Sobre ti. Emilio Cabral.

No seré escritor, ni tampoco me comparo con un trovador, pero me encanta escribir sobre ti, lo que haces sentir y soñar, tratar de describir el sentimiento de tu mirada, el calor de tus brazos y el dulce de tus labios, respirar tu esencia, interpretar tu dulce voz para recordarla mientras estoy sólo, sentir tu alma abrazar la mía, suspirar con cada breve recuerdo, elegirte cada día que transcurre, no extrañarte, sino recordarte en tu ausencia, vivir amándote, pero odiando tus defectos, tan tuyos que no los cambiaría, besar tu cuello, mirar tu silueta y volver a suspirar un recuerdo, tomar tu mano, besar tu mejilla, saber que eres mía y a la vez que seas libre de irte y olvidarme, quedarte dormida, olvidar que cada día es especial, tener miedo de irse, tristeza al extrañarse, terminar todo y largarse, conocer y volver a empezar, tan dulce y tan amargo, siempre cambiante y deseado, que bonito es el maldito amor, que nos hace reír hasta llorar y llorar para no reír, dejar hasta olvidar y querer volver a desear, sufrir para él y sufrir por él y maldito el amor que me hace llorar hasta olvidar y dejar de escribir.

 

Emilio Cabral.

*John Everett Millais – “La sonámbula” (1871, óleo sobre lienzo, 154 x 91 cm, colección privada).

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Vitalicios. Víctor Ávila.

Mi memoria recogía los cantos sueltos sobre la senda del tiempo. El camino lo había descubierto oculto bajo la zarza que sembré cuando era un niño. Ahora me ofrecían festividad de evocación, propina para la indolencia y algo de clemencia. Las alabanzas que fragüé años atrás ceñían el liado pensar y ataviaban al enmarañado cuerpo. Tarareo para la indulgencia y la voz se me quiebra haciendo la grieta en mi pecho: me hallo adentro, a pesar del amor.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Adolph Menzel – “La pared del estudio” (1852, óleo sobre lienzo, 44 x 61 cm, Alte Nationalgalerie, Berlín).

I Don’t Feel at Home in This World Anymore. Macon Blair. Víctor Ávila.

Desde que ves el póster, y en él se ve a Elijah Wood, con la misma edad de siempre y con unas buenas gafas, ya comienzas a reírte. Y ríes aún más cuando lo ves a lado de una mujer de la cual te recuerda una mala película, pero no, no tienes idea de quién es y vuelves a reír ante el obvio o posible personaje. Entonces, ya tienes dos cosas, un póster y los personajes.

Pues bien, ya lo tienes todo, era lo que tenías que saber sobre esta producción, lo demás puedes despreciar. Comedia si, si lo es, sin embargo es una comedia que va cayendo en farsa y que busca la risa espontanea con pastelazos o violencia, el burdo manotazo que te da tu pareja para que te rías también.

El tiempo sigue y peor se hace el entretenimiento: de trama que va cayendo y tropezando, bastante ruidosa y abrasiva a cualquier permanencia por esperar algo encantador. Pues no llega nunca y si la risa la consigues (con pena) es por la fuerza de sus personajes, después nada.

Una comedia a medias, como todo lo que hace Netflix cuando trata de hacerte reír. Mal chiste, donde al menos, no nos volvió a poner al idiota de Adam Sandler (esas actuaciones que dan pesadillas).

Ya hablaré de mejores películas y no precisará en los que sabe aplaudir Sundance.

Sólo vine a quejarme. Esa es mi opinión, perras.

P.D. Hablando de mierdas, también vi, La momia donde “actúa” Tom Cruise y vaya que es para gente estúpida. *SPOILER: Tu mamá es mejor momia.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

¿Qué ciñe al mundo? Melina Aldana.

Hay un crucifijo que cuelga en la pared, es color amarillo, es de hueso de vaca con pelo de humano, siempre me recuerda algo. El pavimento de la calle se parece al rostro de los hombres grises que veo todo los días para llegar a mi casa, sus rostros son asimétricos como las líneas del suelo, pero similares a la altura de la frente, tienen el ceño fruncido y entre arrugas y pliegues  hacen una cruz.

No llueve, apesta a caño y a cucaracha, estas asquerosas alimañas nos visitan de noche, podría ser un castigo de las deidades o quizá su excremento al mundo como forma y plaga viviente, o bien, puede que no sea absolutamente nada más que el humanidad misma, haciendo un abuso de la percepción, a través de fotografías falsas que merman el autoconocimiento.

Todos los días paso por un laberinto que es húmedo y obscuro veo gente que ya perdió la cruz de su frente, que se ha quedado sin rostro, los veo y siento pena, algunos me estrujan para que les haga compañía, pero yo tengo prisa por llegar a la luz de color verde, donde hay caras, ojos, bocas y dientes.

 

Melina Alejandra González Aldana

* Henri de Toulouse-Lautrec – “La pelirroja con blusa blanca” (1889, óleo sobre lienzo, 60 x 50 cm, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid).

Hilo y fuente. Víctor Ávila

Cosido a tu falda,

donde el viento

cosquillea,

voy mirando

tus pasos.

Ajeno al camino disimulo

cuando el cielo ruge.

La humedad,

ora rosa,

ora abundante.

El lunar de tu muslo me acecha

yo suspiro beber el rocío

que hace días caía en mi boca.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

*Frederick Morgan (English, 1847 1856 1927) Not of the Fold.

Me voy. Emilio Cabral

Ya me harte, me voy, te abandono y me olvidó de ti, siempre es lo mismo, amarte hasta hacer úlceras, desearte hasta romper mis dientes, pensarte hasta olvidar mi nombre, pero ya me canse. No, yo no espero nada a cambio y es más, das más de lo que necesito para decirte que te amo, pero estoy harto de decir tu nombre y que me tiemble la voz, de verte y que hagas añicos mis agallas, de sentirte y perder el aliento y de besarte y querer quedarme, de olvidarme que estoy harto del amor, de ese por el que daría mi vida, que duele pero te sonsaca, como una droga que necesitas, me harte de verte cada mañana con esa sonrisa que me vuelve un niño pero a la vez que me hace olvidar que soy humano y me vuelve invencible, que reseca mis ojos porque no hay lágrimas, que hace sentir la calma porque no hay problemas, me hace sentir que te amo sin pensarlo y sin embargo me voy, para olvidarme de ti, de que alguna vez te amé, de que alguna vez me fui, que nunca estuve ahí, para no tener que llorar cuando te tengas que ir.

 

Emilio Cabral.

Brisa de tierra. Víctor Ávila.

“Sólo los valientes pueden ser tiernos”

Indira Gandhi.

A Emilia C. Pablo Ávila.

 

El toro ve el capote de la torera, sus patas se preparan para embestir. Ella observa cómo se agita el estómago del animal. Sus banderillas en el lomo resaltan con la sangre y el negro de su pelaje. El toro se lanza sobre ella, aventándola, ella cae con su cabeza sobre la tierra, donde el toro la arrolla dejándole caer el peso de su cuerpo tosco y oloroso, la sacude como una muñeca frágil, y la tierra se levanta del piso.

Su padre mira, con duda, cómo su hija va cayendo en un sueño largo, sin heridas físicas aparentes. La gente aturdida se marcha de la plaza, al ver que la retiran.

“Una pequeña mujer en una cama enorme”. Siempre son así las camas de los hospitales, piensa el padre mientras una brisa entra en la habitación, y no hay ventanas, el aire le sabe a la tierra de la plaza.

Recuerda que en la mañana soleada, antes de la corrida, él sostenía las manos de su hija, las acariciaba, le gustaba que esas manos fueran más ásperas que las suyas. Ella le sonrió infantilmente. “Hoy es un día grande para ti, pero lo es más para mí”, y comprendiendo su fortaleza le gritó “¡Sólo los valientes pueden ser tiernos!”. Y ella se hizo mujer, dejando de ser una niña a los dieciséis años, para ser la torera.

Ella sigue dormida pero huele la brisa que se ha filtrado en la habitación, es la tierra de la corrida. En sus sueños, llega el aroma, ahí ve al toro con sus banderillas de papel picado color rosa. El animal le gruñe, le reta, ella sabe que está sola, sabe que caerá, sabe que su cabeza se descalabrará en la tierra y el toro resopla tan fuerte que ella se despierta.

En la habitación, la cara tierna de su padre observa la cara cobarde de ella.  “Sólo los valientes…” piensa el padre y para él, ella vuelve a ser la niña tierna.

 

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Oleo de Eugenio Lucas. Viejo ruedo de la Puerta de Alcalá. 1866.