Fragmento, La vida breve. Juan Carlos Onetti.

“…Ella vino con el pelo humedecido, encajó su sonrisa en la última de la noche anterior y encendió el primer cigarrillo apoyada en un árbol. Díaz Grey llamó al mozo para pedir el desayuno, cambió saludos con gente que entraba y salía, bebió el doble café hirviente. El aire se hizo sofocante y perfumado. Con el cuerpo encogido, exagerando el cansancio, Díaz Grey miró el borde de los pantalones de la mujer, las pequeñas medias enrolladas, los zapatos de gruesas suelas donde la humedad, la arena y briznas de hierba construían un confuso emblema bucólico, un poco grotesco, como exhibido con deliberación. El médico se desperezó, sintió que se sofocaba, aspiró aire. «Ya no tengo nariz para oler la primavera —pensó bostezando—; sólo alcanzo el recuerdo, la inútil sensación de las viejas primaveras en las que acaso estuve olfateando otras ya pasadas, prometiéndome alcanzar la intimidad con un octubre futuro». ”

 

*Juan Carlos Onetti (1909-1994) Nace en Montevideo, Uruguay. Escritor.

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*** Angiolo Tommasi (Italian, 1858 – 1923).

Mi canasta. Cecilia Ávila.

Salió el sol por fin y miro mi gran canasta sobre la silla.

Está ahí esperándome.

El eterno parpadeo de escalofríos llenaba mi cuerpo de una manera horrible. Me daría prisa pero el frío se comía mi espalda y más me encorvaba. Calaba y me apuraba. Ya deseaba salir.

Yo daba forma de ella, firme y con mucho que ofrecer, con esperanza. Ligera pero lista para cargar lo que sea.

Canasta que valía la pena llenar de cigarrillos, semillas, chicles y dulces a vender y salir a la suerte de Dios. El día valía la pena siempre que la veía. Justifico mi prisa porque llevo el rostro sucio, la panza vacía, la misma ropa de ayer y salgo lleno de tristezas, pero no quiero poner atención en mí. Lo que llevo en la canasta esta impecable y sólo eso bastaba.

Que dicha es aquello. Llevo sin más los huaraches que demuestran la carencia de mi tiempo, cómodos porque dicen que los uso mi padre. No me causan problemas. Dejo que miren las uñas de mis pies sucios y llenos de tierra de campo. Tierra que demuestra la lejanía del camino a casa. Pies fuertes.

Mi piel, como mi canasta, llena está de recuerdos, de golpes de batallas injustas y quedo expuesto a las miradas de los que se topan conmigo sin observarme de verdad y no notan lo que les ofrece mi trabajo, pareciera que mi semblante es algo en lo que deben ocupar su tiempo. No me importa ya.

Yo la llevo siempre conmigo, cálido carrizo que toca mi antebrazo y se apoya en mi pierna. Ahí no hay frio. Aun no sé qué es la riqueza pero, al mirarla me lleno de gozo, de dicha, de calor y amor. No hay hambre. Trato de pensar sólo en ella cuando pasan las horas y nadie toma de ahí lo que ofrezco. La admiro con demasía y me distraen las miradas de lastima y de falsa compasión hacia mí.

¿Qué querrán decirme? me pregunto.

¿Qué verán en mí?

¿La pobreza de mi cuerpo o la riqueza de mi canasta?

 

Cecilia Ávila Velázquez.

*Canasta.

Hacia la tenebrosidad. Víctor Ávila

El gesto del ardid

es un nimio guiño

que en las penumbras

zurce los ojos idos

a los bellos quinqués

de otras flamas bravas;

más soberbias y oses,

otras serenas, fatuas,

que otorgan sin más

la propia potestad

de quien las domina

al odiar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*René Magritte – “El retrato” (1935. óleo sobre lienzo, 73 x 50 cm, MOMA, Nueva York).

Los cuatro blanquillos. Víctor Ávila.

En el comedor principal del señor Raudel estaban sentadas cuatro personas de apariencia menonita, a diferencia de que estas no estaban amarillas, sino más bien blanquillas.

En torno a la mesa, por ubicación de izquierda a derecha, se encontraba un señor que bien aparentaba la jovialidad de un hombre de veinte años. A su lado estaba una mujer grotesca con rudísimas muecas, ella, supuso el señor Raudel, era la esposa. Después se encontraba un niño un poco crecido para la edad que aparentaba y a su lado una vieja horrible, suponiéndose que era la suegra para cualquiera de los dos.

Así comenzó la mañana para el señor Raudel, no sabía bien por qué aquellos inquilinos estaban desayunando en su comedor, pero su esposa, gustosa, dejaba los frijoles en la mesa. Ellos no titubearon y con un enorme deseo tomaron ventaja de las tortillas, las llenaron con frijoles, queso fresco y una salsa de molcajete. No esperaron platos ni cubiertos, sólo así y ya. Masticaban con un ruido violento; agarrando su taco con una mano y con la otra usándose como plato. Uno que otro fríjol saltaba, rebotaba  en  su     mano-plato y caía en la mesa, dudando si finalizaba su movimiento hasta el suelo o acababa cerca de la comida del señor Raudel que expresaba sus pensamientos con una mueca soñolienta. Toda la escena se detuvo y el señor Raudel se despertó estremecido.

– Mariana, despierta, he vuelto a soñar con esos menonitas, despierta, Mariana.

– Sí… no pasa nada Raudel, duérmete otra vez, mañana hablamos.

El señor Raudel al no poder dormir se fue hacia su comedor. Lo miró pulcro y regresó a la cama cuando, justo en medio de su cuarto, pasó un ratón con los cachetes llenos de frijoles, y en el camino, había dejado unos cuantos para una segunda vuelta, que ya no era muy probable pues acababa de ser descubierto por el señor Raudel con una mueca soñolienta que se acababa ahora y empezaba el sentimiento de un ansia con un escalofrío.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** William Hogarth – “Los niños Graham” (1742, óleo sobre lienzo, 160 x 181 cm, National Gallery, Londres).

Las hijas de abril. Michel Franco. Víctor Ávila.

Es grato tener boletos de cortesía para el cine y qué la cartelera te de la sorpresa de que hay “cine independiente” o si prefieres “cine de autor” o si gustas de las malas etiquetas “cine de arte”. Como quieras nombrarlo hay algo mejor que ver en esta ocasión y es gratis, entonces, nos llenamos los bolsillos de dátiles, dos bostezos de cannabis, frotamos las gafas y tomamos de la mano a quien nos acompaña.

La fotografía de la dicha se acaba cuando Franco nos cuenta algo, en Después de Lucía (2012) lo hace hasta el hartazgo; nos retrata el abuso, de cualquier lado o de cualquier forma. Ahora con Las hijas de Abril, vuelve la inquietud de que se vuelve profanar esa integridad y a cada quince minutos aumenta la náusea de estar pasándola mal y esto no cae por cuenta del cine sino por la realidad reflejada. En Las hijas de abril el suspenso acrecienta con personajes esculpidos hasta la verosimilitud. De trama sencilla, pero precisa, se narra una tragedia familiar.

Michel Franco expone, que hasta los favorecidos, consiguen otras desgracias, otras tragedias u otros males. Lo cotidiano no siempre lo es para los que no son pobres, diríamos para los ricos, pero hasta ellos saben que tampoco lo son: nadie es rico en México.

Este tipo de melodrama es al que le gusta referir Franco, aquel que insinúa que los ricos también sufren, que lo bueno, como una madre o una casta, puede llegar a ser feroz.

En ocasiones se pueden nombrar tres o cuatro cineastas mexicanos que hacen del cine algo particular. Este es el caso, Michel Franco lo ha demostrado.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.