Los consejos. Víctor Ávila.

Hasta de mí

deben de desconfiar

cuando un consejo se les da,

Paul lo dijo más de una vez;

“El que confía en imbéciles,

termina comportándose como un imbécil.”

¡Vaya, usted,

a saber la verdad!

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Susana y los viejos. Massimo Stanzione.

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La llegada. Anónimo.

Despertar: 6:00 a.m. la alarma cada 5 minutos y, ¡ya es hora!, alistarse, salir antes de la media, dos te amo, la misma bendición.

Hoy sin combustible y la alerta roja en el trabajo, ¡no tardo! Fin de la llamada. Vuelta a la glorieta y esperar otro semáforo. Mi rutina acompañada de migraña transcurre normal; mi padre y su rutina también, lo de costumbre… mi cabeza va a explorar, tratar de sonreír, disimular que todo está bien, los trastes se acumulan, la mañana más larga de mi vida, no hay tiempo para un bocado, escalofríos. A medio día la calma, mi cabeza en la mesa y ahora otro medicamento, mi madre me salva la vida. El trabajo ¿termina? No hay más, 2:29 ¿lista? 2:40 hay que volver, después de comer por fin en paz, de nuevo en el tráfico, y en mi mente, ya quiero verte, un par de pendientes más y llegará la hora, espero con ansias esos brazos de desahogo, el día casi termina pero estaré bien en ese lugar que me consuela, que me da paz ahí, en tu mirada…6:42 p.m. la lluvia, llega la noche, llueve aun y, mis ansias se alargan 24 horas más.

 

Anónimo.

* Saul Leiter. Rear window. Paris. 1960.

Perfect Blue. Satoshi Kon.

No había visto este anime de Satoshi Kon, pero suponía qué, por ser el mismo director de Paprika: el reino de los sueños, sería al menos entretenida, y además, ya un mítico prestigio la acompañaba. Tampoco leí la novela homónima de Yoshikazu Takeuchi, no era para tanto, así que mi compadre y yo, al calor del carbón y con tremendos salchichones al fuego vivo, la vimos.

Las salchichas se tardarían un poco en tener la textura que nos gustaba: hinchadas y con su capa achicharronada, así que iniciamos la película con unas enchiladas potosinas que desaparecían rápidamente en la boca de mi compadre, al que le explicaba, que había tres pilares muy marcados que los otakus siempre platicaban sobre este anime: “fanatismo, acoso y terror”. Era lo único que yo sabía sobre el tema y mi compadre opinaba que había un loco por ahí, sabía eso y (al parecer) nada más. Hablaba él, y yo también hablaba, cuidaba las salchichas y las volteaba mientras el anime seguía, parsimonioso y cuidadoso avanzaba, la música ayudaba a saber dónde poner atención, los gritos japoneses comenzaban a horrorizarme, sabía que esto ocurriría, pues se trataba de un anime del año de 1997 donde los audios eran una situación escalofriante.

Terror y fanatismo, cierto era, vaya que sí, luego estaba el acoso, latente, el mismo maldito acoso que yo hacía también, constante y sonante, a las salchichas para asar, entonces ahí mismo, con las pinzas en la mano, me sentí Me-Mania y creía entenderlo todo, me veía en esa fragilidad de mi cargo, de mi ocupación, de lo que yo hacía… ¡La identidad! Ya gritaba mientras mi compadre susurraba que pusiera las tortillas. En ese ilusorio drama caía olvidando que se trataba de un anime… Me involucraba, una y otra vez sin remedio.

Cerca del final apenas sonreímos cuando ya teníamos nuestras salchichas en la mano o en la boca, entonces, me di nunca de que nunca nos acordamos del chimichurri que tanto daño nos hacía, también supe, o creía saber, lo que sucedía con Mima Kirigoe, pero no, ocurría algo más, me detuve y miré a mi compadre absorto en su cena, triste masticaba, reflexivo lloraba y yo pensaba en el empacho; confundido y lleno de asco, por la falsedad a la que nos sometemos.

No recuerdo el final de Perfect Blue, ni siquiera mi compadre, ahora que lo pienso mejor, tampoco recuerdo el final de la noche, repaso y no veo a mi compadre despedirse, mucho menos, mirarme a los ojos después de que lloramos.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

Flores negras. Julio Flórez Rea.

Flores negras

 

Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,

en el fondo de ésta alma que ya no alegras,

entre polvo de ensueños y de ilusiones

brotan entumecidas mis flores negras.

 

Ellas son mis dolores, capullos hechos

los intensos dolores que en mis entrañas

sepultan sus raíces cual los helechos,

en las húmedas grietas de las montañas.

 

Ellas son tus desdenes y tus rigores;

son tus pérfidas frases y tus desvíos;

son tus besos vibrantes y abrasadores

en pétalos tornados, negros y fríos.

 

Ellas son el recuerdo de aquellas horas

en que presa en mis brazos te adormecías,

mientras yo suspiraba por las auroras

de tus ojos… auroras que no eran mías.

 

Ellas son mis gemidos y mis reproches

ocultos en esta alma que ya no alegras;

son por eso tan negras como las noches

de los gélidos polos… mis flores negras.

 

Guarda, pues, este triste, débil manojo

que te ofrezco de aquellas flores sombrías;

Guárdalo; nada temas: es un despojo

del jardín de mis hondas melancolías.

 

*Julio Flórez Rea (1867-1923) Nace en Chiquinquirá, Boyacá, Colombia. Poeta.

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*** Claude Forthomme, Darfour la tente des refugies.

Odio que seas tú. Emilio Cabral.

¡Maldita sea! Te amo y no lo soporto, no recordaba cuán difícil era enamorarse pero maldita sea, ¿Por qué de ti? Eres alguien completamente diferente a mí, logro sentir tu desprecio en numerosas ocasiones, tus respuestas cortantes, tu cara seria sin mucho que decir, gestos de disgusto, parece que todo es cuando tú quieres, cuando te da la maldita gana y cuando te veo y me hablas no me aguanto, te contesto al instante, me preocupo por ti, odio cuando me dices que no, odio que me llames amigo, odio tu puta indiferencia, odio tanto de ti que amo todo lo demás, tu mirada, tu voz, tu jodida forma de ser, amo que no me des alas, que la indiferencia nos una más de lo que nos separa, es un va y ven de a ver quién tiene más orgullo, de saber quién es el primero en caer, maldigo la incertidumbre de lo que pasaría si te digo que te amo, que cuando no te hablo te extraño, me encanta cuando salimos, amo que nuestras platicas no tengan mucho sentido y sin embargo no tienen fin, que nos peleemos sin razón y nos importe tanto… Odio haber encontrado un nuevo amor y amo que seas tú.

 

Emilio Cabral.

*George Tsui.

La higuera del señor que vendía manzanas. Víctor Ávila.

Su anciana mujer salió de la casa de abobe para recibir la mañana, esperado a que él se marchara a trabajar. Sobre la tierra mojada, por la brisa matutina, madrugadora, posaban unos higos caídos por el viento de la noche; el viento ligero soplaba y silbaba a discreción, tumbando a los higos maduros y dejando a las brevas soportando con su fuerza mínima aquel desprendimiento de su dadora de vida; la higuera.

Su anciana mujer regresó a la casa por un canasto de mata, amarillo y gastado. A pie de la higuera ella observaba a los caídos, dudando y cuestionando a los aún colgados. Se agachó por un higo con un dolor de viejo vivido, lo echó en el canasto, volvió a agacharse, tomó otro y lo dejó caer en el canasto.

Él salió de la casa de adobe, desmontó la bicicleta de una de las paredes y miró a su anciana mujer recogiendo los higos, tosió con la intención de dar a entender que ya se iba.

Ella mirándolo empezó a santiguarlo con una oración, persignándolo con una mano al aire y la otra con un higo. Él se alejaba, a paso lento, como queriendo que acabara la oración antes del que él llegara al camino.

Se subió a la bicicleta mirando la caja de manzanas, amarillas, grandes, llenas de vida, hasta que debajo de una de ellas, escondida y discreta, vio a una con una leve mancha de color café, el café de podrido, el café que desfavorece, el café de “ya se jodió”. La tomó y la aventó sobre el arroyo que acompañaba al camino rumbo al pueblo.

Revolvía las manzanas de la caja para buscar otra contaminada pero fue en vano, todas gozaban de frescura. No quería, no podía sacrificar más manzanas, el manzano estaba muriendo, estaba malo por la plaga, estaba malo de “ya se jodió”, un año o medio, quizás y lo cortaba, sólo contaba ya con el naranjo y sus agrias naranjas verdosas, el granado y sus exactas y temporales granadas y la higuera con sus simples e indiferentes higos.

Regresaba ya a su casa, con la caja de manzanas igual de llena, pero ahora, por una razón lógica, le pesaba más el camino, le pesaba el día de mala venta, el día de “ya se jodió”.

Sobre cada vuelta de llanta, donde levanta a la tierra estática, sentía un peso de más; el camino era recto aún y se iba irguiendo cuesta arriba cuando se acercaba al arroyo, cada pedaleada le recordaba su hambre, tomó una manzana, le lastimaba el haber aventado la otra y ahora tener que comerse una de las buenas, una que aún mantuviera su color entero, sin fisura, sin daño. Mordía y le revolvía el estómago.

Cuando alcanzó a ver su casa, lejos, sola entre árboles, hierbas y arroyo, se bajó de su bicicleta y caminó hacia ella pensando en un perro, en el perro que ya no estaba, en el perro que ya no lo buscaba, en el perro que “ya se jodió”.

Llegó y volvió a toser intencionalmente, pero ahora era para demostrar a su anciana mujer que ya había llegado.

Retiró la caja de manzanas y montó la bicicleta en la pared. Se sentó en la piedra moldeada que se recargaba casi en la puerta, aún estaba ligeramente húmeda la tierra. Volvió a toser mientras se dirigía pequeñas ráfagas de aire con su sombrero para sofocar el calor interno de su cuerpo. Tosió una vez más, nada, el silencio acompañaba al viento y las ramas que se movían al vaivén producían un suave crujir.

Cayó un higo, él miró la higuera, su anciana mujer yacía sobre el canasto de mata, los higos comprimidos al lado de su cuerpo.

Él regresó la vista a sus manos, a su sombrero, a la caja de manzanas, cerró los ojos, imaginó la higuera y con una mueca de ahogo en su cara se dijo: ya se jodió.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* El sembrador. Vincent Van Gogh.