San elote. Víctor Ávila.

No hablamos del elote o del maíz, mucho menos del santo, sino del pan dulce. ¡Damas y caballeros: el pan! ¡Ah, que rico es! grita el panadero con su bigote salvaje y en las manos regordetas lleva una charola con bolillos, cuernitos, conchas, birotes, pelones, novias, almohadas, barquillos, besos, yoyos, trenzas, cemitas, ladrillos, chafaldranas y elotes. A este último pan lo celebramos por tres cosas: el relleno terregoso, la textura de su masa y el dulce o la azúcar que lo envuelve, nos susurra el panadero guiñándonos el ojo. Oí decir, a una señora de mirada tristona, que el relleno del elote debe ser de chocolate, pero a nosotros nos gusta amarillo ¿será vainilla? La señora del mandil rojo, grita que sí, que por supuesto. Oí decir que el tamaño importa, dice el viejito sentado en la cubeta, largo pero también anchito, con sus dientes bien marcados y hacia afuera, sonriendo, de ahí viene su nombre, se parece al elote: dientón. Por favor, nos da cinco elotes que tengan relleno amarillo, dice mi mamá, ella es la que tiene el vestido de las flores de algodón. Pregunto ¿cómo podemos saber de qué color es el relleno del elote? algunos nos sonríen y un niño mugroso me dice: muérdalo, niña, así sabrá. Un albañil sonríe con sus dientes chuecos y manchados.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

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