Inducción al molcajete. Cecilia Ávila Velázquez.

Muela señora los chiles.
Muela el ajo y muela el jitomate también.
Apriete su mano fuertemente. Firme.
Debe agarrar ritmo y sostener de vez en cuando la respiración. Soltar un poco pero no dejar de moler.
Agarre orden.
¿Qué va primero?
¿Qué se toma mientras muele, un tequila, una cervecita o un mezcal? A veces yo fumaba un cigarrito en día de fiesta.
¿Ya decidió qué tipo de sal usar? La sal de mar, la de grano, la entera es la mejor. Es la misma.
Mida su agua. Hay veces que suele omitirse y queda maravillosa.
El ajo. Maravilloso. Bese los labios del que ama el ajo. Tostado, asado, cocido o crudo. No hay igual. Jamás.
Póngase a recordar sus días felices o lo que crea que le de vida a su salsa.
Ponga su música favorita y eso le ayudará como no tiene idea. A mí me gustan los huapangos. Viva su proceso y disfrútelo. Usted sabe que jamás le saldrá igual.
Desquítese ahí, en el molcajete si su día lo amerita.
Mente madres y maldiga. Se vale.
Llore lo que tenga que llorar sin importar sus lágrimas hidratando su salsita. La nostalgia le añade suavidad y hasta dulzura. Pero usted sabrá.
Mucho cuidado con reírse delante del molcajete. Casi no es recomendable. Mucha distracción confunde a ambas partes.
Fije su tiempo, su salsa se lo dicta. No vaya a desocuparse nadita de el. Póngase muy vivo y dedíquele medida y precisión a los jugos y a la capacidad de su molcajete. No haga cochinadas. Los derrames echan a perder el proceso y el sabor y ya nada es lo mismo.
Poner todo junto es un desastre.
Moler de mas, en exageración, es un desperdicio y si es usted se descuida, a veces, sin que lo note, desaparecen los ingredientes y ya no tiene caso seguir, usted ha desquitado de más, quizás lloraba mucho o maldecía como le digo que suele pasar. Se esforzaba demasiado y se presionaba tanto que ya sabe que la cagó y sólo resta sentir que su alma pesa más que el propio molcajete y sólo buscaba molerse a sí mismo.

Cecilia Ávila Velázquez.

*John Currin – “Thanksgiving” (2003, óleo sobre lienzo, 172 x 132 cm, Tate Gallery, Londres).

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