Las mujeres que escriben. Eugenio Ruvalcaba.

SE VACÍAN CUANDO ESCRIBEN.

Experimentan la misma sensación de estar con un hombre al que aman. No importa si consiguen o no el orgasmo. Ponen todo lo que está de su parte para que el amante –llámese hombre o palabra escrita_ crezca y se eleve por encima de las montañas. Porque de esa manera el espíritu de sacrificio que las caracteriza también crece. Y se expande. Tanto, que caminar al lado de una de estas mujeres equivale a caminar bajo la sombra en un día de sol inclemente. Para estas mujeres escribir es un ritual, como lo es amar. No descuidan ningún detalle. De pronto un poco de música, de pronto una copa de vino. Todo su cuerpo es su corazón, si alguien –que por ahí anda- tocara su corazón, se asombraría, quizás hasta tendría una sensación de vértigo. Ese corazón palpita en forma acelerada. Como si fuera la primera vez que se decidiera a amar o a poner sus sentimientos por escrito.

SUFREN CUANDO ESCRIBEN.

La mujer siempre está contra la pared. Las enfermedades la acosan. Cuando no es una cosa es otra, pero su cuerpo protesta por todo. Ese cuerpo que, sin embargo, es fuente y dador de vida. Pero no nada más por eso sufre, la mujer tiene encima la terrible losa de la educación, de educar a los seres que ama. Un hombre sale a la calle y se olvida de la educación de sus hijos. De algún modo tendrán que enfrentarse al mundo; ya la vida se encargará de mostrarles el camino. La mujer en cambio no permite que sus hijos crezcan como patanes. Ella es la vida que muestra el camino. Y sufres si fracasa, si sus palabras caen en saco roto. Tanto sufre, que hay que ver a esa mujer cuando escribe, sea una carta para uno de sus hijos, sea una novela de largo aliento o una serie de poemas en los que vuelque su desánimo o su dicha, esa mujer se estruja al momento de hacerlo. Sufre. La literatura se agarra de esos seres. Los hace suyos. La literatura hinca el diente en quien tiene algo que decir, de preferencia algún sufrimiento. Y las mujeres son el caldo de cultivo ideal para incubar desolación.

MIRAN CUANDO ESCRIBEN.

Ponen sus ojos en todo lo que las rodea.  Las mujeres se parecen a los gatos, que nada perturba su concentración. Pero la mujer supera en algo al gato: que mira hacia dentro. La mujer mira porque se mira a sí misma y a lo que ha sido su vida hasta en sus más mínimos detalles. Cuando la mujer escribe, cada palabra lleva la impronta de su autobiografía. En apariencia la mujer es un ser veleidoso, y quien esto cree  habría de observarla mientras escribe. Entonces la mujer hace acopio de sus conocimientos y su sabiduría, de lo que la vida le ha dado y le ha quitado. Nunca en lo que depara –la mujer no sueña; construye-. Esto es lo que la mujer mira. Pero no nada más. Aun en el caso de que sea una mujer que no haya traído hijos al mundo, la mujer es capaz de sentir esa capacidad porque la asume como propia. Una mujer es madre de todos los niños. Lo de menos es cuántos haya dado a luz. Y de eso queda registro en la órbita de su mirada. Algo que un hombre jamás podrá hacer. Lo suyo es otra cosa.

 

Eusebio Ruvalcaba. nació en Guadalajara, Jalisco, en 1951, ha publicado ciertos libros. Su mayor ambición es ser sepultado en Oaxaca, con música de Brahms de fondo.

*Taller de Rembrandt – “La Sagrada Familia por la noche” (h. 1642-1648, óleo sobre tabla, 60 x 77 cm, Rijksmuseum, Amsterdam).

Anuncios

Sólo para los valientes. Melina Aldana.

Si mudáramos de piel como las serpientes, al estar expuestos a la orilla del charco,  veríamos en nuestro reflejo una masa de carne con huesos, sin cara, sin dientes, nos convertiríamos en sal como la esposa de Lot o en piedra como la Medusa.

El llanto en la infancia te daba todo, ahora las lágrimas te ahogan el alma.

Cada invierno te despojas de algo y sabes que al final la soledad es sólo para los valientes.

Melina Alejandra González Aldana.

*Francisco Pradilla – “Doña Juana la loca” (1877, óleo sobre lienzo, 340 x 500 cm, Museo del Prado, Madrid).

 

Un turco asesino. Cynthia Moreno.

Un turco asesino.

La cabeza de mi madre

 iba y venía sobre las olas

del mar negro.

¿Dónde perdió su cuerpo?

preguntó mi padre.

-Sigue aferrado

a un abrazo-.

Girando

llegó a la costa.

El océano

entraba y salía

por su boca.

Nunca se ahogaría,

Tampoco vivirá

lo suficiente.

Los ojos bien abiertos

atemorizan a los peces

que averiguan

su lengua.

Cynthia Moreno.

*Tiziano y taller – “Alegoría de la Prudencia” (h. 1550-1565, óleo sobre lienzo, 76 x 68 cm, National Gallery, Londres).

Un gallo para el Erizo. Salinas Ulloa P.

Le pregunte a mi carnal el satanás donde hallar a algún cabron que me aventara grilla, noventa y dos días sin fumar ameritaban unos buenos jalones, dijo que ahí nel, puro crico, que tendría que ir hasta norias por un buen toque, ahí la miel no llegaba, nomás en la gremial y pura hechiza, tierra aterrada, dijo mientras mataba una caguama, así que a caminar canijo, llegando al callejón del pulque, el costras no tiene nada, ni para rolar las tres, puro crico, la yerba ya no deja mijo prendase, yo  se lo regalo, nel mi loco yo nomas la pachamama, ya sabes, a caminar suave otra vez, muchos locos en las vías con piedras en la mano, la última estuvo de aquellas, nos puso a flotar, pero nos abrieron de ahí, bien nos dijo la ruquita vuelven a venir y los mando a la chingada, regresamos días después para comprobarlo, no mentía, ahora no se consigue fácilmente, nueva administración, las palomas de veinte ya no vuelan por aquí, los podridos por las piedras es lo de hoy, si nomas quiero una peseta que soy poeta, narcotizarme nomas por un rato, en los edificios tienen pero a ver si no te bailan, o muy cacique o muy cocuda, no les sueltes el varo, dando y dando, ahí anda el babas y nomas la quiere aplicar, no se ve ningún loco ni se huele el ambiente, parece que no habrá gallo que cante a esa hora, a ver si en el regreso salta alguien, solo los locos usan tenis, fíjate bien a ver si tiran paro, y si no pues mañana saldrá el sol para todos, pinches dealers.

Salinas Ulloa Portugal.

 

Gato negro en la edad media. Pablo Jara.

Escuche la palabra odio, aún me es extraña esa palabra, por lo regular el odio lleva a la destrucción, ver ideas racistas en este siglo habla del tipo de humanidad que habita esta era, siempre deteniéndonos en lo superfluo, en los pequeños detalles, la piel, la raza, los sexos, la religión, si ya bastante pequeños somos en esta inmensidad, esas ideologías en este siglo solo siguen abonando a creernos superiores a otros, a ser otro eslabón en esta cadena infinita, ¿y aun así vemos con asombro la cacería de brujas medieval?, ¿es en serio? es muy poco pelear por eso, nadie se da cuenta que van al mismo hoyo, es utopía lo que imagino y risible a la vez, es pecar de ingenuo, cuando en el fondo no se pide mucho, me molesta la burla, la ofensa por el solo hecho de ser determinada persona en determinado ambiente, tan sencillo como no molestar, ver tu camino esperando que no se cruce nadie en él, pero ya lo dije, eso es utopía, si cada individuo afrontara la vida como un terremoto que puede acabar contigo en un segundo no tendría tiempo para odiar, ni para política o religión, se darían cuenta que la eternidad y la nada es lo mismo, eso no es la vida, prefiero contemplar la silueta de mi mujer, para que he de meterme en los asuntos de los demás.

Pablo Jara.

 

Ver pornografía. Víctor Ávila.

A la pornografía hay que saber verla para no volcar nuestra apatía. Saber mirar los senos y no recordar a la primera mujer de nuestra vida, en cualquier caso, evitar pensar en las chichis de nuestra madre nos hará tener orgasmos en forma de liebre de desierto. Ver un pene y ver el nuestro, un ojo aquí y un ojo allá: no tenerle miedo a las ruinas. El pubis de una mujer es paciencia donde nace el erotismo. En los gemidos, que escuchamos, buscamos el estoicismo, el momento para que el recuerdo de nuestras experiencias anteriores llegue como ola; siempre el pasado como un buen tónico. La sangre se ha avivado y con los ojos premiosos nos unimos a la fiesta de los pornográficos. Nosotros somos participes del goce al que hemos llegado tarde pero ganosos. Excusar y culpar a la pornografía de nuestras aberraciones sexuales sería como denunciar el aperitivo por el malestar del plato fuerte.

Si aún buscamos maldecir a la pornografía, quizá el recelo está en las cintas pornográficas de los ochentas, aquellas películas cargadas de misoginia y excesiva cábula: la pornografía que de niños veíamos sin saber, sin observar y sin sentir.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

* Louise Bourgeois – “Femme maison” (1946-1947, óleo y tinta sobre lienzo, 91 x 36 cm, colección particular).

El corazón escondido. Melina Aldana.

La corteza de árbol vista de arriba, un espiral, una mándala que tiene niveles, de mayor a menor, o viceversa, son imágenes que conducen a un momento, al éxtasis, a la vida… Entre pliegues amorfos con diferentes texturas y relieves, uno se desplaza suave y delicadamente para no lastimar la piel, de pronto encuentra un pequeño corazón, tímido, necesita caricias, necesita amor, requiere estimulación, porque cuando se siente querido crece tanto que hace caer en un estado de frenesí y morirá como el ave fénix para resucitar cuando nosotros queramos, ninguna experiencia será igual a la otra, pero siempre el alma descansará  y se despojará del cuerpo abyecto que cargamos.

Melina Alejandra González Aldana.

* Jean-Baptiste-Camille Corot – “Orfeo conduciendo a Eurídice fuera del infierno” (1861, óleo sobre lienzo, 112 x 137 cm, The Museum of Fine Arts, Houston).