El fabuloso destino. Víctor Ávila.

El fabuloso destino de Amélie Poulain, del director francés Jean Pierre Jeunet, irrumpió mi forma de ver el cine y de observar la vida, hablo de los usos y costumbres. También invadió, de forma burlesca, la apreciación que tenía sobre mí mismo y mis quehaceres. Con obviedad me enfrentaba a lo fabuloso sin pretender un destino, por mero gusto y siendo apenas el 2001, le juré a mi madre que cuando tuviera una hija le pondría Amélie. Después de cinco años nació mi primera hija y la nombré posando mi mano sobre su cabeza y cerrando los ojos. Lo que sucede después no es destino, es ambición, es herencia y amor.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

 

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Yo sé. Cecilia Ávila.

No me digas que no tienes creatividad. No me digas que no puedes crear. Que no puedes imaginar. No te engañes más. Súbete a lo que quieras y date permiso de volar. Atrapa ese pensamiento, ese sentimiento, ese deseo, porque sabes que lo harás. Deja de odiarte y entiéndete una vez más. Ve ese cielo que te pertenece y respira fuerte. Haz de tu vida una gran prueba de valor y amor. Amar es para los fuertes, porque odiar es para los mediocres, los débiles, los destruidos ¿acaso las guerras no te son suficientes?
Vida sólo esta. Vida la tuya que vivo en ti. Vives en mí. Vivo estás. Así que no me digas que no sabes crear, que no sabes imaginar. Yo sé que puedes volar. Que puedes amar y por lo tanto puedes crear.

Cecilia Ávila Velázquez.

 

*Pieter de Hooch – “Un niño trayendo pan” (1663, óleo sobre lienzo, 73 x 59 cm, The Wallace Collection, Londres).

FARABEUF (fragmento) Salvador Elizondo.

Habéis hecho una pregunta: “¿Es que somos acaso una mentira?”, decís. Esta posibilidad os turba, pero es preciso que os avengáis a pertenecer a cualquiera de las partes de un esquema irrealizado. Podríais ser, por ejemplo, los personajes de un relato literario del género fantástico que de pronto han cobrado vida autónoma. Podríamos, por otra parte, ser la conjunción de sueños que están siendo soñados por seres diversos en diferentes lugares del mundo. Somos el sueño de otro. ¿Por qué no? o una mentira. O somos la concreción, en términos humanos, de una partida de ajedrez cerrada en tablas. Somos una película cinematográfica, una película cinematográfica que dura apenas un instante. O la imagen de otros, que no somos nosotros, en un espejo. Somos el pensamiento de un demente. Alguno de nosotros es real y los demás somos su alucinación. Esto también es posible. Somos una errata que ha pasado inadvertida y que hace confuso un texto por lo demás muy claro; el trastocamiento de las líneas de un texto que nos hace cobrar vida de esta manera prodigiosa; o un texto que por estar reflejado en un espejo cobra un sentido totalmente diferente del que en realidad tiene. Somos una premonición; la imagen que se forma en la mente de alguien mucho antes de que los acontecimientos  mediante los cuales nosotros participamos en su vida tengan lugar; un hecho fortuito que aún no se realiza, que apenas se está gestando en los resquicios del tiempo; un hecho futuro que aún no acontece, somos un signo incomprensible trazado sobre un vidrio empañado en una tarde de lluvia. Somos el recuerdo, casi perdido, de un hecho remoto. Somos seres y cosas invocados  mediante una fórmula de nigromancia. Somos algo que ha sido olvidado. Somos una acumulación de palabras; un hecho consignado mediante una escritura ilegible. Un testimonio que nadie escucha. Somos parte de un espectáculo de magia recreativa. Una cuenta errada, somos la imagen fugaz e involuntaria que cruza la mente de los amantes cuando se encuentran, en el instante en que se gozan, en el momento en que mueren. Somos un pensamiento secreto…

*Salvador Elizondo (1932-2006) nace en la Cd. de México, México. Escritor, traductor y crítico literario.

**Comparte Pablo Jara.

 

***Max Ernst – “Gala Éluard” (1924, óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm, Metropolitan Museum, Nueva York).

Pastelería Hitchcock. Víctor Ávila.

“El cine tiene que producir sosiego”

Azorín.

 

En el año 2001 comencé a ir al cine solo, ya para el año 2002, con 15 años, vencía la cobardía de verme dentro de una sala sin compañía a quien mostrarle mis emociones, ya que favorablemente, soy de esas personas que si sucede la gracia en algún momento de la película me río con sonoridad y estruendo, si sucede la melancolía o el drama, mi llanto son sollozos largos y sorbas constantes de mocos y si sucede el terror, el miedo me hace gritar, saltar y maldecir con los ojos cerrados. Entonces, si la gente me notaba solitario y blasfemando, suponían que la demencia y la enajenación habitaban en mí y en esa edad yo detestaba las miradas ajenas dentro de una sala de cine. Entonces, conquistada la pavura, salía de mi clase de solfeo y encauzado en el centro andaba hacia San Marcos con apaciguado paso escuchando el disco compacto de Parachutes, un regalo que Pablo Jara le había hecho a mí hermana. Un día entré al cine a ver Signs de M. Night Shyamalan, ya sospechará usted el caos de los ademanes en la oscuridad, los gestos y los gritos apagados en la sala. Al finalizar las personas salían con sus miradas clavadas en mis ojos hinchados que aún veían los créditos mientras yo suspiraba sin darle importancia a ellos, porque en mi perpetuaba lo que alguna vez leí sobre lo que dijo Hitchcock: El cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel… y más rico, suponía yo, si no se trata de uno de tres leches, ya que él mismo opinaría después a meollo de los espectadores y/o degustadores de pasteles que “Para mí, el cine sólo son cuatrocientas butacas que llenar”. Una amarga opinión, a mi gusto, como aquella rebanada de pastel amargo que todos han probado alguna vez, donde nadie dice nada y sólo echan la perversa mirada al niño glotón que hasta el final tiene cierto sosiego.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Mimosa roja. Melina Aldana.

Comienza la adormidera, mi cuerpo ya lo sabe y me convierto en una  mimosa púdica.
He desarrollado dos teorías:
Cuando estoy del lado derecho todo es más llevadero, puedo convivir por seis horas sin herir a nadie.
Pero cuando me encuentro de lado izquierdo me pliego hasta lo profundo y se me olvida quien soy.
Alguien con amor modifica la temperatura,  8, 10, 11 grados, morí y volví a ser humana. Cuento los 21 días para ser planta otra vez.

Melina Alejandra González Aldana.

* Aristide Maillol – “Mujer de perfil” (h. 1896, óleo sobre lienzo, 73 x 103 cm, Museo d’Orsay, París).

Fauna Nociva. Pablo Jara.

Me despertó una mosca a las cuatro de la mañana, suaves zumbidos ahuyentando sueños, al no poder dormir me levanté buscando algo con que aplastarla, sin embargo no la encontré más, nada de sus miles de ojos, sé que estaba escondida, sabiendo algo que yo no, y eso me quitaba más el sueño, dejé de buscarla y me puse a fumar, apagué la luz, comencé a escuchar como frotaba sus patas y después su aleteo, no hice nada para intentar matarla, recordé algo que había leído sobre ellas, su vida no pasa de los treinta días y creo que mi enemiga nocturna lo sabía, ese tal vez su ultimo día, las moscas saben de su mortalidad, nosotros al parecer no, ellas actúan con temeridad, se posan en mi comida sin miedo, las he visto coger sin temor a ser asesinadas en el acto, insectos que aprovechan cualquier desperdicio sin desperdiciar un instante, nos hace falta aprender de ellas, por eso cuando una se me acerca, pienso que no es tan malo ser una mosca.

 

Pablo Jara.

*Leonardo Alenza – “Sátira del suicidio romántico” (h. 1839, óleo sobre lienzo, 36 x 28 cm, Museo del Romanticismo, Madrid).

El día de hoy. Cecilia Ávila.

Esta noche hace calor.
Supongo que debo volver a guardar los suéteres que saqué ayer.
Decido bañarme, sólo agua fría. No tengo gas.
Salgo y me visto. Me siento fresca.
Me siento a cenar y escucho algo de música que yo no escogí.
Mientras abro mi tamal me da por querer llorar. Nudo en la garganta. No hay lágrimas.
Recordé que entré a un concurso de dibujo y ni siquiera para muestra fue elegido.
Me duele la espalda ya por el frío.
Debo sacar un suéter.

 

Cecilia Ávila Velázquez.