A favor del Rey. Víctor Ávila.

La apatía es una forma que no aspiraba a ser. A este saber le gustaría ser algo más pero bastaba su definición. El rey Enrique III dice que es la cualidad que difícilmente se entusiasma o enardece: Apagamiento, atonía, dejadez, desánimo, desgana y nonchalance… dice el Rey que nonchalance es indolencia.

-¿Dolor?

-¡La apatía no lastima, claro, esa habilidad le pertenece a quien la posee, querido, bufón!

La apatía fue presentada ante el Duque Anne de Joyeuse. La apatía mostró otro semblante aparte el de mujer. Un aspecto no deseado. Se revelaba contra su voluntad: quería pertenecer a su estado de desinterés. Según el pomposo Rey, que trataba de definirla, falseaba entre aversión, rechazo, animosidad y por último era la antipatía quien enseñaba sus ojos verdes. Gruñó al fin: Todos miren, se trata del sentimiento hacia alguien que hace encontrar desagradable su compañía, no alegrarse de su bien, encontrar mal lo que hace, etc.

Todos afirmaban en el escabroso salón.

El Duque Anne con una parte de las 300000 coronas regaladas por el Rey mandó  hacer una aureola reluciente y de ligero peso a su recién esposa Margarita de Lorena.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Boda del Duque de Joyeuse con Margarita de Lorena. 1582

Fluir. Pablo Jara.

Así como el placer de la escritura me permite matar osos a golpes, o ganar una pelea callejera contra cinco, también me permite montarme en olas inmensas para dejarme caer por horas, sin ningún temor, la caída convertida en inicio, las palabras me llevan de un lugar a otro, como en un baile, fluyo como pez en el agua, me acerco a todo, sin alejarme de nada, fluir en ellas mientras la vida me lleva es mi forma de ir en su contra, no divido en tiempo, divido en fracciones.

Pablo Jara.

Carpintería El Chato. Víctor Ávila.

La larga fila de automóviles me detuvo delante de una ebanistería. Un hombre que tallaba madera me observó, me sonrió y agitó su mano para saludarme. La confusión era obvia, no éramos conocidos y decidí sonreírle. ¿Ya vas a comer, Miguel? Le contesté que sí. La fila empezaba a avanzar y escuché gritar: Como decía tu tío Chato, Miguel, ya son las dos, vámonos a comer, sino, nos borran de la lista. Reí y apresuré la despedida. Al llegar a la casa mi sonrisa huyó con el hambre.

Pronto termina el año, teman también, pues es borrón y cuenta nueva.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Indian Stories, Morgan Weistling.

Esmero al silencio. Víctor Ávila.

Escuché como las palabras entraba en mis oídos, pero no sucedía el aliento, dígale suspiro a la memoria. Después observaba los libros y leía algunas palabras, palabras dadas a la casualidad, una por una, entonces surgía la seducción. La ceguera era de afuera hacia adentro, el contenido imaginario se extendía, pero se veía su finitud. Sonreía ya con otros labios y zanjaba a la lectura con firmeza: un corte de cabeza y la lengua morada sin poder pronunciar el Fin. Suspenso y una persecución de dedos queriendo escribir una última oración y el diminuto punto final. Narrar la realidad en papel firmado como mentira. Las palabras detrás de lo escrito son mi voz enmudecida, letras entre paréntesis y un siseo de puntos seguidos.

Casi al alba comprendí que se trataba del silencio.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

De nuevo extraños. Emilio Cabral.

Como un último suspiro, una última bocanada al cigarro, un último trago del nuevo abstemio, así fue nuestro último beso, con un sabor amargo, sin muchas palabras, con una mirada sincera y un cuerpo olvidado, miramos nuestras almas, conocimos todo uno del otro, con un poco de misericordia, sin vehemencia ni rencor tomamos nuestras manos y nos besamos, terminando ese abrazo que queríamos que fuera eterno, las cosas fueron fáciles en sus tiempos, tiempos malos y tiempos buenos, a quien le importa, pero al final nos ganó, nos consumimos completamente, simplemente agachamos la mirada, con una ligera sonrisa con la boca entre abierta para no hacerlo tan agrio o ácido, fue como una pequeña cucharada de azúcar en ese sorbo del americano, un poco de dulzura entre el alimento putrefacto, las cosas estaban perdidas y fue un gesto amable, un adiós sin palabras y un hasta nunca tácito, no lloramos, ni juzgamos, lo aceptamos, sabíamos que habíamos hecho lo posible, lo disfrutamos desde el primer día y esto nos hizo ahora de nuevo extraños sin amor, así nos despedimos con un último te quiero, una última mirada, un último beso, un último abrazo y un último adiós.

Emilio Cabral.

*Landscape with the Fall of Icarus. Pieter Brueghel the Elder (1526/1530–1569) Royal Museums of Fine Arts of Belgium, Brussels.

Ellas. Salinas Ulloa.

Caminando de regreso  matando un porro silencioso, sin nadie alrededor  y yo sólo pienso en ellas, ellas me llaman misógino. Yo sin saber qué diablos es eso pienso mucho en ellas, y veo la piltrafa que dejaron de mí, me observo y recuerdo al monas, siempre con su trozo de estopa en mano, goteando tinher, inhalando hasta llenar sus pulmones y voltear su cerebro, algo pasaba, iniciaba la metamorfosis, desorbitado tiraba la estopa al asfalto, una relación muy peligrosa, como la mía con ellas, yo me sentí como esa piltrafa de estopa.

Salinas Ulloa Portugal.

* Peter Paul Rubens – “Saturno devorando a un hijo” (1636-1638, óleo sobre lienzo, 182 x 87 cm, Museo del Prado, Madrid).