Perro que ladra. Pablo Jara.

No te enojes porque el perro ladra, enójate por lo imbécil que puedes llegar a ser, a veces experto en el engaño, así que no puedes enojarte porque el perro ladre, el conserva algo más bello que tú, ese instinto puro, animal, tu nunca llegarás a eso con tantas palabras tras de ti.

 

Pablo Jara.

*Sciopod eating strawberries [Paris, Mazarine, MS. 3878].

Árbol del desierto. Melina Aldana.

Llegamos a un nuevo Abril

primavera de resurgimiento.

Cuando bien se vive, deja de sonar el segundero

y el tiempo se germina en tus raíces de hombre del desierto.

Gracias por ser ese árbol que calma mi sed

ese que ninguna calamidad destruye

ese que echó raíces en mi oasis perfecto

ese que con su sombra cobija esos dos brotes que salieron de mí.

Elegí no ser planta que florece una vez al año

elegí ser ese cactus que enraízas a tu lado derecho.

 

 

Melina Alejandra González Aldana.

*Jean Nicolas Laugier (1785, 1875). Daphnis et Chloé 1817

Pródigo y festejo. Víctor Ávila.

Perdido

el brío

lo encuentro

bajo

el catre,

mequetrefe

escondido

a propósito,

como si no

penara

su abandono.

Silbándole

viene

el garbo;

susurrándole

lo acomodo

al cabo.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Amateur, 1862, Vasily Grigorevich Perov (Russian 1834  1882).

De kacsynski a Pascal. Pablo Jara

Observando gente subir y bajar por escaleras eléctricas me recordó  algo escrito  por Bukowski “En algún momento el hombre nacerá sin piernas, andará sobre el culo”, puede que sea verdad, el hombre cada vez hace menos, y eso que a ese viejo ya no le tocó ver este siglo, sin duda no le hubiera gustado lo que se ve por todos lados, avaricia, vanidad, hombres y mujeres huyendo de sí  mismos, rehusándose a buscar en ellos mismos, llevados por el tiempo, muriendo sin esfuerzo, menos salvajes más primitivos, su religión es la tecnología, el soma de un mundo feliz, la misma que llevará al carajo todo, adoradores de lo irreal, ya lo dijo aquel genio terrorista que mantenía una enemistad con la tecnología someterá a los seres humanos a grandes indignidades, conducirá a un colapso social. No soy tan radical como él como para enviar bombas por correspondencia, pero no creo que esté tan alejado de lo que pasa ahora en estos momentos, cada vez menos humanos, sometidos y alienados, hombres en reposo, y nada resulta tan insoportable al hombre como hallarse en reposo absoluto, sin pasiones, sin tareas, sin diversiones, entonces siente su nada, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Y del fondo de su alma surgirá imparable el tedio, la negrura, la tristeza, la desesperación.

Pablo Jara.

* Dog-headed men doing business in Sri Lanka [BnF, Fr. 2810]

El dejillo de un capricho. Víctor Ávila.

El dejillo de un capricho

Recorrías mis alrededores, casi levitando, para que fijara mis ávidos ojos en tu cuerpo.

Ahora lo deseo, con su fragancia y su sonrisa.

Lo imagino cálido para mí, tierno, rosa y ligero.

Pretendo, sin suavidad, tocar tus senos y quitarte la blusa, probarlos y oler el aroma que siempre dejas cuando te vas.

Besarte y sentir tu lengua, tibia y mojada.

Agarrar tus nalgas y acercarte hacia a mí, a que me sientas.

Oler hondo el cabello que nace en tu nuca.

Usurpar tu cintura y apretarte más a mí, a mi pene. Único tu cuerpo lo beso y pruebo tu vagina, ensayo en su piel y el sabor tan esperado me culpa, el mismo gusto que tejía en mi paladar cuando rozaba mi lengua al decir tu nombre.

Te arqueas al sentir mi lengua y mis labios labrar entre tus piernas.

Más fácil es llevarte al deseo de que entre en ti, pero aún no lo permito; te vuelco para escarbar en tu espalda mis nombres idos y el bailar de tus glúteos son suplicas para mis manos, los sujeto y los muerdo, los alzo y recorro tu dorso con mi boca.

Acerco mi pene y siento tanta húmedad que vuelven mis labios a preferir tu miel.

Los orgasmos germinan en la habitación. Brotan parpadeantes.

Mojas con tus labios mi pene, me miras como nunca y tu lengua lo recorre hasta que no toleras más ese rumor en tu vagina.

Te levantas para meterme dentro de tu piel.

El vago calor de tu vagina me envuelve sintiendo ese roce de simple placer.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez

* Louise Bourgeois, Untitled, from the series ‘Insomnia Drawings’ – 2004

Escondida en tu sombra. Emilio Cabral.

Veo al cielo y sólo veo un montón de estrellas, observando a lo lejos la infinidad del universo rodeados de nada, coronando la noche escondida entre las nubes a la luna, tan blanca y brillante, recordándome a ti cada noche, algunos días escondida tras su propia sombra, pero con el conocimiento de que sigue ahí, sin poder desaparecer, otros días opacando con su belleza la naturaleza, haciendo especiales las noches en tu lejanía, recordándome que soy un humano, sintiendo la distancia y la impotencia de acercarme a ti, haciendo un pequeño salto de un “te extraño”, a sabiendas que nunca te voy a alcanzar, lo hago una y otra vez, con la esperanza de que algún día detengas ese ciclo tan intermitente y te pares un segundo para poderte admirar, acercándome a ti cada segundo, hasta poder estar contigo de nuevo, sonará imposible y hasta loco, pero no es tanto cuando lo comparas con nuestro amor.

 

Emilio Cabral.

* Vieille et jeune femme 1960 Pablo Picasso.

Mordidita al corazón. Víctor Ávila.

Tuve una mordidita al corazón. Sudé y tú estabas lejos; inflando amores que se elevan, que nunca llegarán a tronar. Jamás he visto a uno reventar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Return of the Prodigal Husband. Valentin Gubarev. 1948.

Hacksaw ridge. Mel Gibson. El Conde Filmstrostky.

Cada diez años, aproximadamente, Mel Gibson la hace de director perspicaz. En 1996 con Braveheart, en 2006 con Apocalypto y ahora en el 2016 con Hacksaw ridge (No me he olvidado de la Pasión de Cristo en 2004, sólo la ignoré para darles una estadística impresionante).

Hacksaw ridge, es un film bastante entretenido, conmovedor y descriptivo (a su manera, claro, ya sabrán los seguidores de Mel a lo que me refiero). Hablo de esa anunciada violencia tan particular y carismática que tiene para narrar lo bélico y/o dramático. Entonces optamos por desayunar sólo un par de huevos revueltos y un café, muy caliente, mientras comenzaba la película de manera sensacionalista. Tan realista como siempre en su fotografía, siendo ya una característica atractiva de sus películas, sin olvidar la pasión por el melodrama humano, el entretenimiento fue tan estridente que tuve que gritarles a los soldados que fingían estar en la batalla de Okinawa. Adentrado en la trama respiraba para recuperar la calma.

Desafortunadamente no todo lo que brilla es oro, las actuaciones son de un nivel-comedia-romántica, tipo como las que hace el propio Mel Gibson como actor (What Women Want, 2000). Andrew Garfield, Teresa Palmer, Vince Vaughn (con este último no podíamos evitar reírnos con cualquier diálogo que expusiera) y entre otros, incluyendo a Hugo Weaving, fueron terribles actores al dejar a un lado el drama con el que trataban o representaban.

Quizá, también, exista una extravagancia sobre el tema narrado, o lo que se quiere ilustrar a manera de moraleja, qué sería la no violencia, el que grita a los cuatro vientos el personaje principal de no matar a nadie, pero es Gibson y lo muestra como el sólo sabe, feroz como sólo puede ser la guerra. Una paradoja dirían unos, yo no, creo que sólo es circunstancial.

Un film que busca entretener y que lo consigue. Nada más, nada menos.

(Se oye música de comedia-romántica de los noventas y entran los créditos).

3/5 Estrellas.

 

El Conde Filmstrostky.

La noche que el velador perdió sus lágrimas. Víctor Ávila.

El velador no duerme, tiene que velar por el rancho, no es problema para él; ya ha acostumbrado a su cuerpo a dormir en el día y trabajar en la noche. Ahora, después de su primera comida, que él veía como un desayuno a las diez de la noche, empieza su recorrido.

Una vaca lo mira, la vaca llora. “¿Cómo podría ser que un animal llorara? No eran lágrimas; es sólo agua que sale de sus ojos”. Una mosca se posa en el ojo de la vaca, la vaca pestañea y la mosca vuela parándose en la frente del velador, él la siente caminar, ella baja a su ojo alcanzando a tocarlo, la espanta con la mano, luego se soba. Al frotarse continuamente le comienza a llorar el ojo, se queja de un ardor ligero pero que se vuelve más agudo, él trata de recordar si tenía la mano llena de algo: no, no tiene nada en la mano. El ardor ya es grande, y corre hacia la pila de agua, se enjuaga y no pasa nada, el dolor sigue allí, se seca con su camisa, pero le sigue molestando la comezón dentro del ojo, “maldita mosca, maldito ojo”.

Trata de parpadear mucho para que pueda salir cualquier basura que haya entrado, pero el ardor es fuerte y tiene que llevarse la mano al ojo y tallarlo, “mis lágrimas limpiarán el ojo, como el de la vaca”. Las lágrimas lo limpian pero no deja de sentir ardor. Ya siente el ojo cansado, lo cierra y se tumba sobre el pasto, trata de no pensar, no lo logra, el ojo pide consuelo, pide cura, el velador llora desesperado.

Pataleando sobre el pasto, grita, sabe que nadie lo escuchará. La vaca muge: ella lo oye quejarse. Vuelve a la pila de agua, trata de abrir bien el ojo y lavarlo por dentro, siente que le quema en aceite caliente, lo seca rápido; el dolor cesa un momento y regresa de nuevo el ardor. “Sentí que se me quemaba, pero se me quitó un momento el dolor, lo mejor será lavarlo hasta que se me queme todo el ojo con el agua y así quitarme el dolor… ¿pero si me quedo ciego por completo?” El ardor no lo deja seguir pensando, mete toda la cara a la pila, abre el ojo y comienza a sentir el freír del mismo.

Se deja caer en el pasto, el ardor ha cesado. No abre los ojos por miedo a saber que su ojo se haya vuelto ciego; como el otro,  pues desde que era un niño lo ha perdido. Lo tiene pero no ve nada con él, ahora el otro ojo quiere fallarle, abandonar para siempre la luz, no lo quiere así, y la luna sigue iluminando.

La vaca muge, el eco le copia con un mugido más largo, ya amanecía. El velador se había quedado dormido. Inconscientemente intenta abrir el ojo pero las lagañas no se lo permiten y recuerda el temor de su ceguera, aunque el otro ojo ya estaba abierto por inercia, él no sabe si el sol ha salido ya o sigue en la oscuridad. Se deslagaña, y abre el ojo a medias, la luz del oriente dejaba ver la obligada salida del sol naranja sobre el cerro, y más arriba aún la noche. Se siente aliviado, se siente feliz, cómo pudo haber pensado que perdería el ojo bueno.

Se acerca a la pila, ve el agua clara, quieta, sobre la superficie hay unas cuantas moscas muertas; recuerda a la vaca, va hacia el establo, no hay vaca. “Maldita sea”, “Una de dos; o la vaca ha abierto la puerta y se ha largado, o bien alguien se la pudo haber robado”. Opta por la segunda idea. Todavía faltan unas tres horas para que llegue el patrón. Decide ir en busca del hombre que se robó la vaca, le dará una lección, y regresará con ella. Toma su sombrero, agarra una reata y se va.

Caminando sobre el pasto que va cambiando de verde a amarillo conforme sale de la propiedad, sigue las huellas de la vaca. Son huellas marcadas, pesadas sobre el camino, también hay rastro de huellas de alguien, intuye que es un hombre flaco, moreno, tostado por el sol, tan ligero que no le costaría mucho trabajo demostrarle que robarle a su patrón ha sido un error.

Al cabo de una hora y media de caminar da con el lago, al borde yace la vaca muerta, el estómago ya se ha inflado, o eso parece. El velador corre hacia ella, un mosquerío ya la cubre haciendo su pelaje más negro que blanco. El hombre la patea intentando ver si sigue viva, sabe que no, él sabe cuándo un animal está muerto, y este está muerto. Los ojos de la vaca están abiertos, la nariz está seca, la lengua de fuera, las ubres agrietadas y hiede a vaca muerta. “malditas moscas, maldita vaca, ya perdí mi trabajo”. Se aparta de la vaca y de sus moscas. Mira al cielo: ya todo es azul claro, el sol pica su piel. “Si no quiero perder mi trabajo, tengo que llevar la vaca de regreso y decirle al patrón que amaneció así, patas para arriba, y toda tiesa”.

Espanta a las moscas con su sombrero. Con la reata amarra a la vaca por las patas, jala y consigue moverla, sabe que, para avanzar rápido, tendrá que emplear una mayor fuerza.

El velador se aleja del lago arrastrando a la vaca con todo y sus moscas, que la siguen entre breves vuelos, mientras otras están inmóviles sobre los ojos, sobre las enormes fosas nasales, y sobre la lengua peluda que se embarra de barro.

Una hora y media de caminar y no logra ver el rancho, sabe que le falta por lo menos media hora más de camino, quizás ya esté su patrón, quizás no, tal vez ha tenido problemas con ese caballo negro, aún bronco para su ver, y que el patrón presume que ya está listo para andar en él. “Quizás… pierda mi trabajo, quizás esta pinche vaca nada más se esté haciendo la dormida, quizás no, apesta a madres”. Voltea a verla, y observa cómo su barriga ya está enorme. “A ver si no revienta antes de que llegue al rancho”.

Y la vaca revienta, pero el velador no se da cuenta, sólo las moscas que han permanecido en los ojos ásperos, en la lengua púrpura y en las ubres donde están raspando la leche seca.

En la entrada del rancho el velador se da cuenta de que la vaca ha explotado, ahí está un hombre. No es su patrón.

  • ¿Usted es Alfonso?- pregunta el hombre y el velador asiente.
  • Vengo a decirle que su madre ha muerto, me mandó el patrón. Él está ahora en la casa consolando a la familia.

El hombre se marcha. “Maldita vaca”. El velador se tira al suelo cuando ve al hombre ya lejos. Quiere llorar, pero sólo le salen pujidos, nada de lágrimas. “mi madre, mi vieja, carajo, pinche vaca”. El velador se levanta y empieza a patearla, todas las moscas vuelan cuando se echa encima de ella y sigue golpeándola ahora con las manos. La vaca está fría y los ojos extinguidos ven cómo llora sin lágrimas el velador. El velador se aleja murmurando cuando la vaca de tanto golpe suelta gases más hediondos. Se encamina hacia la pila, no salen lágrimas de sus ojos. No tiene un llanto completo, lo siente vacío.

Tirado sobre el pasto, recuerda que en la noche su ojo bueno le había ardido. “De tanto llorar ayer, no tengo lágrimas que soltar ahora”.

Se olvida de la vaca, ahí la dejará, a ver qué se le ocurre después decirle a su patrón cuando llegue. “maldita vaca”. Se quiere olvidar también de la muerte de su madre, no puede y vuelve a llorar sin lágrimas, sollozando y moqueando, pero sin que una sola gota salga de sus ojos.

Agitado trata de dormir, pero no puede, ya ha dormido en la noche. Otra vez  va a sufrir en la próxima noche cuando le llegue el turno.

El patrón no llega. La vaca se pudre más. El velador no logra dormirse en la noche. Ve entre sueños cómo su madre muere como la vaca: a la orilla del lago, con la panza inflada y las moscas volando a su alrededor, otras chupándola, palpando su cadáver. De repente despierta y alcanza a oler la fetidez de la vaca. “Maldita vaca”. Trata de dormirse en vano.

En la mañana el velador se encuentra sentado sobre el pasto, el patrón llega con su caballo tosco, y pronto se deshace de la vaca y de su velador.

  • Ayer enterramos a tu madre. ¿Por qué no llegaste?
  • Es que la vaca murió.
  • Tu familia te estuvo esperando.
  • ¿Ya me voy?

El velador se marcha y vuelve a llorar sin lágrimas sobre las huellas del camino que ha dejado al arrastrar a la vaca muerta con sus moscas, y que, ahora, lo siguen a él, rumbo a la playa, que está después del lago.

 

***

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Moving House, 1876 Viktor Mikhaylovich Vasnetsov (Russian, 1848 – 1926).

Loving. Jeff Nichols. El Conde Filmstrostky.

Jeff Nichols, nos habla del amor. De una pareja y sus causas. Nos lo susurra de forma refinada y con una calma que envuelve a los personajes. Sin prisa va palpando lo que rodea a esta pareja, a los Loving, con naturaleza delicada. La sincera fotografía nos da una estética nada forzada y agraciada. Y sobre todo esto hay un notable dialogo; ausente y casi mudo: mudez necesaria para un tema que ya bien se conoce. Hay una seriedad, muy veraz en este film, que ha logrado retratar una historia real.

Se habla mucho de ser un notable “clásico”, sin embargo no lo creo, se ha dibujado ese discurso ya varias veces, hablamos del de Pocahontas, y creo que ya hemos aprendido que el amor no trata de géneros, de razas, ni de etiquetas superfluas, sin embargo, ese trama no es la virtud de este film, si no, su protesta; la que ha narrado de la mejor forma, sencilla y bien acertada. El poster ya te habla de ello.

En esta ocasión, el trabajo actoral, cuenta con la presencia de un desabrido Joel Edgertong que ha sido encantador y perfecto, pero, mucho mejor, poder mirar a, la etíope-irlandés, Ruth Negga, una mujer hermosísima que me recuerda a la actriz japonesa Setsuko Hara (en Tokio Story del gran Yasujiro Ozu) que hace suspirar, ellos han sido una agradable selección.

Por supuesto otro tino, aunque breve, la concurrida participación, como se ha visto en varias de sus películas, de mi primo Michael Shannon que tan maravilloso actor es y tan apuesto por lo variable que logra ser.

Jeff Nichols es un tipo versátil en cuestión de tramas y formas de narrar, siempre nos hemos sentidos conmovidos y satisfechos de que nos cuenta algo de una particular manera. Siempre acertando, como lo ha hecho con “Take Shelter” o con “Mud”. Además de otros films que no he visto y que nos hemos reservado para otros momentos y que ya hablaré de ellos.

Hay calidad y creo que podemos esperar más de Jeff Nichols.

Bravo.

4/5 Estrellas.

PD.- No vea este film si tiene el corazón agrietado.

 

El Conde Filmstrostky.