Una poca de gracia

“Para bailar la bamba

Se necesita una poca de gracia

Una poca de gracia y otra cosita

Ay arriba y arriba, ay arriba y arriba

y arriba iré, yo no soy marinero

Yo no soy marinero. Soy capitán…”.

La Bamba, Son Jarocho.

 

Cuando era un niño de seis años les canturreaba la Bamba a mis familiares en las reuniones, no la de Ritchie Valens, sino la del son Jarocho. Les cantaba sin pudor y sonreía, mi voz era en ese entonces la de una mujercita tierna y eso hacía más dulce el son. Después, más grande, descubrí la guitarra y lo primero que aprendí a tocar fue el requinto de la Bamba, pero no del son Jarocho, ahora sí, el de Ritchie Valens. Dejé de cantarla porque nunca me castraron y mi voz perdió el timbre y la fuerza hasta ser una súplica gangosa que se desinflaba con el paso de la pubertad… al ser un adulto volvió a medias la voz delgada y alegre, pero el miedo a la burla dominó mis cantos y los privó de ser escuchados por otros. Ocho años de silencio han servido para encontrarme de nuevo con el son Jarocho. Me gusta su regocijo, la verbena de sus letras y el júbilo de no pertenecerle a ninguna patria, ni a ninguna bandera, aunque la historia diga lo contrario. Los sones le pertenecen al hombre que aprendió a escuchar, al hombre que aprendió a cantar.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

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