Hail, Caesar! Ethan Coen, Joel Coen. Víctor Ávila

– ¿Qué más puedo decir de los hermanos Coen?

– ¡Qué los tiempos son dorados, para ellos y los suyos!

– ¡Qué la gloria, de sus guiones y de sus producciones, siempre será un goce para los que disfrutan de su cine!

– Bravo por el hilarante tributo a la industria cinematográfica.

– ¡Salve, los Coen!

-¡Salve, Frances McDormand!

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

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Purgatorio. Melina Aldana.

Para los que elegimos vivir aquí la compasión es algo difícil de homologar. Hay individuos de corazón puro y de memoria selectiva que parten rápido de este lugar, pienso que deberían meditar, su ligereza al pensar hace que no se percaten que traen una cadena, nunca serán libres en su totalidad. Por otra parte también hay pusilánimes, escorias sociales, lo peor de lo peor, gente que jamás sabrá de compasión y que va por ahí mermando, succionando lo que puede de otros, como sanguijuelas, se creen astutos, pero aquí nadie puede esconderse, todos llevamos una mancha negra de diferente tamaño, sus presencias son fugaces y se disuelven como cenizas. Nosotros preferimos estar en centro y a la mitad de todo, por eso nos quedamos aquí para siempre, donde existe la justicia y la expiación.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Two Million Wondrous Nature Illustrations.

 

Piel con piel. Anónimo.

La tensión comenzó a sentirse desde que iba bajando las escaleras y brevemente nuestras miradas chocaron, aún con la distancia se podría divisar que él estaba ansioso por mi llegada, yo de igual manera iba nerviosa por no saber cómo actuar frente a sus amigos; estábamos a no más de un metro de distancia y él procedió a despedirse de sus amigos lo cual fue un alivio para mi pues yo no podía hacer más que sonreír ante la inquietud.

Finalmente nos fuimos de ese lugar, no habíamos dado más de quince pasos cuando noté en su forma de hablar su total nerviosismo era más que el mío, no podía conectar palabras o ideas, era todo trabas y risas.

Comenzó nuestro viaje, salimos fluidos de la institución, la confianza se iba dando sola y la plática fue más natural. Llegamos a un establecimiento dedicado a la venta exclusiva de alcohol, compró unas pocas cervezas para continuar el viaje,  cuando por fin llegamos a nuestro destino yo moría de frío así que me ofreció meternos a la casa que en realidad era una simple pero acogedora habitación; lo primero que observé fue la cama y un vago pensamiento jugó sucio conmigo, pude imaginarme en medio de la cama desnuda esperando por algo…dos segundos después recobre la razón.

Me incorporé junto a él en un sillón para dos personas, me dio una cerveza y tomó otra para él… ¡Mierda! No sé si era la situación o el sabor de la cerveza pero parecía que nunca había probado una tan buena como esa, contemplaba su perfil mientras bebía su cerveza, se podía notar como el líquido bajaba por su garganta y él lo disfrutaba, no parábamos de reír como si la risa pudiera bajar la tensión que teníamos, ambos sabíamos lo que iba a suceder a pesar de que nunca se habló del tema.

No tengo idea de que estábamos hablando cuando el volteó un poco y un pequeño impulso me llevó a picarle el costado del abdomen, lo había hecho sin ninguna intención simplemente por hacerlo…tal vez fue una mala idea ya que optó por la idea de desquitarse provocándome cosquillas, esa sí que es una idea mucho peor pues soy una persona muy sensible y ansiosa, no pude evitar retorcerme, me movía a lo largo del sillón buscando refugio y de alguna manera lo provocaba a él. De un momento a otro el ambiente cambio, la temperatura aumentaba por sí sola, se escuchaban los jadeos de ambos, se aprovechaba de mis movimientos continuos; finalmente se detuvo, estábamos frente a frente y sin pensarlo nuestros labios se juntaron y poco a poco los besos se fueron volviendo más intensos, se sentía la necesidad…necesidad de piel con piel.

En una milésima de segundo me tomó de la cintura y me puso sobre su regazo, aún logro sentir sus manos recorriendo mi espalda, bajo el escote de mi blusa, con el deseo de arrancarla…

 

Anónimo.

* Johann Heinrich Füssli.

Un presente, un regalo. Víctor Ávila.

Me regalo

el pan dulce;

un tierno bizcocho,

que ya sin colmillos

y con azúcar de sobra,

puedo sentir en la lengua

el inofensivo sabor de su gracia:

de lo dispuesto, del novel melindre,

que me hincha el ego.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Georgia O’Keeffe – “Lirio blanco nº 7″ (1957, óleo sobre lienzo, 102 x 76 cm, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid).

Saltos intermitentes. Víctor Ávila.

Con gracia se movía el autobús, dando saltos intermitentes entre cada bache, los pasajeros moviendo la cabeza afirman el camino. Dos señoras, sus enormes pechos que rebotan y rebotan, después, vuelven a rebotar. Entre brincos, solicito la parada para terminar con aquella carrera de obstáculos entre dos personajes de Botero.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Mujer leyendo, Fernando Botero.

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

Loveless. Andrey Zvyagintsev. Víctor Ávila.

No lloré, no era necesario, para eso estaban esos personajes afectivos, sombríos y de cierta forma absurdos. Lágrimas, gotas sucias y frías se veían en la pantalla. Harto de ese convivio de penas, me sobraba el hastío y me empachaba pronto. Tampoco me sentía muy bien del estómago: un tequila, una cerveza y dos copas de tinto, a la hora del queso y de la carne asada, me calaban como un metal en el esófago. Mi papada regurgitaba y en gutural sonido repetía la palabra loveless, loveless… Un eructo y en definitivo, no era tan shiraz y del bobal lo ignoraba, así que castigado, debajo de la butaca, permaneció ese tinto, ya no quería beber de esas mieles. Entonces se asomó, desde la bolsa de mi esposa, el agua mineral. La hurté. Las sales me hacían sonreír y mi lengua vibraba con la música, con el sonido de un piano con el que iniciaba esta bella película. Esto es un drama, un gran ejemplo, con grandeza en sus diálogos, sólo eso.

Ya lo habíamos visto, con Leviathan, allá por el 2015. ¿Recuerdas? Le preguntaba a la chica de un lado. Lo recordaba y me sonreía con los chocolates de menta en su boca. Le beso y la azúcar me empalaga, me despierta y grito dentro de mi cabeza ¡Qué chulada de películas hace el tal Zvyagintsev! ¡Ay qué buen pedorro tiene la mamá del niño! Algo, dentro de mí, afirma lo que digo.

Qué triste que se acabara la película justo cuando mis amigos ancianos apenas conciliaban la siesta en el sopor de la sala, en esta sala, la más pequeña de este cine: la mugrosa sala donde me gusta sentarme en la fila E.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.