Me pones de nervios. Víctor Ávila.

A Melina González Aldana.

 

En la cueva negra, el carbonero se cubría la nariz y la boca con la bufanda ennegrecida, tanto como sus manos, su rostro, sus ojos y su cabello castaño que se olvidaba de serlo. Sacó su última ronda de carbón y se lo llevó a su mujer que observaba pasar el tren por enfrente de su casa, el perro también miraba el tren y ahora el hombre lo miraba, pero su hija enferma, encerrada en uno de los cuartos, sólo podía escuchar las vías crujir con las tablas y el fierro. El tren dejó de verse, la mujer siguió embolsando el carbón, el perro miraba al carbonero y él también se miraba en un espejo mientras su hija enferma comenzaba a murmurar una oración.

– Algún día me voy a echar a las vías para que el tren me lleve al carajo.

La mujer lo miró con pena, con vergüenza, pensó si su hija enferma lo habría escuchado, seguramente sí, pero no le habría entendido.

– Cállate, Dios no quiera – dijo y el perro movió la cola pensando que le llamaban.

Se llama dios el perro. Su hija enferma le puso ese nombre cuando lo vio hace unos años corriendo por las vías y ella comenzó a gritar ¡Dios, Dios! Y el perro corrió hacia la casa a quedarse.

– ¿Cuál Dios? – dijo el carbonero y dios movió una vez más la cola – Si, quizás un tren me lleve con Él y me dé un aventón.

– Te callas, la niña te va oír.

– Está bien, mañana saldré temprano, antes del amanecer por más mezquite para los próximos días.

En la mañana, al despertarse, el perro ya lo miraba mientras se vestía. El carbonero contempló con tristeza a su mujer mientras dormía con la boca abierta y la saliva escurriendo. Quiso entrar al cuarto de su hija enferma pero lo dudó ya que podría despertarla con el ruido o por culpa de dios que le lamería el rostro. No entró.

Al salir de la casa el perro lo seguía por las vías, mientras él iba por la banqueta. “En unos siete minutos saldrá el sol”. Pensaba el carbonero cuando también suponía que no tardaría un tren en pasar.

Y el tren ya venía emitiendo un ruido constante, y dios corrió hacia su dirección, en medio de las vías.

– Ven, ¡perro ven!… ¡ven dios! ¡dios!… ¡Dios!

El perro se estrelló con el tren emitiendo un grito casi humano, casi como la voz del carbonero.

La mujer escuchó el ruido, “Este hombre ya me dejó”. Salió y vio que junto a las vías estaba encorvado el carbonero, se acercó y miró a dios muerto con los ojos casi afuera de sus cavidades y el hocico abierto. La mujer sintió alivio de que fuera el perro y no su marido.

– Pobre dios,  pobre dios…

– ¡Mira mujer! Que hermosos ojos tenía.

– Sí y dejó sola a mi hija, mugroso dios.

La mujer regresaba a la casa por la pala para enterrar y esconder al animal. El carbonero se encaminó de nuevo por el mezquite, pero ahora sobre las vías, se volteó y le gritó a su mujer.

– ¡Algún día yo también me voy a echar para que me lleve el carajo…!

– ¡Cállate! Que me pones de nervios…ay… Dios.

La hija enferma alcanzó  a escuchar a su madre y empezó a hablarle al perro en un susurro, como si supiera que dios estaba destrozado por el tren con sus ojos bellos mirando al cielo que empezaba a clarear.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

*Cuento publicado en el libro: Retratos en marco de piedra en el 2010.

** Jean-François Millet – “El Ángelus” (1857-1859, óleo sobre lienzo, 66 x 55 cm, Museo d’Orsay, París).

 

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