La leche. Víctor Ávila.

El niño Raudel esperaba a que su hermano dejara de mamar la teta de su madre para poder irse a la escuela, pero al hermano parecía no incomodarle la tardanza y mientras succionaba miraba con un gran asentimiento la cara del niño Raudel. Luis ya vámonos, dijo el niño Raudel mientras miraba sus zapatos y bajaba al suelo a abrocharse las cintas. Levántate Raudel te vas a ensuciar, dijo su madre mientras obligaba a Luis a desprenderse de su seno. Pasaron por el zaguán corriendo y su padre les gritó algo que ellos no quisieron oír y salieron aún con más prisa.

En la escuela el niño Raudel miraba a su maestra, con cuidado, sus facciones, era toda una bella mujer; le encantaba; morena, el pelo ondulado que caía sobre su espalda y brincaba cada vez que se movía por el salón. Su olor de perfume barato, pero fragante, estimulaba el corazón del niño Raudel. En ciertas ocasiones ella le recordaba  a su madre, pues el exceso de atención que demostraba a sus alumnos era como si ella viviera con él y sus ocho hermanos.

Mañana sería el gran día en que se irían al campo para hacer una excursión sobre insectos. Era la única oportunidad que tenía para que le diera un beso. Pero tenía varios problemas, uno era que ella había dejado en claro que los que no llegaran temprano se quedarían con la maestra de primero, en el mismo salón de su hermano Luis y con esa maestra gorda de cabellos rizados como los pelos que su papá dejaba ver, entre las piernas, cuando se bañaba con ellos. Y el segundo; era que también corría el riesgo de que si Luis se quedaba mamando teta con su cara de satisfacción más tiempo de lo habitual, llegaría tarde.

Así pues se empeñó en hablar con Luis a la salida de clases. Luis, mañana no te tardes en salir de la casa porque tengo que estar temprano, vamos a salir de día de campo y los que no lleguen los dejan, dijo el niño Raudel. Luis lo miró con detenimiento, y luego respondió un no seco. El niño Raudel pensaba que algo ya tramaba Luis, aunque él no hablaba mucho, debido a su media mudez, se sabía que analizaba y pensaba demasiado las cosas, por esta razón el niño Raudel se asustó más.

Y llegó la mañana siguiente, todo transcurría igual, monótono, el niño Raudel tomó poca leche de su madre y luego fue a mirarse al espejo. Cuando regresó vio a Luis que se montaba en las piernas de su madre, le destapaba el pecho, agarraba una teta, la puso en su boca y cuando comenzó a mamar se giró a ver a su hermano, con la misma mirada de aprobación. Se acercó el niño Raudel a Luis con tal aproximación que se escuchaba como la leche caliente pasaba por la garganta. Vámonos ya, dijo el niño Raudel, pero Luis sólo entrecerró los ojos, paró de beber un momento y después continuó dando una gran succión a la teta, a su madre le molestó el dolor y le dio un golpe con la palma de la mano en la cabeza. Así no Luis, o te la quito, ya sabes, le dijo la madre. El niño Raudel se sintió más desesperado porque su madre comprobaba que todavía a Luis le quedaba otro litro seguro por beber. Esperó y cuando Luis se sació de los nutrientes que le proporcionó su buena madre, salieron corriendo.

Al llegar a la escuela, el salón de segundo ya se había ido al día de campo. La maestra gorda con su cabello ensortijado los vio a los dos y a jalones los llevó hasta el salón de primero.

El niño Raudel se sentía destrozado, tenía las lágrimas a punto de romper en un llanto ruidoso, incontrolable, pero se limitó a planear su venganza contra Luis, que ahora lo miraba con preocupación, quizá no era su intención, quizá sí. Pero ahora la ira le daba fuerza para actuar contra él.

Y llegó la mañana siguiente, todo transcurría igual, pero al momento de tomar la leche de su madre, el niño Raudel se dedicó, con toda delicadeza, a destapar el pecho, agarrar una teta, la puso en su boca y cuando comenzó a mamar volteó a ver a Luis, con la misma mirada de aprobación. Mamó y mamó, aún ya satisfecho, siguió mamando. A la madre no le molestó y ni siquiera le incomodó. Estabas sedientito verdad Raudel, le dijo la madre mientras él afirmaba. Luis lo miraba, desesperó y empezó a llorar. Cállate Luis, ¡Anda ya viste la hora, váyanse a la escuela! pero ya, ¡anda Raudel quítate! Dijo la madre separando al niño Raudel de su teta y de ésta escurrió poquita leche que cayó al piso, Luis miraba el chorrito blanco, trató de subir sobre su madre cuando ella le dio un golpe en la cabeza. ¡Córrele Luis! dijo su madre.

Los dos niños corrieron rumbo a la escuela, uno con la panza llena de leche y la cara de empacho, y el otro con la panza vacía y la cara llena de lágrimas.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*SALVIATI, Cecchino. Charity 1554-58 Oil on wood, 156 x 122 cm

**Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

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