Ahogarse en su saliva. Víctor Ávila.

El gallo

cada mañana

canta al hombre:

¡eres cosa de tiempo,

y ya es otro amanecer!

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Itō Jakuchū. Hahn.

 

Anuncios

The square. Ruben Östlund. Víctor Ávila.

Desde antes de ver esta película, ganadora de la Palma de oro 2017, la crítica ya gritaba su pueril percepción y, desde esa cueva, aturdía al intelectualismo más azaroso, hasta el pensamiento más ingenuo. Nada justificaba su berrinche, ni su fin como expresión, de hecho, no tenía ni que justificar su veredicto pues pura cagada eran sus dictámenes. Como esta vetusta opinión sobre The square de Ruben Östlund. Ya luego contaré sobre “Force Majeure”, una enorme película que vimos allá por el 2014 con una cerveza importada…

Lo que le sucede a la protesta o a la “crítica” a la que se aferran, es la misma causa y fuerza de esta película: la sátira de su pretensión. Tanto de la crítica, como del crítico, tanto del arte como al artista, y además, de que esa terrible carga petulante, lo que lleva la catapulta apunta con amenaza hacia el gran e idiota interesado, ósea, a quién la consume. The square les da su patada en los huevos al artista y al crítico mientras el puntapié en el culo es para el cinéfilo.

No es una extravagancia que el cine, como arte, no cumpla o satisfaga, pues, mientras al cinéfilo le sobré algo de la película, al crítico le falta ese algo. Lo que pierden o buscan, amigos, no está ahí, si no afuera, es lo que está en su vida, es el arte de la verdad o la realidad, como lo retrata bien Östlund. La ironía de creer que el arte, que hacen los demás para otros, es arte.

Pero no temáis falsos Críticos, aun no irán tras ustedes, al menos hoy no, tampoco los cazaran a ustedes, falsos Artistas que aún no los descubren, pero sabemos que ustedes, falsos, están pudriendo el arte, su importe y valor, al menos desde el siglo pasado lo han estado haciendo y por una sola razón: no lo hacen con honestidad, ni con sinceridad, mucho menos con el corazón. Sus lucros, pues es su trabajo, contaminan y envenenan a su gente. No es exclusiva de los suecos esta ironía que expone The square, también en cualquier sociedad, como la mía, la más próxima; donde con descaró vemos repartir una mierda de cultura como cultura y la más penosa arte como arte. Algunos se la tragan otros no. Pero qué se sepa que no es para tanto, al menos no para mí, pues existen otras personas, críticos y/o artistas, íntegros y/o honestos, que no dependen de un hueso para vivir. Así qué el que no nos importé, no significa que lo ignoremos, pues desde la comodidad de nuestros santuarios, vemos este mal chiste, esa farsa suya, con indulgencia y con gracia, pues, ustedes, malos y negligentes mecenas, se ven ridículos cuando al final de la comedia se aplauden entre ustedes, junto con el vitoreo de sus ridículos secuaces. Bueno y desde acá observamos la mierda con la que se han ensuciado sus manos; la mierda con la que salpican a su alrededor, a los suyos y a todos los que se les acercan. Con esa peste serán recordados siempre. No los culpamos, respetamos lo jodidos que están.

Así funciona, la opinión, la pretensión, por esa razón es bello el retrato que nos dio Ruben Östlund y eso sin contar la poca fotografía que nos dio esta vez. Y es que para entender y asumir el arte, su crítica y sus exponentes, como tal, hay que hacerlo con higos y agua mineral. También hay que reír y eructar en la oscuridad de la sala de cine antes que los demás se asomen para ver quién eres y descubran tu motivo.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

La noche que el velador perdió sus lágrimas

El velador no duerme. Tiene que velar por el rancho, no es problema para él; ya ha acostumbrado a su cuerpo a dormir en el día y trabajar en la noche. Ahora, después de su primera comida, que él veía como un desayuno a las diez de la noche, empieza su recorrido.

Una vaca lo mira, la vaca llora. “¿Cómo podría ser que un animal llorara? No eran lágrimas; es sólo agua que sale de sus ojos”. Una mosca se posa en el ojo de la vaca, la vaca pestañea y la mosca vuela parándose en la frente del velador, él la siente caminar, ella baja a su ojo alcanzando a tocarlo, la espanta con la mano, luego se soba. Al frotarse continuamente le comienza a llorar el ojo, se queja de un ardor ligero pero que se vuelve más agudo, él trata de recordar si tenía la mano llena…

Ver la entrada original 1.384 palabras más

Sin título. Melina Aldana.

El despojo de lo burdo me conduce siempre a la sencillez del pensamiento.

A manera de que quito de aquí y de allá se desenredan las marañas y sumando fuerzas, queda lo más honesto lo que da paz y no siempre es felicidad.

Grito mis miedos a las montañas y me guardo en las que se produce un eco. Me gusta pensar que hay espacios libres de indolencia y sé que el amor es la cura de todos los males.

 

Melina Alejandra González Aldana

*Peter Mitchev.

La mofeta famosa se mofa de su fama. Cecilia Ávila.

El bolerito me lustraba la bota mientras se llegaba la hora de ir a dar clases.

Me encontraba con sueño y el calor arrullador del jardín de San Marcos no ayudaba en nada. Para mí era muy agradable.

Veía delante mío la cabeza del niño tan famoso que lustraba zapatos que decidí dibujarlo con mi pie sobre su caja. Tomé mis hojas usadas, sucias y buscaba espacio para un dibujo rápido. Busqué mi lápiz y ahí me sentí feliz. ¡Qué agradable dibujar a esta hora!

Yo no movía mi bota. Pensaba que sería incómodo para el niño, tener que batallar, y si él se movía, la que batallaría seria yo al dibujarlo. Ahí me encontraba yo, bajo la sombra, y el sol perfecto para dibujar. Ambos juegos de luces y temperaturas clásicas en esta tierra. Calor y frío en un mismo momento. Oí que un señor me decía en su rápido andar “¡Vaya, parece real!”. Yo sonreí rápidamente y dije “¡Sí!”. Volví mis ojos al bolerito y le dije en mi cabeza “Obviamente.”. Así, atenta, yo seguía mi objetivo.

Tranquila y en un distinto arrullo me concentraba más y más hasta que un señor muy tímido se me acercó. “Discúlpeme, señorita. La he mirado y me sorprende lo que usted está haciendo. ¿Le gusta dibujar?”.

Si, le dije con mi sonrisa.

Pensé que sería uno de esos señores “saca-platicas-busca-mujeres…” Supuse que ya no podría seguir dibujando si él estaba ahí mirándome. Me pidió permiso para sentarse con todo respeto y,  en automático, dije que sí.

¡Qué facilidad para ser amable! me regañé.

Me sacó plática, muy amable y respetuoso seguía su tema, sabía de lo que hablaba. El señor salió del Esmeralda, casa de grandes artistas verdaderamente buenos y eso me sorprendió. Conforme el charlaba me di cuenta que era sencillo y nada presuntuoso y eso estaba bien para mí. Yo miré sus zapatos y estaban limpios. El platicaba y se mostraba atento a mi siguiente trazo pero yo ya no hacía nada más que jugar con mi lápiz tímidamente. Él supo que me interrumpió.

Como el sol molestaba ya, decidimos ir a la banca de enfrente. Justo ahí, yo veía la espalda del bolerito ya con otros clientes y  volví mi atención al platicón.

¡Vaya! Cuando empezó a decir que él era escultor, pintor y maestro de artes me quedé sorprendida pero no dejé que lo notara. No vaya yo a caer en su trampa secreta y su pretexto destapado para abrir la charla con la bella dama que dibuja en el jardín, ósea yo, era más que obvio.

Le dije “Su nombre ¿cuál es?”  Me lo dijo. No lo conocía. No sabía ni quién era. No hice muecas. Lo dejé pensando en su fama. ¡Ay, por Dios me he topado con un farsante o un charlatán! No sabía si era realmente famoso. ¡Me van a tomar el pelo! Pensaba.

De cierto modo decidí probar su inteligencia y lo puse a prueba con preguntas relacionadas al tema del arte y su estadía aquí en la ciudad. Debo reconocer que el señor sabía de lo que hablaba. Ahí me sentí yo más tranquila. Coincidimos hasta en compañeros y maestros del arte.

“Ok” me dije. Tranquila. Este señor solo quería platicar y le he causado curiosidad, como él dijo. Hablamos de unas personas que ambos conocíamos y reímos un poco. Estaba yo un poco más relajada. Le mostré mis dibujos porque yo me sentía segura hasta cierto punto y él quería verlos. Me halagó un poco. Yo digo que lo justo. Un halago justo. Sin más.

¡Caray! Yo veía mi teléfono por que ya se llegaba la hora de irme. Me pidió mi número y no supe que pensar. ¡El famoso y yo ingenua! vaya tontería. Dijo “Si quieres puedes dármelo, o ¿eres de las que se van a desaparecer?” Miré al bolerito y pensé ¿Qué puede pasar? Se lo di. El me dio el suyo sin preguntar o pedir permiso y lo anoté como obligación. Me despedí y el me dio su mano. Salí casi corriendo de ahí y recordé que no le di las gracias al famoso niño bolero.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

Blade Runner 2049. Denis Villeneuve. Víctor Ávila.

Inició, bostecé, me aburrí y mejor me dormí.

Desperté, de un sueño hermoso, y continuaba la película, lenta y pastosa, también, apestosa, y en la modorra le di otra oportunidad, hasta qué sentí que ciego ya me estaba quedando, entonces pensé, qué algo mejor tenía que hacer con la noche de un sábado, y así, enjundioso y decidido, le hice el amor a mi esposa.

Que buen palo, que mala película. Qué chingue a su madre el guionista.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

Hable con ella. Pedro Almodóvar. Víctor Ávila.

Volviendo al año 2002 cuando a mi discman se le atrofiaba el anti shock al comenzar Politik de Coldplay, a esos días cuando leía esa revista de crítica cinematográfica (una entrevista a Almodóvar donde se aludía a Fellini, “8 ½”, léase en 8 ½ de Federico Fellini) a esos días de calor sutil donde los niños se asomaban desde sus ventanas a gritar lo que sucedía en el mundial de Corea del Sur/Japón… En ese entonces, al fin, se estrenaba la película “Hable con ella” de Piedrín Almodóvar, en esas salas pobres y abatidas de México; salas apestosas donde no había más de cuatro parejas, esparcidas en sus esquinas para sus lascivos propósitos… y ahí, en medio, yo, solo, sin nada que comer pero con una sonrisa en los labios. La música y la cinta empezaban con un singular estilo y me dejé macerar con sus encantos cinematográficos. Entonces ocurrió algo hermoso; vi por vez primera a Leonor Watling y ahí mismo supe que me gustaban las mujeres, pero hablo de las mujeres que se pueden contemplar mientras tienen los ojos cerrados, para ser preciso y es que esto sólo te lo permite la fotografía, o el cine o en un beso, ya sabéis: abrir los ojos, con disimulo mientras besas a alguien y ver los lindos parpados de cerca, oír y sentir la respiración sobre tus labios… Me enamoré de Almodóvar, de sus chicas y de sus nenes: de sus historias. Dios bendiga a ese marica, no a Almodóvar, sino al puto de Benigno.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez