A otra Diosa veneraban. Víctor Ávila.

“Creo que nada vale contra esta caricia

abrasadora que sube por la piel”

Démons et merveilles. Julio Cortázar.

 

Curiosos, y otros ajenos, descubrieron la piedad que agravaba a mi cuerpo errante: empáticos o carismáticos acercaban sus manos a las que ya no eran mis manos. A mis pies de piedra, también.

Ciegos, cándidos e ingenuos no distinguían que esa deidad era la efigie de mí, en otro tiempo, en otros mitos.

Yo trataba de ser quien creía haber sido sin serlo aún. Iba atrasada apenas unos siglos.

Ella ya no era la que apenas fui. La dejé aflorar para no volver a ser Ella.

Fruto o semilla, Ella.

Heroína volvía; quería testificar su historia dentro de la que trato de ser ahora.

Ella la que no soy.

Una diferente cada día, que llora y vuelve tras soñarse en otras vidas.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*La piedad de Miguel Ángel.

 

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