Corazones…

El chico se sentó en el banco de aquel parque antiguo y ni siquiera se dio cuenta de que había alguien a su lado. Pasaron 5 minutos hasta que el hombre que le observaba se interesó por él. – ¿Va todo bien, hijo? Preguntó. El joven le miró sorprendido, y movido por la ternura que le inspiraba aquel hombre tan mayor, decidió compartir sus dudas. – ¿Usted cree que tenemos una media naranja? El viejo sonrió y contestó – No. Lo de la naranja es una alteración de la historia real. Lo que sí existe es un único corazón en el mundo que late exactamente al mismo ritmo que el nuestro. Y cuando lo encuentras… todo encaja. Sientes una paz indescriptible y el resto de corazones pasan a un segundo plano. Aquél es, para siempre, el que marca el compás. Hay personas que lo buscan durante toda su vida. Algunas se unen a corazones que son casi iguales al suyo y creen haberlo encontrado, otras se juntan con corazones absolutamente desacompasados y se condenan, para siempre, a sentir que les falta algo. Y son solamente unos pocos los que consiguen encontrarlo. Pero no te engañaré, la mayoría de gente muere sin conocer la sensación de encontrar al corazón que conecta con el suyo. El joven replicó con curiosidad: – Pero, ¿cómo sabemos si es realmente nuestro corazón gemelo? ¿Cómo se distingue? El viejo, mirándole directamente a los ojos, le dijo: – Eso es lo bueno del asunto. Cuando lo encuentras, lo sabes. Es una conexión mucho más allá de lo terrenal. Es un encaje perfecto. Y lo notas. Sólo hay algo de lo que debo avisarte: que los corazones latan exactamente al mismo tiempo, no significa que tengan el mismo número de latidos. Así que, puede ser que un día, uno se pare y el otro siga latiendo. Y esa es, te aseguro, la mayor tristeza que puede sentir un ser humano. – ¿Pero en qué momento pasa? ¿Cuándo se sincronizan? ¿Cómo es posible que haya dos corazones que latan exactamente igual? Preguntaba compulsivamente el chico. – No se sabe a ciencia cierta. Hay quién dice que tiene que ver con la música. Cuentan que hay un día, en el que al escuchar una canción, coincides con alguien en algún lugar del mundo. Esa persona está escuchándola exactamente en el mismo punto que tú. Tiene que ser por separado y no funciona si hay más de dos personas escuchándola. Pero dicen que, si se da esta coincidencia, si solo dos personas en el mundo la escuchan perfectamente sincronizada, sus corazones se fusionan para siempre. Pero eso es solo una leyenda. Fascinado por la historia, el chico sintió curiosidad y preguntó: – Y usted, señor, ¿lo ha encontrado? El hombre bajó la mirada y con un suave hilo de voz, susurró: – Sí. Yo tuve la suerte de encontrarlo. Y vivimos la historia de amor más maravillosa del mundo. Pero, como te dije, el número de latidos casi nunca coincide. Y ahora solo espero que mi corazón decida pararse, porque sé que jamás volveré a encontrar uno que lata al mismo ritmo que el mío. – Lo siento mucho. Dijo el joven. – Solo espero que haya disfrutado mucho de esos años tan maravillosos. – ¿Años? Lo hubiese dado todo por pasar un año a su lado. Tan solo hace una semana que la encontré y ayer se marchó. – ¿En serio? ¡Joder, qué injusto! Toda la vida esperando conocer a alguien con quien vivir y cuando llega… – No hijo. No pasamos la vida esperando conocer a alguien con quien vivir. Pasamos la vida buscando a alguien por quien merezca la pena morir. Y creo que ella, después de mucho sufrimiento, lo encontró. Su razón para que toda su vida hubiera valido la pena fui yo. No puedo ser más feliz.

A Odalys.

Por Alex Pelayo.

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