverme con las ráfagas del viento libremente, llegar a la madurez absoluta, ser recordada por cada cosa buena que habitó en mí.

 

Melina Aldana González Aldana

* Auguste Toulmouche 1829 –1890.

Los veo con estos ojos. Víctor Ávila.

Saben quién soy yo: soy el hombre moreno, alto y de linda sonrisa que mira con ojos inquietos todo lo que está a su alrededor. Supondrán que sospecho demasiado, pero lo único que hago es observar, entonces la naturaleza de las cosas se refleja ante mí y veo, en cada uno de ustedes, a sus afligidos espíritus amarrados a la pared de la vanidad. No puedo salvarlos, ni siquiera puedo hablarles o acercarme porque me desconocen como perros cegados por el hambre, me quieren morder y yo no quiero ser mordido, entonces, eso me pone indiferente, camino y los olvido pronto, muy rápido cuando algo delicado pasa y distrae mi mirada y mis pensamientos… Pero hoy tengo compasión y voluntad hacia ustedes y les traigo estas palabras, porque que me doy cuenta de su anodina presencia en el universo y ante mis ojos están a salvo pues doy fe de su existencia ante la verdad que nunca quieren detenerse a observar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Ilustración: Roman mosaic, Zeugma.

De los dichos. Salinas Ulloa Portugal.

De esa agua no he de beber. Dicen que no debemos decir, porque el pez por su boca muere, tal como dice la dicha, cae más pronto un hablador que un cojo, tal como dice el dicho. Somos nuestro propio juez, y el tiempo nuestro verdugo.

 

Salinas Ulloa Portugal.

*Ilustración: Bnf. ¿?

Irrational Man. Woody Allen. El Conde Filmstrostky.

Pues qué asco. Es la primera película asquerosa que veo de Woody Allen. Ni siquiera parece que sea su guion o su dirección… mucho menos de su autoría.

Aquí se puede ver una trama que fracasa; con sus personajes flojos, con su guion apático y con su fotografía vale huevos. De actuaciones patéticas, tanto de Emma Stone como de Joaquín Phoenix. Hasta falta de dirección hubo sobre ellos.

Woody no es senil, bueno al menos no lo parece, así que no encuentro la justificación de un trabajo tan culero… Sin embargo, aún tengo fe, ya veremos ese ingenio de nuevo en alguna otra película. Bueno, si es que alguien quiere volver a trabajar con él después de sus ya sabidos acosos sexuales…

… eso sí ¡Pero que sexy es Parker Posey! Me encantaría tener relaciones salvajes y sexuales con ella. Sacudirle esa gran melena que tanto fascina…

 

1/5 Estrellas.

El Conde Filmstrostky.

El nido abandonado. Víctor Ávila.

A Ma. De Jesús Velázquez López 

 

En el cerro de B. han visto a una mujer con rostro de lechuza cabalgar entre los mezquites. Mis hombres y yo vinimos a buscarla. Después habría que edificarle un lugar de encierro, la duda era si también podría volar, suponíamos que no por el caballo.

Al llegar a la costa teníamos tierra y sal en el cabello, nos lo había entregado el aire a manera de bienvenida mientras cruzábamos el océano. Al entrecerrar los ojos no distinguíamos el nuevo mundo, se había comprimido y su dimensión no se apreciaba, sólo las copas de los árboles abrigados por la neblina.

Al desembarcar la tremenda selva nos estremeció.

En las formadas veredas por las que íbamos nos llegaban gotas lentas, dudosas de caer mientras otras terminaban sobre las ramas de los altos árboles. Los simios nos berreaban cerca de nuestras orejas dejando caer frutas y hojas viejas. Las aves eran variadas y yo fui el único que pudo ver de cerca un quetzal del tamaño de mi arma.

En nuestra décima alba, ya en la hondura de la selva donde no escuchábamos a los simios gritar, vimos a unos hombres que raspaban los árboles obteniendo un brebaje espeso y amarillo que mascaban. Nos ofrecieron aguardiente y nos llevaron a otras selvas próximas donde los changos se escondían de ellos, de ahí el sigilo que ya percibíamos de antes… El hombre más moreno tenía una gran precisión con su arma y de un disparo derribaba a los changos que caían cerca de nuestros pies. Los niños los agarraban y los metían a un costal celebrando. El hombre más anciano, ante el júbilo de la barbarie, nos explicaba que no había ave que sonriera más que la que buscábamos. Yo sonreía al escucharlo porque sabía que cada vez eran menos mis motivos para sonreír. Tenía miedo de no encontrar a la mujer con rostro de lechuza. Este temor me tenía en constante vigilia… En el campamento, las mujeres con su pecho descubierto quemaban el pelaje del chango. Les arrancaban las piernas, los brazos y la cabeza, dejaban el torso sin viseras y ya vacío lo usaban como cazuela que ponían al fuego; en ella metían los pies y los brazos, la lengua, los sesos, el corazón y el hígado, la verdura con otras hierbas y raíces, y al final, los ojos del simio mirándonos mientras flotaban en su propio caldo. Un estofado de simio para cenar… El anciano me sirvió el corazón al saber que yo dirigía la expedición. Fue la primera vez que dormí tranquilamente.

Antes del amanecer se acercó el anciano a mi casa de campaña y me llevó a otros árboles. Con su hacha tajó un árbol rollizo y sobre la tierra jugosa, que el sol apenas iluminaba, escribió con una de las ramas los sueños proféticos y sátiras posteriores. Me dijo, no olvides arrullar las alboradas de los propósitos que serán.

Tres meses después, cuando estábamos en la estepa, uno de mis hombres nos despertó ante una tormenta de arena. Nos aterrorizaron sus gritos intermitentes mientras bajaba de alguna duna. Nos exponía entre jadeos y habladurías, nada lúcidas, la pérdida de la amante de mis hombres, que era una mujer del desierto que se acercó a nosotros para darnos medicinas y remedios naturales… después se quedó con nosotros siendo amada por todos, sin contarme a mí, por el devoto amor que tenía por la mujer del rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites. Mi hombre alegaba, anonadado, el motivo de sus gritos “…se ha fundido nuestra maga en el desierto, se ha hecho semilla, hincada en la arena, ahora germina en raíces, escuché su húmedo canto y el vasto viento, me advirtió que venía la tormenta de arena… ¡Aférrense a sus sábanas, tiemblen cuando el viento toque nuestra campaña…! el miedo nos llamará por el nombre que ya no usamos, yo me quedaré a probar el soplo, el aliento malo, lleno de vergüenza, quizá cálido, imposible la piedad del desierto y su desgracia, aquella que puebla cactus ermitaños, que con sus brazos abiertos me quieren recibir y sus espinas rojas se saborean mi carne… Mañana busquen mi otro cuerpo, que será terrones de bronce sobre lo blanco, sentiré las raíces de nuestra maga… Tormenta de arena, su voz llegó, el retorno de escaldar mis huesos… ¡Los he visto bastante tiempo caminando sobre el desierto que el búho vigila…!”. A mi hombre lo perdimos. Se sujetó toda la noche a un cactus que dio un fruto después de la tormenta, una tuna de color sangre, sangre de toro. Su cuerpo nos señalaba, en el perpetuo reposo, a un ave nocturna que nos acechó con su vuelo las próximas noches… Por fortuna aún teníamos remedios y magia para curarnos de los imprevistos.

Al acercarnos a la aldea que calzaba el cerro de B. nuestras leches de cactus se estaban terminando. Habíamos dejado el desierto atrás y el encanto acrecía por mi mujer de rostro de lechuza que cabalgaba entre los mezquites…

La comunidad del cerro nos recibió con nuevos remedios y me descubrí en medio de una conversación con una anciana que cantaba una oración, Morena cielo claro, me salgo del camino, atajo de tu vulgaridad, dolencias, fresas y aguardiente, encantadora es tu vanidad… rezaba mientras a lo lejos podía escuchar la cabalgata nocturna de mi mujer rostro de lechuza y continuaba… Me destierro, huella de tu agresividad, azucenas bajo el mezquite, predecibles tus senos, visibles tus pezones. El ave nocturna también volaba sobre nosotros y parecía reconocer a la anciana… Quisiera pedir amparo, temor de mi espíritu, súplicas, nubes bailando entre tus manos; ronroneo en tu vagina… Calló la vieja y del cerro un retumbo hizo sacudir nuestro pecho. Mis hombres y yo escuchamos atentos la pompa que crecía en el cerro: parecía ser veinte mujeres cabalgando… Pero la anciana confirmó que era una sola mujer con rostro de lechuza y después acabó su canto… Morena cielo claro, demándame, yo espero, gracia, leche en mesa, en tu agua salada clamo: todavía sigo con vida.

Al clarear el día ya íbamos subiendo el cerro de B. Mis hombres estaban preparados para posar sus miradas en ella, marchaban atentos y satisfechos por la leche de cactus.

Al medio día estábamos llegando a ciertas alturas del cerro donde se escuchaba el principio de una agresiva querella. Otros hombres, aborígenes de desconocidas vestimentas, pretendían pelear por la conquista de la mujer de rostro de lechuza. Venían contra nosotros. Mis hombres y yo encaramos la contienda. Los aborígenes con la lengua de fuera, empuñando arco y flechas con sus dedos, volvían a ser las hormigas que encumbraron por vez primera la tierra, y sólo derribaban a pocos de mis hombres. Nuestro fuego los apaciguó lentamente con mucho esfuerzo, matando a varios de ellos, mientras otros huían y otros tantos se reorganizaban en las faldas del cerro… En la cima del cerro logré ver la prisión de mí amada mujer de rostro de lechuza: eran cuatro bardas de grandes piedras… Llegábamos a la cumbre y ahí estaba mi mujer, la pude ver cabalgado en círculos, cautiva por su peculiaridad. La observé hermosísima: su cuerpo moreno desnudo y un rostro de lechuza tan blanco y resplandeciente por la luz rosada del atardecer. La brevedad del asombro fue interrumpido cuando una horda de flechas descendía sobre el cielo rompiendo el viento, derribando al búho que nos acechaba, silbando con ferocidad su caída. Algunos de mis hombres, incluso hasta yo, le gritábamos a la mujer ¡Brinca el muro, salta la barda! Ella lo intentó con una galopante sonrisa y el caballo obedeciendo hizo muecas para tratar de conseguirlo, obviamente no lo lograron y cayeron. La cara de la mujer se desplumó en el suelo. Al llegar hasta ella, no vi temor, sólo la angustia de su extinción, lloró en mis brazos y me habló: Te abrazo a ti, para que me aprietes, porque puedo ver la luna más de cerca y más llena, más blanca, como lo blanco de tus ojos, como la leche que pinta mi nombre en tu labio superior. Su corazón se detuvo, vi su calma y sentí la mía, después un estupor por no saber nunca jamás su nombre.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Cuento publicado en el libro “Las raíces de un oasis”. 2018.

** Pintura: Paisaje con aves. Roelant Savery. 1628.