Quid Pro Quo. Salinas Ulloa Portugal

Ya la tenía encima de mí, ella deseaba que lo hiciera pero no andaba motivado, que puto suena eso, pero era verdad, aunque le metía la mano no me sentía prendido, yo robot,  mientras ella andaba muy loquita yo no dejaba de pensar en las palabras que dijo antes de prender el porro nocturno, el previo a la gozadera, “ya no quiero que fumes antes de cojer, quiero estar al cien contigo”, puta madre pues en quien me convierto, sé que soy un cabron pero siempre soy el mismo, si ahora era un robot era por su culpa, la yesca no me cambió, unas simples palabras, ella lo notó y preguntó el clásico ¿qué tienes?, como no soy una lady no me anduve por las ramas, mamacita párale a tu carro, córtale a tu historia, eres tú y no te he cambiado, lo que soy es lo que sabes y no cambiará nada, ¿te subes al tren o te bajas?, no dijo nada, en ese momento sólo se montó al tren, pensé 1-0, favor el local, sin embargo no duramos mucho, obvio me mandó a la chingada días después, ya no no supe quien ganó.

Salinas Ulloa Portugal.

*Grabado erótico de Gulio Romano. De la serie de 16 posturas eróticas. 1527.

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Una noche sin bruma.Cristina de Fátima Reyes de Alba.

El panadero salió de la rutina al quedarse hasta tarde en su local. Se felicitó por adelantar las labores del día siguiente y se puso a terminar el trabajo que faltaba.

Desde su ventana podía verse el muelle. El agua estaba tranquila, no había bruma  y, era difícil distinguir  entre el fin del firmamento y el inicio del mar. A esas horas era de un color azul  tan obscuro que podría pasar por negro.

Un barco atracó en el puerto. A pesar de la luna llena, era casi imperceptible. De esta nave bajó solamente una persona: una mujer bellísima que inmediatamente llamó la atención del joven. En su imagen todo era único: tenía la piel aceitunada, el cabello obscuro y rizado; a modo de una exquisita prenda llevaba lo que parecían ser algas marinas envolviendo su cuerpo y alrededor de su cuello, colgaba una pequeña y exótica anaconda que acariciaba como si de una mascota se tratara.

La mujer se dirigió sigilosamente al “Cofre Sucio”, una pequeña taberna a un costado del muelle. El panadero se vio intrigado por la misteriosa mujer y, sin pensarlo dos veces, dejó su trabajo para seguirla.

Al entrar en el (extrañamente) solitario local, se encontró con una escena que no estaba esperando: el tabernero se estaba besando apasionadamente con la mujer. El panadero se sentía como un perfecto intruso e hizo lo posible por salir del lugar. Al  retroceder chocó con una mesa derramando un tarro de cerveza que había sido abandonado.

Después de aquel alboroto, la mujer giró bruscamente el rostro para encontrarse directamente con los ojos del panadero. Lo vio de un modo que logró  remover en su alma sensaciones que desconocía y que no hacían más que estrujarle el corazón. Al finalizar aquel inquietante intercambio de miradas, la chica salió sin más del local.

El joven se detuvo un segundo a contemplar al tabernero, éste no lucía como siempre: su rostro ahora era el mismo que el del panadero.

Asustado, salió del “Cofre Sucio” a toda velocidad. Tenía la  cabeza hecha un lío. Decidió que todo era producto del cansancio y que debía volver a casa.

En el camino buscó con la mirada a la mujer pero ésta, al igual que su nave, ya había desaparecido. Volvió a su departamento convencido de que una buena noche de sueño y la compañía de su esposa lo  harían olvidarse de aquella perturbadora experiencia.

A la mañana siguiente, el tabernero leía el periódico como siempre lo hacía mientras desayunaba. En la página final, se podía leer el nombre del panadero escrito en el obituario.

Cristina de Fátima Reyes de Alba

* Grant Wood – “The Midnight Ride of Paul Revere” (1931, óleo sobre tabla, 76 x 101 cm, Metropolitan Museum, Nueva York).

Tu ausencia. Emilio Cabral.

Anoche creí verte entre la penumbra, traté de hablarte con un grito ahogado por un nudo en la garganta, la desesperación me hizo correr hacia a ti, viendo cómo te alejabas lentamente con puta indiferencia, veía el paisaje pasar rápidamente ante mis ojos, los árboles pasaban cerca, sus ramas susurraban mis oídos burlándose de mí, escuchaba las hojas rugir estrepitosamente en ese silencio devastador, explotando bajo mis pies contra el piso, tu imagen desaparecía, mis pulmones sucumbían… mi paso se alentaba, mis ojos se llenaban de lágrimas, ajados y rojos, mi respiración agitada se calmaba ante la frustración, la oscuridad me había alcanzado, la soledad era inminente, inhalé, cerré los ojos por un momento, sostuve el aire y exhalé, ahí me di cuenta que nunca me acostumbré a tu presencia y menos con tu ausencia. Que jodida es la mísera, que maldito es el amor y cuanto dolor provocó ese adiós.

Emilio Cabral.

* Hippolyte Flandrin – “Joven junto al mar” (1835-1836, óleo sobre lienzo, 98 x 124 cm, Museo del Louvre, París).

 

Una noche. Víctor Ávila.

Después de una cena al aire libre con las abejas zumbando sobre ellos, se fueron a acostar. La mujer se puso la pijama que tanto le disgustaba, se durmió y el hombre se quedó esperando algo. Él se acercó a su cuerpo, y vio cómo a ella le salían lágrimas con los ojos cerrados, le habló en voz baja, no se despertó, pero seguían brotando las lágrimas hasta empaparse el rostro y la almohada. Él se durmió con el ceño fruncido mientras una abeja buscaba azúcar en la habitación. En la madrugada la abeja murió sobre un charco de llanto.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

**Morfología externa de una abeja.

Los buitres del nuevo siglo. Pablo Jara.

Es que si todos nos quedamos callados el mundo ardería en un cinismo total, donde estarían los buenos cristianos, los buenos vecinos, las voces de la nación, está pasando en este momento, cuervos merodean, es la señal, buitres que ahora comen carne fresca, impuros, malditos, como en tiempos de  guerra, exigiendo caminar por la paz.

Tal vez en este momento debería de estar preparando unos cocteles molotov y no escribiendo, sería mejor tratar de eliminar lo podrido, la carroña, pero también recordé que esta arma liviana acompañada de las pesadas palabras pueden dar además de placer, poder, viajar más rápido y llegar a más, ya que lo mío no es un acto revolucionario, pero mi forma de ser me obliga a estar del lado del que está siendo derribado, tal vez cuando el mundo arda tu estés luchando por mantener una estructura, yo estaré de lado de los que quieren derribarla. No hacer nada es como estar en contra.

Pablo Jara.

*El Buitre. Antonio García Vega.

 

Noche de caza. Cristina de Fátima Reyes de Alba.

La noche no lo trató con dulzura. Llevaba días recorriendo las montañas de Mongolia y siguiendo el rastro del lobo que se había llevado a su hija. Por fin se estaba acercando a un rastro más fresco. La idea de volver a su hogar le dio la fuerza que necesitaba para cazar al animal cuando el momento llegara. Por fin divisó a la bestia arrastrando con sigilo a su presa, soltó al águila para que ésta le diera muerte a su enemigo. Se acercó al cadáver. Vio con mayor claridad lo que el animal había estado arrastrando y con frío en el corazón supo que su hogar ya no existía.

 

Cristina de Fátima Reyes de Alba.

 

*Arkhip Kuindzhi – “Luz de la luna sobre el Dniéper” (1882, óleo sobre lienzo, 104 x 143 cm, Galería Tetriakov, Moscú).

 

 

Mar. Melina Aldana.

Cuando estoy frente al mar hago tangible lo infinito navegando por profundidad mis pensamientos. Imagino lo que hay en la otra orilla, quizá una isla cerca del triángulo de las bermudas, con un riachuelo que desemboca al mar muerto.

Cuando mis pies palpan con la arena y las rocas, siento algo de satisfacción y al tocar el agua helada, me siento cargada de adrenalina, no tengo frío, lo que si me da es miedo.

Cuando conocí al mar, me recibió con un abrazo enérgico, era una niña, fui envuelta por una enorme ola que me arrastró y revolcó muchos metros.

El escenario fue hermoso, corrientes de agua fugaces a mucha presión, silencio absoluto, fue una lucha, segundos de guerra, supe que no era un pez y que no podía quedarme a vivir en las profundidades de ese lugar.

A menudo sueño con el mar, vienen a cubrirme enormes olas de 30 metros de altura y cuando están a punto de caer despierto.

No creo en supersticiones, pero escuché que los lunares en las palmas de las manos indican que morirás en ahogamiento, yo tengo uno en mi mano izquierda y mi esposo en la mano derecha, justo a la misma distancia de manera de que cuando los unimos se hace uno mismo, ahora que soy madre y que sé lo maravilloso que es alimentar con tu propio cuerpo, me siento tranquila y me gustaría envejecer frente al mar para morir ahí, y pasar una eternidad en lo profundo, justo después de donde se forma el oleaje.

*Peder Severin Krøyer – “Atardecer de verano en la playa de Skagen” (1899, óleo sobre lienzo, 135 x 187 cm, Colección Hirschprung, Copenhague).