Suena Händel hoy miércoles. Víctor Ávila.

Los días con lluvia representaran muchas cosas para todos, nadie es la excepción. Hay necesidad de enterarnos de unas cuantas; sea por los símbolos hermosos que pueden andar por ahí inmiscuidos entre las gotas, o bien, por sentir el agua en la cabeza. Me incumbe lo que veo, lo que sucede mientras soy yo. Despertar, olvidarme del cansancio, mirar el patio mojado, la lluvia delgada, las patas del perro que sobresalen de su guarida mientras sus uñas siguen creciendo, encender el boiler, escuchar el agua calentarse y espantar a los zancudos que dejaron de reposar, me pican dos veces y trato de ver el cielo, lo veo pero no se parece a lo que yo entiendo por cielo, me baño, suena Händel como si fuera un compromiso ser su propia música, sonidos forzados como el jabón en el estropajo, como los ojos hinchados, la lluvia suena mucho mejor que su water music, la ropa recién lavada huele a bebé, mi cuerpo huele a señor mojado tratándose de secar, besos a la familia, me largo por donde entre la tarde de ayer, el gris del amanecer me da cosquillas en las manos, se me olvidan los cigarros, regreso a la casa y empieza a agradarme Händel, el camión es una caja torácica que va descomponiendo lo que lleva adentro, los pasajeros que acaban de despertar ya desconfían de los demás por sus olores, eso que aún no abren la boca, los suspiros de los jóvenes con el freno del camión son un chiste reiterado, me olvido de la lectura de Vila-Matas porque ahora prefiero ver los semblantes de los pasajeros, los rostros reflejan que extrañan el sol y el sol no extraña nada, la lluvia a mojado la belleza de las personas, van sobrios, dudosos de lo que les depara, son también de color gris, nadie se la juega hoy, las mujeres se esconden en sus gafas y los hombres en sus audífonos, suponen que será una día diferente, lo será, por supuesto, pero no podrán notarlo, ya no recuerdo la melodía de Händel, no ha sonado el timbre del camión, no recuerdo haberlo escuchado en lo que llevo de camino, no quiero gritar, no quiero que mi voz dulce llame la atención de la gente, además, quiero llorar desde hace dos días, presiento que cuando grite toda mi templanza se someterá, me romperé en lamentos sobre el piso, agarrándome bien de alguna parte, esperaré, no me importa caminar más, ¡bajan chofer! grita un hombre delgado y moreno, lo felicito con mi mirada, afirmo y el afirma con la cabeza, es bueno tener cómplices en un autobús, pero no nos baja en la parada solicitada, hasta el semáforo próximo, ya no llueve, las calles siguen mojadas, las personas también, ocurre el sortilegio al que tanto le temo cada día, tres pájaros beben agua de un charco sobre la calle, un gato blanco los acecha, se lanza, dos aves vuelan y la otra sacude sus alas en el hocico del gato, entonces sucede: el gato me observa, el ave que sangra también me mira, las aves que huyen alcanzan a conocer mi rostro, empiezo a dudar de ser yo mismo esta mañana, me toco la cara, siento las arrugas en otros lados, los labios son pequeños, busco un espejo, está empañado y opaco, no me distingo, abro la boca, trato de reconocer los dientes, busco mis ojos y pronuncio mi nombre: Víctor.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

**Gustave Caillbotte – “El Yerres. Efecto de lluvia” (1875, óleo sobre lienzo, 80 x 59 cm, Indiana University Art Museum, Bloomington).

 

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