Hijo de la guayaba. Víctor Ávila Velázquez.

En una tarde del otoño de 1999, después de correr por varios minutos, al fin me escondía en un balcón en construcción. Estaba exhausto y asustado, yo huía de ser golpeado por otro niño de cabeza grande que me lanzaba limones, no recuerdo el motivo por el cual yo huía de él o el porqué de su ataque, pero le temía y él estaba muy agitado, casi furioso. Después de varios minutos escuché su grito de resignación y de despedida: ¡Algún día te agarraré a chingadazos, hijo de la guayaba! En ese momento, por esas palabras y a esa corta edad, acabé por confirmar un dogma: la guayaba y yo tenemos algo entre nos. Siempre vinculados de manera prodigiosa.

Cuando yo todavía era un bebé y ya empezaba a hablar, una tía me contó que me encantaba pronunciar la palabra guayabana. La familia al escuchar el error no trataba de corregirme porque resultaba ser encantadora mi manera de decirlo, después, con clemencia, me daban una guayaba partida a la mitad, mi felicidad era descubrirlas rosas.

En la primaria, yo usaba cangurera. En ella llevaba todo lo que necesitaba, una foto de mi madre, una libretita para la poesía, una navaja de color roja, una pluma de tinta verde, cerillos, el walkman de mi padre, un cassette con un atractivo popurrí de los soundtracks de las películas sobresalientes de Spielberg, de Cameron, de Coppola, de Scorsese, de Burton, etc…  y, escondidos con sigilo, en un apartado especial y furtivo, guardaba los dulces de guayaba. A veces eran los Rollos de guayaba con su sabor discreto a nueces, como se hacen en Monterrey, otros días Ate de Guayaba, de una corta fragancia entre manzana y azúcar morena, otras pocas y casi nunca era un Coscorrón de guayaba, el cual no era tanto de mi gusto por su fuerte sabor dulce o caramelo, entre otros, como Galletas de guayaba, panes de cajón untados con Mermelada de guayaba o Jalea de guayaba.

Después, descubrí los postres de guayaba y como no soy un hombre que gusta de lo dulce, prefiero lo salado, el postre en ese entonces no era necesario en mis alimentos, hasta que probé la tierna Guayaba en almíbar un día antes de navidad. El frío sacudía las vacaciones y para desayunar o era cereal o la fruta en almíbar, decidí por la guayaba y el frío terminó para mí. Nunca más volví a sentir ese frío que me picaba en las piernas.

El agua de guayaba también es una delicia, saciar la sed con su sabor es besar a la fruta. Las paletas de hielo de guayaba, si se puede de Calvillo, Aguascalientes, mucho mejor, son para morderse y sentir el goce del hielo en tus dientes.

También está el licor de guayaba, pero ahora no quiero hablar de esa amena bebida, tengo resaca en estos momentos.

Tengo un amigo que es nombrado bajo el mote del Guayabo, un tipo redondito y rosado con olor a campo. En una tarde, del año pasado, el me salvó de una posible denuncia por maltrato animal al llevarse a un perro dominado por una demencia canina; la locura del can me atormentó durante unos meses y ya empezaba a terminar con mi paciencia, entonces, el buen prójimo del Guayabo se lo llevó a vivir al monte dándome la serenidad que tanto me hacía falta.

En todas esas variedades la guayaba me ama y la amo, pero amo más a la guayaba tal como cae de su árbol. Su sabor me asombra: es redonda y rubia, a veces verde y pálida, con facilidad mis dientes la rompen cuando la muerdo y me sabe la amargura de su cáscara pecosa, entonces la admiro, después viene lo dulce de su pulpa, veo el color de su interior y confirmo su entrometido sabor, la empujo a mi paladar, mientras sus semillas se riegan sobre mi lengua, salpicando su acidez sobre ella. Ya empapada mí boca de guayaba su olor me enfría el organismo, me recuerda el campo en el que nunca he vivido, pero que he visto desde niño, donde sé que algún día leeré bajo la sombra de un guayabo, después chistearé los dientes y cerraré los ojos.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

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