Ver pornografía. Víctor Ávila.

A la pornografía hay que saber verla para no volcar nuestra apatía. Saber mirar los senos y no recordar a la primera mujer de nuestra vida, en cualquier caso, evitar pensar en las chichis de nuestra madre nos hará tener orgasmos en forma de liebre de desierto. Ver un pene y ver el nuestro, un ojo aquí y un ojo allá: no tenerle miedo a las ruinas. El pubis de una mujer es paciencia donde nace el erotismo. En los gemidos, que escuchamos, buscamos el estoicismo, el momento para que el recuerdo de nuestras experiencias anteriores llegue como ola; siempre el pasado como un buen tónico. La sangre se ha avivado y con los ojos premiosos nos unimos a la fiesta de los pornográficos. Nosotros somos participes del goce al que hemos llegado tarde pero ganosos. Excusar y culpar a la pornografía de nuestras aberraciones sexuales sería como denunciar el aperitivo por el malestar del plato fuerte.

Si aún buscamos maldecir a la pornografía, quizá el recelo está en las cintas pornográficas de los ochentas, aquellas películas cargadas de misoginia y excesiva cábula: la pornografía que de niños veíamos sin saber, sin observar y sin sentir.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Louise Bourgeois – “Femme maison” (1946-1947, óleo y tinta sobre lienzo, 91 x 36 cm, colección particular).

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